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martes, enero 31, 2023
Nanocuento 43 de 1,003.
Nanocuento 42 de 1,003.
Nanocuento 41 de 1,003
lunes, enero 30, 2023
Nanocuento 40 de 1,003
Nanocuento 39 de 1,003
Nanocuento 38 de 1,003.
domingo, enero 29, 2023
Nanocuento 37 de 1,003
Nanocuento 36 de 1,003
Nanocuento 35 de 1,003
Nanocuento 34 de 1,033
sábado, enero 28, 2023
Nanocuento 33 de 1,003
33.- Poder mío. Omnipotente soy. ¡Mis laureles! Ahora, si
tan sólo pudiera dormir un poco…
Nanocuento 32
Nanocuento 31 de 1,003
Nanocuento 30 de 1,003
sábado, noviembre 19, 2022
Novela completa Sangre de Neón, Parte 1, Cap 2 de 39 - El retén (Derechos Reservados, Luis Eduardo García)
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M |
E DESPEDÍ de Pepe y de mi recién
encontrado primo. Uno no sabe nada de los parientes hasta que los reencuentras
en tu vida.
Me alejé finalmente de Nuevo Padilla,
Tamaulipas. Al ver rumbo desconocido sentí la necesidad de ubicarme. Me coloqué
la diadema con el lente y la encendí.
—Karla, Karlita, ¿estás ahí?
Silencio.
Se me hizo raro. No era normal. Me
quité la diadema, la observé: Cuatro barritas. Medidor perfectamente normal.
Todo estaba en su lugar. Me la volví a colocar y la encendí. Nadie. Ni
estática, ni un sonido siquiera que indicara lo que estaba pasando. Y mientras
sentía el peso de los víveres que recién adquirí, me comencé a preocupar.
—¿Qué quieres?
Me sobresaltó su voz, ya muy conocida.
—¡Me asustaste! —dije.
—No lo creo, ¿qué dices? ¿Qué quieres?
—Sentí que había interrumpido a Karla por su tono de fastidio. Si no supiera
que era mi agente de software automatizada, hubiera pensado que estaba haciendo
algo más y que mi llamada la había molestado.
Suspiré y dije:
—Nada, Karlita, sólo quería que me
dijeras donde estoy, y para donde voy...
De inmediato la aludida agente de
software me contestó en la deliciosa voz que le había escogido:
—De acuerdo, Nikopol. Estás en los
límites del municipio de Nuevo Padilla, Tamaulipas.
—Eso ya lo sé, ¿podrías ser un poco más
precisa? ¿Qué tan lejos estoy de Santander Jiménez?
—A cuarenta y ocho kilómetros
quinientos treinta metros hacia la dirección este-norte-este.
—¿Tienes los planos de las brechas?
—Sí, según los datos que recogí, las
primeras brechas están a un kilómetro en la dirección mencionada. Si no deseas
atravesar terrenos privados deberás de caminar dos kilómetros por la carretera
actual y luego entrar en los primeros caminos.
—¿Y ahí qué habrá?
—Eso lo averiguarás tú, Nikopol, hasta
luego.
Karla había cortado, la jija de su
madre. ¡Como odiaba que me hiciera eso y como me odiaba yo también! Y es que
ella sólo estaba obedeciendo lo que le instruí de hacer. Nada más. Nada menos.
O sea, que si la llamada o el contacto
durase más de cinco minutos ella la terminaría de la mejor, o peor, manera. No
quería depender de ella. Esa era una de las condiciones que me fijé. Podría
contar con su ayuda en caso de extrema urgencia o de algún caso necesario, pero
en esta ocasión por más misericordia que me tuviera yo mismo la cosa no era de
ese calibre.
La vida es triste.
Empecé a caminar, al menos no tenía
hambre, ni sed.
Y ya se estaba haciendo tarde. Luz que
desaparecía. Hora de buscar acampar. Hora de meditar nuevamente que chingados
estaba haciendo.
Busqué un buen lugar, amplio, árboles,
sin posibles intrusos, etc.
Y lo encontré. Las aguilillas ya se
habrían ido a dormir, de seguro. Sólo me acompañarían correcaminos, espinas, el
color pardo, las hierbas silvestres de color verde desvaído que sólo se ven
bonitas cuando llueve. Lo demás nada atractivo. Pero nada.
De perdido esperaba atisbar al menos
una pinche florecita.
Una roja o una blanca. Las
multicolores estaban reservadas para National
Geographic. La que fuera. Lo que sea, ver una era obtener una fortuna en
cuanto a diversidad, hasta ese tipo de detalles combatía mi aburrimiento. Te
cansas de ver sólo nopales, huizaches, antiquísimas latas de cerveza. Y
vidrios.
Al caminar por esta otra brecha me
pareció una vez más que era igual a las otras por lo que el verdadero poder de
este asunto de mi larga marcha se imponía en oleadas como de multímetro
excitado.
Mi propósito lo tenía claro. El dolor
que me causaba el recordarlo. La esperanza que sobrevive, que es también el
motor que te impide claudicar, descansar o posponer lo inevitable.
La monotonía embota y al atrofiar tus
sentidos desciende al ras mental el proceso de clarificación de la realidad en
tu cerebro maltrecho y es así como a niveles serotonínicos, donde los impulsos
eléctricos se convierten en espíritu al hacer los conectomas de las rutas neuronales pertinentes (Neurona A - Neurona B = daltónico, Neurona A - Neurona C = percepción de
belleza, estética, discernimiento majestuoso del espectro entero del color,
moraleja: indícale a tus neuronas que elijan mejor sus rutas), dando indicio de
asomar las primeras alucinaciones.
Y así estaba a la espera de la
primordial alucinación que me pondría en contacto con el otro mundo, el del
modo subjuntivo del pretérito pluscuamperfecto, o sea, el mundo del «hubiese»: Las cosas hubiesen salido
bien, si yo hubiese actuado de esta
otra manera ideal.
Pero ésta no llegaba.
No que la estuviera esperando de
verdad. Yo nunca fui muy dado a ellas. Y de hecho no recuerdo si en mi etapa de
síndrome de abstinencia las tuviese o, más aún, cuando derivé en mi infernal
adicción nivel Cuatro.
Pero no podemos fiarnos del todo de
nuestros cerebros: nunca supe si las tuve, no las recuerdo. La reiteración de
recorrer los mismos tipos de caminos, brechas, sendas, veredas, de cruzar
alambradas de púas, todo-igual-todo-igual
cada uno de los pinches días de esta pinche peregrinación insensata y nada
había logrado trasladarme al país de los sueños, o de perdido al país de Pregúntale-a-Alicia, de Carroll-Jefferson Airplane, con todo y su
impuntual conejo blanco atormentado.
Mi primera sensación fue de franco
miedo. No soy miedoso en sí, de hecho, soy pru-den-te.
El caso es que como dicen en la
búsqueda del mejor lugar, topé en pared y de noche, con todo y goggles colgando de mi cuello
Me confié, parpadeé y de pronto un
muro salido de la nada. Por andar bobeando hacia el piso, no me fuera a caer en
alguna zanja.
¡Zaz!
Me sentí en un Titanic en medio de icebergs. Al menos no había agua helada. Pero
me sacó de cuadro y de concentración de manera total. ¿Habría caminado dormido?
En este momento no había luna y las
estrellas estaban atrás, muy arriba, detrás de sus nubes. Goggles en acción.
