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lunes, septiembre 14, 2020

Visitar una película por el camino lateral...

 Anoche, 12 de septiembre pasé la película en mi Facebook Live de Some Like a Hot, con Marilyn, Tony y Lemmon. 




La he visto muchas veces, la compré hace muchos años, y sí,la he disfrutado cada tanto, por eso se me hizo buena idea pasarla con mis amigos de mi FB live.

Siento que mucho de este cine se ha ido quedando en las orillas fuera de las grandes carreteras o las autopistas transitadas por las personas.

¿Que´quiero decir con lo del "conjunto de carreteras" en esto de películas?

La gente va de a A a F en temas de cultura, de todo tipo de cultura,  en este caso la cultura general del cine. 

La gente de cierta edad con los años hemos visto muchas películas. Normalmente las vimos cuando fueron las "actuales" en su momento y así se van quedando en la memoria, esas "presentes" notables por ser eventos o reconocidas o populares se van quedando en el conocimiento de la colectividad, las recomendadas, las famosas.

Pero poco  poco con los años, la gente no tiene tiempo, no tiene interés, no tiene conocimiento, de todas las películas que salieron la mayoría se van quedando atrás, en nichos, en secciones de culto, etc.

La gente ya no va por los caminos que llevan a los pueblitos B,C, D, y E. Se van directo al punto F.

No pasan por el camino lateral.

No sé cuantas películas se hagan por año, cada año.

Han de ser un buen. No las podemos ver todas, es como las series o miniseries, son como cuatrocientas por año, no se pueden ver todas.

Y hay unas, las obvias, mejores o populares, ya dije, que se van quedando en la memoria o las de eventos mas que películas y que pasando el tiempo las estamos viendo por los canales comunes de las nuevas alternativas de programación y que todo mundo conoce. 

Esas son las que están en el punto F. 

Por eso digo que la gente va directo de A a la F.

Pero hay tantos canales, tanta pulverización de opciones, que muchas películas se quedarán en el camino. Y nunca se verán, y si esto es hoy, imagínate como esto cuenta para las películas hechas en los 70s para atrás. 

Excepto las clásicas. Bueno, aún las clásicas.

Por eso me da gusto poner estas películas estrellas de vez en cuando en FB Live, como que merecen airearse. No es exactamente la experiencia que todo mundo podría querer, pero es la única que puedo ofrecer en mis circunstancias...

O será que en realidad tengo poca imaginación...

Muchas opciones, de películas que están allá o acá. Y que con el tiempo ya nadie las verá mas que los estudiosos.

Ojalá hubiera un lugar en donde todas las películas se pudieran ver cuando se quisiera, si problemas, todas las que valieran la pena, ¿cuales serían estas?, ese es el dilema... pero en eso estamos...

Una película a la vez...

Por los caminos laterales...

martes, marzo 01, 2011

La Casa (Perdida) del Fin del Mundo



Desde hace muchos años tengo una especie de romance con el cine de Luis Buñuel. Sí, se puede escuchar raro. Ya saben, como en el sentido de admiración total por su persona, por su vida, ideas, filosofía religiosa, expresiones y demás.

Pero es que es de esos cines de director tan devastadoramente claro y distintivo que sí tú ves una película particular mexicana sin saber de antemano nada de ella, de pronto dices “esta película no es como todas, se ve, se siente rara”.

Definimos “películas mexicanas” como aquellas denominadas de manera simplista de las costumbristas realizadas desde los años 40 hasta mediados de los 60’s que veíamos, o vemos todavía cuando hay oportunidad.

Estas películas se miraban por toneladas en los años que las daban en televisión abierta con sus horarios fijos en las tardes, antes de que esas estaciones de fueran vendidas o arrendadas o como se llamen, a los grandes consorcios o a las cadenas de cable y que estas las tomaran y encadenaran a sus propios planes corporativos. De ese modo los antiguos canales regionales dejaron de transmitirlas a su vez, haciéndonos extrañar ese esmero, amor, y hasta dedicación, con el que las transmitían.

