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domingo, noviembre 19, 2006

Todo sea por el rating: Letty o la Fea más Bella

A mi me gustaba ver la Betty la Fea, el exitazo colombiano de los últimos años en lo que a telenovelas se refiere. Ellos saben de qué hablan. (Por cierto, el siguiente éxito colombiano en telenovelas se llama Sin Tetas No Hay Paraíso, suena en cuanto a uso de palabras se refiere a la última obra de García Márquez: Memorias de mis Putas Tristes).

Me agrada ver como ellos, los colombianos se llaman entre todos de “usted”.

Me divertía que una mujer inteligente se escondiese detrás de un sinnúmero de tics, ademanes y lentes que se los ha de haber sugerido su peor enemigo.

Era interesante observar como una mujer subía a lo máximo de una empresa, contra todo pronóstico, por su inteligencia y méritos propios.

Así las cosas a alguien se le ocurrió seguir la máxima de don Emilio Azcárraga Vidaurreta y la de su hijo, don Emilio Azcárraga Milmo, “nada de ser originales, a copiar, ¡caramba!”. (Ojalá que Emilio Azcárraga Jean sea algo diferente, pero… habrá que esperar al tiempo y bien, lo de Letty no es un buen ejemplo, después de todo.)

Betty La Fea o La Fea más Bella son telenovelas únicas en su género. O tal vez no, pero de que son divertidas, lo son.

Sería interesante ver si puede que generen un movimiento similar al que hubo hace cuarenta años con María Isabel. En esa telenovela Silvia Pinal era una chica de ascendencia indígena que llega a la gran ciudad a trabajar de sirvienta, se coloca, y tiene un romance con el patrón o el hijo del patrón, ya ni sé, pero a final de cuentas, ¡ella se hizo la señora de la casa!

Se dice que eso generó que cantidad de muchachas en circunstancias similares llegaran a la ciudad de México a buscar lo mismo: una oportunidad de ese tipo.

Apócrifo o no el asunto, no hay que descartar el gran impacto de este tipo de historias en la psique nacional.

No me gustan mucho las novelas. No me gusta su ritmo tan vertiginoso de edición de diez segundos por escena y corte a la siguiente, si no me la creen, constátenlo por ustedes mismos. Eso sí, acepto que en México crear telenovelas es una artesanía insuperable (arte, arte, lo que se dice arte y artistas, es otra historia y asunto).

No soy crítico de TV. Otros lo hacen mejor que yo. Pero como tengo boca, como todos, también tengo opinión, como todos.

Las novelas mexicanas son mediocres por naturaleza. La que me digan. Las excepciones son eso, excepciones: El Maleficio, La Colorina, Toda una Vida, Rina, El Camino Secreto, Muchacha de Barrio, o sea, las de tiempo atrás con actorazos de categoría.

Normalmente una obra que se desee mostrar al mundo muestra como es el que la produce. Muestra sus intenciones, muestra sus deseos, exhibe sus complejos, expone como desea interiormente ser reconocido y como se ve a sí mismo. Es una especie de reflejo que aún en su consciencia alcanza a presentar lo que es por dentro, en su inconsciente rutilante, sueños y pesadillas.

Por eso es divertido de vez en cuando darles un vistazo para ver como andamos de moral, de estética, de percepciones hacia el mundo, de expresión de sensaciones, de deseos de ser aceptados por todos y el precio que se paga por ello (esto último es esencial en cualquier producto que desea aceptación en las masas, si no lo hace sencillamente desaparece del mercado y de la memoria, ¿o acaso alguien se acuerda o han vuelto a transmitir la miniserie novelada que pasaron hace más de veinte años por Canal 13 llamada Madre Noche de Kurt Vonnegut y actuada por Sergio Jiménez, por cierto director de “La Fea…”, y Jaime Garza?)

Pero aquí hay algo especial en esta novela de La Fea más Bella.

No me malinterpreten. La palabra “telenovela” y “Televisa” es sinónimo de industria, de necesidad inmediata y vertiginosa de rating, del modo sencillo de vender pasta de dientes o detergente, o sea de alcanzar a ser el lugar común de que “telenovela” en inglés es soap opera.

Recordemos también que hay un mercado allá afuera deseoso de que lo saquen de su rutina diaria y que se le vendan sueños. No hay nada de malo en eso.

Veamos el punto de que detrás de la producción de una telenovela (eso si lo ha refinado Televisa con un grado que diríamos “exquisito”) hay una mercadotecnia desconectada de lo que es creatividad y de dirección de escena. Que hay un ejército de personas que jamás en teoría pisan el escenario ni están frente a las luces o frente a las cámaras pero se dedican a planear a la perfección cada paso que representa un proyecto de tal alcance como es una telenovela. La dirección de escena está coordinada con los creativos para dejar cápsulas actuadas que se transmiten entre comerciales (literalmente y no al revés, ¿no lo creen?, verifíquenlo con reloj y segundero en mano, programa-comerciales-programas-comerciales, etc, se sorprenderán ) y que deben de causar una clara sensación de querer saber a toda costa que va a seguir en el siguiente comercial, en el siguiente día, en el siguiente lunes. No cualquiera logra eso.

Lo que está en juego no es poca cosa: es un rating triple “A” que se traduce en miles de pesos el minuto de comerciales. Muchas ocasiones olvidamos que es lo que vende la televisión.

El error es considerar que la tele sólo vende jabón, pasta de dientes, cereales o detergentes, a nosotros gente buena y sin vicios conocidos.

Lo que la tele vende en realidad es tu atención, estimado lector. La tele vende atención de personas hacia sus programas y telenovelas durante un período específico de tiempo que haga posible que también pongan atención hacia esos productos que anuncian entre programa.

Aunque durante la hora de esa novela pasan orgías y orgías de comerciales, no sé como la gente no protesta. Pero al mismo tiempo que comento esto me pongo a pensar: ¿y quién protestaría? La gente está contenta con lo que ve, escucha y piensa, ¿o no? ¿Quiénes somos nosotros para pensar lo contrario?

Entonces los televisos venden a los fabricantes de jabones y demás fabricantes de chucherías, nuestra atención. Somos su mercancía, somos su intercambiable mercancía que creen ellos que por ver esa novela vamos a comprar lo que ellos nos pongan entre las interrupciones, jajaja, como si no supieran que tenemos un control remoto con un excelente botón de mute integrado. Bueno, si lo saben, pero también saben que casi nadie le cambia porque no saben a que horas acaban los comerciales, sencillo, ¿no?

Por decir, una escena de una tarde, una sola tarde de trabajo de esas personas de ficción dentro de la telenovela susodicha, vulgo personajes, que ocuparían un lapso de unas cuatro horas en tiempo-TV ¡duró en tiempo real como tres semanas! ¡Tuvieron vistiendo a los personajes con las mismas prendas durante todo ese tiempo! ¡La historia no avanzaba en lo absoluto! ¡Pero nada!

No sé como la gente lo puede aguantar. ¿Yo? Al menos me venía a conectar mientras sucedía lo aburrido (que es un 80 a 90%% de la novela, claro, para mí) y conforme pasaban los días me encontraba conque la media de Paty Navidad seguía rota (¡Qué cosas de mujer, muy señor mío, enseña la Paty, caramba, cinco mili-milímetros más de piel hacia al sur desde sus dos flancos rebosantes de de de… en casi 3D y ya estaríamos viendo la prenda más erótica de todo México! Los placeres vicariantes de los seres humanos no tienen límite.)

Y en estas fechas están igual de insufribles. El galán argentino traído ex profeso para alargar todo el asunto se la pasa con la Letty desde hace semanas, el Jaime Camil, o sea (no sé porque tengo que aclarar), don Fernando (habrase visto: que en México las personas se llamen con el prefijo “Don” y “Doña” a individuos de menos de 35 años, pasaron ese detalle directo por la libre, desde Colombia donde, como dije, sí es común ese protocolo), digo, don Fernando se la pasa llorándole mientras la Letty lo sigue malentendiendo, ¿por qué no nos dejan una novela mejor en donde Jaime Camil haga de las suyas, con su soltura cómica genial de soltero y deja a la Vale con el argentino? Sería una historia más interesante y dinámica… si ya sé, ¿quién soy yo para enseñarle a vender chícharos a Hérdez-Televisa?).

Pero tengo que destacar la labor de Letty al hablar acerca de política de esa manera tan sutil, tema que jamás había visto yo en este marco de televisión frívola.

Por decir, pocos días antes de las elecciones a alguien de los personajes de Letty ¡se le ocurrió hablar acerca de por quién iba a votar con todas sus palabras! ¡I-N-É-D-I-T-O! No sé si en el mundo algún personaje en boga en TV se le ha ocurrido tomar partido de algo tan serio como unas elecciones tan claves como las de México, dentro de la historia. Increíble.

Porque una cosa es meter comerciales dentro de la historia como con calzador, como diciendo por ejemplo: mientras dos mujeres están esperando la noticia sobre que pasará con el pony favorito de la hija de Roque el chofer que está siendo operado en ese instante de un tumor inalcanzable en el cerebro y una dice a la otra como si nada: “¡Qué rico café es este que me sirves, fulanita!” “¡Ah, es que te lo sirvo con cremita LaGenial, zutanita, la que siempre compro en el súper!”. ¿Y el pobre pony?, en la fría mesa de operaciones con su cerebro expuesto esperando por un milagro de parte del Doctor Anzuela, prometido de… y hermano desconocido de… y preguntándose si el cerebelo va pegado a cual hemisferio, ¿el izquierdo o el derecho? Todo porque está ocupado pensando en las letras que tiene que pagar del carro último modelo que le van a embargar por causas de su madre que a fin de cuentas no es su madre, que es más bien su tía desheredada porque…

Así fueron comerciales insertados en la Fea más Bella, de tarjeta de débito, de shampoos para el cabello, aceite de cocinar, insectidas, catálogos de zapatos, de autos, de videos de chavitos nefastos que me opongo a poner esa palabra (digo, sí quiero que me visite gente, ¿pero a qué precio? Ver nota al final.)

¡Tomar partido político, decirle a la gente que un personaje ficticio apoya a un candidato real por sobre otros! Eso es historia. Y no les hicieron nada. Ni una reprimenda o exigencia o mínimo un comentarito.

Y hay cosas especiales, lo dije: Ahí sale Luz María Aguilar en un papel equis, que ella cumple con discreción y dignidad, pero me llama la atención que hayan incluido también en el elenco en otro papel equis al gran Sergio Corona, que era su pareja en aquella serie legendaria de los setentas, muy divertida y que duró años: Hogar Dulce Hogar. Aguilar y Corona no han salido en una sola escena juntos en esta novela, ¿lo estarán dejando para el final? ¿O ya habrá salido y ni me di cuenta y en mi inconsciencia abyecta, me la perdí por haber estado haciendo algo irrisorio que ni recuerdo? Y Angélica María haciendo pareja con José José como los padres de Letty es un ejemplo de genialidad. La verdad que sí.

Pero bueno, al final dejo lo que me gusta más de la novela. Lo demás se la pasa en repeticiones eternas de los mismos temas que ya no mencionaré aquí. Lo que más vale la pena aquí es todas las escenas no románticas ni sentimentales en las que interviene Jaime Camil.

Yo ya había visto un programa de TV de entrevistas con él como entrevistador hace varios años y se me había hecho muy pesadito. Pero su papel de yuppie adinerado con gustos sofisticados pero cayendo en la estupidez más adolescentil, entre él y su amigo Carvajal (Agustín Arana) es lo que hace divertido y disfrutable ver esta telenovela.

