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lunes, septiembre 21, 2009

¿Contando Gatúbelas? ...sólo en The Big Bang Theory

Contar Gatúbelas no lo hace mucha gente, de hecho puede que cuando lo hagas (¿tú no lo haces?), tengas problemas para hacerlo correctamente. Mira, es muy sencillo, sólo eliges entre Eartha Kitt, Julie Newmar (todo mundo olvida a Julia Newmar), Lee Meryweather, Michelle Pfeiffer, sin olvidar a Halle Berry.Ahora el problema es elegir cuál de ellas te gusta más y en qué orden van ellas.

Mmm, es difícil, ¿eh? Eartha Kitt podría estar en primer lugar, cantante fabulosa de blues, coolness total. Gatúbela negra, en ese año de 1966 eso era provocador. ¿Julie Newmar? La recordamos ciertos veteranos cuando bellísima salía como robot en Mi Muñequita Viviente, programa, obvio, sesentero. ¿Lee Meryweather? Miss USA no sé de qué año, preciosa y divina, posterior científica del Tunel del Tiempo que con toda su ciencia y con sus amigos nunca pudieron traer a Tony y a Douglas de sus aventuras pasadas, literalmente.

¿Cuál es entonces la mejor Gatúbela? No cual fue. Cuál es.Michael Pfeiffer, ya muy conocida, cantante fabulosa y sensual en los Fabulosos Hermanos Baker, cool en su prrr, y Halle Berry, Halle Berry, mmm, Halle Berry, ¿la vieron en Swordfish? ¿En Monster Ball? (Aunque sea Gatúbela negra ya no es discusión).Todo está dicho.

El orden puede ser entonces:

Eartha Kitt, Julie Newmar, Michelle Pfeiffer, Halle Berry, Lee Meryweather.

Ahora el punto. ¿Sólo los nerds lo hacen? ¿O sólo los geeks?

No es el punto aquí hablar de unos o de otros, si es que alguien los puede diferenciar de verdad.

El punto es hablar de The Big Bang Theory.

No sé cual sea la cuestión con este programa en cuanto a que tanta gente la ve, si esta es significativa o no. El punto es que hace años (muchos, quince, dieciseis) cuando escribía en el periódico El Norte de la ciudad de Monterrey en una sección efímera llamada De Todo me tocó querer comentar algo de la televisión del canal Sur (no confundir con el TeleSur venezolano de Chávez, este canal Sur era una especie de compendio de muchos canales de Sudamérica como el Mexicanal) que daban por entonces por cable y donde veíamos muchas cosas como los programas de concursos ecuatorianos, los noticieros argentinos, los talk show peruanos, y de hecho uno muy bueno con Jaime Bayly, y sobre todo, miraba un programa de comedia que me fascinaba por entonces por lo gracioso, simpático y sencillo llamado Casado con mi Hermano. El caso es que no me lo publicaron que porque no todos los lectores del periódico El Norte tenían cable y no le entenderían o al menos no era de su interés probablemente. Misterios de la demografía. En fin.

The Big Bang Theory. No todos tienen cable, no todos lo conocen, pero aquí en este blog no desperdiciamos papel, total somos greenies, verdes, environmentales, ambientales, whatever. Por tanto hablaré de las personas estas que aparecen en TBBT que parte de lo que hacen, en lo que se entretienen, es precisamente en hacer discusiones serias de algo tan trascendente como responder a la pregunta “¿quién es la mejor Gatúbela?”.

Pocos entienden que sí es trascendente.

Y muchos consideran que eso es trivial. Casi frívolo, incluso.

Exploremos pues, temas no tan principales pero que siempre salen en TBBT:

¿Cómo saber que no estamos en The Matrix? (La comida siempre es mejor ahí).

¿Cómo saber reconocer a una chica esclava de Orión? (además de saber que son sensuales y verdes, mmm, de acuerdo, pertenece al mundo de Star Trek, alias Viaje a las Estrellas, ¿alguien allá afuera menor de treinta años sabe que Viaje a las Estrellas es el nombre original en español de Star Trek?)

O bien, apreciar un Nintendo 64 para jugar Mario de manera original.

O usar una camiseta con un patrón gráfico de televisión a la antigua usanza.




O sospechar si Peppermint Patty es lesbiana, y no, no lo es, es atlética, es Marcia quien es lesbiana (y saber que son personajes de Charlie Brown, mmm, ¿Snoopy?, sí, ese Snoopy).






O despertar de pronto a mitad de la noche y gritar “¡PELIGRO, PELIGRO!” (saludos Will Robinson, donde quiera que estés).

O como considerar entender un chiste de Klingons, o algo más complejo, tal vez, como evaluar si realmente George Lucas infringió en un error, falta, pecado, elemental al permitir la reinterpretación de los hechos (¿que no hay respeto?) respecto a que Greedo “apareciera” como que él disparaba primero a Han Solo en aquella taberna de Mos Eisley, cosa que los que conocieron las películas de Star Wars antes de sus “ediciones especiales”, sabían que fue alterado artificialmente para justificar que Han Solo le disparaba al cazarrecompensas originalmente primero alterando también el código de aventurero del mismo, amoral, artero y mañoso hasta ese momento, por tanto no compres su cereal o shampoo con su cara.

Y ellos un día podrían discutir quizá si Indiana Jones podría a su vez ser manipulado en Los Cazadores del Arca Perdida, y que sucedería ahora al ver la escena en Egipto con el espadachín vestido de negro amenazando con dos sables a Indy, y éste, con su látigo como arma precisa pero él, ya cansado y desesperado, nos sorprendía a todos con la entonces madre de todos los anticlichés al acabar con el duelo prematuramente, de cierta manera injusta, alevosa y hasta criminal, con un balazo artero y mañoso, matando al espadachín, ¿qué pasaría, qué hará Spielberg respecto a eso cuando le llegue a su mente la comezón del dilema moral? Esa es la pregunta frívola, trivial, total.

O podríamos tomar en cuenta, ¿Batman murió o no murió en esa explosión del helicóptero? Según el canon de comic así fue y desde entonces ha sido substituido por el primer Robin, quien a su vez ha sido substituido por el hijo de Batman que…

Bueno, ¿esta gente es así siempre de rara? ¿O así hemos sido, o somos, algunos tal vez?