Por ejemplo una buena tarde hace muchos años en casa de mi abuela, y eso sí que es hace muchos años, veo la tarde pasar y al mismo tiempo una película en la que sale Jorge Negrete en donde la pesco en una escena multitudinaria en un teatro y arriba de su escenario está una bailarina que empieza su acto y que de pronto, baja por la escalera a recorrer camino por entre la concurrencia y lo más impresionante: ¡la cámara no corta! ¡La cámara la sigue alrededor de la escena y no la suelta!

Te das cuenta que ella va hasta el fondo del teatro salón en medio de la gente, y sigue bailando con la música tropical o algo así y sigue y sigue y sigue por el contorno del mismo, por la parte del fondo y luego ya, de pronto, llega a subirse al escenario de nuevo por el otro lado.
Para esto la cámara como ya dije, nunca cortó, la siguió en una sola toma en toda su vuelta completa, y estamos hablando de una película mexicana “costumbrista” de 1947 llamada Gran Casino. Dirigida por Luis Buñuel. (Con el tiempo supe por el libro de “Prohibido Asomarse al interior”, o como le cambiaron el nombre, “Buñuel visto por Buñuel”, de Tomás Pérez Turrent y José de la Colina, que lo hizo así sin corte, sólo para estar en forma porque tenía casi los 10 años sin filmar).


Así nada más, Gran Casino. Con Jorge Negrete y con Libertad Lamarque, con una historia que habla de temas de petróleo, un hermano perdido, Tampico, si mal no recuerdo, un trío de guitarristas que se aparecía de la nada cuando Negrete se disponía a cantar, ¡y que siempre se saludaban cuando se veían! Y sobre todo un beso enorme, recordado, romántico, que nunca se ve porque la cámara se encuentra más confortable mirando hacia lo que el galán se dedica, mientras besa a la bella mujer, a remover un palo en el lodo oscuro durante todo el rato del beso… sí, eso fue todo lo que vimos ¡la verdad, genial!

No puedo dejar de mencionar las demás películas mexicanas de Buñuel. También todas impresionantes, poquito o mucho o muchisisísimo: Los Olvidados, La Ilusión Viaja en Tranvía, Subida al Cielo, Él, El Bruto, Susana, Carne o Demonio, Ensayo de un Crimen, Nazarín, Viridiana y El Angel Exterminador, entre otras.

Precisamente de El Angel Exterminador quería hablar.


Pero no tanto de la historia o del desarrollo de la misma o de las actuaciones.
Ni hablaré de lo extraño para la gente que resultaría ver una historia en El Angel Exterminador que nunca parece concretarse. Pensaría en las personas que verían en el cine la película en su tiempo y que de seguro se asombrarían que la historia de esa cena tan elegante degenerase en algo tan poco común, en que todos los comensales no llegaran a salir de la casa, como sintiendo algo, o más aún, como presintiendo algo raro y aceptando entre todos el hecho, que nadie podría salir de ahí de esa área, en esa casa.

Y viendo la puerta de la casa, en este caso la salida, al alcance aparentemente de todos, pero ninguno de los invitados pudo tener la voluntad de traspasarla, surge la pregunta: ¿por qué solo los criados lo pudieron hacer?

¿Castigo? ¿Maldición? ¿Brujería? ¿Satanás? ¿Dios? ¿El Angel Exterminador que vendrá durante la noche a matar a los hijos primogénitos y que para evitar tan cruel destino la puerta de la casa debería ser marcada con sangre de cordero?

Creemos que la locura los posee por los actos absurdos que vemos aunque el transcurrir es casi en paz (¿mencioné un doble suicidio?),  excepto por esa extraña dimensión: el no poder traspasar los límites de esa casa tan única en la que es seguro que algo sucede pero que nadie sabe explicar y que nadie, ni los de dentro ni los de afuera, se atreven a hacer algo que rompa el hechizo porque como en hipnosis colectiva aceptan las cosas como están.