Los demás 50 minutos dedicados a las escenas de llorar y llorar, de amor no correspondido, las escenas de relleno dedicadas a alargar de manera banal la trama, por ejemplo la ridícula inclusión de un adivino que verdaderamente le da el giro a la historia (¿qué les pasa a los escritores? ¿No pudieron encontrar una manera más lógica que mostrar a un “adivino” que actuó de lo más infantil, ni los niños, diciéndole a la Vale cómo iba a seguir la historia?, no entiendo), la hace pesada de pronto.

Los minutos, o más bien las horas dedicadas a las subtramas sin sentido de los demás personajes secundarios y hasta terciarios es una muestra clara de que los escritores ya no saben que agregar. La inclusión del argentino en la novela como el otro galán de la Letty es otro ejemplo de extender, extender, extender, sin sentido el negocio que hace Televisa con las amas de casa.

Pero negocios son negocios y dinero es dinero. Y yo no tengo ni idea ni ascendiente sobre los Televisos de cómo conseguir ellos su dinero. Yo sólo me espero a ver más de las escenas en las que Camil se la pasa diciéndole estupideces a su irónico amigo Carvajal.

Eso sí, me gustaba más cuando eran más cínicos. Muy divertidos.

Me sonaba más a verdad.

Nota Aclaratoria:

Ah, y escribir un artículo en mi blog no tiene nada que ver con la desvergonzada idea de que me lean por eso, claro que no. ¿Qué les pasa? ¿Y mi dignidad? ¿Dónde creen que la dejo?

En serio que mal pensados.

(Ya contaré si este escrito que tiene que ver con algo que está muy en boga en estos días de Noviembre de 2006, tenga un impacto en la afluencia de visitantes de este lugar. Je.)





NOTA:
Si alcanzaste a terminar toda la nota anterior y si es que fue de tu agrado,
podrías seguirle con los LINKS INTERESANTES que están al lado IZQUIERDO de aquí para…

1. leer algunos distintos artículos míos en el blog de LaPalabra.
2. o leer mis cuentos…
3. o lo que escribí en el blog de Crónicas de Nuestras Guerras Secretas para completar la segunda parte de dicho libro…
4. o bien me podrías pedir a mi correo el mencionado libro de Nuestras Guerras Secretas completo en PDF…
luisgmetaconexiones@gmail.com
5. o leer mi novela de Technotitlan: Año Cero que está en los links de aquí a ladito a la izquierda… que está por el momento son dos partes y estoy por poner la tercera y después la cuarta…
6. y agregaré más cuentos en blog de cuentos y agregaré mi otra novela de Sangre de Neón en otro blog más…

Ah, y si estás en revista o periódico y quisieras incluir un artículo de estos ahí en tu medio, ¿porqué no me escribes? Me encantaría colaborar en tu medio ya sea impreso o en el ciberespacio.

Luis García

jueves, noviembre 16, 2006

Come Frutas y Verduras (sí, claro)


Resulta que el Gansito Marinela está cumpliendo cincuenta años de vida.

Estuvo un tiempo a un peso, de los antiguos, el de la moneda dura con Morelos de perfil, cuando lo comprábamos con deleite a la menor provocación y sin el “Recuérdame” de por medio. Entonces no necesitábamos mantras como esos. ¿O sí?

Era tal cual es hoy mismo: Un pastelito como de diez centímetros con cuatro de alto y cuatro de ancho, con mermelada, con crema, cubierto de chocolate y con chispitas de más chocolate por encima (según esto, el original era con chispas de nuez).

Para esto la cuestión del Gansito incide en temas de logística (excelente), en mercadotecnia (de medalla de oro por un lado, inclemente y brutal por el otro), en el de memoria (y nostalgia), en el de estudios de conducta y hábitos de consumo (proverbiales y perfecta y uniformemente comparables año con año), y uno extrita que me reservo para el final.

Siendo breve: ¿La logística? Mucho se ha hablado de que en cualquier punto de la república, el que sea, el más alejado, el que tenga un ser humano pensante que hablase español con acento mexicano, bueno, ahí, en ese rincón, habrá una tienda que venda Gansitos.

¿La mercadotecnia? Veintitantos años utilizando un gansito de verdad al que le hicieron de todo (bueno, supongo que han de haber sido varios gansitos), escaló, caminó, esquió, le pusieron letreros, mil cosas. No sé si a los de mercadotecnia de Marinela se les podría acusar de algo en alguna sociedad de protección de animales, Greenpeace o algo así. Sería un buen caso.

¿Y el “Recuérdame”? ¡Hipergenial! ¡Clásico! Todo mundo lo escuchamos, crecimos con esa palabra como si fuera pareja de la ooootra palabra con la que estuvimos también estos últimos veinticinco años y más: por supuesto me refiero a la palabra “crisis”. Y los niños, ¿harán la conexión entre el “Recuérdame” del Gansito como ganso en sí, como animalito simpático con voz como de ellos, de pequeño, de niño, etc., con la santa relación de ¡NIÑO, HAZ LO QUE QUIERAS PERO COMPRATE EL MALDITO PASTELITO LO MÁS PRONTO POSIBLE, ACABATELO Y COMPRATE OTRO Y OTRO Y OTRO MAS HASTA QUE SE ACABEN EN EL ANAQUEL, FRIO, CALIENTE, COMO SEA!

De acuerdo, posiblemente exageré, pero me entendieron el punto, ¿no?

Lo otro, como el Gansito tiene añísimos con nosotros, todo mundo, o sea, todo mundooo, es perfectamente proclive a responder afirmativamente si es que lo ha probado o no.

Es como una especie de medida de lo común que somos todos nosotros en nuestros hábitos de consumo, medidas de confort común, como la idea de que a todos nos gusta usar mezclilla y cosas así, como que son los límites comunes en los que pisamos el umbral definitorio de existencia, un mínimo común denominador de nuestra esencia mexicana poco examinado, que tal vez no coincidamos en nada en la actualidad, que nos peleemos con el de a lado porque le gusta el equipo contrario o el partido de otros colores del nuestro, pero en cuestiones de si les gustaba el Gansito Marinela de pequeños, ¡CLARO QUE A LA INMENSA MAYORÍA NOS GUSTABA! Y cuando hablo de mayoría inmensa eso es lo que quiero decir, ¡INMENSA, INMENSA, INCONMENSURABLE!

Casi para finalizar, como el Gansito es hipercomún, y muy posiblemente tenga un alto índice de consumo en niños, y en adultos, claro, debido a que todos todos todos lo reconocen y lo pueden adquirir a menos de cincuenta metros de donde estamos leyendo esto (promociónválidasóloenméxico), es muy sencillo de medir esos hábitos de consumo, y a veces es preocupante el detalle de qué tanto engorda el pastelillo este a nuestros niños, si les causa obesidad, bueno, ese Gansito y todas las demás golosinas que consumen, pero en fin, ¿quién se le va a poner en contra a la Bimbo para impedir que los pastelillos esos que venden, no se consuman en las escuelas?

Bueno, eso de crear políticas de salud para no permitir que se coman comida chatarra en las escuelas no sé con claridad en qué anden. Esa sí que es una tarea compleja, tal vez muy necesaria y de pronóstico reservado, pues.

Un punto casi casi final es que una vez leí en un libro de Rius, que el Gansito era de lo peor, que era terrible, que era como el Apocalipsis para la panza de los niños, pero pues quién sabe. Ya saben como es Rius de extremista en sus libros.

Ahora sí, lo último. ¿Qué fue primero? ¿Marinela Servitje, la hija de Lorenzo, uno de los personajes de empresa más importantes de todo México, fundador himself de de Bimbo?, o ¿Marinela, los productos que su empresa Bimbo dedica a pastelillos?

Bueno, me acabo de enterar en este mismo instante que ambos nombres fueron simultáneos, según palabras recientes de ella misma a El Universal.


Alabado sea el señor.

Misterios insondables que cada vez son menos, o son más, aún no estoy seguro.

Gansito Marinela. Cincuenta Años. En fin.

Come frutas y verduras.

lunes, noviembre 13, 2006

La Insoportable vuelta a casa de Milan Kundera… y otros asuntos de vital importancia

Hoy 13 de Noviembre apareció en el periódico El Mundo, vía el periódico Milenio, una nota acerca de Milán Kundera respecto a que después de treinta años apenas lo estaban reconociendo como escritor en su país de origen.

Su libro de La Insoportable Levedad del Ser apenas acaba de ser lanzado en su país de origen con una primera edición de 10,000 ejemplares que incluso ya se agotó.

Creo que en este asunto de exiliados hay un concepto de nacionalidad que se podría analizar.

Existe tu concepto de origen, al que de una manera u otra estás entregado. Si tu país no te fue lo suficientemente generoso y piensas que hay más oportunidades en otra parte, pues no te queda de otra, te vas.

Y de hecho creo que te vas con el rencor de que no se te dio la oportunidad necesaria en tu país natal de que tuvieras éxito (sea lo que sea eso, o como se diga o como se coma). Digo, no se le puede culpar ni a tu patria de origen ni a tus compatriotas de lo que no pudiste conseguir. Bueno, por entender eso o por sí realmente hubo circunstancias adversas en el transcurrir de las situaciones de cada quién y por muchas otras cuestiones que tienen más que ver con lo emocional que con la lógica, hay un dolor muy grave y sordo en el exiliado.

Existe entonces un amor dividido entre la patria que le acogió, que le dio casa y futuro, y la patria que dejó allá, junto con sus raíces, quizá con sus padres, con sus amigos, con su esencia de lo que se entiende que es su país.

Mirando atrás todos saben que la Checoeslovaquia de Kundera era un país dentro de las fronteras que llamaríamos con la ventaja de conocer la historia, de la poderosa e implacable Pax Soviética.

Y los soviéticos no eran muy amables. No, no, no, caramba, no lo eran. Sabían su negocio de imponer su tipo de paz, su tipo de gobierno, su tipo de pensamiento, su tipo de libertad. Tanto ellos, los soviets, como los checoeslovacos, sabían que su influencia residía en la fuerza y los dos sabían perfectamente que no hay nada como imponer miedo en las mentes de las personas en las que estaban estacionadas sus tropas, perdón, sus áreas naturales de influencia. La supresión sistemática de libertades, era pues, la orden del día.

Y no había mucho que hacerle al respecto, cuando en 1968 (ah, el annum Mirabilis-Horribilis de 1968), los checoeslovacos, con el gobierno de Alexander Dubcek a la cabeza, decidieron llevar a cabo su Primavera de Praga aflojando controles, permitiendo reformas y libertades, no sabían que ese experimento tímido de llevar aire fresco a las estructuras políticas y sociales a su país tendría como consecuencia directa una total invasión, desde varios países contiguos, de cientos de tanques soviéticos T-64 junto con camiones y camiones de tropas de otros países que no necesariamente simpatizaban con los checoeslovacos.

El 20 de Agosto de 1968 las tropas soviéticas entraron en Praga y aunque hubo su levantamiento admirable de parte de sus jóvenes, no prosperó más allá de una docena de días. De inmediato removieron a Dubcek y prácticamente lo aislaron del mundo para luego deshacer sus “perniciosas” reformas. La Primavera de Praga fue substituida por un largo y riguroso invierno ruso de peso y control.

Un escritor de 39 años, un tal Milan Kundera, miembro del Partido Comunista, escribió un ensayo titulado La Suerte Checa, afirmando que su país iba a ser fortalecido de la represión del movimiento reformista de la Primavera de Praga.