Era una pared pegada a una casa pegada
a otra más. Por la hora y por la facha estaba deshabitada, como sin dueño.
Hasta ese momento no me había percatado de que la única dueña de este paraje
era la oscuridad.
Observé los alrededores con atención.
Esta brecha por la que venía conectaba con otra que más bien era una vieja
carretera, llena a simple vista de agujeros y de baches. Debió ser una
intersección, quizás obligada en su momento, tal vez llena de tráfico de carros
y camiones, signos de vida de otra época ida.
Vuelta por el caserío. Típicas casas
cuadradas sin señales de adorno, hechas con lo mínimo de la imaginación
posible, «menos es más» decían los arquitectos minimalistas de hacía más de
setenta años del Bauhaus. En este
caso vaya que cumplían, pero por ningún lado veía lo que correspondía a «más».
Todo lo que quedaba era lo que le tocaba a «menos».
Esto es típico de esta parte del país
en sus zonas rurales. O sea, haz tu casa
y gasta lo menos posible, pero no por tacaño, sino porque no tienes más,
luego llegarán los tiempos mejores y quedarán bonitas.
Pero los proverbiales o cuasibíblicos
tiempos mejores nunca llegaron. De seguro tomaron una desviación en algún lado,
o se distrajeron, y se perdió la única gran oportunidad cósmica de redención en
algún momento decisivo lejos de nuestro alcance de comprensión. Más suerte para
el año 2132. Nos veremos ahí.
Next
slide, please.
Me llamó la atención un letrero amarillo
con letras negras pegado a una de las paredes, como para los que venían por el
camino lo pudieran obedecer: «RETEN FEDERAL, BAJE SU VELOCIDAD».
Comprendí de golpe que ese era un
lugar dónde se quedaban los agentes oficiales del Gobierno en las épicas luchas
de aquellos años contra los narcos. Cómo si estos, tranquilos, anduvieran por
aquí a la vista de todos, sin temor. Pero sí, así fue mucho tiempo, supe. Por
algo sería.
Desde cierto ángulo, no sin
dificultad, pude ver las paredes viejas cayéndose su pintura, descarapelándose
las pobres. Y a un metro de altura del piso, una muestra de que alguien había
jugado, muchísimo, al tiro al blanco. Había una silueta humana con una diana en
su centro. Los muchachos se divertían, ¿eh?
Siempre me había encantado curiosear
en casas viejas o abandonadas. Era de lo más divertido...
...estando acompañado. Con los amigos,
claro. Cómo que andar de explorador sólo es otra onda.
Con ellos puedo asegurar que me sentía
invencible. ¿Cómo no serlo? ¿Qué nos podría dañar? Podía ir a dónde quisiera.
Así entramos a algunas casas solas, deshabitadas, allá en Monterrey, cuando
éramos adolescentes, en los viejos siempre buenos tiempos.
Tenía que ver con descubrir lo
desconocido, lo que hay detrás de las paredes de la casa de alguien que ya no
está, ni estará. Misterios por resolver. No creo que fuera para probarnos algo,
pero uno llega a la manera en que vas cumpliendo tus etapas naturales de
crecimiento, sin saberlo. Inevitablemente.
Asuntos de la estadiostica, vine a comprender después.
En esos casos el descubrir lo
inexplorado era importante, cómo para probarnos algo, nunca pensamos que fuera
hombría en sí mismo, sólo era vandalismo juvenil puro, sincero y sano. Era sólo
curiosidad.
Total. No me importa. Pero la
oscuridad tiene lo suyo.
Ya he mencionado la estadiostica, pero esta manera de creer
en Dios probabilístico todavía no se ha ocupado de creer en el Diablo
equivalente, y no, yo no creo en él, pero, como dicen: ¿y qué tal si me
equivoco?
O, ¿qué tal si en algún momento de mi
existencia, al terminar de hacer mis elecciones tan importantes y por las
cuales me preparé a ultranza, algo me indicara alguien que el Diablo nunca
existió?
Por otro lado: ¿y qué tal si todo no
fuera más que un truco del señor de la Oscuridad para que me confiase?
Luego aquí, mientras estaba en la
oscuridad, afuera de esta vieja casa, atisbando por las viejas ventanas,
algunas quebradas, y sin poder ver más allá de lo esperado de una típica vieja
casa abandonada, llena de polvo, toda suciedad. Asco.
En ese instante fue cuando decidí no
entrar. Aún si estuviera lloviendo y me estuviera mojando como perro y aún si
estuviera haciendo un frío de los mil idems.
Convencido de que las cosas eran mejor
así y habiendo olvidado de una buena vez la visión del buen Diablo entre
nosotros, me dije que este lugar era el mejor para acampar, pero afuerita, eso
sí.
Dicho y hecho, preparé mis artículos y
los puse detrás de la casa, para no darle el frente a la carretera.
Ya armada la tienda y después de cenar
algo me levanté a orinar afuera. Me planté los goggles no vaya a aparecerse el ya demasiado mencionado buen Diablo
que decidiese de último minuto reincorporarse al mundo libre precisamente en
esta fecha, en este lugar.
O bien, en lugar de este señor podría
estar a unos, ¿qué serían…? ¿Dos metros de distancia?, la proverbial víbora bíblica,
pero con un cascabel agregado a su cola.
Proverbial víbora que estaría deseosa
de dejar huellas con sus puntiagudos colmillos en alguna parte de mi cuerpo y que,
si oraba yo fervientemente para que no me picara en las piernas, a más santos
me encomendaría para que menos se ocuparan de mi miembro que se exponía,
inocente, sin conciencia más allá de lo que su labor de drenaje pluvial
corporal terminal se refería.
Una vez concluida mi afligida encomienda
procedí a proteger mi valiosa posesión mirando por encima de la maleza, por
debajo de la maleza, por en medio de la maleza, frente a mí, a mi izquierda, a
mi derecha, y demás de mis detraces,
cuando vi de pronto un brillito que capturó mi atención en una esquina de mi
ojo derecho.
Con toda la respiración guardada en mi
filo de la realidad y esperando con sinceridad que fuera una lata, una botella,
o una lámina, lo que mil sea y pueda no ser...
Pero mejor no quise averiguar, y me
dispuse a dormir.
Es difícil recordar lo que sueñas.
Sobre todo, si estás cansado. Pero parte de mis cambios psico-fisiológicos
incluían mi sueño. Ya no era tan terrible como cuando se proyectaba la función
en multisensor multimax de la
Explosión de Cadereyta que poco a poco estaba borrando el viento de estas
tierras desérticas llenas de polvo...
...de cualquier manera aparecían las
peores escenas de aquél día en particular: Las niñas saliendo. Bueno, un día
salían y otro no. En un día era yo el que no salía; en otro no había nadie, o
en otro más se intercambiaban los papeles. En cierto momento sentí las llamas
en sueños, lo juro. Lo peor: sentía de vuelta la maldita comezón. Cómo si nunca
se hubiera ido.
En unas ocasiones más sentía el calor,
en otras me veía yo mismo como explotaba por dentro, sintiendo el metal
ardiendo incrustado en mi abdomen.
¿Cómo no me iba a quedar como adicto?
Sé que no es justificación, pero, la verdad, querría hacer lo que fuera para
que se me quitaran esas terribles imágenes de la cabeza.
Lo peor del caso fue que terminé con
un ¡síndrome de adicción nivel Cuatro! Demasiada tortura mental autoinfligida,
sin haber muchos sospechosos como para echarles la responsabilidad.
