Si lo tuyo es colaborar --- > Buy Me a Coffee

sábado, septiembre 05, 2009

REFLEXIONES DE LA GUERRA Y LA PAZ DEL BUENO DE TOLSTOI


Leí La Guerra y la Paz ya hace 27 años durante un viaje en autobús que hice con un amigo a casa de unos parientes a Los Mochis, Sinaloa, desde Monterrey.

Y sí, lo confieso: con el tiempo no recordaba casi nada de la novela.

Pero eso sí, ya había leído La Guerra y la Paz, mucha gente dice que se tarda uno más en leerla que León Tolstoi en escribirla, alrededor de cinco años.

El caso es que leí de nuevo LGYLP este año pasado, pero de una edición que compré hace también mucho mucho tiempo, y que nunca toqué hasta hace un año y medio, sin saber en realidad porqué me tardé tanto.

Como que el principio sentía que me intimidaba el asunto de tener que leer incontables notas de pie de página por aquello de que se habla y se habla mucho en francés durante la novela, y no sólo párrafos sino hasta páginas enteras y de ese modo te tocaba leer las respectivas notas de las traducciones al español, y de ahí lo que me llamaba un poco la atención: A ver, eran rusos, y se sentían amenazados por los franceses, pero procuraban hablar francés, por aquello de la delicadeza e intelectualidad del asunto entonces ¿qué onda?

Eso es lo que no entendía al principio, los rusos le temían a los franceses ¡pero al mismo tiempo los adoraban tanto que se la pasan mucho tiempo hablando el idioma del enemigo! Eso es lo sorprendente. Hasta que se va entendiendo el asunto, claro. Poco a poco las cosas van cambiando, conforme los franceses avanzaban más y más dentro de la Madre Rusia. Dice el conde Rostopchin casi a la mitad del libro:

“¿Podemos ir contra nuestros maestros y dioses? Mire a nuestros jóvenes, a nuestras señoritas. Nuestros dioses son los franceses; el paraíso de los rusos es Paris.”

Comentario que de cierto modo tiene resonancia actual.

Bueno, ese era un punto, lo que es claro es que LGYLP era, y es, una novela intimidante, muchísimos personajes. Mario Anteo un buen facebook-amigo, me dijo que él había contado en una ocasión más de trescientos. Y es cierto, hay montones y montones de ellos. La inmensa mayoría con una personalidad definida, un tic, una característica, un gesto especial. Nadie es de relleno en sí, todos cumplen una función. Desde el siervo que atiende una de tantas casas, hasta el príncipe y la princesa nosequé que aparecieron sólo una vez en una reunión particular o el oficial de enlace que en cierta escaramuza lleva las órdenes de algún general también ya olvidado para coordinar sus fuerzas enfrente del enemigo, pero que se siente lleno de miedo y se siente paralizado incapaz de llevar esas órdenes quizá cambiando la vida de muchos soldados que las necesitaban de manera urgente.

Por otra parte es de notar que la mitad de las princesas se llaman Ana y que las personas que se apellidan Kuraguin y Kuraguino no son parientes, cosas así. ¿Qué las cosas no son así? Léela, si lo dudas. Te reto.

La novela, obvio, sí es difícil, pero es como todo, una vez que le agarras la onda, dices, hey, aquí hay algo muy interesante, no se vayan todavía, habrá guerras, habrá intrigas, habrá escenas emocionales que parecen antecedentes directas de las telenovelas actuales, y dos o tres, o cinco o seis, coincidencias grandísimas que le dan sentido especial a la historia.

Pero, ¡qué impresionante novela es La Guerra y la Paz! (Obvio). La disfruté muchísimo. Llegó un momento en que deseé que no se acabara. Que se me hacía una lástima no saber más de las familias. Fue como si de pronto de cierta manera ya te sintieras parte de ese ambiente, de esas vidas. Estar en sus medios familiares, en sus campos, en sus ciudades, en sus batallas, Tolstoi te integra poco a poco, te hace sentir la textura, el olor, el aroma, la atmósfera misma.

Hay una escena de un baile, el de la noche de fin de año de 1809, en el que Natasha Rostov, de dieciseis años, está contentísima, deseando bailar con toda la alegría y esperanza y luminosidad que esos años podrían guardar en su joven cuerpo y alma. Pero esta manera de explicar o rememorar una escena se queda corta, veamos a Tolstoi, que pone:

“Me gustaría descansar y quedarme con usted, estoy cansada; pero ya lo ve; me eligen y esto me hace feliz y dichosa. Amo a todos y usted y yo comprendemos todo esto.”

Eso y muchas otras cosas decía su sonrisa. Cuando el caballero la dejó, Natasha cruzó la sala en busca de dos damas para la figura.

“Si se acerca primero a su prima y después a la otra, será mi mujer”, se dijo inesperadamente el príncipe Andrei sin dejar de mirarla. Natasha se acercó a su prima.

“Qué tonterías se me ocurren a veces –pensó el príncipe Andrei–. Pero lo cierto es que esta joven es graciosa, original. Antes de un mes se habrá casado. No se encuentran todos los días muchachas como ella en este ambiente”, pensó cuando Natasha, arreglándose la rosa del corpiño, vino a sentarse a su lado.

Al terminar el cotillón, el conde, con su frac azul, se acercó a los bailarines. Rogó al príncipe Andrei les hiciera una visita y preguntó a su hija si estaba contenta. Natasha no contestó nada; se limitó a sonreír con una sonrisa que parecía un reproche: “¿Cómo puedes preguntarme eso?

–¡Soy feliz como nunca lo he sido! –dijo después.

Y el príncipe Andrei observó que los delicados brazos de la joven se levantaban rápidamente para abrazar a su padre y se bajaban en seguida. Natasha era tan feliz como nunca lo había sido. Se encontraba en ese estado de dicha suprema en que las personas se hacen buenas del todo y no creen en la posibilidad del mal, de la desventura o del dolor.

Eso no es escribir, eso es pintar de manera impresionista un cuadro hermoso, ágil, activo, bello, exacto y preciso,Tolstoi se tardó años en escribir esto y parece fácil, como lo que hacen los grandes maestros cuando hacen obras maestras, pero no lo es.