Pero he aquí que otro escritor y dramaturgo llamado Vaclav Havel escribió un año después su propio ensayo acusando a Kundera de escribir autoengaños demagógicos.

Con el tiempo Kundera se fue a Paris, vía una beca en Rennes, y en 1984 publicó La Insoportable Levedad del Ser, desde entonces logrando un éxito mundial popular y de crítica, incluso diciéndose que su novela es una de las más significativas del siglo XX.

La Insoportable… es una novela que cuenta varias temas emocionales, políticos y sociales entrelazados todos en una vibración con el mismo tapiz de fondo: Checoeslovaquia: por un lado es la historia de un doctor mujeriego que busca a través de muchas mujeres (utilizando una enigmática Regla de Tres) sin encontrar el algo que separe a una de entre todas (la enigmática millonésima parte), y lo encuentra en una mujer que lo subyuga haciéndole abandonar todo.

Esto más la cuestión misma de la Primavera de Praga con su consiguiente represión y aún más agreguémosle el consabido ensayo de lo que es lo “kitsch”, profundo y brillante al mostrar su repugnancia y vulgaridad, asimismo contando de manera extensa, como desprendiéndose de la misma historia, sobre la esencia de lo que es liviano, no el sentido del peso en sí, no en el tono de la gravedad, o en la interpretación de lo que es ligero y por tanto tan trivial, como el aire mismo de la misma existencia del mismo ser humano.

Con el tiempo Vaclav Havel se convirtió en un célebre dramaturgo y consiguió la trascendencia formando parte importante de la Revolución de Terciopelo de 1989 (otro Annum Mirabilis) que acabó con la presencia y evidencia de los suavemente derrotados soviets de Gorbachev, circunstancia que le dio incluso la oportunidad de llegar a la Presidencia de su país… país que poco después fue dividido a como debía de ser con todos esos detalles que nunca acabamos de entender, pero que finalmente comprendemos que después del juego de los mapas de los aliados de la Primera Guerra Mundial, lo que los mapas han unido (chapuceramente), sí los pueda separar el hombre (al menos en esta ocasión pacíficamente).

Percibimos dos cosas claras con todo esto: una, que Kundera se fue a Paris, libre y su alma, y dos, que Havel se quedó en Praga, la batallosa y compleja.

Ya entendemos porque los dos no se aprecian en demasía.

El caso es que Kundera dejó de pertenecer a la por decir así: “Industria Cultural Checa” y se dice que le tiene una gran antipatía. Se cuenta que cuando va a Brno, su ciudad natal, utiliza al registrarse en los hoteles un nombre falso.

No sé si sea malo para él, pero en encuestas recientes sobre los checos más grandes de todos los tiempos quedó claro que sus paisanos lo desconocen en lo general: lo pueden encontrar en el puesto 85, muy rezagado de por decir, Martina Navratilova.

Ahora, ¿cuál es mi ángulo especial al respecto de todo este simpático asunto?

Pues yo me tardé mucho en leer el libro de La Insoportable Levedad, como casi diez años después que me lo prestaran (sí, era prestado, reconózcolo…). Se me hizo un libro genialmente escrito, eso sí, no es nada liviano, y algo de lo personal especial que recuerdo es que ahí descubrí un asunto que tiene que ver, de entre todas las cosas, con la transmisión de las ideas (o de los memes…, o sea, ideas que buscan cerebros en los que cuales reproducirse, teoría original de Richard Dawkins).

Por lo mismo quedé muy satisfecho con cierto asunto vindicatorio del cual estoy muy orgulloso ya que la lectura del libro de Kundera me lo vino a corroborar y que sería mejor que leyeran de él en mi libro de Nuestras Guerras Secretas (nada que ver con el de Kundera… excepto en dos detalles), pero que tiene que ver con algo de mucho sentido práctico para las mujeres, sí, definitivamente que sí.

Si están interesados, y sobre todo, interesadas, pueden verificar lo del libro de Nuestras Guerras Secretas en el blog de
www.nuestrasguerrassecretas.blogspot.com , donde espero que encuentren información de que es a lo que me refiero.

Nada más para cerrar el punto del ejemplar que leí, sólo puedo comentar que lo perdí durante un exilio digital temporal que tuve hace pocos años y desde entonces lo he lamentado mucho (junto con los otros que perdí en ese instante, caray).

La Insoportable Levedad del Ser, un libro de nuestros tiempos, excelente.

No he leído otros libros de Kundera, pero debo de hacerlo, me estoy perdiendo de algo, según me dicen. Y espero leer algo de Vaclav Havel, por supuesto.


Lejos estaría de hacerlo menos, también por supuesto.

Estoy plenamente seguro de ello.

jueves, noviembre 09, 2006

El Cosmos de Carl Sagan… y el de todos nosotros


Fue como en 1981 o 1982 cuando en México apareció por primera vez en televisión la serie de Cosmos.

El tipo que apareció con su saco de pana y un sweater de oscuro con cuello de tortuga hablaba de un viaje de la imaginación. Podía ser un documental y en aquellos los documentales no eran lo que hoy son. Aún y que la calidad y su capacidad de entretenimiento mejoraba año con año, la gente no los veía con mucho agrado. Pero este cuate era diferente. En primer lugar hablaba de ciencia sólo él. Él lo presentaba como si fuera su producto, definitivamente no era un investigador anónimo que sólo aparecería una vez y ya. No, este parecía que llegaba para quedarse.

Usaba muchas imágenes grandiosas de planetas, sistemas solares, galaxias, universos, de pronto se encontraba en un campo, de pronto en una ciudad, de pronto dentro de un pulsar. Pero de alguna manera el documental no se alejaba de ti. Al contrario, se acercaba, tendía a hacerte sentir como en casa, como en tu terreno familiar de todos los días. Mostraba las conexiones de lo de arriba con lo de abajo, como por ejemplo, su uso como metáfora de nave de transporte un sencillo diente de león que se encontró en el campo, frente a sus pies, tomándolo con sus manos y soplando a través de él.

Las plumillas salieron volando lentamente, hacia todo el universo.

Sagan comienza así su libro de Cosmos:

Actualmente hemos descubierto una manera elegante y poderosa para entender el universo, un método llamado ciencia; se ha revelado a nosotros un universo tan antiguo y tan vasto que los asuntos humanos parecen a primera vista de poca consecuencia. Nos hemos alejado del Cosmos. Nos ha parecido remoto e irrelevante para nuestras preocupaciones diarias. Pero la ciencia ha encontrado no solamente que el universo tiene una grandeza que inspira éxtasis y vértigo, y que no sólo es accesible al entendimiento humano, sino que también nosotros, en un sentido muy real y profundo, somos una parte de ese Cosmos, nacidos de él, y con nuestro destino profundamente conectados con él. Los eventos humanos más básicos y los más triviales se pueden trazar hacia atrás hacia el universo y sus orígenes…

Con esas palabras dimos inicio a su viaje por el Universo afuera de nuestro planeta y más allá y al Universo adentro de nuestras mentes.

Desde esa plumilla de diente de león nos dio un viaje relevante por cientos de lugares y de épocas, colocándonos en los mismos lugares en los que sucedieron sucesos claves para el desarrollo de la ciencia.

Estuvimos con los griegos, con los holandeses del siglo XVII, con los egipcios que erigieron Alejandría, estuvimos incluso dentro de la biblioteca de Alejandría en uno de los primeros recorridos virtuales de alguna lugar por televisión; estuvimos con el científico en la Antartida que propuso un pequeño laboratorio mecanizado para descubrir posible vida en sus primitivas manifestaciones a ser incluido dentro de la nave espacial Vikingo que llegó en 1976 a Marte y que finalmente no incluyó ese pequeño laboratorio. Sagan termina ese segmento comentando sobre la muerte del científico en algún lugar de la Antartida mientras estaba en las investigaciones biológicas de diversos tipos. Carl Sagan decía románticamente, que le gustaba imaginar que lo último que pudo haber hecho su amigo fue investigar algo que le llamó la atención en algún risco, quizá un detalle que no debió estar ahí, que probablemente lo entusiasmó tanto que pudo ser la causa de la muerte.

Carl Sagan predicaba eso, entusiasmo por la ciencia, entusiasmo por preguntarse el porqué de las cosas a nuestro alrededor, convencido como estaba de que el cuestionamiento básico del todo te lleva por un camino hacia una mejora segura sobre tu ambiente, cualesquiera que este fuera; él sabía que la curiosidad te llevaba tarde que temprano a la elevación del espíritu humano por sobre todo, por sobre encima del odio, por sobre encima del temor al desconocimiento, por sobre los prejuicios, por sobre la depredación de este nuestro planeta, por sobre los mismos destinos fatales promovidos por las fallas del carácter humano.

En su libro Pale Blue Dot muestra una foto a la lejanía tomada desde la sonda Voyager 2, de la Tierra y la Luna juntas, en la que se miran sólo pequeñas manchas pálidas, una azul no demasiado más grande que la otra, blanca. Lo que se llega a percibir en primera es la pequeñez, la real pequeñez de nuestro entorno. Para comprender que es cierto, fuera de aquí no ha de haber nada a muchos trillones de kilómetros a la redonda.

Mirar la Tierra y la Luna de ese modo nos da una perspectiva correcta de nuestro real tamaño y momento. No somos nada y no seremos nada. El tener la capacidad de destruir el planeta no significa que lo destruyas y que solo quede polvo, lo que sucederá es que la vida como la conocemos ya no será más. Y de eso sí se puede ser culpable aunque ya no haya nadie para que de sentido moral a esa responsabilidad. O sea, el planeta es grande para nosotros, pero ¿quiénes somos “nosotros” en realidad? ¿Y qué buscamos?

Una cosa fue la serie de Cosmos y otra el libro que salieron por la misma época, como dice el mismo autor, uno alimentando al otro, uno complementando al otro. Ilustrado profusamente por imágenes, gráficas, diagramas sencillos de asimilar, de entender, el libro de Cosmos te va llevando de la mano por ese, su viaje a la imaginación.

Carl Sagan también estuvo envuelto en los lanzamientos de varias sondas al espacio, como la del Mariner en 1971, la de los Pioneers de 1975 y la de los Voyager en 1977, e incluso estuvo además en el equipo para colocar dos platos dorados que contenían información básica de la tierra, en forma de fotos y sonidos en lo que se llamó Murmullos de la Tierra.

En el sentido de exploración espacial, Sagan, consciente de las limitaciones de presupuesto y con las ansias de utilizar al cien cada dólar duramente aprobado por un congreso ya cansado de la exploración Apolo, propuso la utilización de sondas pequeñas y baratas en la medida de lo posible para realizar la exploración del Sistema Solar, antes que seguir enviando gigantescos trasatlánticos tripulados por tres personas al espacio, para que de todo eso sólo llegara una lanchita después de una semana de viaje.

Sus ansias por mostrar la conexión de la ciencia con la esencia de la humanidad lo impulsó incluso a adentrarse en la literatura. Su novela Contacto, (al parecer Sagan tenía el gusto de comenzar varios libros con la misma letra, entre otros: La Conexión Cósmica, Contacto, Cosmos, Cometa), es una puesta en marcha de un enfrentamiento entre la fe y la ciencia en ámbitos más allá de la imaginación, esto a través de la creación de una estructura cuyos planos llegaron gracias a mensajes de radio cifrados y recifrados de origen extraterrestre, y que tuvieron que ser comprendidos, y que con ellos podría llevar a la humanidad a entrar en comunicación con civilizaciones más allá de nuestra misma galaxia.