Hasta de momento, podría uno pensar que Buñuel se adelantó a Stephen King en escribir una historia sobrenatural acerca de una casa siniestra (y pido perdón a los puristas que se desgarran el corazón pidiendo al árbitro del sentido común: ¡FALTA! ¡15 YARDAS DE CASTIGO POR MENCIONAR  EL NOMBRE  DEL INMORTAL CINEASTA JUNTO CON EL NOMBRE DE ESE ESCRITORCILLO POPULAR!).

Evidentemente Buñuel, poseyendo otra clase de inteligencia en comparación con la nada despreciable de King, lo resuelve de una manera más extraña, sí, surreal, sin tener que recurrir a espantos o a monstruos en el closet, o a muertos que vuelven o a hoteles malditos con personalidad expresa y angustiosamente asesina.

Buñuel no lo explica. Ni falta que le hace. Sólo nos hace cómplices, nos hace sentir el desamparo, la angustia de los invitados dentro y de los espectadores afuera que saben que esa casa ya pertenece a otra dimensión que se adueña de todos y con la que nos hace entrar en otra realidad fuera de nuestra comprensión.

Como sea, pero no deseo hablar de la película (imagínense que lo deseara, uf), un día llegará para eso y diré lo molesto que él estaba, Buñuel, por el reparto que no fue de lo mejor, pero lo que me llama la atención en estos momentos es la localización de la casa.

Encontré un catálogo de una expo que apareció en 2008, llamada BUÑUEL, ENTRE DOS MUNDOS algo así organizado por el Centro Nacional de Artes, ya saben.

Y bueno, el catálogo es fabuloso, no podía ser menos.

El punto es que se va, inevitablemente, película por película. Será otro libro icónico de lo que fue Buñuel en el siglo XX, explicando en cierta medida el porqué fue recordado, el porqué trascendió, el porqué marcó época, rumbo, destino en el cine.

Lo demás ya es conocido y si no lo es, ya lo escribiré, porque como que se me antoja hablar más y más de por decir Simón del Desierto, o Ensayo de un Crimen, u otra, Nazarín o Viridiana… y ya veremos.

De lo que quiero hablar ahora más bien, es… la casa esa.

La del hechizo, la de la otra dimensión, la que vendría a ser el lugar maldito, el lugar destino del Angel Exterminador, el del nombre bíblico, el del nombre final, el del fin del mundo tal y como lo conocemos, el que llegará a destruirlo todo.

La verdadera posada al filo del Fin del Mundo. 

Esa pudo ser la casa en la que los que entran están en una estación de tránsito hasta el más allá o quizá en la puerta al limbo, a lo desconocido, al intersticio donde la sanidad deja de existir, siendo el más allá o limbo o intersticio más terrible que ninguna imaginación prodigiosa pueda llegar a imaginar jamás.

O tal vez no.

Porque avanzando en ese catálogo de tal y tal muestra los lugares donde se filmó tal y cual película comparando los paisajes de las mismas fotos con el lugar de las locaciones de cómo quedó en la película.

Ahí muestran el lugar cerca de Ixmiquilpan del bello estado de Hidalgo en donde se realizó Simón del Desierto, en medio de la total nada, matorrales, arena, desierto y cerros pelones, pero que con cierta habilidad el equipo fílmico de Buñuel lograron hacernos sentir que ese lugar era en realidad Antioquía en la antigua Siria, donde los hechos narrados sucedieron (o no sucedieron, de acuerdo, pero ustedes me entienden).

Así en el catalogo está Ixmiquilpan, y así también aparece Acapulco y cercanías, y así también pueblitos de Morelos, como también algunos lugares de ríos donde se hizo  El Río y la Muerte y películas de esa época que tenían que hacerse forzosamente en locación.

 Y ahí dice claramente en el catalogo que la casa maldita estaba en el cruce de Homero y de Pedro Calderón de la Barca. Colonia Polanco, claro.


La casa donde el Angel Exterminador extendió sus macabras alas y les generó a esos ricos y no sé si famosos esa necesidad no natural de quedarse donde estaban, creándoles el terror total de salir y a los de fuera, el terror serval de no poder entrar.