Sus atmósferas, sus espacios, sus lienzos que escribe y describe, algo como lo que hace Gustave Flaubert en Madame Bovary, la precisión y sensibilidad con la que retrata la campiña rusa, el salón de baile, la casa de campo, el palacio, el patio, el deseado y angosto puente de madera a ser tomado por el enemigo, la batería de cañones que es la que sostiene la posición contra todo pronóstico, el salón donde se juegan cartas y se cambian fortunas, el cuarto donde sucede la seducción, la casa vacía y saqueada a punto de ser quemada, el campamento excavado en la tierra a la espera de la siguiente batalla, el pabellón de moribundos aguardando el final, la escena de la muerte a caballo, la bala fatídica, la escena de la fiesta, el misticismo del diario escrito, la escena de la retirada fatal, el respiro de Tolstoi para darnos clases de geopolítica europea, la fastuosidad del desfile, las

entrevistas de los emperadores, la fuerza cósmica del mismo Napoleón, las líneas de combate siempre en movimiento, el ornato del uniforme, la carreta llena de heridos, el fango que todo lo detiene, el frío inclemente que juega su carta, los labriegos que no saben ser libres, los nobles que saben que viven en el mejor de los mundos posibles, los miles de heridos, las miles de vidas, los miles de muertos…

Todos puntos de luz en la pintura del mural que Tolstoi maneja, controla, siente, despliega, convoca, provoca, invoca.

Sí, hay momentos en que Tolstoi moraliza, analiza, profundiza de manera implacable, no por nada un escritor es el Dios de su novela, el sumo creador de todo su conjuro: el haber creado a esos personajes, el haberlos hechos vivos, tan cercanos a nosotros, entrañables, vivos, que nos hizo participes de las vidas y muertes de algunos de ellos, algunas muy sentidas, otras inexplicables, cayendo en el mismo misterio, tal y como sucede en nuestra misma realidad. Como Tolstoi nos va mostrando las fragilidades y contradicciones, debilidades y fortalezas del carácter humano, las veleidades de nosotros mismos, así, aún en nuestro siglo 21, llenos de cinismo, ironía, desconfianza, desesperación y resignación, nos seguimos viendo retratados de manera absoluta, en ese mismo espejo, no por nada La Guerra y la Paz es un clásico absoluto en sí mismo y por lo mismo lo único seguro es que se seguirá leyendo en los siglos por venir.

Es en las ocasiones que Pierre Bezujov se hace las eternas preguntas de para qué estamos aquí, y de cuál es el propósito de nuestras vidas, dada su posición de millonario, terrateniente y playboy, que penosamente empieza a comprender las respuestas a través de brutales sinsabores, nos hace reflexionar si es necesario un shock, o shocks, así de potentes para llegar a aterrizar nuestras propias vidas frente al marco de referencia del espejo de la existencia nuestra y de la de nuestros semejantes.

Por otra parte Nikolai Rostov, el impetuoso, pero a final de cuentas obediente, nos da esa imagen de aventura que desea al lado de la gloria que se obtiene de pelear por el ideal en que se cree y que se simboliza en la misma imagen del emperador, símbolo vivo, magnífico, también de la Madre Rusia. Lleno de determinación, Nikolai va de campo en campo, con el objetivo de dar su propia vida por su país invadido y en medio de toda la confusión, también en la búsqueda del romance inesperado, encuentra el amor de la manera más insospechada.

Natasha Rostov, ejemplo vivo de aquellas jóvenes que quisimos conocer en la flor de la edad, Tolstoi nos la muestra como llena de esas contradicciones que sólo la edad compone o sofistica, niña-mujer hecha dulzura, dicha, alegría, ella busca un ideal y al parecer lo encuentra, sólo para echarlo a perder de manera inesperada, con lo cual proporciona a la novela el soporte emocional al cual siempre Tolstoi vuelve, aún y que el ejército ruso está en manos del destino al llegar el invasor francés desafiando a las mismas puertas de Moscú.

Esa es la habilidad de Tolstoi, la manera en la que en una página muestra al gran Napoleón hablando y dirigiendo a sus mariscales de campo, llenándolos de su gracia y su estrategia y como en las otras dos siguientes a través de una transición sin macula, la historia se vuelve a centrar en Natasha, o en Pierre, o en el príncipe Andrés Bolkonski.

Tolstoi es cauto al presentar a Napoléon, le concede que fue un genio, hasta que atravesó la frontera polaca y se adentró en Rusia, en el malhadado año de 1812, y de ahí en adelante muestra a Napoleón como sólo una sombra de alguien grande que de hecho, se creyó ser el gran Napoleón.

Y si tan sólo Adolfo Hitler hubiera leído con atención La Guerra y la Paz, quizá, sólo quizá, ahora todos estaríamos queriendo hablar alemán, en vez de inglés.

Algo hubiera aprendido en el intento.

Y finalmente, la reflexión sobre algo increíble, LGYLP es una novela en la que la familia triunfa, por sobre todas las cosas, la fe triunfa, la madre Rusia triunfa, la confianza en que los rusos defenderían a toda costa su país, también. Pero la familia, el mismo núcleo del que nace todo, es la que otorga la fuerza y el poder al individuo. La pobre madre. La prima hermosa y consciente. El padre que todo lo da por el hijo. Los hijos y las hijas que sueñan con algo más importante de lo que pueden imaginar.

La que derrotó a Napoleón, por sobre todas las cosas, llámese estrategia, mariscales, la Grande Armée, instinto, profesionalización y demás, fue la familia en sí.

Ni más, ni menos.

Sí, creo que LGYLP es un libro que no sólo se lee, sino también, se relee con gusto, como cuando sientes que pasan tres años o más de haber leído uno memorable y dices, ¿qué me dirá de nuevo ahora este? Y es increíble lo que se obtiene de ello. Nuevas perspectivas, nueva comprensión, nueva reflexión. Eso es lo que yo obtuve de releer esta novela 27 años después.

Me tardé mucho en hacerlo.

Pude haberme evitado invadir Rusia de nuevo.

Okey, no fue así, pero, ustedes me entienden, ¿verdad?