En la novela se narra como una científica, una especie de alter ego sin duda de Sagan, se enfrenta con decenas de involucrados: religiosos, fanáticos, burócratas, millonarios, científicos celosos, políticos que tienen una opinión determinada de cómo llevar a cabo ese contacto siempre soñado, siempre temido.

La poca o mucha maestría que Carl Sagan pueda proyectar como novelista palidece frente a la intención de enviar un mensaje a todos sus lectores: la ciencia está para ayudar a comprender la existencia del ser humano y su conexión con el universo, no para destruirlo o aprisionarlo.

La Conexión Cósmica, Los Dragones del Edén, El Cerebro de Broca, el mismo Cosmos, son evidencias de una necesidad de divulgar la ciencia en todo lo posible a todo quien quisiera escuchar. Como científico reconocido provisto con la capacidad de hacer entendible los misterios aparentes detrás de la ciencia, Sagan buscaba tender puentes hacia la comprensión y la luz de que nuestro futuro depende de cómo la entendamos.

Al final de sus años Carl Sagan tal vez se volvió sombrío, quizá porque se sintió que estaba con los días contados y que tenía muchísimo por delante que hacer.

Sacó dos libros claves para entender su posición frente a los abismos de la ignorancia que campean por todas partes de nuestra existencia: Sombras de Antepasados Olvidados y El Mundo y sus Demonios.

El primero, el de Sombras recorre el camino de la existencia de la vida desde los primeros organismos unicelulares, la invención del sexo a cambio de la muerte (uno de las ideas más estimulantes del libro), pasando por las conductas de los invertebrados, los dinosaurios, las aves, los primeros mamíferos y finalmente los primates, antesala para llegar a los hombres, casi como un libro que habla de zoopsicología comparada, pero que muestra la muy interesante senda hacia lo que somos hoy por hoy.

Dice:

La madurez supone estar dispuesto a mirar cara a cara los lugares largos y oscuros, las sombras temibles, por penoso y duro que esto pueda ser. En este acto de recuerdo y aceptación ancestrales podemos encontrar una luz que permitirá llevar a salvo a casa a nuestros hijos.

El Mundo y sus Demonios: La ciencia como una luz en la oscuridad es más bien una muestra de los prejuicios, la irracionalidad, las falsas creencias, la anticiencia, los fanatismos a los que el hombre recurre cuando por su misma falta de interés, prisa, alcance o fatal falta de curiosidad se conforma con lo que más le acomode (dioses, falacias, creencia absoluta en el destino), para interpretar lo que tiene delante de sí o el mismo mundo más allá, lo cual, estamos plenamente conscientes, puede llevar a cambiar sistemas de educación, a reducciones de gastos importantes en investigaciones necesarias para la misma sobrevivencia del hombre, a tomar sesgos que involucren incluso la seguridad de las personas.

Es como si Sagan nos estuviera previniendo constantemente de los tiempos en los que vivimos, ¿o serán los que siempre hemos vivido?, en los que tenemos o tuvimos (dependiendo de que día se lea esto) un Presidente de la República y su esposa recurriendo a brujos para, quizá, tomar grandes decisiones que afectan finalmente los destinos de todos, los míos, los tuyos, los de tus hijos, lo de los míos. (Sin mucho ahondar, los Reagan hacían lo mismo: consultar a las estrellas a través de su astróloga de cabecera antes de tomar una decisión).

O que se promuevan a lo ancho de los medios las supersticiones, supercherías y las adivinaciones y adivinas y adivinos, el abuso de las líneas telefónicas que proveen servicios de horóscopos que sólo dejan con menos dinero a los incautos que prefieren recurrir a falsos oráculos a que les digan o aconsejen como resolver sus vidas, evitando al mismo tiempo aceptar su propia responsabilidad posponiendo también tomar el control de sus mismas vidas.

Abarcando temas como Política, Ciencia y Educación en un solo párrafo, al final de su libro de El Mundo y sus Demonios nos dice:

Si no podemos pensar por nosotros mismos, si somos incapaces de cuestionar la autoridad, somos pura masilla en manos de los que ejercen el poder. Pero si los ciudadanos reciben una educación y forman sus propias opiniones, los que están en el poder trabajan para nosotros. En todos los países se debería de enseñar a los niños el método científico y las razones para la existencia de una Declaración de Derechos. Con ello se adquiere cierta decencia, humildad, espíritu de comunidad. En este mundo poseído por demonios que habitamos en virtud de seres humanos, quizá sea eso lo único que nos aísla de la oscuridad que nos rodea.

Carl Sagan en diciembre cumple diez años de haber muerto y aún me ofende que sus libros aparezcan junto con los de esoterismo en una librería cualquiera (eso que se dicen faros del conocimiento en medio de la población). Me ofende también que personas de la talla de Eduardo Ruiz Healy, se supone periodista, enterado e informado, afirmen a la ligera que Sagan escribía libros de ciencia no siendo científico, situación que le molestaba, según él, a la academia científica, sin estar enterado este señor que el Doctor Sagan lo era en Astronomía y en Astrofísica, desde 1960.

¿Más cosas que ofenden? Que los defensores de las teorías de los OVNIs utilicen los libros y comentarios de Sagan fuera de contexto para que apoyen sus propias teorías descabelladas sin entender que si es cierto que Sagan sí creía en la posibilidad de vida extraterrestre en el Universo, eso era muy distinto a pensar que hayan sido extraterrestres los que construyeron las pirámides, las líneas de Nazca, o que sigan apareciendo seres chaparros con ojos en forma de conito secuestren personas, o que traigan sus navecitas en forma de lucecitas dizque caprichosas para que dancen enfrente de cámaras de aficionados… en lugar de hacerlo por decir en medio de un América-Guadalajara, o algo así…

Se abre paréntesis:

…lo único que hacen es darle dinero a la causa de Jaime Mauno-se-qué (no le voy a dar el gusto de escribir su nombre aquí ¿para qué? ¿para que Google le ponga otra aparición en la red por humilde que sea este escrito?), el cual me tiene hasta el copete con sus rollos infantiles y temerosos de que el cielo caiga sobre su cabeza como por ejemplo en su defensa sospechosa a ultranza de las figuras de los trigales (tiene gracia, en los únicos lugares en los que suceden esas figuras son en donde hay campos para hacer figuritas, ¿por qué no se aparecen en el patio de la escuela de alguien, o en la universidad, ¿por qué en campos? ¿No que son seres inteligentes?). Sospechosa sí, sino ¿de qué hubiera vivido el señor en los últimos veinte años?

Dejemos a las fuerzas oscuras del lado de la cuneta, junto con los escombros de la ignorancia y cerremos el paréntesis.

Volviendo a Carl Sagan.

Aún tengo y veo de vez en vez sus videocasetes que Televisa sacó allá por finales de los ochentas. Oigo la genial voz del tipo que le hacía el doblaje. Miro el rostro de Sagan brillar lleno de eso, de entusiasmo, de emoción, al estar frente a unos niños en el aula a la que él había asistido de pequeño en Brooklyn, explicándoles de manera sencilla las complejidades de la danza de los planetas alrededor del sol.

Observo al doctor Sagan recreando la leyenda de unos guerreros samurais que murieron en el mar y que volvieron como ciertos cangrejos que tienen en la parte del caparazón el rostro de un guerrero y que los pescadores de cangrejos al percibir ese rostro con respeto los dejan volver al mar … con lo que los que más tengan ese rostro en su caparazón se seguirán reproduciendo en perjuicio de los que lo tengan liso, todo finalmente producto de la imaginación de esos pescadores, y de ese modo ayudando a explicar la teoría de Darwin de la Selección Natural.

Miro cuando aparecen en la noche las estrellas y forman figuras que a algunos les parecen bueyes, otros cocodrilos, y a otros más, burócratas esperando a que su señor les de audiencia.

Veo a Sagan leyendo horóscopos de su signo para demostrar lo vago e irrelevante que son esos pequeños mensajes, reflexionando que a todos los que estemos con nuestro nacimiento en un período determinado, no nuestra edad ni nuestro ambiente ni nuestra herencia, a todos nos dan el mismo vago consejo.

Leo los nombres de los capítulos de Cosmos: La Armonía de los Mundos. Cielo e Infierno. Blues para un planeta Rojo. Cuentos de Viajeros. El Espinazo de la Noche (uno de los mejores nombres). Viajes en el Espacio y Tiempo. Las Vidas de las Estrellas. El Filo de la Eternidad (este es majestuoso). La Persistencia de la Memoria (apela al sentido interior del equilibrio de lo micro a lo macro). Enciclopedia Galáctica. ¿Quién habla en nombre de la Tierra?

O sus frases con las que empieza muchos de sus capítulos:

Lo conocido es finito, lo desconocido infinito; intelectualmente estamos en una isla en medio de un océano ilimitado de inexplicabilidad. Nuestro deber en cada generación es reclamar un poco más de tierra. – T. H. Huxley, 1887.

Hasta la palabra Google tuvo que ver con Carl Sagan, que aunque él no la inventó, expuso públicamente en su libro y serie, capítulo de Las Vidas de las Estrellas en donde hace una referencia a un número altísimo, y a continuación cuenta la historia de un matemático americano llamado Edward Kasner que necesitó una palabra para denominar al número definido por diez elevado a la centésima potencia, y que le pidió a su sobrino de nueve años una palabra para ello, para lo cual su sobrino le propuso la palabra Googol, de ahí fue cuando salió también el Googolplex, o sea, un diez a la Googol. Los chicos de Google no batallaron mucho después. Si lo leyeron o vieron o no en Cosmos, no importa, ahí salió hace veintiséis años.

¿Más frases? (¿dónde consiguen los escritores tantas? ¿En el Familiar Quotations de John Bartlett?)

Nueve mundos yo recuerdo. –Las Eddas Islándicas de Snorri Sturluson.

Me he vuelto la muerte, la destructora de mundos. –Bhagavad Gita.

Las puertas del cielo y la muerte son adyacentes e idénticas. –Nikos Kazantzakis, La Última Tentación de Cristo.

Las palabras finales de su libro Cosmos, son:

“Porque somos la encarnación local de un Cosmos que maduró hacia la consciencia de sí. Hemos comenzado a contemplar nuestros orígenes: materia estelar ponderando las estrellas; ensamblajes organizados de diez billones de billones de billones de átomos considerando la evolución de los átomos; trazando el largo viaje por el cual, aquí al menos, la consciencia apareció. Nuestras lealtades son a la especie y al planeta. Hablamos por la Tierra. Nosotros hablamos por la Tierra. Nuestra obligación de sobrevivir no es sólo para nosotros mismos sino a también para ese Cosmos, antiguo y vasto, del cual procedemos.”





El legado de Carl Sagan a los diez años de haberse reintegrado su espíritu y consciencia al Cosmos, es y será permanente en lo que podamos, eso queremos, eso procuraremos.

miércoles, noviembre 08, 2006

Ecos y Noticias de la vida y del amor...


Daniel Ortega es, desde el día de hoy, o desde el domingo pasado, pues, presidente electo de Nicaragua. “El hombre que hace ver rojo a Reagan”, es lo que decían de él en 1986. La casa donde vive fue secuestrada desde los tiempos de la revolución sandinista, 1978. Se la secuestro al tipo que es ahora… su vicepresidente… quién ya lo perdonó.

No se sabe hacia donde va a ir el gobierno del señor Ortega. Nicaragua, segundo país más pobre de América.