Vi la foto de la casa, muy señorial, palaciega, amplio patio, elegante, definitivo: podría ser una embajada orgullosa de cualquier país, toda una revelación. Lo que en la pantalla no se pudo ver por lo fugaz, por lo oscuro, se pudo ver en las fotos de la búsqueda de la locación.
Ahí empezó también mi curiosidad, vi las calles y vi los nombres, obvio, se me hicieron familiares en más de un sentido y ahí pensé, Google Earth, ¡ven a mí!

En ese instante Google Earth hizo de las suyas y se poseyó de mi pantalla y tomó el control y me empezó a dar la luz al respecto de donde estaba ese cruce, pero, ustedes saben, Google Maps se transformó a través de un acto de tecnología indistinguible de magia, Clarke dixit, en Google StreetView.

Google StreetView es como muchos saben y dependiendo de qué lado estás, un instrumento de Dios o del Diablo que también podría descender hacia dónde moramos y al tomar de manera Borgiana la foto de cada casa de cada cuadra de cada calle, es como si buscara en las puertas la señal de la Cruz hecha con sangre de cordero so pena de que, de no ser así, el primogénito de cada familia moriría.


Pero hoy por hoy, claro, no hay Angeles Exterminadores más que los de excelentes películas. Siendo ese el caso veo desde arriba las calles, como si fuera un dios hecho de barro y logro ubicar la precisa esquina de Homero y Calderón de la Barca en donde están situadas las fotos, no hay que olvidar que esas fotos son de 1962, muy presente tengo yo ese año, excelente cosecha y claro, las cosas cambian mucho en un lapso tan considerable, díganmelo a mí que por entonces era un…


Sí, las cosas cambian, y mirando no había más que las palmas chaparras de en medio de la calle y pues nada más por ahí o por acá, y no encontrando nada significativo en las esquinas y miraba y sin ver nada a que asirme, una figura, un contorno, una silueta, un signo por el cual vencer.

Solo veía unos edificios de departamentos y casas en renta, un árbol que podría ser o no ser, algo raro estaba con la escala, ¿qué tan grande es la imagen de la casa original en blanco y negro con el ciclista ayudando un poco a establecer la necesitada escala?

Finalmente al ver la imagen de la zona urbana delimitada a pocas cuadras desde arriba que voy detectando algo familiar en los contornos de un edificio detrás de los departamentos que daban a la calle, ¿sería posible que…?


Sí, ni más ni menos que encontré la casa, estaba, o está, detrás de los edificios de departamentos, como si de un acto de… otra vez magia, la casa hubiera sido movida más atrás para poder acomodarlos, ¡pero esperen! ¡No! La casa no se movió, sencillamente fue que el patio muy particular, fue amplísimo, como de 30 metros de fondo, más que suficiente para separar el terreno, lotearlo y venderlos a mejores postores en mejores épocas, quizá todavía en alguna década del avance económico y de bienes raíces de tiempos ya idos.

Por fin me meto imagen por imagen, si es que se acuerdan como es Google StreetView con sus fotos tomadas cada 10 metros o algo así,  por la calle de Calderón de la Barca hacia el norte, pareciendo yo de pronto un intruso, mirando los carros, mirando las paredes, buscando ese dato que comento, otra silueta, en este caso, ese grupo de pixeles que agrupados me diera una seguridad, una comprobación.

Y la encontré, debajo de un gran anuncio de MetLife, una barda que desemboca en una columna que está segmentada horizontalmente, y sí, originalmente habían columnas segmentadas a cada tanto las que rodeaban el perímetro de la Casa Encantada. Todo esto en primer lugar.


Las demás piezas fueron cayendo una a una, como en un Tetris atrevido y lleno de audacia logrando más y más puntos en mi voluntad necia de querer entenderlo todo (inútilmente, claro).

Ahí estaban los primeros detalles, los cuales no se pudieran ver si estuviera enfrente, ¿realmente ustedes creen que los de MetLife me dejarían entrar, tomar fotos, sólo para saber si esa era la casa en la que habían filmado esa película de Buñuel? ¿Qué me dejarían hacer un tour por ella? La película se filmó en interiores en estudio, ahora no habría nada similar. 