Más que yo mismo.
Y que de cierta manera sé que algo
hice en mi pasado que me impidió arreglar a tiempo mi presente o mi futuro.
Nunca creí en los sueños ni en su
poder adivinatorio. Eso de que analizas tus sueños y los exprimes para ver que
sacas de ellos se me hace una reverenda estupidez además de inútil. Tal vez a
cierta gente le resulte el dedicarles atención y tiempo precioso a esos rollos,
pero a mí no.
Se me hace ilógico, una visión
deseable de un futuro ansiado no lo haces en base a los efectos diversos de una
comida grasosa sobre tus complejos cerebrales. No es posible.
Pero soñé algo extraño.
Se me apareció de la nada, de en medio
de la oscuridad. Un niño sonriendo. Y en sí eso no debía ser atemorizante. Pero
este niño era raro, muy rosado de la piel, con pecas, cabello muy recortado,
casi a rape, rubio o güero, como dicen. Traía overol y estaba descalzo. Y se
reía y se reía y se reía. ¡Cómo se reía! Como un demente, con una sonrisa
extraña fuera de lugar. Ahora, esta descripción no la oí o la vi. La sabía, la conocía,
no lo sé.
Yo caminaba dentro de las espinas,
arbustos, o nopaleras, y sentía que necesitaba encontrar algo, un objeto, un
pedazo de metal. Y escuchaba dentro de mí que una voz me decía:
—¡Búscalo bien, cabrón! ¿Ya lo viste?
Y había una furia en esa voz con mucha
dominancia, mucho control, como si fuere una furia de la naturaleza a punto de
desencadenarse. Pero que estando tú frente a ella, no quisieras vencerla,
claro, eso sería suicida, al contrario, desearías hacer las paces con ella, por
no querer provocar nunca su furia.
¿Vencerla? Ni en sueños. Ni en pesadillas.
—¿Ya la viste?
Su grito me pegó en los oídos de mi
corazón, que ya cabalgaba sin jinete en carrera veloz hacia un despeñadero. La
vieja metáfora resulta cierta, se te quiere salir del pecho. No le basta la
caja torácica
—Ya la vi… —dije al aire.
Creí verla, sólo sabía que era de
metal y que ahí, entre los arbustos estaba algo que refulgía.
La pequeña y prematura alegría no
disminuyó mi ansiedad, ni el galope de mi pobre pulso sistólico.
—¡¿Dónde está?!
Gritó la voz que podría detener en
seco al viento si se lo propusiera.
Ya me veía próximo a liberarme de esta
tortura, sólo era cuestión de avisarle al dueño de la voz tirana, que sea lo
que eso fuese, ya estaba a la vista.
Un sentimiento de heroicidad empezó a
posarse sobre mí. Comenzaba a invadirme la certeza de que resolviendo esta
situación podría resolver cualquier problema, cualesquiera de los que se me
presentaran. Me sentía al borde de la victoria. Me sentí con toda la seguridad
de decirlo. Y así lo diría. ¡Chingada madre, lo diría! Con todo el orgullo del
mundo.
Señalé hacia el objeto perdido con mi
mano. Había ganado.
Mi voz sonó lejana, temblorosa,
protegida de emoción por la anticipación:
—Está allá, detrás de los arbustos…
Esperé y esperé por la sonrisa del
triunfo compartido, de las palmadas en la espalda que serían colmadas con
generosidad. Sí, la pieza estaba ahí, y de que estaba lo estaba, fuere lo que
fuere y para lo que pudiese servir.
Estaba listo para el aplauso, las
gracias, el gesto de asentimiento, el pulgar al cielo, el símbolo de «okey». La pinche carita feliz como
sellito, una maldita abejita trabajadora sonriente en mi frente.
No.
Sólo se escuchó voz contenida, como si
a su oscuro dueño le costara un gran esfuerzo no desatar más violencia:
—¡¡CABRÓN!! ¡¡NO SE DICE «ARBUSTOS»!! SE
DICE «MONTE», ¡CABRÓN!, ¡«MONTE»! ¡¡¿ENTENDISTE?!!
Me congelé en mi sueño. Me congelé
miserablemente en la oscuridad. No pude proferir nada o murmurar siquiera. Ahí
me quedé callado en medio de mi sudor. Casi temblando, me sentí pegado al piso,
creyendo que nada me movería de ahí jamás. Pude haberme orinado del terror, pero
creo que no lo hice sólo porque no había tomado líquido suficiente.
Alguien se movió detrás de mí.
Era el niño. Muchacho. Bestia. Diablo.
No lo sé.
Alcancé a mirar sus ojos azules, sus
pecas.
El primo Nolo entraba y abría la boca,
sonreía y al hacerlo me enseñaba cientos de dientes puntiagudos.
Grité, pero no escuché mi grito.
Desperté con todo el sudor, muy asustado.
La noche estaba fresca y el silencio total.
Me salí de mi tienda para ver las
estrellas. Estaban, creo, detrás de sus nubes.
Mi corazón me dolía un poco. De tanto
latir. Recordé algo.
El brillito. Por ahí debía de andar.
Utilicé mi lámpara y «alucé» (como dicen por aquí) por donde recordaba haberlo
visto. Lo vi por fin. Estaba cerca. Me agaché con cuidado y lo examiné. Era un
viejo cargador de pistola mediano. Oxidado. Algo sucio.
Lo tomé, al mismo tiempo que me empezó
a recorrer un escalofrío en mi espalda. Esperando por una voz que cortase el
viento como cuchillo y sin reparar en dignidades mal entendidas, me levanté de
inmediato de ahí y a toda prisa, pensando en posibles víboras, rogando que no
se me aparecieran.
Llegué a mi tiendita, la cerré bien,
respiré profundo y busqué distraerme. Cualquier maldita cosa.
Ya no soñé nada. Sólo que de vez en
cuando sentía que me caía tierrita sobre la tienda. El techo de las casas de al
lado era de lámina corrugada que en teoría no debían tener nada que pudiese
precipitarse.
No, no sabría que provocaba eso. Es de
esos detalles que mejor prefieres ignorar, como el por qué las puertas se
cierran cuando no hay viento, y particularidades similares... ¿para qué pensar
en situaciones mínimas que ni daño hacen a final de cuentas?
¿Qué si me subí a ver? ¿En la
penumbra? Si algo he sabido de mí es que estoy loco, pero no pendejo.
Puta. Por fin amaneció.
Me levanté con las luces del precioso
y en sólo-tres-horas-más muy picante
sol. Desayuné algo y me hice un rico café calientito.
Salí para ver los alrededores. Nada
inusual. Excepto por un letrero oxidado que decía:
«MOJARREÑAS V - IMPORTANTE POLO DE
DESARROLLO PARA EL PROGRESO».
Y debajo del letrero había dibujadas
unas instalaciones como de fábricas, casas, edificios, caminos y vehículos. No
se distinguía mucho, sólo algo así como un pequeño añadido de «BALUARTE PARA EL
PROGRESO DE TAMAULIPAS EN EL SIGLO XXI». Y al fondo de todo, el viejo simbolito
del átomo con sus fieles electrones fake
encadenados a su alrededor por siempre.
Un anuncio viejo y descuidado. Daba
mala espina.
¿Cuándo lo habrían puesto? Pensé que
era un proyecto reciente, que no podía tener más de cinco años, pero parecía
que era un asunto más añejo.