Donald Rumsfeld ya renunció al puesto de Secretario de Defensa. (¿no sería más apropiado, “Secretario de Guerra”? Acaba de decir en uno de sus últimos discursos como Secretario, o de sus primeros como desempleado, que la Guerra de Iraq ha sido incomprendida por el pueblo norteamericano. Que ha sido mal entendida.

Uff, ¿Qué pensarán los iraquíes? Digo, también cuentan.

El caso es que la Cámara de Representantes de los Estados Unidos ya tiene mayoría demócrata. Algo debe de significar, tal vez ya se les acabará el dinero alegre para la Guerra. Tal vez ya se pensará mejor para asuntos como los del Muro, cosas así.

Por cierto, el Muro en estas generaciones, o más bien, la palabra o concepto “El Muro”, ya no tendrá que ver con dos Alemanias, o del comunismo, o de Brezhnev, o de la Guerra Fría a la que el Mundo libre se opuso terminantemente desde su concepción.

En un alarde genial que el Gran Hermano, el real, el de George Orwell (me maldigo a mi mismo por tener que aclararlo), estaría muy feliz de que sus enseñanzas en este mundo alternativo en el que vivimos, El Muro ya no es repudiado por las grandes democracias. El Muro se ha convertido en un asunto de soberanía, de cuidar el patio trasero que cualquiera tiene derecho a realizar en su casa. Es de dudarse que un presidente norteamericano le grite a su contraparte: “MR. GORBACHEV, TEAR DOWN THIS WALL!” Un presidente norteamericano no puede gritarse o retarse a sí mismo, sospecho, sin que quede en ridículo, ni siquiera este presidente que conocemos.

El Muro tendrá que ver con un asunto dizque de seguridad nacional. El Muro tendrá que ver con un asunto de pensar que se detendrá un arroyuelo humano, no es marea, no es río, no es afluente siquiera. Pero no pasará nada. Se construirá. No habrá fondos para sellar la frontera. Los coyotes cobrarán más caro. Los que vayan allá no podrán regresar y se tendrán que quedar. Las remesas seguirán llegando.

El señor Bush, dicen, está molesto y enojado por la derrota de su partido por los republicanos. Pues yo no sé. Pero no perdió por goliza. Perdió a lo mucho por uno, bueno, está por verse si se empata la Cámara de Senadores, pero, está empatado. Claro, perdieron un buen, ¡pero está empatado!

El presidente que cree que Dios le habla, no perdió de calle. Por decir, Arnold Schwarzenegger, con su acento austriaco, con sus opiniones controvertidas hacia los inmigrantes de todas las naciones, excepto los de origen austriaco, claro, que incluso deberían ser elegibles para ser candidatos válidos a la Presidencia de los Estados Unidos de América, conservó la gubernatura de la décima economía del Mundo, California.

No pienso que haya mucho que celebrar, sólo que le costará más al señor Bush realizar sus caprichitos… si es que vuelve a realizar alguno.

La Guerra que nunca fue. Iraq es la traducción árabe de Vietnam. Irán, Corea del Norte. Lindos panoramas. Clinton. ¿Dónde te encuentras? Vuelve, Mónica ya no está.

Como alguien dijo desde hace décadas. Cuando los norteamericanos tienen elecciones, todo el planeta debería de votar.

Mientras la APPO sigue en pie. Martha asegura que ella hizo lo correcto al querer evaluar la posibilidad de ser candidata a presidente. A Fox le negaron el permiso de ir a Australia de baby shower. Le quedan 22 días de Presidente. Casi 21. ¿Qué podrá hacer? Digo, no es la tragedia nacional su mandato y se espera que su final tampoco lo sea, pero… creo que respiraremos cuando llegue Felipe al poder. Digo, es mi país y deseo que le vaya bien a mi país, primero que nada y si a Felipe le va bien, pues que mejor.

¿Y Oaxaca? ¿Y los bombazos? Sólo esperar a que algo se resuelva. En eso no aguantaremos la respiración. Nos ahogaríamos.


Nada más por agregar algo al final. Vi la película de Mr. Smith Goes to Washington, de Frank Capra, de 1938, con el gran Jimmy Stewart. Es acerca de una persona común que llega al Senado de los Estados Unidos. Le toca estar en medio de un asunto medio sucio al que se opone. Por culpa de esa negativa a envolverse es acusado de una falta que lo obligaría a dimitir en medio de vergüenza. El punto es que le toca a él utilizar todos los medios posibles para evitar que el Senado no vote y lo expulsen. Mientras gana tiempo para poder exponer la verdad de la corrupción que existía en su estado, donde un hombre maneja los hilos.

Su exposición es magnifica, sus palabras honestas, llenas de patriotismo, no patriotería, hablando de los ideales que deben de formar cualquier nación, cualquier gobierno que se respete. Causa emoción la manera en la que el Señor Smith, un don nadie, un cualquiera, un hombre común, estando en el estrado tras de casi veinticuatro horas de alargar su turno para poder demostrar la culpabilidad de su oponente, se muestra con toda la debilidad de sentir el mundo en sus espaldas es exonerado de una manera inesperada.

La emoción embarga a los espectadores mientras vemos como la democracia debería de funcionar y como la corrupción será siempre presa de la justicia y de la verdad.

O algo así.

Una obra maestra de Frank Capra. Se recomienda ver esta película, Mr. Smith Goes to Washington y poder ver inmediatamente después It’s a Wonderful Life, también de Capra y de nuevo con el maravilloso Jimmy Stewart. Fabulosas ambas.

Los malditos te atraparán y tendrás tu nudo en la garganta, en ambas películas.

Pero en fin, para eso son las películas, para soñar con los mundos ideales, ¿no?

lunes, noviembre 06, 2006

El Recordadísimo No-Desfile del 20 de Noviembre de 1976


Que treinta años no es nada.

Con motivo de que este 20 de noviembre próximo no se va a desfilar en la ciudad de México (por cuestiones eminentemente políticas, por supuesto) me logré acordar de mi propio, y único, momento para desfilar, mi 20 de noviembre, pero de 1976.

Y es que este 20 de Noviembre se cumplen treinta años de que no se participó, por lo menos de parte de mi escuela, el Instituto Regiomontano, en el desfile deportivo de ese día en la ciudad de Monterrey.

Primero que nada mi escuela, el Regio, donde estudié parte de mi primaria (los 
primeros dos años), secundaria (los tres completos) y hasta preparatoria (cuando era de dos años) es de los llamados colegios de tradición de esos como hay en todas las ciudades, colegios típicos de los que los escritores luego escriben sucesos que tuvieron que ver dentro de sus instalaciones como Los Cachorros de Vargas Llosa o Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco (que acabo de comentar en estos días) y que los formó o deformó para siempre en sus personalidades.

Cómo ya sabemos, la escuela es uno de los pivotes más básicos de la existencia de las personas. En ella te enfrentas a la selva por primera vez, a la competencia, a la crueldad, a los desprecios, a estar en parte de la sociedad en la que por primera vez te vas midiendo en todas proporciones, lo quieras o no.

Por supuesto que también en la escuela están sus momentos geniales, divertidos, sublimes, irremediablemente estúpidos. O sea, hay de todo. No se puede pedir más.

Para mí los años de 1976 y 1977, Segundo y Tercero de secundaria, significan de los mejores años de mi vida entera.

Desde su fundación, en 1942, el Regio quiso, y logró, figurar como escuela protagonista a través de la participación constante y permanente en los eventos en los cuales se pudiera manifestar públicamente sus ideales de disciplina y responsabilidad tales como se pueden muy bien exteriorizar en los desfiles cívico-deportivos. 

Así las cosas, el Regio participaba con su banda de guerra y de música sin cesar en ellos, ya sea en la calles de la ciudad de Monterrey el 20 de noviembre o en las calles de Laredo, Texas (no olvidar el pasaporte y dinero suficiente para comprar allá “del otro lado”), cada tercer domingo de febrero de cada año, en el día conmemorativo de Washington.

Pero el año de 1976 fue diferente.

Nosotros vivimos una adolescencia en lo político muy distinta a la que los adolescentes de estos tiempos presentes han vivido. Éramos más sumisos, más conformes con lo que sucedía. No estábamos tan enterados de lo que pasaba afuera. No había muchas fuentes de información de las cuales disponer. (Bueno, se dice que las nuevas generaciones están hoy más indiferentes que nunca, excepto los radicales de Oaxaca, pero, mmm, luego lo comentamos.)

Ahora todas las protestas que se ven en la calle son ya cosa común: las manifestaciones, los bloqueos a las calles, las pintas, la falta de respeto a la autoridad (cuando no es ella la que los promueve, por si no se habían fijado, a través de proveer las carpas o de que no los molesten en sus actos) son cosas de todos los días.

El autoritarismo se diluyó y quedó el vacío total. No quisiéramos un regreso a esos tiempos, pero la mano firme para aplicar la ley, y lo repetiremos en mayúscula: PARA APLICAR LA LEY (no se olvide, el sujeto clave es LEY, el verbo clave es APLICAR), sigue sin aplicarse.

Es lo que siempre hemos deseado.

Déjenme les cuento que hace 30 años en 1976 había un presidente que se llamaba Luis Echeverría Álvarez. 

Considerado como el cerebro intelectual de la represión de Tlatelolco de 1968, de aquél dos de octubre cuando siendo Secretario de Gobierno, con todos los poderes efectivos de un presidente, contrapunteó al ejército frente a un grupo paramilitar, el Batallón Olimpia, y en medio de todo e indefensa, una multitud como de 3,000 personas en la plaza de las Tres Culturas.

En 1968, con las Olimpiadas encima y el Gobierno comprometido a dar un “buen ejemplo a las Naciones” de dedicación, fervor público, de participación y sobre todo de paz, eso fue precisamente lo que dieron, mucha paz, eterna en muchos casos, a ese pueblo que recibiría tan calurosamente a esos atletas que vinieron de todo el mundo a sus competencias.

En ese tiempo, finales de sexenio, y sin saberlo abiertamente el pueblo, se llevaba a cabo unas silenciosas luchas de poder impresionantes entre los posibles precandidatos a la Presidencia de la República.

El PRI, una de los mejores aportaciones que México ha dado al mundo o el cómo hacer que muy diversas facciones, aguerridas todas ellas y deseosas de ocupar el Poder, no se maten a balazos todos contra todos y mejor coincidan en un candidato de unidad y paz a través de un pacto de caballeros (aparentemente y dentro de lo que cabe), decidió ese año, bueno, el presidente Díaz Ordáz los puso de acuerdo, a que fuera el ultratrabajador y ultraenérgico Luis Echeverría Alvarez el designado como el mejor hombre de la Revolución para dirigir los designios de México de 1971 a 1976.

Éste, callado y obsequioso además de aparente lector de la mente de Díaz Ordáz, se revolucionó en otra persona: Echeverría se volvió de pronto locuaz y juvenil, tanto, que se puso de parte de los jóvenes como respuesta al agravio de Tlatelolco (incluso guardó un minuto de silencio un año después por las víctimas), sorprendiendo a todos, pero a tooooodos, en primer lugar a Díaz Ordaz y al ejército, por supuesto,.

Años después, del ex presidente Diaz Ordaz después se dijo que desde entonces se cacheteaba a diario frente al espejo para castigarse por haber elegido a Echeverría como su sucesor.

Echeverría ganó de todo a todo ese día de julio de 1970 y empezó de inmediato a darle otro sesgo al gobierno. Bajó la edad de votación a los jóvenes a los 18 años y también las edades para ser candidatos a diputados, senadores y gobernadores, queriéndose ganar así sus voluntades.