Obvio.

Pero para eso están las herramientas modernas y ahí se miran el balcón, los ventanales, los adornos de estos mismos, el contorno tomado desde un satélite anónimo cientos de kilómetros de altura sigue después de casi 50 años, al de la foto ya no tan anónima de la casa.


Ok, a lo mejor sí. Tal vez los de MetLife sean buenas personas. Tal vez sepan de la historia completa de la casa del Angel Exterminador, quizá hasta hubiera alguien, no sé, el hijo de un hijo de alguien que conociera de ese lugar en esos años en los que lo palaciego era la norma de la Ciudad de los Palacios, por más a turista que sonara eso.

Que nos contara la historia de cuando a alguien se le ocurrió por motivos cualesquier a hacer lo que describimos arriba, segmentar el terreno y que los nuevos dueños hicieren lo que quisieren.

Que para esto ese fue precisamente el caso. Después de todo, una casa es una casa es una casa, y un palacio es un palacio es un palacio, y una casa donde filmaron los exteriores del Angel Exterminador es sólo una casa donde filmaron los exteriores del Angel Exterminador.


Eso pasa todos los días. Y no se pide que se haga monumento nacional de ello, eso no se pide, sino solo se ruega que haya en la memoria colectiva de la gente que ama al cine de Buñuel, que ama al cine de manera afín a la manera que muchos verdaderamente aman al cine, la existencia de esa casa, desaparecida de la memoria de la Gran Ciudad y que gracias a recursos en base a fotos de alta tecnología de casi 50 años de distancia, una casa real que nos vincula en el tiempo y en el espacio a El Angel Exterminador, del señor Luis Buñuel.

Y para mí, eso es suficiente.



sábado, diciembre 18, 2010

Mi Romance con los Zombis y Algunas Metaforizaciones en Tiempo Real





Hay algo raro sobre escribir sobre zombis. De hecho pensé que nunca vería sus derivaciones en los conceptos de cultura popular. Siempre he sido escéptico de las modas excepto cuando parecen que estas son más bien tendencias. A veces es difícil distinguir unas de otras.

Y las tendencias pueden no ser sólo en tecnología, o poblacionales o sociales. Y a veces no son tan importantes o visibles como para que dejen alguna impresión en la mayoría de la gente, pero de que existen, existen.

Cómo que todo esto de los zombies empezó de manera más seria con la película aquella de The Night of the Living Dead del año 1968 y dirigida por George Romero. Película en blanco y negro original en la que por una extraña razón los muertos se levantan de sus tumbas (esa sí que sería una razón muy extraña), y que por otra razón más extraña todavía, vengan estos por los vivos con ansiedad y con algo que pudiera ser mezcla de rabia y furia (¿estarían muy tranquilos y se levantarían con coraje por lo que les pasó?).

O sea, ¿cómo identifica un muerto a un vivo y como le puede llamar la atención este vivo para que el muerto lo quiera matar?

No, no es un tema agradable per se, o sea, no es como hablar de Rosita Fresita o de las Bratz, o de la historia no contada de las fotos eróticas de la Barbie, de las que me tocó saber de ellas en los albores del navegador Netscape allá por 1994.

No, aquí se hablará sencillamente de zombis, de muertos vivientes y sobre todo porque por cosas raras han tenido un boom que ha sorprendido a muchos. A mí al menos.

Películas, comics, juegos, libros, y ahora, increíble, programas de televisión.

No, ya lo dije, no es nada atractivo ver cuerpos en putrefacción caminando con sonidos de uugh, argg, errrrgh y que caminen rápido hacia ti, y que te quieran comer, morder, devorar como justa culminación de una cadena alimenticia vuelta de revés en la que nosotros ahora somos los comidos, mordidos, devorados. 