La premisa detrás de TBBT es la de cuatro jóvenes (dos ya están perdiendo el pelo) Leonard Hofstadter, Sheldon Cooper, Howard Wolowitz y Rajesh Koothrappali, de los cuales dos de ellos (Leonard y Sheldon) viven juntos en un departamento, los otros dos viven fuera (Wolowitz y Rajesh), y de cierto modo es esto todo un cliché a todo lo que da, pero con sus matices y sutilezas propias, por supuesto.

Los jóvenes son básicamente físicos que hacen investigaciones científicas y en sus ratos libres no. Y eso no es todo lo que haría interesante en sí al programa per se, eso en sí forma ya una masa inamovible con sus propias concepciones del mundo, además habría que agregarle la aparición esperada de la proverbial fuerza irresistible para equilibrar el conflicto: su vecina, una rubia normal, guapa y hasta cierto punto voluptuosa que le da sabor al caldo, le da contraste y le da textura, ella es la tentación, ella es el santo grial, ella es la excepción que marca la regla en su existencia, ella es la manzana. O al menos eso fue ella en la primera temporada ya que ya no aparecen tanto ni su escote, ni sus piernas.

Así las cosas el programa muestra las aventuras y desventuras de estos cuatro científicos jóvenes que siempre han estado trabajando junto con computadoras, que manejan Facebook, que respetan Internet como a un dios menor, que saben de blogs (¿quién no sabe de blogs?), que manejan en ocasiones los mismos satélites secretos que manejan los militares del Pentágono ¡para ubicar la casa escondida donde están las chicas de la American, Next Top Models!, que saben que la personalidad y que sus celos fulgurantes figuran en las mismas presentaciones de teorías de física cuántica que hasta provocan peleas en los salones frente a la misma audiencia y que son grabadas para ser subidas de inmediato a YouTube, por supuesto.

Los capítulos, típica comedia americana sitcom, de 22 minutos más comerciales. Y lo de siempre, equívocos, consecuencias de los hechos de los ticks emocionales de cada quién, extrañezas particulares del carácter quirky de alguno de ellos. El mundo visto desde fuera, la mirada desde el alien frente a la sociedad en la que los demás, nosotros, viven, vivimos. Y esto es desde su lógica pragmática total, absoluta, despiadada, absurda y en ocasiones infantil. De lo sublime a la rabieta suprema.

No es que ellos sean sabiondos, o categorías arcanas del conocimiento afines, que sí lo son, pero lo son porque tienen la capacidad y porque adoran el conocimiento y adoran la tecnología, y no saben si eso los hará libres y no les importa, lo disfrutan en su vida diaria, porque saben al dedillo cuestiones como el tema del Gato de Schroedinger el cual no solamente lo discuten en charlas de física cuántica sino para lo aplican al dilema cósmico de si invitar a la vecina a salir o no. Eso los hace humanos, identificables, coeficiente intelectual, fuera de la escala; coeficiente social, una piedra bola de río les gana.

O se juntan para corear los cuatro juntos el Also Sprach Zaratustra de Strauss, que se enlaza más que imperativamente con 2001: Una Odisea Espacial en el momento en el que el prehomínido (mencionar que el escritor Arthur C. Clarke bautiza a éste en la novela como Moonwatcher, sería demasiado, creo ¿o no?) lanza el hueso-arma primigenia que con el paso del tiempo hará a su especie la reina del mundo.

O también se puede hablar de su percepción de poder ver el maratón completo del Planeta de los Simios al que van vestidos al cine con máscaras de gorilas. Porque eso es devoción al cine, o más bien, a ese tipo de cine. Buenas películas, si sabes verles el ángulo.

O quizá pensar en su comprensión de Neo, el mesías de Matrix, o de Frodo. O pensar en la camiseta que usa Sheldon de Green Lantern-Linterna Verde, o de Flash, personaje clásico de la Edad de Plata del Comic (de DC, para esto, que es propiedad de Time Warner que es el dueño del canal de cable, ¿cuándo veremos una camiseta del Hombre Araña para esto?).

(Ah, es que no sabían que hubo una Edad de Oro del Comic y una Edad de Plata del Comic? Oh.)

Y eso es lo que me lleva a pensar en el mundo real de estas personas.

Ya una vez he contado la anécdota que le sucedió a un amigo que él y sus amigos compraban comics en La Posta, allá en la colonia Tecnológico, prácticamente enfrente del ITESM, en Río Pánuco, cerca de Avenida Garza Sada, en Monterrey, hará hace casi 15 años, cuando cada jueves iban a comprar los comics fresquecitos que llegaban de Estados Unidos. Esa tarde en particular se juntó un amigo de ellos que no era habitual del grupo, y que los acompañó a recoger los comics. Ellos así lo hicieron y enfilaron después hacia las hamburguesas de costumbre, el amigo iba atrás en el carro. Al parecer ahí miró los comics con cierta curiosidad. Guardaba silencio mientras los de adelante hablaban de los mil temas de costumbre, hasta que escucharon su voz de sorpresa: “¿Robocop y Terminator, juntos?”

Así era. Robocop contra Terminator en un comic de cuatro partes (escrito por Frank Miller, el de Sin City y de 300, nada más, y dibujado por el excelentísimo Walt Simonson), escenario fantástico que sólo en comics se puede realizar (luego llegó el desastre de la película Aliens contra Depredador, pero esa fue otra historia). El amigo se queda de nuevo en silencio, le da un vistazo rápido, parece que lo está hojeando. De pronto se oye su voz asombrada desde el asiento de atrás diciendo: “¿Cómo? El poderoso Robocop, ¿siendo derrotado por Terminator? Adelante, los curtidos aficionados al comic, solo se miraron en silencio y dejaron impresa en su mente, por siempre, la frase inmortal:

“¿El poderoso Robocop…?”.

Así no es difícil entender a los chicos de TBBT y sus mundos alternos posibles. Tipos nerds, como de los que antes que la gente supiera que Bill Gates y Steve Jobs habían sido nerds de jóvenes todos se burlaban de ese así-tratado “subgénero” humano, y que hoy por hoy la consigna es, “no te burles de un nerd, con el paso del tiempo puede que sea el Presidente de tu Empresa”.

TBBT es fresco, la burla va dirigida hacia todos lados: hacia los chicos estos, hacia el sistema, hacia todas partes, es sencillamente divertida. Llena de referencias intelectuales, obscuras a veces, pero no tan profundas, es como un humor especial compartido por pocos, pero eso no trabaja en su contra, más bien trabaja a su favor.