El primer domingo de ese julio en Tampico, yo de siete años, acompañé a mi mamá a que ella votara en una casilla de la Avenida Hidalgo esquina con Ejercito Nacional, que luego se llamaría Ejército Mexicano. Mamá votó muy obedientemente por el PRI. 

No sé si, hoy por hoy, lo lamenta.

Pero las cosas no pueden hacerse bien sin balance o equilibrio y el señor Echeverría no lo quiso hacer. Se hizo amigo del Tercer Mundo, viajó, viajó y viajó; abandonó el modelo de Desarrollo Estabilizador de tanto éxito en los 60's y lo único de lo que nadie se queja de aquellos años de 1958 a 1970: poca inflación y crecimiento constante y continuo, para irse después a modelos claramente inflacionarios que inquietaron a muchos; y por si fuera poco, se enemistó con los dueños del dinero por sus escarceos con los populistas y socialistas estrellas de entonces, Fidel Castro y sobre todo, Salvador Allende.

Mi papá durante esos años, 1971 a 1973, me encargaba todos los domingos puntualmente El Heraldo de México, que compraba yo obedientemente en una revistería, de la misma Avenida Hidalgo, cerca de la calle Delicias (ahí conocí por primera vez la norteamericana revista MAD, por cierto, el comienzo de la puesta en duda y la burla hacia la autoridad establecida, cuando es requerida) y siempre que me ponía a leer los titulares me encontraba constantemente con unas siglas que no reconocía de todo a todo: “LE” y “LEA”. Mucho tiempo después me di cuenta que eran las siglas del ya no tan flamante Presidente de la República (¿qué querían?, tenía 8 años apenas). Lo que si me queda muy claro fue un titular del Heraldo que todavía lo tengo en la mente, no sé por qué razón: “1973, AÑO DEL DESPEGUE ECONÓMICO DE MÉXICO: LE”.

Esos años también fueron cuando apareció la Liga 23 de Septiembre, compuesta supuestamente por personas que eligieron la lucha subversiva para manifestarse, muy violenta para esto, robando bancos, asesinando policías, secuestrando hombres de negocios, generando así un clima de incertidumbre total en la población.

Es cuando comenzaba a decirse que la Liga estaba patrocinada (o favorecida de cierta manera) desde adentro del gobierno, y de hecho se ha llegado incluso a decir en estos últimos años que la noticia de que se iba a secuestrar a Don Eugenio Garza Sada, patriarca industrial de Monterrey, cerebro creador de muchas de las empresas e instituciones que movían a esta ciudad y que murió en esa ocasión, en la mañana del 17 de Septiembre de 1973, se conocía desde hacía un año y medio antes, y que los departamentos oficiales de seguridad encargados dieron aviso y que nadie movió un solo dedo para notificar o prevenir la amenaza, lo cual estuvo siempre a su alcance.

¿Quién con suficiente poder podría tomar ese tipo de decisiones? ¿O de crear ese clima estúpido de confrontación?

Sin pecar de ingenuos, tal vez no lo sepamos nunca con seguridad.

Los rumores de escasez también estaban a la par. Se decía en las oficinas, en las escuelas, en las casas, que alguien sabía que pronto faltarían en los supers productos de consumo básico tales como pastas de dientes, sopas, aceites comestibles, etc. La reacción de la gente no se hacía esperar saliendo disparados hacia los establecimientos comerciales para surtirse por si hacía falta, provocando a su vez la escasez tan temida.

Siendo así, la gente empezó a sacar su dinero del país. Es innecesario decir que por más que las cosas aparentasen estar bien no lo estaban.

Yo estuve en sexto año en 1973-1974 (en la escuela primaria pública Fernández de Lizardi, al Regio no volví hasta secundaria) con un maestro que usaba el pelo largo y que era en sus enseñanzas alguien como de tipo extremista. Él nos hablaba acerca de que el comunismo y el fascismo históricamente eran una buena opción para los pueblos, hablaba genialidades de los nazis y del mismo Füehrer, of course y de lo terrible que eran los judíos y los norteamericanos. Yo intuí que no sería una buena idea comentarlo todo eso en casa. Hasta que pesqué al maestro en una contradicción básica (sí, a los 11 años, era muy básica) y desde ahí comencé a dudarle de todo lo que decía. El problema inesperado que se generó es que me hizo dudar de todo lo que me dijeron posteriormente. Ahí comenzó una gran carrera hacia ser librepensador (okay, con sus asegunes, pues).

En aquél tiempo se hablaba mucho de una Ley de Asentamientos Humanos en la que se afirmaba por entonces que “se iba a promover la compartición de los hogares que se consideraban subutilizados, con personas que no necesariamente fueran sus dueños”. Una equivalencia a una comunización de facto para la población. Sin saber con claridad si eso era esa Ley, o a que se llevara a cabo en realidad, eso era lo que la gente creía que iba a pasar. ¿Cómo no se iba a tener miedo?

¿Qué sucedía allá arriba? ¿Qué pensaba el Presidente Echeverría? ¿Qué pensaba su gente?

Se inauguró en esos años en Monterrey un novedoso centro de distribución vial llamado precisamente Complejo Vial Gonzalitos, Fausto, un compañero de sexto ya olvidado me dijo que le iban a cambiar el nombre a “Complejo Vial Echeverría”, ¿por qué?, pregunté yo, “porque tiene muchas salidas pendejas”.

En 1975 las fuerzas vivas eligieron al seguro sucesor de Echeverría, José López Portillo, que casualmente no hacía ni cinco años había sido sólo un abogado-intento de escritor rococó que daba clases en la Universidad y que de pronto fue llamado para ser director de la Comisión Federal de Electricidad, de ahí a ser (creo) Secretario de Hacienda, para que sólo a un paso pudiera ser elegido candidato presidencial (con el paso del tiempo se publicaron fotos de Luis Echeverría, de José López Portillo y del bueno de Arturo Durazo, juntos, de jóvenes, ¡ah, las buenas compañías!).

Además, con ese lema de “La Solución Somos Todos”, y sin nadie más compitiendo, ¿cómo no ser Presidente de la República?

Mi maestro Chuy, de Matemáticas de Segundo año de secundaria, tuvo un tiempo sobre su escritorio un libro que como título decía "Llámenme Pepe”, y en la portada aparecía un López Portillo muy campechanamente en campaña saludando al lector con su brazo extendido. El maestro no me lo dejó ni hojear. Quizá pensó que mi edad era muy temprana como para echarme a perder.

Pero las tensiones económicas en el país fueron rompiéndose como edificio de gobierno en terremoto y el mercado es el mercado, por más que se deseé y crea poder mandarlo a través de decretos y órdenes contradictorias. Me llamaba la atención que un tío mío, en la planta de leche que administraba y en la que yo trabajaba o hacía como que lo hacía los fines de semana y en vacaciones, a los trece-catorce años, La Purísima, se quedara siempre con los billetes de dólar que la gente pagaba al comprar su leche diaria, de envase de vidrio o de cartón, a sólo dos pesos con diez centavos el litro. (Como cambian las cosas: mi tío me pagaba 60 pesos el día, el salario mínimo era de 80, así las cosas yo me podría haber comprado casi 30 litros con ello, a pesos de hoy el salario mínimo sería de 400 pesos diarios, y está hoy ¿cómo a cuánto? ¿A 40 pesos?)

1976 también fue el año en que estuve clavado con mi maestra titular, la Hilda. Bueno, éramos legión yo y mis otros 179 condiscípulos. No había porque culparme, o culparnos, la maestra era, es, podría afirmarlo con certeza, preciosa, y sólo nos llevaba cuatro años de edad, ella era de dieciocho, todavía no terminaba su carrera de Licenciada en Ciencias de la Educación y nosotros andábamos por los catorce en promedio. Su perfume era, por cierto, bellísimo y evocador.

El peso ese 31 de agosto de 1976, y después de haber estado durante 22 años y meses a 12.50 por dólar, de repente quedó en algo llamado “en flotación” y se fue para arriba de los 18. El propio presidente Echeverría se negó en su kilométrico Sexto Informe de gobierno a utilizar la palabra “devaluación”. Mucha gente “enterada” sacó su dinero pocos días antes del evento. Muchísimos millones de personas más, se enteraron el mero día 31 con la sorpresa total, y la ira, en sus rostros disminuidos, en valores, y en ánimo.

Ahí entramos ya en nuestro entrelazar los temas de "megapolítica" y "muchachos de secundaria".

Allá por principios de noviembre de ese año de repente me dijo Jaime que a Claudia, su hermana, le había dicho Selma, su mejor amiga (no olvidar, ¡teníamos trece, catorce años!), que iba a haber Golpe de Estado. Un tremebundo Golpe de Estado. Ahí nomás.

Cuando escuchamos eso nos quedamos mirando el uno al otro. ¿Golpe de Estado? ¿No deberían los Golpes de Estado cumplir con un rito o protocolo de sigilo, de astucia, de secreto, de conspiración? ¿No son la antítesis de un conocimiento público que en nuestro caso nos fue transmitido, de entre todo el mundo posible, por unas niñas de Segundo de secundaria?

Pos sería el sereno, pero el caso es que nos dijeron en Educación Física en esos días que ni para qué ensayáramos ni las tablas, ni las pirámides ni los rollos esos gimnásticos. El Regio no iba a ir al desfile. ¿Cuántos años pasó el Regio yendo al desfile para interrumpirlo aquí precisamente? Como 33 años. Seguidos. ¿Desde entonces a cuantos desfiles ha ido el Regio desde entonces? A 29. Seguidos.

El mismo tío de los dólares me dijo que mejor no fuera al desfile del 20 de Noviembre. Que iba a haber problemas. ¿De qué tipo? No me lo dijo con claridad.

Con los años leí las crónicas políticas  periodísticas al respecto de que esos últimos días de noviembre fueron de miedo e incertidumbre muy reales.

Se decía que Echeverría se la iba a pasar nacionalizando tierras (como lo hizo en Sonora diez días antes de terminar su sexenio), provocando más divisiones, temores e inquietudes, mil cosas más. Se afirmaba que él pensaba que lo iban a matar ahí mismo en Sonora, a donde viajaría en esos días, muy valiente él.

En aquellos días también se intentó secuestrar, por parte de los estertores de la Liga 23 de Septiembre, y que les costó muy caro, a doña Margarita López Portillo, hermana del presidente electo… a la que después se le acusó de ser la culpable por negligencia de la quemazón de la Cineteca Nacional, uno de los peores desastres culturales de la historia de México (para seguir cortando leña del árbol caído, por su enajenación con Sor Juana Inés de la Cruz y por considerarse ella misma gran escritora, ah, la adulación de los subalternos es canija, se le puso a doña Márgara uno de los motes más ingeniosos que he conocido: La Pésima Musa), casi creo que todos pensaron que se la hubieran llevado los de la Liga, qué caray.

Pos no fuimos al desfile.

El día anterior al del dichoso desfile, el 19 de Noviembre, muy presente tengo yo, lluvioso y nublado, nos fuimos al cine a ver Rollerball, de Norman Jewison, con James Caan. Me gusta tanto esa película de gladiadores del futuro que pelean a muerte entre ellos (cualquier precampaña política, nada nuevo, pues) con patines y motocicletas, desde hace 30 años precisamente, que este año al ver el DVD lo compré de inmediato.

65 pesos, una verdadera ganga.

Y no hubo ningún Golpe de Estado. Nos chutamos con el Perro (él dijo que defendería el peso así, como un perro) otros seis años enteros más de poca gloria y mucho desencanto petroleros, a partir de ahí nos hicimos aficionados a terminar los sexenios en zozobra hasta el 2000; lo peor: nos acostumbramos a dejar de respetar las instituciones; a que la ironía, el cinismo y la desconfianza se posesionaran de nuestras mentes, y a que la palabra “crisis” se instaurara para siempre en el contexto nacional, al ladito de la bandera, del escudo y del himno.