Me quise ir de ahí, pero ya. Tuve una
sensación profunda de soledad. Estaba en un lugar que había sido antes signo de
civilización mexican style si
quieres, pero no había pasado alma ninguna por el viejo camino. Podía ser que
eso (mi mente lógica hablaba) se debiera a que este camino no condujera ya
hacia ningún lado, lo cual ya en sí era significativo, ni a la autopista ni al
nuevo camino. O la ejecución del viejo axioma de que la distancia más cercana
entre los dos puntos es la línea recta y esta carretera vieja quedara entonces ipso facto fuera de sentido geométrico
terrenal, pero...
Las aguilillas allá arriba se habían
desvanecido.
¿Sería ya la hora de hablarle a Karla?
No, todavía no era hora. Comencé a caminar rumbo a donde creía que era
Santander Jiménez. Una vez más una triste brecha parda extendida como listón arenoso
entre lo aripardo del monte. Sí, del
MONTE.
A veces lo peor eran los vados de los
antiguos ríos secos.
Bajar por ellos era fácil. Sólo te
dejas caer con cuidado y con visión de qué risco pisas, sólido y fuerte,
rocoso, de preferencia, como cabra, ch...
pero no te me vayas a tropezar, y listo. Era hasta divertido. Pero subirlos.
Uff. Muy cansado.
Cantidad de vados, cantidad de ex
arroyos. De buenas no era esta temporada de lluvias, podría ser de huracanes,
pero no de lluvias. Si no, ¿qué hubiera hecho?
¿Y a dónde se fue toda el agua que
formó los vados de hasta 6 metros de altura? Lo que corría ahora por las
formaciones de pequeñas lomitas, montecitos y caminos serpeantes y caprichosos,
era sólo aire.
Esas lomitas eran como cerritos en
miniatura, esbeltas, coronadas por hierba, llenas de cicatrices, y sobre todo
cubiertas de grietas mínimas como si fueran rompecabezas de envolturas
terrestres polvorientas en los bordes, rotas con precisión, formadas unas
contra otras por algún lodo ya desaparecido creado por las lluvias de antaño y
de hoy, esperando a ser unidas bajo un sol que espera los años de las lluvias
por siempre.
A mí no me engañan: ¡Aquí anduvo El
Llanero Solitario!
Sonreí al dejar desbocar mi sucesión
de ideas. Paisaje extraño, el de las inmediaciones de los arroyos secos, No era
difícil imaginarse el agual que
conducían antaño por aquí, y cómo modeló con fuerza la arcilla viva de esta
área. Año con año, tras miles de ídems.
Quizás antes todo era verde, un pastizal que
debido a los cambios globales de clima cambió a ese tono pardo familiar y
aburrido. Y ya entrados en tema, no olvidar jamás, que todo esto, era mar.
Hay que chingarse.
Mar. Agua. Lomitas. Llanero Solitario.
Nikopol. Suena bien.
Me daban ganas de fotografiar todo el panorama,
pero al mismo instante de pensar eso me dio un escalofrío.
¿Qué nunca iba a tomar de nuevo la
cámara? ¿Ya nunca iba a grabar nada? Si no lo llegase a hacer, ¿a qué me
dedicaría si era todo lo que sabía?
Pensé en el primo Pepe y en la otra
recientemente descubierta rama familiar representada por el muy siempre especial
primo Nolo. Gente que pertenece a estos lugares, y que al parecer jamás se irá
de aquí.
Ni era yo antropólogo, sociólogo o
algo que se le parezca, lo que se les ocurra. No conozco de trabajos que
registren o den fe de esta gente, o que viva en esta zona, lejos de la
COMPENSAN[1],
lejos de los tecnócratas, lejos de todo lo que forma y controla o desea
controlar nuestras vidas.
La zona no era desolada. Ni me
asaltaban pensamientos de que Dios, el que fuese, el indostano, el védico, el estadiostico o el cristiano, se hubiese
alejado de aquí y que esa pudiese ser la única causa de que la zona estuviese
abandonada.
Más bien, según los indicios, pudo ser
la resonancia de lo que causó la perdición de los mismos mayas, la de los
egipcios y la de los reinos africanos dorados juntos, es decir, la lotería del
clima en los movimientos periódicos de los tiempos y que junto con la implacable
procesión de los equinoccios conformaban las pequeñas briznas de aire en el
gran esquema de los vientos que forman las secuencias escalonadas y que están
firmemente entrelazadas de ese mecanismo metacelestial
llamado el Ritmo Secreto de las Cosas.
El que hace y deshace en sus manos los destinos de los pueblos que se creen
dueños inocentemente de su propio y redundante “destino”. Algo como el hubris, pues.
Grandes ritmos que se encuentran y
desencuentran desde que cientos de pequeños copos de nieve se convirtieron en
glaciares para volverse de nuevo en el transcurso de cientos de miles de años,
en copos de nieve reciclados, y que a final de cuentas a Nolo, y a Pepe, que
era más viejo y más respetado, por supuesto, todo lo anterior les importaba un
rábano.
Y eso era pensado en la bajada del
vado solamente, la subida, como decía, era otra cosa, y ahí iba con toda la
carga en la mochila un paso tras otro casi en vertical desde algún punto de
apoyo hasta llegar a seguir al camino de nuevo. El problema era que había
muchos vados y eso era lo pesado. Pero a todo se acostumbra uno.
Después del último, otra brecha y otro
camino medio pavimentado aparecieron como por arte de magia, en una
bifurcación.
Examiné ambos caminos. Por un lado,
había en el suelo polvoso una serie de rodadas, que bien podrían ser de ayer o
de antier, pero que me parecían nuevas.
Me acerqué a verlas mejor. Hechas por
llantas de todos tipos y tamaños. Por lo tanto, pensé en varias explicaciones:
que eran recientes, que venían todas juntas al mismo tiempo en grupos
compactos, que tal vez iban de pesca o de cacería o de excursión, algo común
por aquí.
Empecé a caminar y al llegar al punto
donde terminaba lo medio pavimentado y empezaba la brecha polvorosa típica,
tomé esta última. A doscientos metros de distancia había un letrero que decía: «Campamento de Sanación Santa Rita, 30 km –
Santander Jiménez 40 km». Había la palabra «Santa» agregada por encima antes de Santander. Lo habían hecho de
manera torpe. La decisión estaba ahí: o iba al Campamento de Sanación, o iba a donde
los vehículos todo terreno.
Tal vez sufrir. Tal vez gozar.
*
Nunca
supiste
cuando
tomar
tu
izquierda, tu derecha
el camino
a tu muerte
más
rápida o más lenta
que te
llevan siempre al mismo destino,
a tu mismo
fin...
jueves, noviembre 17, 2022
Novela completa Sangre de Neón, Parte 1, Cap 1 de 39 - Caminando (Derechos Reservados, Luis Eduardo García)
AQUÍ NIKOPOL.
Cuando ya
llevas tiempo caminando sólo puedes pensar. No hay opción, no te queda mucho
más que hacer.
Siguiente curva,
siguiente poste, siguiente aguililla negra recortada en el cielo. Ésta era la
última del relevo, preciosa, por cierto. Volaba alto de manera elegante,
precisa además de preciosa.
Cortando en lo celeste de
forma clara y contundente.
Me seguía desde hacía dos
kilómetros. Su nido no estaría lejos. Ni para qué gritarle. No me haría caso,
creo. Su volar era magnífico, todo su cielo azul para ella sola. Quizá no se
aburriría como yo que veía un día más ante mí, igual que el de ayer, probablemente
igual al de mañana.