Es algo similar como lo que sucede con Futurama, la serie de Matt Groening, que a diferencia de los Simpsons, está mucho más recargada intelectualmente con chistes aún más selectos en que, dicen sus productores, si uno de cada cien espectadores le entiende y se ríe, ya están satisfechos. Así es con TBBT. Los matices y referencias de cultura pop son abundantes, pero no son obvios, tienes que reconocerlos en un acto de contrición sintiéndote reconocido, regocijado y sobre todo reivindicado de que tú también compartes tal o cual punto de vista relativo a comics, a libros o películas de ciencia ficción, algunas de culto, algunas no, clásicos de cine, caricaturas y demás intersticios culturales, transversales, colaterales, retroactivos, y hasta fastforwardeados.

En otra escena, resulta que los cuatro chicos se pasan cierto día de la semana para jugar Halo, el juego de guerra tan popular del Xbox, en el que ellos juegan los cuatro coordinados y es tanta la concentración que en medio de una refriega se abre la puerta, llega Penny-la- voluptuosa con tres amigas, todas vestidas de fiesta, sexys y divinas, diciendo en voz alta algo así como que si ellos cuatro querrían pasar un rato agradable con ellas yendo a bailar esa misma noche. Ninguno de los cuatro amigos con las manos en los controles abandonan su gesto de concentración. Todos en ese momento están con la mirada puesta en la pantalla, atentos a cada detalle sucediendo frente a sus ojos. Siguen advirtiéndose entre sí, apoyándose y cubriéndose: “¡Cuidado! ¡Atrás! ¡DISPAREN, DISPAREN!”. Las chicas se ríen cuando Penny les dice a las demás: “¿No se los dije?” y sonriendo abandonan la casa. En ese momento Leonard exclama, poniendo pausa al juego: “Alto, alto, ¿escucharon algo?”. Los demás se detienen, se miran y dicen: “No, nada”, Leonard piensa y concluye: “No, de seguro no era nada, ¡Sigamos!” y siguen jugando, la concentración de nuevo, total. “¡DISPAREN, DISPAREN!”.

Así las cosas, ¿Gatúbela? ¿Halle Berry? ¿Eartha Kitt?

Y si todo falla, no olvidemos esa sensación de asombro, de renacimiento del espíritu, joya del reconocimiento fraternal a través de las fronteras culturales de nuestro universo navegable por el Enterprise, por el Millenium Falcon, por la Galactica, por la Discovery, por la Tardis. Un universo en el que existen los Daleks; uno en el que los Jar-Jar y similares no existen ni existirán; uno en el que los Cardassians siguen de pleito eterno con los Bajoran; uno en el que los Borg te quieren asimilar y en el cual toda tu resistencia será, es, fútil; uno en el que los kandorianos siguen viviendo en su pequeña ciudad reducida por Brainiac el poderoso enemigo de Supermán; un universo que partió según de una gran popular teoría, la del Big Bang, una gran explosión de la que partió todo, incluso la luz, incluso el tiempo, incluso tú, incluso yo, sensación que no se le parece a nada, justamente a nada, y así musitemos casi en silencio, siempre con respeto y asombro:

“El poderoso Robocop…”.

sábado, septiembre 12, 2009

Placeres Culpables, la canción de “¿Qué vas a hacer esta noche?”

Creo que llega un momento de darnos permisos. De ser cursis. De ser retro sensibles. De explorar nuestros sentires musicales in extremis. De explorar nuestra área de alta sensibilidad escondida en alguna parte de nuestro cerebro que normalmente conviene que esté suprimida. De estar en los zapatos de quienes fuimos los años primeros de nuestra existencia racional (y su derivación emocional en plena contradicción) en toda su confusión al entender dentro de la consciencia, que ahí estaban ellas, nuestras objetos de deseo, y que se veían y sentían (eso por intuición) maravillosamente.

Sumado a lo anterior el reflexionar algo ya sostenido por mí de cierta manera al respecto de que la radio en los años setenta era nuestra cómplice, nuestra confesora, nuestro rayo de proyección en donde nos veíamos a lo lejos en la noche, en la soledad extrañamente acompañada, listos para hacer cosas desconocidas, que habíamos visto en la televisión o en el cine. Como una lucecita en medio de la oscuridad, no una estrella más, era más bien, LA estrella. Se pueden escribir cientos de palabras, miles, del poder de las canciones, de cómo se convierten en nuestros mensajes, en nuestras ideas.

Para esto, quiero decir lo obvio, que las mujeres son maestras en ese arte secreto, arcano y oscuro de saber qué canción particular corresponde a qué sentimiento, por más específica y rara sea la situación de la vida real que la esté afectando, su proceder, su efecto, consecuencia, ángulo, etc. Ese tema, como digo, da para más.

Y otra cosa, eso no lo comentábamos entre cuates, ¿cómo lo íbamos a decir?, ni a nuestros mejores amigos. Secreto de estado. Nuestra sentimentalidad descansaba en una canción.

Si se hubiera sabido sería escandaloso.

Probablemente no en una canción sola, sino en varias, pero cualquiera en particular, pudiera ser un buen punto de partida.

Así las cosas un día de mil novecientos setenta y tantos, creo, vi la película argentina de Los Muchachos de mi Barrio, por supuesto, con este chico, entonces, llamado Palito Ortega. En ese tiempo en que el cine argentino se dedicaba puramente a entretener.

Ya después Argentina dedicó parte de su cine a hacer apologías del gobierno militar, allá por los 80’s, y me tocó ver recientemente a Ortega participando en varias de esas películas, y esas las ves sólo para entender hasta donde llegó el aparato gubernamental argentino para justificarse. Pero Palito Ortega salió ahí y no parecía muy obligado ni compungido de hacerlo. Ahí están esas películas para comprobarlo. Triste caso.

Pero faltaban lustros para ello y ¿Qué vas a hacer esta noche?, la canción clave de la película es algo simbólica y de cierta manera evoca un momento bello, afecta, llama, y apela al sentido romántico del chico que está frente a la chica, momento durante el cual quizá ella no lo escucha, quizá porque ella es inalcanzable… tal como siempre nos sucedió a algunos de nosotros o quizá a todos, pero no lo dijimos.

Esta canción está llena de sentimentalismo, llena de esperanzas, llena de buenos deseos…

La historia va así más o menos. Lito, o sea Palito Ortega, crece desde pequeño adorando a una niña rubia, preciosa, llamada Elsita, pero él es pobre (¡pero honrado!) y parece que no tendrá oportunidad nunca con ella, crece, y de pronto, como es de esperarse, se lanza a la chica para que sea su novia, claro, en aquellos tiempos no había mucho más a lo que se pudiera lanzar, ella quisiera con él, probablemente, no lo recuerdo, pero el detalle es que ni él ni ella están destinados a estar una junto el otro, de seguir así las cosas, a ser ni siquiera novios. Las malditas clases sociales, como siempre.