¿Y el señor Echeverría? Vivito, libre, y coleando. Pescado enjabonado, es poco. Increíble.

¡Pero no fuimos al desfile, caramba!




sábado, noviembre 04, 2006

Las Batallas de Todos Nosotros


En muchas ocasiones nunca terminamos de conocernos. El recordar como fue nuestra niñez y nuestro ascenso, o descenso, hacia la adolescencia sólo indica de que manera terminamos actuando en la edad adulta. O tal vez nunca terminamos en sí.

Alguien dijo que el niño es el padre del hombre. Que finalmente todo lo que sabes, temes, gustas, deseas, adoras, viene de los tiempos en los que vas creciendo, en los que se forma tu esencia. Si te llevaron al fútbol, si tus hermanos escuchaban un tipo de música, o si compraban cierto tipo de ropa, tú serías así.

Finalmente vas componiendo el carácter en base a ese ambiente familiar y al ambiente posterior, el que ves en la escuela. Así, genética o herencia, medio ambiente y la misma educación, dan como resultado lo que el ser humano va siendo cuando crece.

Agreguémosle las lecturas claves que ciertas personas toman como si fueran la verdad rediviva y las cosas vuelven a cambiar. Tengo un amigo que le impactó tanto la novela-reminiscencia de Cristo se detuvo en Eboli, de Carlo Levi, que de pronto se volvió agnóstico. Leer a Henry Miller, Trópico de Cáncer, puede hacer a alguien pensar de determinada manera hacia las mujeres. Leer El Anticristo de Nietzche, igual hacia la existencia. El Extranjero de Albert Camus, tal vez nos haga pensar en lo absurdo de la vida.

Pero el caso es que los seres humanos algo traemos dentro de nosotros que nos vuelve afines, o desafines, si es que existe el término, hacia ciertas personas.

Acabo de leer Las Batallas en el Desierto mientras estuve esperando una hora a que mi hija terminara una clase. Es una novela breve, de cómo 60 páginas.

Se trata de una reminiscencia de finales de los años cuarenta de cuando el protagonista está en su quinto o sexto año de primaria y describe todo lo que está a su alcance, su escuela, su casa, el ambiente de la ciudad, sus compañeros.

En su momento habla de cada uno de sus compañeros, uno de origen gringo, otro de origen japonés, mexicanos todos los demás. Las casas son mostradas en cuanto a la recién modernidad lograda gracias al presidente Miguel Alemán, “Cachorro de la Revolución”, en cuanto a los primeros bienes que se integraban al hogar, llámese un refrigerador (como era común que todavía se usaran los de hielo diario), la lavadora, la radio, etc. (la televisión todavía estaba a varios años de distancia).

Exacto. No puede faltar en una novela de este tipo una descripción del ambiente político en el que se vive. Esto lleva a pensar con más razón de la que está uno consciente de lo que la política interviene en la vida de las personas, cuanto más que la Política es el ama de la vida de un país y por ende de sus habitantes. La economía y el bienestar de la gente en manos de los políticos y su entendimiento de lo que son las leyes y el bienestar para sus habitantes que dependen de ellas. De esos señores depende todo. ¡Y como en muchas ocasiones observamos eso de soslayo!

Y está influencia está mostrada de cierta manera en Las Batallas refiriéndose a dos o tres puntos: la apertura de ciertas empresas o fábricas norteamericanas de baja tecnología como es la de jabones y detergentes que es la que está sacando de mercado a las pequeñas, como es el caso de la que es dueño el padre del protagonista. O el punto el cual el padre de Jim, amigo de Carlos, el protagonista, acompaña al Presidente Alemán a sus continuas giras inaugurando cientos de obras que son las que demuestran el progreso a los ciudadanos que viven en la gran ciudad. O el punto del uso de las palabras en inglés que se pudieron de moda a partir de Tin-Tán, o David Silva en Espaldas Mojadas, o las frases del buen Soto “Mantequilla” que en Nosotros los Pobres había recién llegado de mojado.

Pero bueno, el detalle es que Jim vive sólo con su mamá en un tercer piso de un edificio de departamentos de la colonia Roma, que a toda velocidad dejaba de ser de clase media, según dice uno de los personajes.

Y el punto del crecimiento de los muchachos es precisamente el ascenso a la sexualidad desconocida que va dándose de manera gradual, con el extrañamiento de los sentimientos y de las emociones, como es el caso, más que del gradual desarrollo físico. Se ve en las revistas que ellos miran de reojo en una peluquería, se percibe en lo que el hermano mayor desea realizar en las noches con las sirvientas y los castigos que recibe por lo mismo de parte de sus padres escandalizados de esa conducta.

Es aquí cuando casualmente aparece Mariana.

Mariana es el prototipo de la mamá de algunos de los compañeros que conocimos de la edad de diez a trece años pero que en este caso es más que guapa, es bella, es amable, es linda, huele bien, tiene buena figura, es… es… es diferente de cualquier persona que hayamos conocido para ese entonces. Las que quitan el aliento y no sabemos con claridad porque lo quitan. Lo peor, que no lo podemos contar a nadie.

Mariana trata bien en la cotidianeidad de una merienda para hacer la tarea, cosas así, a Carlos, porque él trata bien a Jim, su hijo. Carlos no hace caso de los rumores malintencionados en el salón de clases, que dicen que Mariana no es más que la, mínimo, querida del alto funcionario del gobierno del Presidente Alemán, y que por eso viven en ese departamento de bajo nivel.

No contaré mucho de la historia, sólo que el impacto que sucedió en la mente e imaginación de Carlos fue de tal tamaño que lo deja marcado para siempre, dejándolo envuelto en resonancias y remembranzas sin igual.

Mariana es la belleza personificada, el ideal por el cual vives y mueres. El que te hará buscar en las personas por el resto de tus días, el gesto, la sonrisa, el rostro, el olor, la mirada, los labios, el guiño, la delicadeza, de una imagen, más que sombra, menos que cuerpo, de la creación del ideal perfecto que para los demás no puede serlo, nunca quisimos que se enterarán, pero que cuando se vea algo en los cientos de mujeres o tal vez miles que conoceremos en nuestro camino a la adultez y más allá, se reconocerá.

El hecho de que la diferencia de edad exista entre Carlos y Mariana, bueno, él de diez, doce años y ella de veintiocho, es más que suficiente para saber que todo no es más que una locura instantánea. Bien pudo ser tu maestra de escuela de español, bien, en el caso de las mujeres, su maestro de música.

Los flechazos en esa edad claro que existen y mucho, es una especie de infatuación que se da por una persona, un enamoramiento denso y profundo desesperado porque no tiene más solución que el olvido, el que nunca llegará con plenitud, como se comprueba con el paso del tiempo, porque será un olvido que a lo mucho se sublimará.

Es cuando se dice: ¿me podrá esperar ella a cuando sea grande? Sin que se sepa exactamente que pasará por entonces, ni porqué se está obligado a que transcurra el tiempo. La intuición desconocida pero presente es la que marca que es necesario que ese tiempo maldito suceda para estar en una aparente igualdad de condiciones… olvidando con ingenuidad que el tiempo transcurrirá para ella también, de manera inexorable.

La novela no tarda en llegar al meollo del asunto: Carlos se encuentra con la mamá de su amigo, que casualmente está en un kimono japonés rasurándose las piernas y mostrando el detalle erótico de cualquier autor latino que sea digno: se le abre el mismo y…, en fin, que el asunto no pasa a mayores, un momento electrizante que no es erótico más que de intención y de espíritu, lo cual en este caso es más que suficiente, pues ¿qué más puede hacer un chavito de esa edad con una mujer adulta en plenitud, hecha y derecha?

El caso es que todo el asunto revienta en la cara al pobre Carlos, etcétera, etcétera.

A mi me sucedió un punto, bueno, no tan erótico ni nada, pero el caso es que yo sí tuve… No sé si ponerme personal pero… bueno, desde los ocho, nueve años, conocimos en el transcurso de esas vicisitudes inexplicables pero naturales, a una de las amigas de una tía que trabajaba de secretaria. Ésta mujer era bella, punto. No tenía manera de saber yo de prototipos de belleza. Sería de veintiseis a veintiocho años. Ella tenía un rostro y una mirada tales que luego las descubrí vagamente en la actriz alemana Romy Schneider, con esos peinados de finales de los sesenta que sólo se acomodaban con laca, con labios casi gruesos, sensuales, con cejas finas, rasgos exquisitos, delicados.

El detalle era que ella me agradaba y mucho y yo sentía algo especial, raro, extraño, ¿cómo explicarlo? ¿sentidos de afinidad curiosa?, por ella, pero en fin, nada que se pueda plasmar a esa edad.

Conforme pasaron los años mi familia y yo nos fuimos a otra parte, pero he aquí que un buen día ella llegó a mi ciudad con mi tía para una boda local de una amiga en común y estuvo una tarde en mi casa, o sea, la casa de mi mamá. Tendría yo como veintidós años, algo así. Ella tendría algo así como cuarenta y dos.

Pero.

Lo único que pude hacer en un rato que estuvimos solos fue alcanzar a decirle que en aquella época de mi infancia ella significó mucho para mí. Ella me sonrió y me miró y sólo me dijo gracias. No quise ahondar más, no quise echar a perder el momento. ¿Habrá entendido ella lo que le quise decir? ¿Habré sabido yo expresar lo que quise decirle? ¿Lo sabré en este momento?

No lo sé.

¿Qué más hubiera podido hacer? Era muy amiga de la familia, de mi tía, de mi mamá. No se hubiera podido hacer nada. Nada más en absoluto.

Ella murió dos años después de cáncer.

Nada más que decir.

Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco.

Un buen libro con el que hice contacto a través de sus letras con esa parte de uno en el tiempo en que se estuvo captando todo nuestro exterior, ambiente, percepciones, sensaciones, ilusiones, muchas de las cuales no entendimos entonces, y que con el paso del tiempo hemos querido creer que lo hicimos.

Pero quedan esas reminiscencias que uno no entiende.

Pero que nos hicieron soñar e imaginar.

viernes, noviembre 03, 2006

La Silla Del Águila y Fuentes


Acabo de leerla y pues, es una novela satisfactoria, pero nada más. Es decir, aquí es cuando se observa que el diablo sabe más por viejo que por diablo, lo que se percibe en muchas de las líneas.

Desgraciadamente no conozco mucho de la obra de don Carlos. A lo mucho leí su novela de La Cabeza de la Hidra, pero esa fue hace como 20 años y no recuerdo mucho de ella.

El caso es que vi la novela en la biblioteca y me la llevé para darme un entrón en la escritura del señor y descubrí lo anterior. La novela tiene tonos políticos de un país llamado México al que le pueden pasar por encima aplanadoras y corruptos y asesinos y ambiciosos y enemas similares y el país quedará en pie.

La novela tiene sus detalles de ingenio: está narrada en puras cartas y comunicaciones entre todos sus protagonistas. Eso hace enterarnos de lo que piensan, hacen y reaccionan estos frente a los eventos que se van desenvolviendo.
“El presidente, un hombre bueno pero abúlico, su intrigante Jefe de Gobierno, su calculador Secretario de Gobernación, su consejero áulico que se sabe inútil, el severo Secretario de la Defensa, portador de un terrible secreto, el Jefe de la Policía, que no tiene enemigos porque los ha matado a todos…

El Anciano del Portal, antiguo ex presidente, dispensando sabiduría política desde los cafés de Veracruz y el misterioso prisionero de San Juan de Ulúa… y dominándolo todo, una operadora política y sexual suprema que un día le dice a su joven amante: ‘Tú serás Presidente de México’”.