Un panorama de lo ma-a-a-a-a-ás estimulante, lo juro.
Me sentía cansado, sin
foco en mis pensamientos. Todo por la inercia maldita que desde hacía más de
cien kilómetros, uno por uno, me aconsejaba de mala manera que dejara todo por
la paz, que no pensara, que no tenía caso.
Era mejor no pensar.
Pero al mismo tiempo una
de las voces en mi cabecita me decía que ya era mucho, que ya estaba llegando
al momento de reavivar la conciencia, porque, concluía ella (es muy lista) que
mientras más días estuviese así, más tardaría en despertar.
Círculo vicioso, ¿me
explico?
Por eso hice el esfuerzo
supremo de gritar: «¡basta!».
Pues, entonces...
¡BASTA!
Ya fue mucho rumiar. Ya
fue mucho purificarme.
—Karla, ¿estás ahí?
Un juego mío entre ella y
yo...
—Sí, Niko, ¿cómo estás?
¿Cómo amaneciste?
Y Karla sabía de alguna manera como
buena agente de software que debía
contestar de manera casual. Era obvio para mí que Karla siempre estaría ahí.
Mientras tuviera conexión a los satélites en línea, quiero decir.
Ella aliviaba mi soledad.
Mi soledad que siempre quise pero que nunca me atreví abrazar y que ya cuando
la tuve conmigo ya no me pareció tan atractiva.
—¿Cómo va todo, Karla?
Seguía el juego, muy
correcta. Karla tenía instrucciones temporales de no darme mucha información y
de contestar en ocasiones de manera vaga e incierta. Después de una pausa, mi
agente me contestó:
—Supongo que bien.
—¿Alguna novedad?
—No, nada de momento, ¿y
tú? ¿Mucho calor?
—Sí, algo, te veo luego,
Karla…
—Adiós.
Karla se quedó en
silencio y me enjugué el sudor. Vi un árbol grande como a cuarenta metros y
decidí parar y tomar agua.
La aguililla subía y
bajaba de manera lenta y, sí, me quedó claro que me ignoraba.
Había empezado hacía más
de dos semanas y ya llevaba avanzado un muy buen trecho. En cada poblado me
encontraba gente que me proporcionaba agua para mis cantimploras. Buena gente
ella, ¿a quién se le puede negar una poca de agua?
Me preguntaban que a
dónde iba, que de dónde venía. Yo no les contestaba más que con vaguedades,
¿para qué explicar mucho? Cuando pasaba por lugares donde había niños estos me
veían con curiosidad. Me miraban la ropa, pensaban que era cazador o algo así.
Sería, creo, por mi
atuendo ancho con mangas largas. Oscuro, de influencia árabe evidente. Llevaba
un back pack, una mochila con crema
bloqueadora, alimentos secos, botiquín mínimo, más ropa, botas resistentes,
sombrero tipo australiano con goggles
preparados para la diadema de interfase para comunicarme con Karla. Muy Mad Max. La tercera, más bien. La del Thunderdome.
Me veían como aparecido.
Tal vez los asombraba mi rostro ex rosa y ahora pielrojoide por estar ya medio requemado por el sol después de
caminar por doce horas alternado por descansos de otras doce, dependiendo de a dónde
llegaba, a paso tranquilo por caminos, brechas, bosques, terrenos arenosos,
fondos de ríos secos quebrados en miles de fragmentos rocosos que formaban multirompecabezas pardos planos de tres
dimensiones, matorrales, nopaleras, en medio de huizaches, y sobre todo,
mezquites.
En ocasiones me detenía a probar las
semillitas moradas de los mezquites bajo sus ramas raquíticas... lo más
comestible que se podría dar de manera natural en estas yermas regiones. Pero
eran áridas de verdad, secas-secas-secas.
De vez en vez también me detenía a mirar una
excepcional puesta de sol llena de nubes, donde éstas rompían como olas, una
contra otra de manera tumultuaria quedando en colores anaranjados, y que se
metían luego a regañadientes detrás de las lejanas lomas, lo que permitía que
se vieran perfectos rayos solares transformados como reflectores creando un
bello material para fotografías de calendarios de tortillerías para cocina o al
menos de revistas de geografía desértica.
Sí, entre otras cosas soy
un cursi consuetudinario.
Y en otros momentos me
asomaba al cielo y no veía nada, ninguna nube. Todo aquello era de un azul
inmaculado que podía hipnotizar, agradable de ver, pero que por mi parte yo
evitaba fijar la mirada en las profundidades celestiales en ciertos momentos ya
que me aterraba que se me empezaran a agolpar frente a mis ojos unas manchas sombrías
sin forma que bailaban un oscuro ballet, sin explicación aparente... bueno, un
oftalmólogo sí podría explicarlo. Y me diría tal vez que todo era producto de
un astigmatismo progresivo. O alguna catarata en ciernes.
Otras manchas que se me
aparecían en condiciones similares y que me causaban escalofríos el verlas ya
que siempre se aparecían hacia donde enfocara la vista, eran pequeñísimos
corpúsculos como globos o burbujas dentro del ojo mismo y que según esto no era
porque comenzara a deteriorarse. Puras causas naturales. De cualquier manera
eso sí me daba miedo.
Había perdido la visión
de mi ojo izquierdo y me habían implantado un retinal enhancer, o ampliador de visión de
retina, pero no me lo mejoró mucho.
Y las burbujitas seguían.
A una persona con cierto
grado de hipocondría le hubiera causado una gran preocupación, pero desde la
confirmación de lo que eran los pequeños corpúsculos oculares flotantes ya no
pasaban estos de ser una molestia casual y pasajera.
En otras ocasiones veía
las nubes y las comparaba con la imagen infantil de ser como cubos de hielo en
un gran vaso de agua. Estas nubes perfectamente definidas con circunvalaciones
cerradas, fijas, finas y firmes como anunciando que formaban parte de un gran
cerebro nuboso que estaría indiferente a nuestros pesares.
Le hubiera pedido la lluvia, pero de
pequeño también me había dado cuenta de esa incierta desconexión que ocurría entre
hacer peticiones y del sucedido de que éstas se cumpliesen. De cualquier manera
algunas veces había pedido y se me había concedido, tal vez por gracia de ese
gran cerebro nuboso, o bien pudo ser hasta que el mismo Dios en esa ocasión se
le dio la gana cumplirme.
O también fue mi primer
encuentro con la Gran Central de las Coincidencias. La que, como todo mundo
sabe, está localizada en el cielo.
No, no sentía que yo
controlara las coincidencias, sino que por un buen tiempo yo sentía que tenía
el raro, de seguro raro, poder de anticiparlas.
Y ese conocimiento no lo
compartía con nadie. Era mi poder secreto. No me sirvió de mucho en mi
educación, pero me hizo sentir especial y privilegiado.
Pensé que llovería. Algo
me hizo pensarlo, de seguro el aroma, delicioso, de la tierra mojada que me
llegaba por el viento a muchos kilómetros a lo lejos. Pero no, ese día no llegó
la lluvia, ni los subsiguientes. Se me ocurrió pensar que perdí mi poder. Quizá
me dejó con la adolescencia y no me había percatado de ello.
Las cercas de madera se
sucedían una tras otra. Las postas de madera eran diferentes, unidas, eso sí,
con diferentes tipos de alambradas de púas. Algo me llamaba la atención de esas
púas. El diferente grado de óxido de entre una serie de alambre, y de las
mismas púas me daban una idea aproximada de la edad de los terrenos.