(Fotografías de la película La Guerra y la Paz, de Sergei Bondarchuk, de 1968)

martes, julio 14, 2009

En la secundaria

DESGRACIADAMENTE PARA CIERTA GENTE ESTE ARTICULO NO TRAE NINGÚN VIDEO DE NADIE "EN SECUNDARIA HACIENDO EL AMOR", TRAE UNA DESCRIPCIÓN DE LOS TIEMPOS QUE CORREN EN NUESTRAS ESCUELAS... LEÁNLO MÍNIMO... ¿OK?

(Escrito en 2006 y publicado en otro blog)

I.

¿Después que el político haya ganado, se acordará de empezar a tratar de resolver todos los problemas que urgen, o perderá el tiempo al descargar su furia contra los demás partidos que perdieron?

Por circunstancias, como todo en la vida si es que te pones a pensar, fui a dar una conferencia en una secundaria específica. Secundaria de gobierno, no recuerdo si programa general o estatal o federal, ignoro eso. Muchos salones. Muchos alumnos. Jóvenes con uniformes de deportes, sudados, otros con uniformes de esos color caqui, con corbata incluso.

Cabellos peinados en forma de picos. Estaturas de más de 1.70m. No se diga que los mexicanos se están quedando chaparros en lo que a nuevas generaciones se refiere.

Me encontraba afuera, esperando a la directora. De repente la vi, hablaba con una señora. Traía una bolsa. No sabía si estaba a punto de irse o si estaba llegando. Unos dos muchachitos estaban en una salita. Una parejita. Se veían nerviosos e incómodos. Como si hubieran preferido estar en cualquier otra parte excepto ahí. Dos maestras estaban frente a ellos. Una de ellas dijo en voz alta.

—¿Porqué lo acariciabas?

La niña respondió:

—No lo estaba haciendo, le estaba pegando una cachetada...

Intervino la otra maestra:

—¿Así se llevan? ¿A golpes?

—No hacíamos nada...

Pasaron más preguntas, y al final el castigo:

—No quiero nada de eso en la escuela. Para el lunes, si quieren presentar exámenes tú —se dirigió a la chiquilla— te me pintas el pelo de color natural, te quitas ese tinte rojo. Y tú —se dirigió al chico—, te me cortas el pelo. No quiero volver a verlos así... ¡Ya me oyeron!

Pensándolo bien, una de las dos maestras no era más que la directora de la secundaria.

Me presenté con ella, mujer ya de más de cincuenta años, de carácter firme y podría afirmar duro, estricto, me presentó al subdirector, hombre moreno, también de la misma edad que la directora.

Me había presentado dos días antes. Casi ni me invitó a sentarme. Sería por desconfianza. Pero a final de cuentas lo hizo y ya se portó conmigo con amabilidad.

Frente al subdirector, dijo:

— El señor viene a dar una conferencia, ¿qué grupos están disponibles?

El subdirector le respondió cuales.

— Llévelos al audiovisual.

Así de sencillo.

Y allí fuimos a los diez minutos. El subdirector me preguntó mi nombre, el tema de la conferencia y cuanto tiempo iba a llevarme. Lo anotó todo. Incluso tuve tiempo para comentarle que tenía una tecniquilla, de cierto éxito, para evitar distracciones serias, les diría que si los muchachos llegaban a distraerse hasta un punto tendría que empezar la conferencia de nuevo porque yo padecía de un mal de memoria que me obligaba a repetir toda la disertación entera. Eso causaba, al menos en alumnos de preparatoria y universidad una relativa preocupación.

Ya había dado conferencias en ciertos niveles, prepas, universidades, egresados y a edades de alrededor de doce en delante, audiencia en general, incluso a incubadores de empresas y así, el asunto de una conferencia es sólo ajustarla, modular la voz, dar ejemplos claros, exacerbar el lenguaje corporal y detalles similares, nada nuevo, nada complicado, así. Esta era una conferencia más.

Los primeros minutos me desengañaron. Eran más de 160 alumnos. Puede que hayan sido hasta 200. Y sólo un maestro estaba para controlar. Sólo él y yo. El subdirector, después de que me presentó, se retiró de inmediato.

Miré frente a mí. Había puros jovencitos y jovencitas. Sus ojos tenían un grado de expectación y suspicacia. Siempre hay una situación en la que el público que está ante un orador está consciente de cada uno de los movimientos del orador. Y estás ahí mirándolos, midiéndolos, pensando que tipo de audiencia serán, en que tipo de público se convertirán, si en colaborador, si en participante o si definitivamente estarán en contra.

Hay un momento de comunión entre audiencia y orador. Nos vemos de frente, ellos están como en la ansiedad, y uno también, por supuesto.

Pero aquí no fue así. De inmediato traté de ser coparticipe, traté de hacerlos responder preguntas sencillas, de donde eran, de que edad, cuales eran sus pensamientos en general. Quería que fueran una audiencia en la espera de participar y externar sus puntos de vista. Digo, pienso que pudo ser eso como cualquier otro enfoque con el cual coexistir con 200 jóvenes de 13 años por una hora.

Craso error.

Empezaron los gritos de un lado y de otro. Empezaron las respuestas chuscas desde abajo al frente a menos de dos metros de donde me encontraba, y hasta a mero atrás en las filas de los chicos en el fondo. Empezó a bajar el mítico coeficiente de seriedad de una audiencia. A un extremo hacia el frente, un chico como de quince años (¿comenté que eran de segundo año de secundaria?) empezaba a decir tontería tras tontería en medio de los festejos de sus compañeros y compañeras aledaños.

Recordé demasiado tarde la terapia ocupacional que nos habían dicho días atrás para ocupar la mente de los muchachos. Pero cuando ensayamos ese juego de manos que involucraba cerrar un puño y utilizar la otra mano para señalar ese puño para luego intercambiar posiciones de manera rítmica y precisa, nunca me imaginé que el público no sería idóneo para esos truquitos de relajación.

Me imaginé que esas terapias sólo suceden cuando los grupos son de la cuarta parte, o de la mitad incluso, de tamaño, y cuando hay alguien que proyecte una sensación de autoridad suficiente, circunstancia que de cierta manera yo ya no cumplía en ese instante.

El chico de enfrente, que resultó llamarse Alfonso, estaba a sus anchas despatarrado en su asiento.