El hecho de que la película se llame Los Muchachos de mi Barrio (que acabo de saber que se estrenó ¡¡¡en 1970!!!) no sirve de nada comentarla aquí, pero sólo les diré que la película está dedicada a ellos, a todos aquellos que formaban parte de una pandilla, de un grupo circunscrito a la periferia de un vecindario, de un barrio, de una cuadra, de un parque, de una escuela o tal y como le sucedió a mi hermano, al de un OXXO, que en aquellos tiempos en los que él se juntaba, solo había como 20 en toda la ciudad, y no como ahora que esos 20 son los que pueden existir sólo en una sola colonia y próximamente son los que tendrás en tu cuadra.

Entonces Lito, rechazado y dolido, se va en un barco en busca de fortuna, y solo se ve que regresa diez años después (bueno, desde el principio de la película toda la historia del Lito joven es mirada a través de flashbacks), y que él es ahora la gran función, él les demostró en todo ese tiempo a todos lo equivocados que estaban, que él sí era una gran estrella en ciernes y que actuaría en el gran teatro de su ciudad natal para que lo más selecto de la sociedad pudiera atestiguar su triunfo.

Rabieta soñada no hay mejor que esa, ya lo sabemos. El revanchismo, amable y sutil, pero revanchismo a fin de cuentas, que queremos todos los que hemos sido aplastados por el Sistema que nunca reconoció o no tuvo la capacidad para hacerlo, el percibir y menos, el recompensar nuestros talentos. Eso y pedir la luna, lo mismo.

(Que falta de humildad, modestia y nobleza se trasluce en este párrafo, ¿eh? Y del complejo de inferioridad, ni hablar tampoco. Que verguenza.)

Okey, demasiado infantil e inmaduro el asunto. Pues ni modo.

Después de la rabieta en vivo, quiero decir, del concierto, Lito se encuentra con todos sus viejos amigos, que lo esperaban, como en coincidencia cósmica, en la plaza del viejo barrio que por milagro del progreso no ha cambiado nada en lo absoluto. Los mismos vecinos que les hacen las mismas cosas para que no se sienten en las ventanas, cosas así.

Y ahí mira hacia la casa, la vieja casa donde su pretendida y bella Elsita, vivía ¿o vive?, tiene la esperanza mínima de que los diez años no han pasado en realidad. Pero sin embargo el tiempo pasó y nos atropelló, dirían algunos.

Pero este no es el caso. Esto es cine, recordémoslo, el material que forma nuestros sueños e ideales. Y de ahí sale esta canción.

¿Qué vas a hacer esta noche?,

Vamos, te invito a bailar,

o si prefieres un cine

o tan solo caminar.

La cosa es clara, no hay dinero (bueno, Lito si tiene en ese su momento del regreso y mucho, pero uno cuando se necesitaba no tenía) en ese sentido, estar con la chica adorada, ir con ella a donde sea, a caminar, a un cine, a un café, a un parque, (ahora un centro comercial, un mall, una plaza comercial, un antro) donde sea, pero que sea, y solos, sí, solos, lo que tenemos que decir es para que nos escuche solo ella y uno… ¿es mucho pedir?

La chica, Elsita, está allá arriba en su casa, debe estar ahí, no hay razones claras o prácticas para que en diez años se haya ido a otra parte, a estudiar, a trabajar, o lo peor, a casarse con alguien que no es uno. No, eso no es justo, no es plan, no es correcto, no hay sentido de justicia en el universo, ni pensarlo, ¿casarse? ¿Sin avisar? Jamás. ¿Sin que los amigos comunes avisen? Impensable. Los amigos son los amigos. Son el último baluarte incorruptible de la humanidad. Ellos jamás nos dirían mentiras ni nos ocultarían la verdad. Además hay celular, internet, Blackberry, Messenger, DHL, UPS, FedEx con el cual uno se puede comunicar… Bueno, en 1970 ¿qué había? Telegrama, carta, telex, ¿sería suficiente? No lo sé.

No, no señor… ¿o sí?

¿Qué vas a hacer esta noche?,

Vamos, te invito salir,

quiero encontrarme contigo,

algo te quiero decir....

Algo le queremos decir… ¿qué es ese “algo”?, ¿se puede sostener una plática interesante y de altura, llena de gracia, con una mujer al mismo tiempo con todo el nervio que nos corroe en la panza? ¿Qué, se va a burlar de nosotros acaso? ¿O nos dirá la peor frase, esa que dice, “te quiero pero… sólo como amigos”?, similar a la de “tú eres mi mejor amigo”. ¿O la otra peor, “sabes que ya tengo novio”?, ¿y la todavía más más peor? “Me casé, ¿no te contaron…?”

La decisión se rompe como por arte de magia, no sabemos de dónde sale ese valor, es un himno al suicidio, a la humillación por venir… o tal vez no y allá vamos con el deseo:

Esta noche voy a confesarte todo lo que siento,

esta noche tomaré tu mano te hablaré de amor,

esta noche voy a decidirme te hablaré de amor.

¿A qué edad sabemos que es hablar de amor? ¿Quién nos lo enseña? ¿Es algo natural? ¿Esta canción es romántica por ello? ¿Por qué es esta canción una visión idealizada de lo que haríamos de poder? ¿Cualquier ser humano con sangre en las venas lo pensaría así? Aquí se maneja mucho valor. Algunas personas puede que hagan esto una y otra vez y lo conviertan en una actuación, en un medio para conseguir algo más, todavía peor, puede ser un arte a ser dominado con el paso de los años.

Pero lo que sí es seguro es que nadie nos ayudará en esto. Es una de las más grandes soledades que existen, los momentos previos a hablar con una mujer, con esa mujer. Precisamente con esa mujer que es la que nos hizo regresar por ella después de diez años y que por circunstancias del destino ni le escribimos, menos le hablamos ni preguntamos por ella. Eso sí es un gran pequeño descuido, ¿no? Digo, pedimos paciencia, pero eso ahora es demasiado, pienso.

Diez años, caramba, tárdate eso en comunicarte con el amor de tu vida, a ver cómo te va.