De ese modo tan conciso se explica la acción a contener dentro de la novela. Drama como hay pocos, es la descripción de un México a mediados de sexenio en que las fuerzas de dentro de Palacio intrigan en un movimiento tectónico de placas de poder, se rozan unas con otras para saber donde será la erupción del mismo, es decir, el Futuro de la Patria está en cómo se resuelven los conflictos de pasillo de Palacio, que no es cualquier Palacio, los conflictos de alcoba, que no es cualquier alcoba, jamás los conflictos de la modernidad que requiere el Pueblo, que aquí sí, es tratado como cualquier pueblo como hay muchos.

Es el Poder lo único que importa, poco es lo que piensa la gente común, poco sucede afuera más que en las dos o tres pequeñas visiones del México Chiquito que son los empleados, aún y que solo son del mismo gobierno, que actúan de comparsas o como disparadores de acciones inesperadas que tienen ciertas consecuencias, graves, la mayoría, tal como debe de ser en una novela.

Es entonces La Silla del Águila una demostración de fuerza de conocimiento que el señor Fuentes expresa de manera obvia, que él sí sabe de los tejes y manejes de ese deseo total hacia el Poder. Ese respeto, esa angustia por no tenerlo, esa ansiedad de ver cómo se escapa de las manos, esa desesperación que surge cuando ya lo ves detrás y que no habrá manera de que estés cerca ya de él, hagas lo que hagas, lo hayas merecido o no.

Porque el Poder no es algo que se te da o mereces. Gracias a un accidente cósmico lo tienes, y no será para contemplarlo, será para usarlo, jamás compartirlo, para quedar después de él, porque el Poder eterno no es, para quedar, repito, como héroe o como villano, como débil o como autoritario, como justo o como injusto.

No es un estudio del Poder, La Silla del Águila, a como nos había mostrado la versión de Luis Spota en aquella colección de finales de los setenta y principios de los ochenta, de la Costumbre del Poder (Retrato Hablado, Palabras Mayores, Sobre la Marcha, El Primer Día, Los Sueños del Insomnio), en cinco o seis novelas de las que leía yo cuando tenía veinte años (muchísimo tiempo disponible y buenos amigos que las prestaran) y que no sé si releerla sería en estos tiempos perdida del mismo o no. Digo, al menos para recordar en contexto cual era el punto de vista de cómo se hacen las alianzas, cómo se hacen los pactos incluso entre enemigos para llegar a un objetivo común y cómo las esferas de poder cambian y se transforman de muchas maneras y que a final de cuentas, aún y que los dados puedan estar cargados, todavía podría haber sorpresas.

En este México de Fuentes hay un federalismo atroz que se muestra en los mini-reinos de sus gobernadores en donde la ley del más fuerte es la verdadera ley, donde los caciques imperan, donde las dinastías existen, donde la fuerza del NarcoPoder también se deja escuchar.

Es un país en el que la reflexión política sale a flote a la menor provocación en muchos casos, como si fuera el espejo correcto en el cual todos entenderemos esos vericuetos que por no estar ahí, jamás nos hemos dado cuenta. Donde todos tienen a Maquiavelo de cabecera, donde los juegos de estrategia lenta son como ajedreces escenificados con personas reales, y que como los alfiles, torres y caballos, también van muriendo en forma real, allanando caminos, dirigiéndose jaque mates inesperados, incluyendo los enroques y la traída al juego de piezas que se pensaban muertas desde el principio.

Las insinuaciones indirectas están a flor de piel, lo no dicho, lo sutil, lo expresado solo con gestos, con miradas, solo con silencios que hablan horrores de circunstancias que no pueden quedar claras más que en la mente de los que están ahí, en esa escena particular, en ese estudio de la comedia humana que es estar hombre con hombre, hombre con mujer. En sus mentes están, insisto, detalles, sucesos, miles de conexiones que solo sueltan en esas comunicaciones en forma de carta o de grabaciones que se autodestruirán en cinco segundos, lo que ellas quieren, lo que a ellas les interesa.

Los pensamientos y aforismos que van y vienen, son muchos. ¿Una muestra?

“…en las grandes batallas, después de los héroes vienen los malosos; en política, la mariposa del mediodía es el vampiro de la noche; en México el ladrón precede al honrado que a su vez será el siguiente ladrón; la retaguardia de la política mexicana son los lambiscones, los rateros, los pedigüeños, los pillos y sus soldaderas perfumadas; mira volar a las palomas, ahí detrás vienen los zopilotes…”.

De hecho, como la novela está construida en esas circunstancias epistolares, en muchas ocasiones esa transmisión de sensaciones parece cooptada por la reflexión posterior del autor de cada comunicación, es como si se transmitiera solamente momentos independientes y hasta cierto punto frío de cada encuentro, de cada relación, de cada momento crítico que de cualquier momento, por lo mismo que son comunicaciones ya realizadas en busca de su destinatario, ya consumadas.

De esa manera la estructura de la novela está articulada en acción realizada-pausa de reflexión-consecuencias previstas-futuro incierto, que en la siguiente entrega de comunicación entre los involucrados, este acumulado de sucesos dado en el futuro incierto anterior ya se convirtió en la nueva acción realizada quitando un posible suspenso en el desarrollo de la acción en general que casi obliga a pensar que todos los mencionados actores van siguiendo un script envuelto con cierta dosis de fatalismo que se va dando en los momentos en los que debería darse, incluso con los consabidos cambios inesperados que los personajes, y sin caer en contradicciones, habían previsto como escenarios alternativos que podrían o no darse, pero eso sí, salvo muy pocas excepciones, eran más probables de que se dieran a lo contrario.

La buena dosis del sexo nunca falta y eso se muestra de una manera en que se usa como arma, como zanahoria al frente de la pobre víctima, como recompensa en ciertos casos, como castigo en otros. De pronto también se puede observar que su uso está puesto a la orden de una descripción que no cae en lo exquisito, sino en lo humano en que pueden darse tales cosas en las circunstancias que están previstas para causar un shock, al que se puede decir que en estos tiempos de primera década del siglo XXI, ya no lo es tanto.

El detalle de que la novela sea epistolar responde a un problema que surgió debido a un conflicto con los Estados Unidos que en respuesta tronó todas las opciones de comunicaciones dentro del país, situación improbable artificiosa que cae en lo irreal:


“…los Estados Unidos, alegando una falla del satélite de comunicaciones que amablemente nos conceden, nos han dejado sin fax, sin e-mail, sin red y hasta sin teléfonos. Estamos reducidos al mensaje oral, o al género epistolar…”.
Según esto el problema fue:


“…cedimos el manejo de los medios televisivos, radiales, telefónicos, así como la red, los aparatos móviles al Centro Satélite de la Florida y a la llamada ‘Capital de Latinoamérica’, Miami”.

Digo, solo preguntar a algún mediano especialista en telecomunicaciones para saber si este escenario tuviera alguna probabilidad de suceder, ya no en México, sino en Haití, por decir algún país.

Y otra cosa muy importante, de haberse dado el punto anterior, aún y que haya sido producido por una venganza de los Estados Unidos por alguna opinión política en particular, el mundo hubiera protestado, no todos están precisamente ya en su esfera, y lo hubieran considerado como oportunidad de negocios pues.

Pero bueno, ¿para qué nos peleamos con la premisa básica que da pie a la novela en sí, si nadie de la crítica la protestó como brutalmente irreal si es que la novela está planteada en la mera realidad nuestra?

Así ya entendidas las cosas la historia se nos va narrando en fragmentos de secuencias de un protagonista principal a otro así, y de un secundario a otro más allá. Esto tiene como consecuencia que mucha de la acción sucede contada dentro de las misivas con lo que muchos sucesos ocurren ya consumados.

Por otra parte es poco probable que muchos de los seres humanos en los que están basados los protagonistas se escriban entre sí con tanta delicadeza, elegancia y claridad, que no nos cabe duda que en realidad lo que vemos y percibimos que es el señor Fuentes quien está detrás y que por más que quiera no puede disimular que es el gran escritor que es.

Por decir un personaje femenino, escribe:

“…curso con la mirada rediviva la ciudad que miró tu tocayo, Bernal Díaz del Castillo en 1519, resurrecta mediante la fuerza del deseo, dejo detrás toda la miseria del melodrama político que hemos vivido tú y yo; resucito a la ciudad antigua, desplegando sus alameda de oro y plata, sus techos de plumas y sus paredes deliciosas, sus mantos de pieles de jaguares, pumas, nutrias y venados. Camino al lado de las farmacopeas indias con curas de piel de culebra… me entrego de nuevo al suicidio lento que es la política…”.

Bueno, ¿que el señor Fuentes no ha leído los artículos de Manuel Camacho Solís?

El punto es que no puedes evitar que Carlos Fuentes te caiga bien. Es un personaje que tiene gracia para hablar y decir las cosas. Es alguien muy articulado al expresarse, verlo es una delicia. Pero tal y como escribo arriba, de entre todas las cosas mucho es por viejo, por su misma sabiduría y haber estado en muchísimos escenarios, locales, internacionales, globales. Es un punto de referencia inequívoco para la cultura de nuestro país. En cada situación mundial que tenga que ver una referencia de México, a él van y le preguntan. En la New York Times Sunday Magazine no hace más de tres meses, lo entrevistaron y al final él sorprendió a la mujer que le hacía las preguntas de película opinando más favorablemente de las piernas de Condoleeza Rice que de sus políticas, situación que desconcertó a la mujer. Pero eso sí, a Carlos Fuentes le parece que la señora Rice, tiene los tamaños como para ser presidente de Estados Unidos en el año 2020. Dios nos agarre confesados.

Finalmente un personaje le escribe a otra, una despedida llena de tristeza y melancolía:
“…me voy, antes de que el cielo deje de verse para siempre en México DF, y me reprocho a mí mismo irme con rabia, irme sin serenidad, me voy con rabia porque me dejé seducir por la política, descubrí que el arte de la política es la forma más baja de todas las artes, me voy con rabia porque no pude convencer al presidente de que el jefe del estado no puede pesar solo más que todos y más que el tiempo, me voy con rabia porque no supe detener la locura política de cada sexenio que es la de apropiarse de toda la historia de México y reinventarla cada seis años, que locura, me voy con rabia porque soy culpable de que el presidente me hiciera caso cuando le di un buen consejo, la culpa es mía, no suya, me voy con rabia, porque mi razón y mi lógica no vencieron a la propaganda, que es la comida de los fanáticos, me voy con rabia porque no aprendí nunca a cultivar magueyes, me voy con rabia porque empecé indignado y terminé irritado, me voy con rabia porque prediqué la moral desde la cumbre de una montaña de arena, me voy con rabia, porque nunca fui capaz de decirte: te amo…”.

Definitivamente La Silla del Águila es un pequeño curso de las realidades de nuestra insípida democracia en todo el esplendor que se merece, lo cual, si lo piensan bien, es lo suficientemente ambiguo como para ni quedar mal, ni quedar bien, sino todo lo contrario.

Y releamos a El Príncipe, de Maquiavelo, que nada se pierde, y mucho se puede ganar ¿ok?



(Hoy, 15 de Mayo de 2012, murió Carlos Fuentes. Se le recuerda.)