Me acerqué a una de
ellas.
—Hola, óxido tetánico,
¿cómo estás? Tanto tiempo... —le susurré.
Mi coeficiente natural de
divagación estaba trabajando al full.
Las púas me hacían saltar de concepto en concepto. De alambradas llegué al
concepto de propiedad, luego al concepto de los planos, luego al de las
distancias, luego en el de las escalas humanas. Finalmente pensé en los dueños.
¿Quiénes serían?
Hice una pausa y miré
hacia mi derecha hacia el camino desde el que venía, miré después en la línea
contraria al camino hacia donde iba. Me pareció igual, el uno del otro. De no
ser por el sol, no sabría cuál era cual.
De haber estado la
aguililla cerca me hubiera escuchado.
—Pues... ¿qué chingados
estoy haciendo aquí?
Y no era la primera vez
que me lo preguntaba.
Llegué al pueblito. ¿O cómo
debía de llamarlo? ¿Poblado? ¿Ranchería? Éste se llamaba Nuevo Padilla. Si este
era el nuevo, no querría ver al viejo.
Nombre atractivo. Ajá.
Calles sin pavimentar
congeladas en algún tiempo, casas cuadradas de colores pasteles llenas de
cicatrices por la pintura descarapelada, eso y las balas viejas, fragmentos de
yeso caídos, y los de las balas viejas también, panorama genial para los
nostálgicos en viajes sentimentales, ¿cómo le ganas a un lugar que está
idéntico a cuando lo abandonaste veinticinco años antes?
A la distancia vi a un
señor con sombrero que a su vez me miró. No quise confrontarlo ojo a ojo. No
pasaba nada, era la novedad de siempre. Por las ventanas debería de haber gente.
Me preguntaba en cuanto tiempo me integraría a su paisaje para ya pasar
desapercibido. Esperar el momento en ser asimilado.
Integrado. Lo que siempre
había querido ser.
La tiendita de abarrotes
salió de la nada. Parecía correcta para estos lares. ¿Qué más se me podría
ocurrir pensar? Entré con cierta timidez. Fijé mi mirada con estudiada
indiferencia para examinar el piso polvoso, de madera.
No había nadie en el
primer vistazo. Miré a mi alrededor mientras inspiraba de lleno. Olía a
semillas, a café, a viejo. Había una gran cantidad de alimentos organizados de
manera aparentemente desorganizada.
Como siempre, empecé a
buscar el orden oculto. Las diferentes semillas estaban guardadas en diversos
recipientes, arroz, frijoles en sus varios tipos. Había hierbas también
acomodadas, ninguna de las cuales tenía nombre, como si todo el mundo las
conociera de toda la vida.
Completaban el cuadro
otros implementos: tanques de gas, lámparas, carretillas, herramientas simples,
baterías; escondidos más allá, objetos para pescar pero no de mucha variedad,
me temo.
El techo era de madera,
algunas vigas más oscuras que otras y de ellas colgaban diversos objetos,
incluso se veía una que otra telaraña. Este era alto y provocaba un fresco
agradable. Al fondo vi un gran cartel que parecía que se mataba por decir que
anunciaba un gran café soluble; al lado permanecía un calendario ya medio
desvaído por los fragores de las mil batallas del gran año 1999, que de tan
bueno le salió que aquí seguía, incólume, y seguiría usándose como en aquellos
días marcando aquellos meses finiseculares por siempre.
Colgando de las vigas
había lámparas de petróleo y muchos más recipientes de uso desconocido.
En uno de los mostradores había dos
básculas, una moderna y la otra antigua, ésta última con pesas oxidadas y
oscuras, manchadas.
Finalmente vi unos botes
con dulces, caramelos diversos pero unos en particular contenían mentas de esas
rojas con blanco o blancas con rojo, que aparentaban estar deliciosas.
—Buenas, ¿qué se le ofrece?
Me sobresalté por un
segundo, pero en menos de un parpadeo recobré mi postura inicial.
—Buenas —dije a la
usanza—. ¿Tiene pan de caja? Busco eso y otras cosas...
—Claro, ¿cuál marca?
¿Bimbo?
—De la que sea... —dije,
con cierto desgano.
Puso encima el pan del
mostrador. El primero que agarró.
—Aquí está, ¿qué más?
Le dije que buscaba
galletas y alimentos similares para comer en el camino. También le pedí algunas
carnes frías para guardar en el mínimo refrigerador de mi mochila.
Ya que me hubo atendido,
le pedí también un refresco frío. Me lo dio y se puso a barrer el piso con
energía.
Sintiendo resbalar
todavía el frío líquido en mi garganta, le pregunté:
—¿Falta mucho para Ciudad
Victoria?
Me observó con cierta
incredulidad.
—Si va para Victoria
ninguno de estos caminos le llevará para allá —apuntó al sur—. Victoria queda
hacia el otro lado, este camino lleva a San Fernando...
—Bueno, en realidad no
voy para Victoria… —le acepté.
—¿Para dónde va? ¿En qué
viene?
—Voy para San Fernando, y
vengo caminando —no tenía caso decirle más.
—¿Caminando? ¿No era más
fácil en el bus? ¿O se le descompuso el mueble?
Sonreí, siempre que
alguien en esta zona le decía «mueble»
a un vehículo me hacía gracia.
Negué suavemente.
—Este… no… vengo
caminando. Soy como explorador —otra vez la verdad incompleta.
El tendero aparentaba
como cincuenta años y traía un bigote abultado entrecano que se juntaba con la
patilla. Tenía una piel rosada como de demasiado-sol-toda-la-vida,
piel casi roja en el pecho que se dejaba entrever su camisa de a cuadros de
manga larga y su paliacate de adornos
con tonos rojos y amarillos-dorados que traía alrededor de su cuello. Una
barriga prominente le hacía juego a su probable arteriosclerosis llena de carnitas
de cada tercer día.
—Sí —asintió—, por aquí
llegan muchos exploradores en todo tipo de vehículos, pero pocos a pie. Los que
llegan a pie me dan la impresión de que están perdidos… Oiga, primo, ¿y qué
exploran, eh? ¿Qué tanto hacen…?
Una vez más la vaguedad
habló por mí:
—Pues sólo eso, caminos, rutas de
turismo extremo, brechas, por ahí y por allá, el contacto con el campo, ver
paisajes...
La respuesta estándar
número cuarenta y tres pareció convencerlo.
—Muy bien... y oiga,
dígame, ¿desde dónde camina? Porque lo veo muy asoleado, primo, ¿y vestido
además así, como anda usted? ¿No le da calor?
Curioso el señor.
Miré mi indumentaria tipo
africana-morisca. Negué con la cabeza.
—Pues fíjese que no, es
más o menos fresca, aparte me sirve para no deshidratarme…
Asintió.
—Eso creí. Además sí he
visto a muchos que se visten así, usted está decente en comparación. ¿No se los
ha encontrado? Van a una celebración no sé qué allá cerca, por los cerros —señaló
un rumbo—. Y siempre llegan aquí algunos, de hecho ya han estado viniendo… como
que empiezan por estas fechas cada año…
Puse atención.
—¿Sí? ¿Quiénes vienen?
Rio ahora.
—Pura gente rara —su voz
sonaba divertida—. De las ciudades...
—¿Para qué vienen? ¿A
dónde van?