Dejando atrás esas reflexiones recuerdo una ocasión que tuve 15 años, un martes 22 de noviembre de 1977 en el que yo estaba ahí en los pasillos de Instituto Mexicano-Norteamericano de Relaciones Culturales de Monterrey y le dije y ella me respondió…

¿Qué vas a hacer esta noche?,

vamos te invito a bailar,

o si prefieres un cine

o tan solo caminar.

Pero la vida es como es y no tiene script, en la película, que por algo es película, aparece la chica, Elsita bellísima, arriba en el balcón, pero eso sí, con el paso del tiempo demostrado con su cabello arreglado con chongo (adelantándose a Isabel Perón por cinco años, debo decirlo, pero no importa, no restemos romance e idealismo a la escena). Y él, Lito, encantado de la vida, la ve desde abajo, la mira con atención, está deleitado, contento, todos los sueños por los cuales luchó están ahí, en el balcón, a sólo unos metros de distancia.

¡Esperen! ¡Algo sucede en el balcón! Al lado de la bella hermosa y preciosa Elsita, aparece una niña al parecer rubia también, ¡y un niño! que también mira a Lito, quizá preguntándose qué pasa con la serenata sui generis.

Lito está destrozado. ¡Hijos! ¡Su amada Elsita tenía hijos! ¡Se casó hace algún tiempo! El tono de la canción ya no es el mismo. Todo cae en el pecho de golpe, en el cerebro se tarda más, eso no se asimila en cinco segundos. Pero es una película a fin de cuentas.

¿Qué vas a hacer esta noche?,

vamos te invito salir,

quiero encontrarme contigo,

algo te quiero decir....

Película a fin de cuentas, dije, en ese instante ella, la bien amada, vuelve a la casa, solo queda la niña que alcanza a decir: “¡Señor, espere, que mi tía Elsita va a bajar!”

¡La niña es sólo una sobrina! Ahhh, bueno, ella sí lo esperó, después de diez años, ella lo esperó, ¡esas son mujeres, no pedazos! Lito está contento. No cabe en su corazón.

Ya no hay más dudas, no más esperas. Es más, sus amigos se lo confirman. Ella lo esperó todos esos años.

Esta noche voy a confesarte todo lo que siento,

esta noche tomaré tu mano te hablaré de amor,

esta noche voy a decidirme te hablaré de amor.

Siendo una canción que acompaña a una película, es un indicador palpable de que todo termina bien. Todo. El 100% de las cosas. Bueno, eso se da más todavía si la película es comedia. Dudo que en la vida real las cosas sentimentales terminen tan bien, si es que estas terminan alguna vez, y al menos ya quisiéramos que eso pasase en un 50% o en un 25% o que todo redunde en una total incomprensión que sólo la Teoría del Caos comprende, comprueba, o pronostica.

La cosa, vida, es más difícil. Está hecha la vida de aprendizajes, de luchas, de entendimientos, de incomprensiones, de tropezones, de caídas, de pegarse la cabeza con la pared, de rechazos, pero así es. Es lo normal. No a todos les pasa en la vida exactamente así, depende de tu adaptación, de tu entorno, de con quién te relacionas, de toda la situación que tú mismo construyes o que se construye delante de ti. La que tú permites, la que se toma el permiso de hacerlo por ti.

Hay triunfadores, hay perdedores, y hay gente que transluce su vida en el medio de ese indicador, y son los más. Somos los más.

Pero en la soledad de la casa, en tu recámara compartida con tus hermanos, allá hace mas de veinte años, viendo la película de Los Muchachos de mi Barrio, pensando en esa canción de ¿Qué vas a hacer esta noche?, uno llegó a pensar en ese momento que esa canción era la que expresaba esa idea de esperar a la chica abajo, mirar hacia a el balcón, allá hacia arriba, y querer creer, poder creer , buscar incesantemente que la vida por un instante se detendrá y que tendremos toda la noche por delante sólo para nosotros dos…

Sólo para nosotros dos, eternamente…

Y el video está aquí , disfruten.


lunes, septiembre 07, 2009

Para cuando no estemos… El Mundo sin Humanos

Un documental que ya vi no sé en qué canal, el Discovery, algo así. Era sobre que le pasaría a la Tierra si no estuviéramos. Así de plano.

Los humanos están. Un segundo después ya no están.
Supongo que fue realizado con el fin de que viéramos ese delgado equilibrio de las cosas que nos rodean. Una oda indirecta hacia el famoso Mantenimiento Preventivo más que al Correctivo. Algo similar al lema de “¡¡El Mundo se Acabará Mañana!!” Recordando también aquellos temas que veíamos en la prepa acerca de la fatiga del metal. Bueno, nos lo comentaron en alguna parte. Y vaya que aquí se ve todo así.

De cuando no estemos. Si por alguna causa viniera Dios (sobre todo los de aquella serie, ¡como diez!, de libros cristianos de Left Behind que es muy graciosa desde cierto punto de vista) o los Extraterrestres (que quieran servirnos, en comida) o una enfermedad ultraponzoñosacontagiosainfecciosa inmediata, el Osito Bimbo (que despertó del sueño rigoroso todo enojado cansado de todos los chistosos que juran por él) y decidiera(n) que ya no estuviéramos para cuidar nada de esta nuestra hermosa Tierra.
Sí, es un tema así como para no hacerse el gracioso.

Llegué tarde al programa, no recuerdo si dice como desaparecimos, pero empieza en materia en cuanto dice que si las plantas de energía funcionan hasta cierta cantidad de números de días. Luego la de los animales caseros que dependen de nosotros para vivir y ya no tienen comida. Luego la de hierbas que empiezan a o invadir los terrenos por todos lados, las hojas de los árboles. Y de ahí me paso hasta seis décadas.

Juro que luego le acomodo lo que me perdí.

El óxido llega. Nadie lo repara. Han pasado 60 años desde que nos fuimos. El óxido deshace el hormigón. El agua llega y se congela y se derrite con el paso del tiempo. Y eso hace que se expanda y contraiga todo a su alrededor.

Todo se fractura sin nosotros. Todo se desploma, poco a poco. El planeta nos empieza a controlar. Bueno, nosotros no estamos, más bien sería, el planeta empieza a tomar su control. Si es que uno pudiera figurarse al planeta como un ser vivo, como dicen los seguidores de Gaia y esos asuntos que dicen que nuestro planeta es como un organismo vivo y que nosotros somos solo parte de ella, como si fuéramos sus microorganismitos que pagamos impuestos y comemos McDonalds cada tanto tiempo y vamos a Acapulco cada año a un congreso de Cisco muy provechoso, pero aburrido.
Ahora son 120 años sin humanos. Los rascacielos se van cayendo. Es natural, nadie les hace caso. No hay gente de Mantenimiento Correctivo ni Preventivo. Nadie les pone aceitito. La erosión también lo cobra todo. En cuanto a fauna los lobos van llegando. Se posesionan de Europa. Comen lo que sea. El asfalto por otra parte se empieza a quebrar, está lleno de hierba. Por todas partes.
Londres será una ciénaga, el mar lo invadirá a causa de la falta de quien lo detenga. Las mareas lo irán consumiendo.