Pregunté en general que deseaban ser de grande. Muchos me dijeron que no sabían, me dije, es natural, pero de inmediato, otra sorpresa: Dos jovencitas me dijeron que querían ser DJ’s, los que ponen la música en antros y fiestas. ¿DJ’s?? Sí, clarísimo. Bromeando o no, no me dijeron más. Algunas de los asientos de en medio me dijeron que querían ser mamás, pero ellas sí me lo dijeron con una gran sonrisa en la cara.

¿Cómo saber si un chico a quien no conoces dice la verdad? (Bueno, si hasta los que conoces...).

Miraba al maestro de vez en cuando. Lo veía recargado atrás, muy lejos en el salón, al lado de la puerta de entrada. No volteaba hacia donde estaba yo. Ni idea de qué era lo que podría estar pensando. Podría haber estado en cualquier lugar del planeta excepto en donde estábamos.

Los chicos gritaban atrás o se ponían hablar y yo tenía que trasladarme hasta allí para poder imponer algo de presencia, pero mis resultados eran nulos. Seguían platicando de manera ininterrumpida. Para entonces era obvio que no me escuchaban desde el frente. Nadie me dio micrófono. No habría más que moverme de atrás a adelante, estar en continuo movimiento, ir hacia donde estaba el foco que atraía la atención de los muchachos y muchachas para así al menos neutralizarlos temporalmente mientras caminaba a otro extremo y hablaba con otros muchachos.

Echaba un vistazo a un muchacho en particular, le hacía preguntas relacionadas con el tópico del instante, de cual era su opinión, me respondía bien, serio, pero lo hacía en su voz normal y los de adelante dejaban de escuchar y los de atrás igual. Y volvía la algarabía de quien sentía que ya no era tomado en cuenta o de quien no se requería su atención.

Y yo volvía a la carga, cambiaba la voz, les decía que tendría que empezar de nuevo la conferencia, que la dirección me había dado permiso de terminar muy tarde, a los distractores les pedía que se salieran, pero no lo hacían. No me sentía con la autoridad correcta para sacarlos, para eso, supuse, tenía que ser el maestro el que lo hiciere, él los conocía, de un año o años tal vez. Eso pensé.

En eso una muchachita atrás la veo tomando fotos con un celular a sus compañeros de más atrás. Ya sabía su nombre para entonces, era Marta, menudita, con ojos vivaces y con respuestas que sentí realistas.

—Marta, ¿no te gustaría mejor pasarle tus fotos a los compañeros?

Me imaginé que mi ironía completa en su pleno bastaría para detenerla con algo de pena de volver a mirar hacia atrás y menos volver a jugar con su celular.

Puesto con los demás a continuar en lo que me quedé, miré de rutina hacia atrás para comprobar que estaba haciendo Marta y lo que fui viendo me dejó sin habla. En los segundos en que tardé en realizar las acciones anteriores quedé pasmado.

¡Martita se había levantado de su lugar y con su celular en mano estaba frente a cada lugar de cada fila adyacente enseñando la foto del celular que acababa de tomar!

—Marta, ¿qué estás haciendo? —le pregunté.

—Haciendo lo que usted me dijo, que si me gustaría enseñarle la foto a todos mis compañeros.

—Gracias, Marta, pero creo recordar que sólo pregunté si te gustaría hacerlo, no que lo hicieras...

Volvió a su lugar.

Continué. Cambié a alguno de lugar para continuar con esa neutralización. Me dirigí incluso, cuidando de que mi tono de voz no sonara a irónico, al maestro que estaba al lado de la puerta:

—En serio, lo felicito, ¡por aguantarlos!

Y así siguió lo demás de la conferencia.

Eso sí, no sé si por selección natural, comprobé que los del principio de las filas de la derecha eran como los más aplacados. Creo que ellos sí estaban atentos a lo que decía, respondían lo que preguntaba de manera ágil y dinámica. Daban sus opiniones libres y sin problemas.

Yendo más atrás miré niñas chiquitas, que apenas, supongo, frisaban los 13, parecían más frágiles que las demás. Me acerqué a preguntarles algo, lo que fuera, para que participaran, pero juró que jamás las escuché.

Amenacé, de broma claro, empezar de nuevo, amenacé a seguir hasta más tarde, les pregunté temas del principio. Al menos sentí que algunos sí escucharon. Pero no estaba muy seguro.

Miré a Alfonso, el despatarrado de adelante y lo miré debajo desde lo que sería el escritorio del frente del salón. Le había llamado la atención fácil como unas seis veces. Ya una más era inútil.

Finalmente acabó la conferencia.

Me despedí de ellos pero sólo alcanzaron a despedirse con la mano de mí los de más adelante. A los demás ni les importó.

Me quedé sentado, como aliviado de que se hubiera acabado mientras todos se iban. Desalentado también. Uno que yo había pasado el frente a que se sentara para neutralizarlo un poco se despidió de mí.

Pensé que lo peor de todo esto acababa de pasar. Me equivocaba una vez más.

II.

Me quedé como siempre en la reflexión de inmediato. Me gusta ver salir a la gente. Te sientes primero en la confusión: ¿les habrá gustado? ¿Habrán entendido lo que quise decirles? ¿Fue demasiado descontrol? ¿Hicieron lo que quisieron? ¿Impuse mi tema? ¿Lo habría hecho mejor si hubiese sabido que iban a ser tantos?

Me imaginé que sí. ¿Qué más podría hacer?

En eso se acerca el maestro, el único que estaba allí para apoyarme: Me dice:

—Usted disculpe.

Me sacó de onda. Lo miré con extrañeza.

—¿Cómo?

—Sí, esta es la peor generación con la que me ha tocado lidiar. No hacen caso, son desordenados, no obedecen, no tienen respeto. Ese, el que estaba en el frente, Alfonso, es de los peores. Nada más echa a perder a los demás...

Le dije que no se preocupara. Que sentí que las cosas estaban bien de cualquier manera.

—No, ellos tienen problemas. No sé de quien sea la culpa. Si de la escuela, de la cabeza, de nosotros, de ellos, de sus papás…

No recuerdo que más dijo, la verdad. Pero sí noté el intenso desaliento. Y aún más que desaliento, percibí en él un desinterés total no tanto de lo que acababa de pasar… sino de lo que les pasaría a ellos en el futuro.