—La verdad no sé, no
estoy enterado. Ellos no dicen nada, sólo se miran entre ellos cuando les
pregunto. Usted es el primero que viene solo. Por eso se lo comenté. Entonces,
¿usted no es de ellos?
Tuve que inventar algo:
—Sí soy, pero de otro
grupo, y sí tiene razón, me extravié un poco, pero usted sabe, a veces nos
cuesta aceptar que la regamos…
—Ni se preocupe. A todos
nos pasa…
Siguió barriendo y de
súbito me preguntó cómo acordándose:
—¿O va con los enfermos?
—¿Los enfermos?
—Sí, los de Santander…
Allá se juntan, ¿verdad?
—¿En Santander?
—Sí, ahí, o como le dicen
ahora: Santa Santander Jiménez. Tamaulipas.
—Sí, así es, un pueblito…
—debía de ser.
—Sí, pero ha crecido
algo... No que en Padilla, aquí no ocurre nada. Nada se mueve aquí. Antes sí,
hace años. Pero ahora no. Ahora sólo somos pura pasada hacia otras partes… Pero
bueno, desde que era chico así ocurrían las cosas. Excepto por aquellos años…
usted sabe… pero ahora aquí sólo se mueve el aire, el tiempo y la gente. Lo
demás se queda igual. Sólo nos quedamos los que le tenemos el gusto al poblado.
A su historia… Porque déjeme le digo, no sé si sepa, que Padilla ya fue famoso.
Por aquí cerca agarraron a Iturbide, primer gobernante del México
independiente... emperador y todo... y, bueno, nada más estuvo pocos días,
creo, lo fusilaron llegando, al pobre...
Pos
pobre.
—Sí, algo leí. Malas
relaciones públicas de doscientos años atrás. Pero ahora ya querían hacerle un
monumento importante, o algo así… ¿no? Con eso de que Agustín de Iturbide ya
fue rehabilitado en la historia nacional…
—Sí —me respondió sin
otorgar demasiada atención en lo que dije—, con eso ya empezamos a figurar, a
ser importantes... y con el paso del tiempo a lo mejor algún día salgamos en
las noticias, ¿qué no?
—Todo puede suceder…
—Sí... en la que seamos
centro de algo importante... Esta ciudad se merece mucho…
Pensé para mis adentros
que hay personas que sí tienen muy en alto su autoestima, la verdad.
—Pero le decía que por
aquí pasaban cuando era niño los pastores de cabras, luego de ganado más mayor,
vacas, vaquillas, toros cebúes… caballos casi no... Pero luego llegó la gente.
Primero los pasaporteados que iban pa’l otro lado... Mucha gente jodida. Mucho
pelado mañoso… Y pos, con esa gente, hay que chingarse... ya sabe…
—Los de siempre, así
es... —A mí me decían el empático.
—Nunca falta gente así,
usted sabe… Pos los jodidos ya llevaban sus cargas, pues. Y de pronto la
situación se ponía muy pesada para nosotros, aquí… Llegaban los federales, el
ejército, los judiciales, y si había empezado quedito… así estaba… pero de la
noche a la mañana de estar ocultos, escondidos todos, y un día después de
combate y demás… salieron a la calle, como si nada... desde la capital les
dijeron que ya no había necesidad de esconderse por las brechas, que todo era
permitido y todo mundo feliz… Pero no duró mucho el gusto. Se notó de inmediato
que la lana empezó a acabarse y que los muchachos ya no mandaban nada de
ninguna parte… Y pos cómo no, si las cargas ya no valían tanto y ya se podían
conseguir de todo casi en cualquier farmacia... Los que se dieron cuenta rápido
vieron cómo moverse y agarraron sus chivas y se largaron esos mismos días,
algunos se fueron a Tampico, otros a Matamoros y unos más a Reynosa…
Hizo una pausa.
—Mi familia y mis hijos
también se fueron, a Nuevo Laredo, a buscar a unos parientes. Y yo me quedé
solo. —Juraría que vi cómo le brillaron los ojos—. Alguien tenía que cuidar la
tienda, me la había dejado mi papá, que se vino de Peña Blanca, allá por la
carretera vieja que va de Monterrey a Reynosa, donde él tenía una carnicería… Y
pues no iba a dejar que esto se pudriera sólo. Yo que mantuve a cuatro, no pude
conseguir que todos ellos me mantuvieran... y no es que sea viejo, pero a uno
le pesan los años, no crea, en cualquier momento me puedo enfermar, ya me
dijeron que tengo principios de diabetis, y con eso hay que chingarse...
Se sonó la nariz. Para
algunos de ellos es muy natural hacerlo sin nada más que sus manos, pero para
mí no mucho. Linda gente. Y lo digo sin señal de condescendencia o sarcasmo,
linda gente de verdad.
—Pero le decía... sí, la
paz se hizo de nuevo. Una paz muy tranquila, demasiada, diríamos nosotros aquí.
Fue como la muerte. Esa que dicen que la llevaban estos burreros en las cargas,
pero que nosotros, la verdad, no veíamos mucho…
Sonrió. Me intrigó un
poco.
—Lo curioso es que, a
veces pienso que no todo se olvidó. Aún quedan quienes se quedaron como
encendidos de aquella vida…
—¿Cómo encendidos?
—Que hay odios que nunca
se acaban. Y antes pues... era natural. Lo que sí nos causa, ¿cómo se puede
decir? ¿Extrañamiento? es que se siguen esperando algunos para matarse. Ya
pa´qué, digo... Pero son las herencias de aquellos tiempos. Eran hombres de
verdad, los de aquellos tiempos... Hay que chingarse…
Pues sí, no lo dudé.
Había que chingarse.
En eso llegó una persona,
también con paliacate y sombrero.
—¿Cómo estás, Pepe?
El aludido no dio muestra
de sorpresa de la llegada, como si fuera cosa de todos los días siguió como si
nadie hubiera llegado y sin mirar dijo:
—Pues aquí en la barrida,
Nolo. Si no lo hago yo, ¿quién más chingados lo hace?
—Eso sí. ¿Tienes café?
Nolo era algo alto,
blanco, muy blanco, ojos claros con mirada juguetona, con pecas, dientes
saltones, sonrisa malandrina inamovible, como si supiera algo gracioso de ti y
que, dalo por hecho, jamás te lo diría, aunque su misma vida estuviese de por
medio. O la tuya.
—¿De cuál quieres?
—Del descafeinado... es
que no he dormido bien…
Hablaba como queriendo
tartamudear, sin lograrlo. Difícil de entender. Y ahí estaba la sonrisilla.
—Ya estás…
Dejé de poner atención a la escena y seguí con
mi refresco. Pensé en lo que me había dicho Pepe.
No había sabido de gente
rara por estos rumbos, y menos me había cruzado con ellos. A menos que la
columna de polvo que vi el otro día no significara el típico camión torton que tendría unas ganas enormes de
llegar a su destino a toda velocidad.
Ahora que lo pensaba, se
me hizo rara tal velocidad. Siempre había pensado que esa necesidad de rapidez
en hacer las cosas estaba relacionada más bien con las áreas urbanas. Que las
prisas en general disminuyen conforme más te adentras a las zonas rurales. Que
el concepto del tiempo se alarga o se establece en circunstancias del sol que
se mueve, de las fases de la luna y de estaciones lluviosas o no, o hasta de
temporadas de cosechas, cosas así.
O en el aspecto de que
hay sandías o no hay sandías.