Los cambios de clima serán terribles. Las presas se vendrán abajo, todas, las más poderosas, las más orgullosas. Hechas de hormigón todas ellas también, pobrecitas. La erosión ya lo dije, lo destroza todo, hace que sus paredes todas se desploman. Y que las miles de toneladas de agua se desplomen sobre los ríos salvajes.

Lo que me asombra es como realmente vivimos en un hilito. Como todo depende de un equilibrio. Eso es lo que corta la respiración. Y que son ese tipo de cosas que a nadie le quita el sueño. Es como el cuerpo humano, bolsa de piel que contiene agua y huesos y órganos en una casi perfecta mezcla o dosis o combinación tan frágil que cualquier cambio nos pudo causar gripita leve. Otro cambio pequeñito en su fortaleza nos pudo dar A1H1.

Manhattan, un bosque de nuevo. Parece como cuando costaba 24 dólares de nuevo. Todo verde, todo arroyitos, todo vida silvestre. 

Los pajaritos cantan y la luna se levanta. En Nueva Orleans, el Mississippi regresa, el mar se recupera. Todo será felicidad para los ecologistas, ¿no?

Excepto que ya no hay ecologistas.
200 años sin humanitos y los peces vuelven. Los barcos están hundidos o encallados y… oxidados por supuesto. Todo el hierro también oxidado en las alturas, da de sí. La pregunta es cuál será el ultimo monumento para caer, ya que los humanos ya no están. Las pirámides han estado ahí por cuatro mil años. Pero son de piedra. Pueden aguantar mucho. Quizá la Gran Muralla.

Es como cuando vemos El Planeta de los Simios (1968) que ocurre en el año 3978 o quien sabe cual, dependiendo de la versión si la original de Franklin J. Schaffner o la de Tim Burton (2001) en donde vemos las ciudades norteamericanas (¿cuales otras? ¿hay más?) muy reconocibles (sobre todo en la ya clásica serie de TV de 1976 que en mi tierna adolescencia me impactaba sobre manera, con uno de los mejores temas musicales de la TV, extraño y misterioso), siempre con el asunto de la delatora Estatua de la Libertad en la playa.

Pero en ese momento el Coronel Taylor, o sea, Charlton Heston y después de todo lo que pasó el pobre con los simios malvados e intolerantes y suponiendo que estos primates volvieron a una vida más sana y primitiva con los humanos en esta película reducidos estos a una vida más todavía primitiva como animales, durante todos esos siglos, eso sí, por supuesto, sin Mantenimiento Preventivo.

Así, el bueno del coronel Taylor, no sé si la reconocería al ver lo que quedó ni si diría “¡Locos, lo volaron todo, ah, ¡los maldigo! ¡Dios los maldiga hasta el infierno!”, ya que primero en la vida real se le caería el brazo, luego la cabeza y sólo durante cierto tiempo quedaría la base y eso sería mucho antes de ese año de 3978.

Y no es la guerra nuclear en este caso, sino es la sencilla lluvia la que nos destruye las huellas nuestras. Corroe la pintura, el metal se expone, este se oxida, todo se cae, la Torre Eiffel se cae, los rascacielos también, como dije, estatuas, monumentos, etc. Los símbolos dejan de serlo. Ni quien barra.

La lluvia es la lluvia, el agua es el agua. Encuentra su camino y todo lo corroe.

Todo es gloomy, oscuro (o luminoso, ¿por qué no?, seamos optimistas al final), silencioso, como un parque funeral largo, grande, inmenso (pero luminoso).

Los arboles lo cubren todo, crecen, las hojas después de 200 años de ciclos de caer forman una nueva tierra con la que borran las calles, los pisos, sólo queda algo de plástico de aquí y allá, igual las botellas de vidrio que te dijeron que no tirarás en los bordes de las carreteras. Ah, porque el plástico y el vidrio ahí están donde los dejaste cuando fuiste descuidado.

El acero inoxidable siempre quedará. Por algo es i-no-xi-da-ble. Los fregaderos y demás de ese material siempre quedarán por siglos. Cool, ¿no?

Caballos, bisontes, de nuevo por todos los Estados Unidos. Los perros se hacen salvajes, digo, los que sobrevivieron. Todo se hizo salvaje de nuevo. Lindo, ¿verdad?

Se hace un salto, ahora son 1000 años sin mí, sin ustedes, sin nadie, en silencio todo. Como un planeta por explorar por alguien curioso. ¿Habrá vida inteligente afuera y habrá curiosidad?

La base de la Estatua de la Libertad todavía sigue. Ciencia Ficción a todo galope.

250,000 años después de los humanos. Cambios de la órbita nos enfrían más (que ahora suceden, pero muy lentamente y casi indistinguibles). La nieve nos invade, ¿es válido decir que NOS invade si ya no estamos? Ya no hay verano. Los glaciares llegan de nuevo a Manhattan (recuerdo una excelente historia de Arthur C. Clarke al respecto).

Pero en la Luna ahí están nuestras huellas. Un auto está ahí, el auto lunar que se llevaron en 1972 durante la misión del Apolo 15 (como me gusta ese modelo), una cámara de televisión, algunas cosillas más que todavía se encontrarán en la Luna. Eso es lo único que durará en el vacío de nosotros si es que se puede decir así.
Brrr.

No somos nada. No fuimos nada. Por eso este escrito es melancólico, es triste, es depresivo.

Es pensar en ese abrir y cerrar de ojos que es (fue, será, no lo sabemos de cierto) nuestra existencia. Adiós filosofías, adiós religiones, adiós búsquedas del creador de la humanidad, adiós todos.

Nuestras ciudades se fueron en un siglo. Sin bum y sin nada. No fue la burocracia o el tráfico. Solitas. Bosques y pantanos volvieron al concreto y asfalto. La radiación incluso desapareció con el tiempo, los desechos radioactivos quedaron bajo tierra para el regocijo de los presentes.