Me encaminé a la subdirección. La cortesía indicaba que me fuera a despedir de la persona que me recibió. No pensé en la directora. Mentalmente me imaginé que ya se hubiera ido o que se hubiera encontrado ausente.

Me topé en la recepción con dos policías bien pertrechados con uniformes color negro. Hombreras, rodilleras. Lentes estilizados tipo Matrix, uno de ellos. El otro tenía aire cool. Uno tenía un rifle automático. El otro traía una Uzi. ¡En una escuela secundaria!

Llegué con el subdirector. Mi intención era casi despedirme de aire, así con la mano y diciendo “con permiso”.

—Pásele, siéntese.

Y pues, eso hice: me senté.

Comenzó a platicar.

—Estos muchachos son muy difíciles. No sé que les pasa...

A mí ya me habían dicho que la directora era la que vino a imponer el orden.

—Pero ya está mejor —dije—, ¿no? Estoy enterado que desde que llegó la directora se vino a imponer… el orden.

Me miró con paciencia. Me respondió:

—La directora llegó hace tres años. Yo tengo aquí 18. Y las cosas están peor.

“Ah, caray”, pensé. Ya mejor ni decía nada.

—Los muchachos ya no respetan nada. ¿Vio los muchachitos que estaban aquí? —Me miró a los ojos. El otro día, una parejita así, de la misma edad, trece, catorce, fueron reportados que estaban haciendo el amor. Frente a sus compañeros. Y las compañeras le preguntaban que qué había sentido, que cómo había sido.

Mentalmente se me cayó la quijada. ¿“Haciendo el amor”, dijo? ¿“Frente a sus compañeros”?

—Les preguntamos, sobre todo a la chiquilla: “¿Pero cómo es posible que estuvieras haciendo eso?” ¿Sabe lo que me respondió? “¿Y qué? ¡Lo hicimos con condón!”

El señor estaba totalmente impactado de recordarlo. Yo ni siquiera pude atinar que decir.

—Ya no sabemos nada. Le hablamos a los papás. Sólo vino el papá. Nos dijo que se habían separado al darse cuenta que su mujer lo estaba engañando.

Acerté a decir que eso era cuestión de la desvalorización de los muchachos. Traté de afirmar lo obvio, que las cosas venían de la disfuncionalidad actual de las familias. Él sólo me empezó a contar que en otras partes los alumnos de secundaria, me lo enfatizó así, que no eran ni de prepa o de universidad, capaces de quemarle un carro a un maestro con el que estuvieran en desacuerdo.

Miró a la ventana. Me señaló un muchacho. De alrededor de catorce, quince.

—Ese, llegó tomado el otro día.

Le pregunté sobre los policías armados que estaban en la recepción.

—Son los que están al frente, en la puerta. Vienen en la mañana y firman. Vienen en la tarde, a la salida, y firman.

De repente mezclaba la conversación de lo actual con su historia de maestro al recordar que aún duros como fueron sus ahora ex alumnos, estos se habían hecho hombres del lado de lo formal, de lo que es considerado correcto, que había muchos casos así en todos sus años de maestro, y que cuando un ex alumno lo veía después del tiempo, se acordaba de lo tremendos que eran de pequeños, pero que ahora ya era diferente, que eran hombres crecidos y que a su manera hacían algo para la sociedad en la medida de lo posible.

Mencionó varios nombres que reconocí. Sí, en la medida de lo posible.

Ya me decidía a irme. Él seguía hablando. En eso, sacó un celular de dentro de un cajón de su escritorio. Era actual, de los que se pueden comprar en los centros comerciales. Traía video incluso. Y esa característica era la causa de que el profesor lo tuviera en sus manos.

Estaba por así decir, clausurado con cinta adhesiva para que no se pudiera abrir. Sobre la cinta estaba con pluma escrito la palabra “SNUFF” con mayúsculas.

El “snuff” es la simulación de actos violentos, sangrientos, e incluso mortales en escenas intensas, mutilaciones, torturas, llenas de horror, que son filmadas o grabadas. Se dice que no son ciertas. Que son simuladas, que son un mito urbano. Pero no hay seguridad.

—Lo traía una niña. Le pedí que me lo diera. No me escuchaba. Miraba la pantalla alelada. Hasta que se lo quité. Una niña de trece años. ¿Cómo ve?

“Snuff” en celulares. Nunca lo hubiera pensado. ¿Qué sigue, pornografía?

(Esto fue escrito en 2006, posterior a esto me tocó cuando me fui a cortar el cabello, ver a un chavito de edad similar, quince años, querer mostrarle en su celular a la estilista, el video de la autopsia de Valentín Elizalde, aquél cantante muerto, eso respondió a mi pregunta.)

Llegó otra persona con el subdirector y aproveché de irme. Me despedí como pude. Salí de ahí totalmente horrorizado.

No tengo idea de para donde debe de ir la conclusión de este artículo. Ser moralista. Ser condenatorio. Ser complaciente. Olvidarme del asunto.

Es muy probable que esto o cosas así que sucedan en las escuelas lo sepan muchos. Es muy probable que esto no lo sepan los que pueden cambiarlo. Tenderán a ocultarlo los propios directores, sería natural. Y los tomadores de decisiones probablemente tengan a sus hijos en escuelas de paga. Y aún sabiéndolo es probable que nadie lo pueda cambiar de golpe.

¿Será irreversible?

¿De quién depende este tipo de cambios? ¿A quién corresponde analizar responsables, consecuencias, condiciones, contextos, causas, efectos, escenarios del futuro en este aspecto?

¿Qué tipo de esfuerzos se necesitan? ¿Qué tanto se debe de estremecer a… quién? ¿A la sociedad? ¿A la escuela? ¿A su comunidad?

Detalles como lo anterior, ¿son un síntoma? ¿Una enfermedad? ¿Una causa? ¿Son un efecto? ¿Es una consecuencia?

No tengo respuestas, pero lo único que pude hacer, por el momento, es publicar este artículo.

Niños y niñas de trece años. Pueden ser los tuyos. Pueden ser los míos.

Tengo que volver a esa escuela. Dar más conferencias. Seguir cerca. Decirle a la gente. Alguien más debe de horrorizarse.