La modernidad todavía no
llegaba a estos lugares. Ni llegaría por un buen rato, tampoco había prisa.
Pensé en Pepe, hombre
sencillo, que mantenía un negocio en donde no existía el concepto de
«prosperidad» como concepto apegado a «progreso».
Me alejé un poco de la
puerta para ver de frente a la tienda. Tenía en su pasillo fresco o «porche»,
dos sillas mecedoras para estar ahí vigilando mientras el viento lleno de
avaricia no avanzase por otras partes. Su generosidad eólica era debatible.
Esta tienda se llamaba «La Favorita» y de perdido estaba desde
el año de 1999, o años y años atrás, como dijo Pepe.
Desde que salí de Monterrey no me
había puesto a pensar en mi situación, sólo sentía que debía caminar y caminar
hacia Santander Jiménez. Hasta ahora era la primera noticia que tenía de que la
habían elevado a Santa.
Al pensar en eso me invadió la
cuestión de qué haría si llegara a ese lugar, en si podría encontrarme a mí
mismo, o nada más sólo daría la media vuelta de inmediato. Como si todo hubiera
sido una puntada, un arranque, una manera de aceptar que necesitaba
desintoxicarme a como diera lugar, y que no había más manera de hacerlo más que
a través del impulso... de moverme, de volver a sentirme ser yo.
Claro, un «yo» que jamás
estuvo cerca de mi realidad, más que de mi pensamiento. Un «yo» libre de la
maldad de mi mundo, libre del dolor infligido.
Sabía también que una
caminata por sí sola, como ésta, tan disparatada, no venía a resolver nada.
Sabía que no era redescubrir a Dios. Yo estaba contento con la estadiostica. Me fortalecía el hecho de
que sus sagradas escrituras eran las distribuciones matemáticas. Que el
lenguaje de Dios fuera transmitido en forma de cifras, fórmulas, ecuaciones
como conjuros misteriosos y mágicos, místicas y al mismo tiempo claras,
evidentes, tan básicos como axiomas.
La vertical es la
vertical y la horizontal es la horizontal. Siempre lo fueron, lo son y lo serán
en todo el universo y por toda la eternidad y no hay más, ¿verdad?
A pesar de ello en
ocasiones no encontraba respuesta al porqué caminar tantos días.
De momento todo se me
hacía una reverenda pendejada que había cometido en un momento de locura, o
estando borracho. Claro, cometí cosas peores estando borracho, o eso me
dijeron, al menos. Pero creo que nada se le comparaba a este proyecto de
caminar y caminar.
Eso sí, el aire fresco me
estaba haciendo bien. Dentro de lo cansado que estaba me sentía fuerte. Y el
sol, ¡que maravillosa estrella tenemos! Tan preciso lugar para crearnos, aquí
en esta Tierra torturada.
Dejando de lado la mala
poesía, entendí que si me descuidaba, sería perforado por sus rayos
ultravioleta junto con trillones de neutrinos campechanos de color verde a
remolque cuales rémoras cósmicas.
Pepe seguía platicando
con Nolo. Mientras, repasé las casas que colgaban de la calle principal del
pueblo. Todas sencillas y austeras, como había de esperarse.
Pensé en la gente esa
mencionada, que vestía raro. Me llamaba la atención que por este preciso punto,
en el que el común denominador de la vida diaria es que no pase nada digno de
registrar, de la noche a la mañana lograse algo notable de figurar en la
desviación estándar en forma de gente extravagante, marcando un contraste con
los personajes de este lugar gris y primitivista. Raro.
Lo de los enfermos sí lo
entendía. Van para allá a curarse según las expectativas. El rumor de los
tratamientos médicos alternativos de la zona y su efectividad estaba creciendo
días sí y días también. Pensé en la manera en cómo la gente se entera de que
existen ciertos lugares que son considerados si no mágicos, por lo menos
especiales, y en que de dónde proviene el valor para viajar a lugares lejanos
de los que no saben que esperar. La fe, supongo.
Y es que la enfermedad es
cabrona.
Me estaba ya
acostumbrando a la idea de ir ahí. Aún y que me descubriera con la idea de nada
más llegar y volver de inmediato.
Es un mundo interesante el de los
enfermos, con el perdón de ellos, claro.
Salud, ¿cómo podía ser? Existen más de cuatro
mil enfermedades posibles de origen genético que podríamos padecer. ¡Cuatro
mil! ¿Salud? Vulnerabilidad extrema de nosotros pobres criaturas de Dios.
No somos más que gelatinas corporales.
Gelatinas en bolsa de piel que se tratan de convencer que piensan y que por
decirlo luego existen.
Que van, votan, matan y comen helado
napolitano.
Cuando hay.
Enfermos tocados por el
lado oscuro de la estadiostica y que
cayeron por el lado equivocado de la suerte. Del lado equivocado de la curva
normal, de la de Poisson. Tan
sencillo como eso.
Todos somos o estamos,
finalmente reducidos a cifras.
Fríamente. Handicap más. Handicap menos.
Y Pepe seguía con el
amigo Nolo.
Me pregunté acerca de la
razón de porqué Nolo no se iba de este pueblito-pozo del mundo... ¿o sólo fuera
que el lugar se ponía a toda madre de noche y no me he enterado ni me enteraré?
Tal vez no fuera tanto un
pueblito-pozo.
Y en eso estaba y que me
habla el susodicho:
—¿Usted es de esos? ¿O de
cuáles?
—¿De quiénes cuáles?
Digo, para poder escoger…
—De los visitantes, de
los que van al festejo o como se llame, o del grupo de los enfermos…
—¿Qué parezco? ¿Enfermo,
o uno de los que van a los festejos?
El amigo Nolo me miró con
suspicacia malandrina. Con su sonrisilla. Dijo:
— Pues con todo el
respeto, primo, tiene cara de que usted fue a un festejo y que luego se
enfermó...
Lo repasé con ese tipo de
mirada que le reservas a la gente que no entiendes.
—¿Terminó, primo?
Pepe desde detrás
queriendo aliviar la situación. Cosa que logró, y bien, digo, ¿qué caso tenía
llevarme mal con este güey? Lo dejé para después, total, sólo fue una madreadilla de cuates sin serlo.
Sin embargo, ahí estaba
la decisión también: ¿Para dónde iría ahora?
—¿Y ya va a seguirle?
¿Para dónde va ahora?
Pepe me miró solicito.
—En eso mismo estoy
pensando…
—¿Va a Santander o a
Victoria? ¿Va de caza o de pesca?
—Ninguna u otra, no lo
sé…
—Pues Jiménez queda para
aquél rumbo como a cincuenta kilómetros y Victoria para el sur como a sesenta…
La presa casi está enfrente…
Me caía bien el buen
Pepe. A su manera me estaba sopeando
y pues le confirmé:
—Sí, voy para allá… —apunté vagamente
hacia el este.
—¿Por la carretera? Se va
a desviar mucho...
—No, me voy a ir por las
brechas…
—¿Las conoce?
—Tengo la idea, ya me
explicaron…
—Pues tenga cuidado ¿eh?
—¿Por qué?
—Usted tenga cuidado...
Pepe se sonrió.
El primo Nolo, mientras
estuve ahí, jamás cambió el gesto.
Con su sonrisilla.
*
polvos
de madera
que
guardan
risas
secretas
sueños
de dolor
que
siempre pintaron
de
negro
las
ilusiones
todas…