La Tierra permanece, dice la Biblia, y eso es lo que sucederá, realmente permanecerá.

Solo desaparecimos los que la molestamos al parecer. (Aunque suene cursi dicho así). (Y sí, suena cursi).

Dice el narrador al final que este documental fue de reflexión, que la Tierra puede sobrevivir sin nosotros, pero que nosotros no podemos sobrevivir sin la Tierra.


Como me encanta el momento en el cual el programa gloomy se acaba y puedo seguir comiendo papitas y un refresco de dieta pensando en lo que haré mañana y creyendo firmemente que escribiré más blogs sobre temas luminosos y que lo único que deseo es escuchar “Here Come The Sun” de The Beatles

sábado, septiembre 05, 2009

REFLEXIONES DE LA GUERRA Y LA PAZ DEL BUENO DE TOLSTOI


Leí La Guerra y la Paz ya hace 27 años durante un viaje en autobús que hice con un amigo a casa de unos parientes a Los Mochis, Sinaloa, desde Monterrey.

Y sí, lo confieso: con el tiempo no recordaba casi nada de la novela.

Pero eso sí, ya había leído La Guerra y la Paz, mucha gente dice que se tarda uno más en leerla que León Tolstoi en escribirla, alrededor de cinco años.

El caso es que leí de nuevo LGYLP este año pasado, pero de una edición que compré hace también mucho mucho tiempo, y que nunca toqué hasta hace un año y medio, sin saber en realidad porqué me tardé tanto.

Como que el principio sentía que me intimidaba el asunto de tener que leer incontables notas de pie de página por aquello de que se habla y se habla mucho en francés durante la novela, y no sólo párrafos sino hasta páginas enteras y de ese modo te tocaba leer las respectivas notas de las traducciones al español, y de ahí lo que me llamaba un poco la atención: A ver, eran rusos, y se sentían amenazados por los franceses, pero procuraban hablar francés, por aquello de la delicadeza e intelectualidad del asunto entonces ¿qué onda?

Eso es lo que no entendía al principio, los rusos le temían a los franceses ¡pero al mismo tiempo los adoraban tanto que se la pasan mucho tiempo hablando el idioma del enemigo! Eso es lo sorprendente. Hasta que se va entendiendo el asunto, claro. Poco a poco las cosas van cambiando, conforme los franceses avanzaban más y más dentro de la Madre Rusia. Dice el conde Rostopchin casi a la mitad del libro:

“¿Podemos ir contra nuestros maestros y dioses? Mire a nuestros jóvenes, a nuestras señoritas. Nuestros dioses son los franceses; el paraíso de los rusos es Paris.”

Comentario que de cierto modo tiene resonancia actual.

Bueno, ese era un punto, lo que es claro es que LGYLP era, y es, una novela intimidante, muchísimos personajes. Mario Anteo un buen facebook-amigo, me dijo que él había contado en una ocasión más de trescientos. Y es cierto, hay montones y montones de ellos. La inmensa mayoría con una personalidad definida, un tic, una característica, un gesto especial. Nadie es de relleno en sí, todos cumplen una función. Desde el siervo que atiende una de tantas casas, hasta el príncipe y la princesa nosequé que aparecieron sólo una vez en una reunión particular o el oficial de enlace que en cierta escaramuza lleva las órdenes de algún general también ya olvidado para coordinar sus fuerzas enfrente del enemigo, pero que se siente lleno de miedo y se siente paralizado incapaz de llevar esas órdenes quizá cambiando la vida de muchos soldados que las necesitaban de manera urgente.

Por otra parte es de notar que la mitad de las princesas se llaman Ana y que las personas que se apellidan Kuraguin y Kuraguino no son parientes, cosas así. ¿Qué las cosas no son así? Léela, si lo dudas. Te reto.

La novela, obvio, sí es difícil, pero es como todo, una vez que le agarras la onda, dices, hey, aquí hay algo muy interesante, no se vayan todavía, habrá guerras, habrá intrigas, habrá escenas emocionales que parecen antecedentes directas de las telenovelas actuales, y dos o tres, o cinco o seis, coincidencias grandísimas que le dan sentido especial a la historia.

Pero, ¡qué impresionante novela es La Guerra y la Paz! (Obvio). La disfruté muchísimo. Llegó un momento en que deseé que no se acabara. Que se me hacía una lástima no saber más de las familias. Fue como si de pronto de cierta manera ya te sintieras parte de ese ambiente, de esas vidas. Estar en sus medios familiares, en sus campos, en sus ciudades, en sus batallas, Tolstoi te integra poco a poco, te hace sentir la textura, el olor, el aroma, la atmósfera misma.

Hay una escena de un baile, el de la noche de fin de año de 1809, en el que Natasha Rostov, de dieciseis años, está contentísima, deseando bailar con toda la alegría y esperanza y luminosidad que esos años podrían guardar en su joven cuerpo y alma. Pero esta manera de explicar o rememorar una escena se queda corta, veamos a Tolstoi, que pone:

“Me gustaría descansar y quedarme con usted, estoy cansada; pero ya lo ve; me eligen y esto me hace feliz y dichosa. Amo a todos y usted y yo comprendemos todo esto.”

Eso y muchas otras cosas decía su sonrisa. Cuando el caballero la dejó, Natasha cruzó la sala en busca de dos damas para la figura.

“Si se acerca primero a su prima y después a la otra, será mi mujer”, se dijo inesperadamente el príncipe Andrei sin dejar de mirarla. Natasha se acercó a su prima.

“Qué tonterías se me ocurren a veces –pensó el príncipe Andrei–. Pero lo cierto es que esta joven es graciosa, original. Antes de un mes se habrá casado. No se encuentran todos los días muchachas como ella en este ambiente”, pensó cuando Natasha, arreglándose la rosa del corpiño, vino a sentarse a su lado.

Al terminar el cotillón, el conde, con su frac azul, se acercó a los bailarines. Rogó al príncipe Andrei les hiciera una visita y preguntó a su hija si estaba contenta. Natasha no contestó nada; se limitó a sonreír con una sonrisa que parecía un reproche: “¿Cómo puedes preguntarme eso?

–¡Soy feliz como nunca lo he sido! –dijo después.

Y el príncipe Andrei observó que los delicados brazos de la joven se levantaban rápidamente para abrazar a su padre y se bajaban en seguida. Natasha era tan feliz como nunca lo había sido. Se encontraba en ese estado de dicha suprema en que las personas se hacen buenas del todo y no creen en la posibilidad del mal, de la desventura o del dolor.