Y que quede claro. El horror puede que venga más de mirar el desaliento o desinterés de aquél maestro que debió, según yo, a ayudarme a mantener el orden. El desaliento que le permite mirar a otro lado. Ojalá me equivoque en lo que percibí.

Después del asombro y la estupefacción, deberá de venir la acción.

Algo deberemos de hacer al respecto. Quién se sienta responsable.

Pero ya.

jueves, mayo 28, 2009

Tú Tan Generoso, Como Siempre o Cómo Haces Millonaria a tu Telefónica, Mensajito a Mensajito.

Antes de empezar en materia, sepan que no sé mucho acerca de cómo ponerle precio a las cosas. ¿Tú sí? ¿Qué hay un mercado que automáticamente te va diciendo a cuanto está algo? ¿La Mano Invisible de Adam Smith? ¿Oferta y demanda? ¿Elasticidad de ésta última? Ajá. ¿Los costos? ¿Los costos escondidos? ¿La estación en la que estamos? ¿La paridad del dólar? ¿La inflación? ¿Si hubo una inundación en Florida habrá que tomarlo en cuenta? ¿A cómo vende el de enfrente? ¿Abundancia o escasez de materias primas? ¿Mal o buen cálculo de la merma? ¿A ojo de buen cubero? ¿Habrá una materia que nos perdimos, de Cubería I  o Cubería II, o la peor, Análisis Vectorial de Cuberías? ¿Habrá un libro llamado “Ser un Buen Cubero para Dummies”? ¿Y su ojo, cómo está construido?  Ya, no deseo desviarme. Demasiado.

Un precio es importante.

Con eso se define la mitad de nuestra civilización occidental. Todo es dinero, goddamitt, la otra mitad es que nos lo paguen, eso, el precio que pedimos.

Un presidente de esta gran nación dijo una vez antes de hablar con nuestros connacionales, hace ya poco más de 50 años, “¿A cómo amaneció el precio del tomate?”. Eso se llama sensibilidad. Sen-si-bi-li-dad. Hay que saber a cuánto está el precio del tomate, de la tortilla, del metro, para saber cómo está la onda realmente en nuestro país. Si no lo sabes, no te lances de candidato a nada. Perdón, de diputado sí, esos como quiera al momento de ser “elegidos” ya dejan de ser normales y se convierten de pronto en supraciudadanos que no responden a nadie más que a su partido. Mala cosa. Y con fuero. Mal humor para empezar un blog.

Las cruzadas son largas, no son lindas. Hay que tener vocación verdadera. Todo está bien, mientras no salgamos crucificados. El genial Julio Cortazar, al finalizar un cuento, no diré cual, dijo muy claro, “no se baja vivo de una cruz”. Gulp.

De cualquier modo llevo una cruzada por ahí, informal y todo: Saber que hace TELMEX con nuestros remanentes que se quedan en las tarjetas telefónicas que le compramos. Sí, el pesito o los dos pesitos que no se pueden usar porque las tarifas del minuto del celular o la llamada local, o el minuto de larga distancia a donde quieres hablar en esa sobreabundancia de casetas telefónicas excede ese o esos dos pesos. Y ahí se quedan en la tarjeta (que de cualquier manera tú le financiaste a TELMEX cuando la compraste, es decir, le diste dinero de anticipado, ¿me captas?). Dentro de ella, de la tarjeta. Sin posibilidades de canjear nada, sin poder para recuperarlos. De perdido conseguir un chicle Motita, caray. De los rojos, tutti-frutti.

Pero es otro tema, digo. TELMEX sabe axiomáticamente que somos un pueblo atomizado sin poder de unión. Esos dos pesos acumulados por tarjeta vendida, casi usada en su totalidad y posteriormente olvidada al mes por no sé cuantos años le resultan una buena casa al que sea accionista de tal empresa. O un buen carro, o buenos viajes. En fin. Somos millones, ¿no? De usuarios. Todos sin memoria colectiva. Todos propiciando el olvido.

Sin poder hacer nada al respecto.

Pequeños olvidos o descuidos colectivos, grandes ganancias corporativas. Ese es un buen título para este artículo, ¿eh? No. Siempre no. Con El Poder de Tus Mensajitos de Texto. Le falta garra. Tú Tan Generoso, Como Siempre o  Cómo Haces Millonaria a tu Telefónica, Mensaje a Mensaje. Algo así. Mmm.

Bueno, el caso es que así hay varios ejemplos.

¿Uno más? ¿Realmente deseas saber?

Tú lo pediste. Recuerda, no podrás hacer nada al respecto. El ejemplo este que sigue es de finales de diciembre de este año. Casi es una traducción del original, del New York Times, como ahí dice, sólo algo acotado. El título en inglés es, “What Carriers Aren’t Eager to Tell You About Texting” o sea, “Lo que las Compañías Telefónicas no Están Ansiosas de Decirte Acerca de los Mensajes del Celular”. Algo así.

Cuando termines de leer esto sentirás sorpresa, y finalmente llegarás a la indignación, pero no te apures, quizá lo olvidarás en una semana, y ya no más. Es con lo que cuentan las compañías, con el olvido. No importa que haya salido en el New York Times. Nadie hará nada. A menos que el senador que sale en la historia sí haga algo. Pero lo dudo. No es tema de interés nacional. O mundial. Peor aún, es algo téc-ni-co.

Al pueblo se le dice de manera sencilla las cosas. No le demos más información porque lo confundimos. No lo digo yo, lo dice Chris Rose, autor de How to Win Campaigns, un libro inglés que lo pueden leer ustedes en partes en Google Books, especializado en campañas tipo Greenpeace.

Este blog, por tanto, no conseguirá gran cosa.

Pero de que resultará interesante mostrar lo vertido en ese artículo, resultará interesante.

Ahí va. Mas o menos, ¿de acuerdo?

En 2008 se mandaron cerca de 2.5 billones (latinos, es decir, 2,500,000,000,000) de mensajes de texto de celulares en todo el mundo. Son muchos mensajes. Muchos, muchísimos. En USA ya hay gran preocupación al respecto del tamaño del daño que le puede pasar a los adolescentes de tanto mandarse mensajes. Hay noticias de muchachos comunes y corrientes que mandan casi media docena de miles al mes. Ya luego se quejan de que algo feo les sale en los pulgares. Tres mil, cuatro mil, seis mil, son muchos mensajes. Lo hacen de noche, lo hacen con las manos en la espalda, en el salón de clases.

Y como tantas cosas en el mundo, no sabemos mucho de lo que hay detrás. En su parte téc-ni-ca. ¿Será vivir en la ignorancia, mejor que vivir en la casi ignorancia? (De nuevo el poder del “casi”, suena a algo así como a “Fuzzy Logic”, lógica confusa.)

Esa es una de mis preguntas, yo vivo, no en la ignorancia, sino en la “casi”. No sé si eso me trae felicidad. No sé si eso me trae satisfacciones o un sentido de superioridad. O uno más amargo, de inferioridad, tal vez. O de impotencia. O de cinismo. O de amargura. O de…

El punto es que en esa nota escrita por Randall Stross menciona a un senador demócrata de Wisconsin, Herb Kohl, presidente de un subcomité del senado relacionado con antimonopolios, que quiso ver “que hay detrás de la cortina”, alusión al Mago de Oz, o sea, la farsa más grande de este lado de Kansas.

Este senador tenia curiosidad inicial acerca del porqué se duplicaron los precios de los mensajes de texto de celular cargados por los principales carriers americanos de telefonía del año 2005 al 2008, durante un tiempo en que la industria se consolidó cuando seis compañías se hicieron cuatro.

De esta manera el señor Kohl mandó una carta a Verizon Wireless, a ATT, a Sprint y a T-Mobile, invitándolos a responder algunas preguntas básicas acerca del costo de los mensajes de texto y sus precios al público.

Primero que nada he de decir que me maravilla que exista la posibilidad de que haya burócratas elegidos que se les ocurra un día dejar de pelearse con otros políticos o partidos para poner atención a ciertos temas que nos incumben.

Pero bueno, esa es mi reflexión personal.

Para esto un mensaje en sí de celular a celular es un medio relativamente nuevo que se dice que lo inventaron estudiantes japoneses de pronto y de repente, como de la nada, de manera espontánea, mientras otros dicen que fue Nokia y otros más dicen que fue un ingeniero alemán no se qué, quién definió que fueran a lo máximo de 160 carácteres.

Ex abrupto: 

El caso es que ahí están estos y no se irán hasta que alguien desarrolle telepatía con un casco o cosas así, a tarifas módicas, claro. Y que ojalá que los  mensajes no le lleguen al equivocado, y que el pensamiento sea sólo lo que se quiera mandar y que no mandemos realmente lo que pensamos en extensión, intención, volumen, tono, timbre, intensidad y demás.

Por un momento recordé la obra de Alfred Bester, El Hombre Demolido, de allá de los 50’s, novela que habla de una sociedad humana telépata, es decir muchos años en nuestro futuro, siglo 24, en la que todos sabremos lo que piensan todos, porque en ese entonces ya todos lo seremos, por eso la vida es un poco diferente, bueno, el caso es que en la novela hay varios tipos de telépatas, divididos en clases, suena familiar eso, ¿eh? El caso es que una de estas personas quiere cometer un crimen y por ello debe ocultar sus intenciones de manera perfecta, porque como ya dije, todo su mundo conocido es telépata, todas las personas de su círculo sabrían de antemano lo que alguien quiere hacer, por tanto nuestro antihéroe se agarra de la musiquita de un comercial pegajoso que hace que alguien se la escriba y se la mete al cerebro de tal modo intenso que todo mundo detesta la musiquita absurda esa. Hagan de cuenta que escuchó alguna canción de las de ahora de ciertos ritmitos musicales en boga que esperamos a que no lleguen a ese futuro de telépatas.

Entonces en la historia, nuestro personaje va a cometer el crimen, protegido por un cómplice cuando…

Pero de hecho, esa es otra historia, así que mejor continuemos, ¿no?, con los mensajes de texto de celular.

Fin de Exabrupto.

Siempre será la búsqueda del modelo sustentable, comercial, de lo que sea, nunca olvidarlo, lo que haga al progreso en este mundo más que el altruismo o el querer que la vida sea mejor para la humanidad. 

Axioma de axiomas.

El caso es que durante los tres últimos años todos los carriers, o compañías telefónicas, como se les dice en inglés, decidieron incrementar el precio por uso de mensajes de 20 centavos de dólar de 10 que costaban cada uno. Cómo ya se mencionó también, en el año 2008 se enviaron 2.5 billones de mensajes, este año se espera que se manden 3.3 billones.

Según la nota del New York Times, las respuestas escritas al Senador Kohl tanto de ATT, Sprint y T-Mobile, hablaron mucho acerca de los planes de precios sin llegar al punto de cuánto cuesta realmente mandar mensajes de texto por celular. Igualmente el autor del artículo tampoco consiguió nada al comunicarse con ellos.

Pero no hay problema, tarde que temprano las compañías telefónicas tendrán más oportunidades de hablar de sus decisiones de precios ya que tienen encima veinte demandas por alegatos al respecto de que se ponen de acuerdo para fijar los precios a su conveniencia. Me suena familiar eso, ¿cómo? ¡No es posible! ¿Lo hacen en USA también?

De acuerdo a las respuestas tranquilizantes al Senador Kohl por un lado el precio por uso de un mensaje viene de normal en un paquete mensual de 10 a 15 dlls, lo cual si se llegan a usar todos los mensajes estos llegarán a valer menos de un centavo de dólar.

Por otro lado, una compañía, pobre ella, T-Mobile, se quejó de que la ganancia, por  mensaje, les ha bajado en más de un 50% en menos de tres años. El problema no es ese, ya que en dado caso eso sería una buena noticia para los clientes, como dice el NYT, el punto es que el volumen de mensajes en los Estados Unidos en ese lapso ha crecido más de diez veces. De acuerdo a una asociación civil que trata del tema, CTIA — the Wireless Association, situada en Washington, eso significa que esa reducción de la mitad enel costo por mensaje, ya les ha dado una ganancia de cualquier manera, dado ese volumen de incremento de 5 veces, que en lugar de 10, sigue siendo algo considerable. Me suena esa nota como de pie de página, aclaración no pedida, del 50% de baja de ganancias como si fuera una señal clara de “considérennos, no somos tan ricos como pudimos”.