Eso no es escribir, eso es pintar de manera impresionista un cuadro hermoso, ágil, activo, bello, exacto y preciso,Tolstoi se tardó años en escribir esto y parece fácil, como lo que hacen los grandes maestros cuando hacen obras maestras, pero no lo es.

Sus atmósferas, sus espacios, sus lienzos que escribe y describe, algo como lo que hace Gustave Flaubert en Madame Bovary, la precisión y sensibilidad con la que retrata la campiña rusa, el salón de baile, la casa de campo, el palacio, el patio, el deseado y angosto puente de madera a ser tomado por el enemigo, la batería de cañones que es la que sostiene la posición contra todo pronóstico, el salón donde se juegan cartas y se cambian fortunas, el cuarto donde sucede la seducción, la casa vacía y saqueada a punto de ser quemada, el campamento excavado en la tierra a la espera de la siguiente batalla, el pabellón de moribundos aguardando el final, la escena de la muerte a caballo, la bala fatídica, la escena de la fiesta, el misticismo del diario escrito, la escena de la retirada fatal, el respiro de Tolstoi para darnos clases de geopolítica europea, la fastuosidad del desfile, las

entrevistas de los emperadores, la fuerza cósmica del mismo Napoleón, las líneas de combate siempre en movimiento, el ornato del uniforme, la carreta llena de heridos, el fango que todo lo detiene, el frío inclemente que juega su carta, los labriegos que no saben ser libres, los nobles que saben que viven en el mejor de los mundos posibles, los miles de heridos, las miles de vidas, los miles de muertos…

Todos puntos de luz en la pintura del mural que Tolstoi maneja, controla, siente, despliega, convoca, provoca, invoca.

Sí, hay momentos en que Tolstoi moraliza, analiza, profundiza de manera implacable, no por nada un escritor es el Dios de su novela, el sumo creador de todo su conjuro: el haber creado a esos personajes, el haberlos hechos vivos, tan cercanos a nosotros, entrañables, vivos, que nos hizo participes de las vidas y muertes de algunos de ellos, algunas muy sentidas, otras inexplicables, cayendo en el mismo misterio, tal y como sucede en nuestra misma realidad. Como Tolstoi nos va mostrando las fragilidades y contradicciones, debilidades y fortalezas del carácter humano, las veleidades de nosotros mismos, así, aún en nuestro siglo 21, llenos de cinismo, ironía, desconfianza, desesperación y resignación, nos seguimos viendo retratados de manera absoluta, en ese mismo espejo, no por nada La Guerra y la Paz es un clásico absoluto en sí mismo y por lo mismo lo único seguro es que se seguirá leyendo en los siglos por venir.

Es en las ocasiones que Pierre Bezujov se hace las eternas preguntas de para qué estamos aquí, y de cuál es el propósito de nuestras vidas, dada su posición de millonario, terrateniente y playboy, que penosamente empieza a comprender las respuestas a través de brutales sinsabores, nos hace reflexionar si es necesario un shock, o shocks, así de potentes para llegar a aterrizar nuestras propias vidas frente al marco de referencia del espejo de la existencia nuestra y de la de nuestros semejantes.

Por otra parte Nikolai Rostov, el impetuoso, pero a final de cuentas obediente, nos da esa imagen de aventura que desea al lado de la gloria que se obtiene de pelear por el ideal en que se cree y que se simboliza en la misma imagen del emperador, símbolo vivo, magnífico, también de la Madre Rusia. Lleno de determinación, Nikolai va de campo en campo, con el objetivo de dar su propia vida por su país invadido y en medio de toda la confusión, también en la búsqueda del romance inesperado, encuentra el amor de la manera más insospechada.

Natasha Rostov, ejemplo vivo de aquellas jóvenes que quisimos conocer en la flor de la edad, Tolstoi nos la muestra como llena de esas contradicciones que sólo la edad compone o sofistica, niña-mujer hecha dulzura, dicha, alegría, ella busca un ideal y al parecer lo encuentra, sólo para echarlo a perder de manera inesperada, con lo cual proporciona a la novela el soporte emocional al cual siempre Tolstoi vuelve, aún y que el ejército ruso está en manos del destino al llegar el invasor francés desafiando a las mismas puertas de Moscú.

Esa es la habilidad de Tolstoi, la manera en la que en una página muestra al gran Napoleón hablando y dirigiendo a sus mariscales de campo, llenándolos de su gracia y su estrategia y como en las otras dos siguientes a través de una transición sin macula, la historia se vuelve a centrar en Natasha, o en Pierre, o en el príncipe Andrés Bolkonski.

Tolstoi es cauto al presentar a Napoléon, le concede que fue un genio, hasta que atravesó la frontera polaca y se adentró en Rusia, en el malhadado año de 1812, y de ahí en adelante muestra a Napoleón como sólo una sombra de alguien grande que de hecho, se creyó ser el gran Napoleón.

Y si tan sólo Adolfo Hitler hubiera leído con atención La Guerra y la Paz, quizá, sólo quizá, ahora todos estaríamos queriendo hablar alemán, en vez de inglés.

Algo hubiera aprendido en el intento.

Y finalmente, la reflexión sobre algo increíble, LGYLP es una novela en la que la familia triunfa, por sobre todas las cosas, la fe triunfa, la madre Rusia triunfa, la confianza en que los rusos defenderían a toda costa su país, también. Pero la familia, el mismo núcleo del que nace todo, es la que otorga la fuerza y el poder al individuo. La pobre madre. La prima hermosa y consciente. El padre que todo lo da por el hijo. Los hijos y las hijas que sueñan con algo más importante de lo que pueden imaginar.

La que derrotó a Napoleón, por sobre todas las cosas, llámese estrategia, mariscales, la Grande Armée, instinto, profesionalización y demás, fue la familia en sí.

Ni más, ni menos.

Sí, creo que LGYLP es un libro que no sólo se lee, sino también, se relee con gusto, como cuando sientes que pasan tres años o más de haber leído uno memorable y dices, ¿qué me dirá de nuevo ahora este? Y es increíble lo que se obtiene de ello. Nuevas perspectivas, nueva comprensión, nueva reflexión. Eso es lo que yo obtuve de releer esta novela 27 años después.

Me tardé mucho en hacerlo.

Pude haberme evitado invadir Rusia de nuevo.

Okey, no fue así, pero, ustedes me entienden, ¿verdad?

(Fotografías de la película La Guerra y la Paz, de Sergei Bondarchuk, de 1968)