Para esto, una explicación téc-ni-ca:

Un mensaje de texto inicialmente viaja de forma inalámbrica de un celular a la estación más cercana, esas torres que están por todas partes, de antenas con arreglos de tres, de donde son transferidas por cables hacia los tubos digitales de la red telefónica, y luego, cerca de su destino, esos mensajes son convertidos de nuevo a señales inalámbricas, para llegar de la torre más cercana al celular del destinatario.

El punto es este: un profesor de Ontario, Srinivasan Keshav, de ciencia computacional, que de seguro sabe más que muchos aquí (incluyéndome, por supuesto), de la Universidad de Waterloo, dice que “los mensajes de celular son pequeños, aún mil billones parecen muchos para mover, pero no es así”.

El artículo del NYT acota: en la parte alambrada, la parte “wired” de su viaje, un archivo de esos 160 caracteres máximos, son de de cualquier manera de tamaño infinitesimal, in-con-se-cuen-ta-les para lo que estamos hablando realmente, sea lo que quiera decir in-con-se-cuen-tal (una vil canción de tres minutos a una compresión tipo MP3, serían aproximadamente el equivalente de 3,500,000 caracteres, o sea, 3 megas y medio o sea, 22,000 mensajes pueden caber perfectamente en ese espacio).

Por otra parte quizá, continua este artículo tan interesante, quizá, los costos para la porción inalámbrica de cualquier lado, por decir la del principio al final del viaje, son altos, el espectro radioeléctrico es finito, y los carriers, las telefónicas tan generosas lo pagan a precio de oro para tener el derecho a usarlos.

Pero he aquí la magia: los mensajes de texto de celular, no sólo son pequeños, también se van de paseo gratis, están dentro, embutidos por decirlo así, en lo que se llama un canal de control, un espacio reservado para la operación de la red inalámbrica.

Esa es la razón por la cual el mensaje es limitado en longitud, 160 carácteres, y no debe excederla, porque es la longitud del mensaje utilizado para la comunicación interna entre la torre y el celular, la que indica a tu celular, esto lo supongo yo, que eres el celular tal y tal y que estás en tal celda (por eso se llaman celulares porque el mapa de la ciudad está reticulada de celdas en forma aproximada de hexágonos en cuyo centro están las antenas), mensaje que se usa de manera constante y continua esperando una llamada de entrada, o una de salida.

O sea, en otras palabras, ese espacio, ese canalito de control, úsese o no, se inserte el mensaje de texto o no, siempre está ahí, disponible.

¡Ah!, ¿verdad?

El professor Keshav dijo que una vez que la telefónica invierte en el equipo de almacenamiento centralizado, por decir, guardar un terabyte (cosa de mil gigabytes, cada gigabyte puede guardar más de seis millones de mensajes) cuesta sólo 100 dlls y aún ese precio sigue bajando, y aún tomando en cuenta al personal para mantenerlo, los costos de los mensajes ya quedaron más que cubiertos. “Los costos operativos son insensibles al volumen”, dijo el profesor, “no le cuesta más a la compañía telefónica transmitir un ciento de millones de mensajes, más que un millón”.

Hey, esperen, no se vayan, el NYT continúa:

Hasta que el Senador Kohl comenzó con sus preguntas, el público, o sea nosotros finalmente aunque estemos en México o donde estemos, o quien sea usuario de  los mensajes estos, no tenía razón para pensar que el negocio de los mensajes de texto no era como cualquier otro, en la suposición normal de que sus costos operacionales de seguro ascendían de acuerdo al volumen de los mensajes.

Las telefónicas no tenían, o no tienen, razón alguna para corregir tal impresión.

El profesor Keshav, que además de todo sus investigaciones eran financiadas por una de esas compañías telefónicas de Estados Unidos, descubrió qué tan secretas eran las compañías en ese sentido. Hace dos años, indica el artículo, cuando él requirió información de su patrocinador acerca de sus operaciones de red en el pasado para que así sus estudiantes pudieran darse un clavado en una red de mensajes del mundo real, fue rechazado. Le dijo alguien de dentro: “Aún nuestros propios investigadores no tienen permiso para ver esos datos”.

Una vez que se entiende que un mensaje de texto viaja inalámbrico como polizón dentro de un canal de control, uno ve los planes de precios de las telefónicas bajo una luz diferente.

El más ventajoso para las telefónicas, y no sé si es así en México, creo que no, es cuando pagas mensajes ilimitados por 20 dlls, en ATT y Sprint, y 15 dlls, en T-Mobile, las tres en USA.

Concluye el autor del artículo, Randall Stross, basado en el Valle del Silicón y profesor de negocios en la Universidad Estatal de San José en el soleado estado de California:

“Los clientes con planes ilimitados, son como los que van a un buffet de comida, pudiendo creer que consiguen lo mejor del trato. Pero las telefónicas, a diferencia de los dueños de esos lugares que ponen buffets de comida, pueden proveer de cantidades realmente ilimitadas de “comida”, sin costo real para ellos, siempre y cuando se sirvan en porciones de una mordidita”. El autor juega con la palabra bite-sized y que los caracteres son, pues, de 8 bytes, finalmente, cada uno.

Ahora concluyamos nosotros.

Si esta nota ha sido la última reciente en el NYT, y fue en enero y estamos a finales de mayo, vemos, según lo que se ve en Google Noticias, que nadie, ni el senador Kohl, o el Profesor Keshav han tenido más relevancia al respecto.

O sea que, ahí sí nos parecemos: No tendremos respuesta y ellos, los de las compañías, seguirán haciendo lo que quieran. Quedándose con esos dos pesitos remanentes de las tarjetas telefónicas y quedándose con el dinero de unos mensajes telefónicos que en realidad nada les cuesta transmitirlos o guardarlos, que les son gratuitos, pero que a nosotros sí.

Triste caso pertenecer a sociedades colectivas sin memorias y sin poder recuperar, lo que es suyo.

Al menos no los cobren, caramba…

(Y se me olvidaba lo de las regiones en México que se deben de consolidar por TELMEX, y que está obligado por la COFETEL a hacerlo desde abril, para que mas mexicanos llamen sin pagar tanta larga distancia en sus regiones locales, pero bueno… pero que TELMEX se niega a hacerlo, así, llanamente.)

Y yo sin saldo, goddamitt