Digo, debe haber algo últimamente en un amplio sector de la población que nos haga voltear hacia estos temas macabros por aquello de que estos zombis son como muertos vivientes, o sea, más de lo obvio, gente que o no se fue al cielo o que no se esperó al Juicio Final, o que de plano no les dieron trabajo en el video revolucionario (por costo, longitud, tratamiento, detalle, perfección y utilización de recursos narrativos evidentemente sobrenaturales) de Thriller de Michael Jackson, ese que gana todas las competencias del Top 20 de VH1 Latino en las que pueda colarse.

Y sí, películas, es natural, el otro día comenté que nuestras armas nacionales se han cubierto de gloria en estos temas, desde el mismo Santo que peleó si mal no recuerdo contra los Zombis (algo así se llamaba la película en ese modito genérico de Santo Vs algún supervillano terrible, pero que por desgracia tal cinta no tuvo gran trascendencia como lo fue por ejemplo cuando el popular enmascarado peleó CONTRA las Mujeres Vampiro, que esa sí, siempre ha sido un constante delirio de alto contraste y de divinas memorias.

Nada más para acabar el tema del Santo les recuerdo que él mismo fue quien ayudó a sus camaradas Mil Máscaras (quién mi hijo me acaba de preguntar quién era) y de Blue Demon, a resolver un problema grave de zombis ni más ni menos que en Guanajuato, y en este caso, no tan inesperadamente, los muertos vivientes eran las mismas Momias de Guanajuato, o sea, cosas del folklore regional del Bajío.

Pero hay que hacer la observación al respecto de que estas Momias no morían si por decir se caían de un edificio de cuatro pisos, digo, en la trama de la película no había un tratamiento o protocolo claro de cómo matar estos seres, o más bien debería decir, destruir a estos seres porque no puedes matar a un ser que ya está muerto, ¿verdad?

Pero el Santo, que era muy bueno en cuanto a resolver problemas sobrenaturales de todos tipos (mas que su hijo, ni modo, todos lo sabemos), arregló eso con unas armas de chispas que salían de sus botas plateadas de luchador plateado y más todavía con una pistola de rayos de fuego, que había dejado en su esplendido carro descapotable, que no era un Karmann Ghia, aclaro y que probablemente era un MG precioso.

Bien, el punto es que no he leído y ni leeré la novela de Pride and Prejudice and Zombies porque es una locura, interesante ejercicio de seguro, pero que en realidad no me atrapa mi idea de pasar una bella velada con una vela, claro, ¿de qué otra manera se pasan las veladas?, leyéndolo supongo.

Y de cine, pues, no, tampoco me es atractivo ver el actual cine de zombis.

Pero el mismo tema en TV y comics fue otra cosa, y me encontré con que sí los estoy viendo y leyendo, y no quería, lo juro, pero al final caí. No había remedio, era AMC, el canal que transmite originalmente Mad Men, de la que tengo excelente opinión (de la que tenía que hablar primero y ya me falta cualquier cosa), y pues, lo hice, vi The Walking Dead, la serie y leí contra mis mejores consejos, The Walking Dead, el comic.

Y ya. Se me hizo buen drama, fantástico, basado en la premisa no muy original de que en la tierra mucha parte de la humanidad se quedó haciendo esos sonidos grotescos, al parecer muertos que de alguna manera sienten como dije, necesidad de comerse al prójimo vivo. Literalmente.

Se tiene que desconectar el cerebro totalmente, para poder disfrutar del espectáculo de ver a sucesores de los que aparecieron en Thriller al por mayor y que de alguna manera u otra son muchísimos y son malos en sí para términos de transgresores totales del orden establecido.

Pero la cosa no para en la serie en sí, de hecho no solo no para y ni siquiera comienza en la TV,  todo comienza en un comic, como ya prefiguré.

Este comic fue realizado por dos personas. Uno es Robert Kirkland, y el otro es Terry Moore, respectivamente escritor y dibujante.

En 2003 estos dos se pusieron a escribir y a dibujar un comic que hablaba de una situación que se da con un policía de pueblo que terminó en un coma (con detalles muy similares a los del coma de Johnny Smith, de la novela La Zona Muerta, de Stephen King) y que despierta en un hospital abandonado (al parecer muy similar a la película de 28 Días, de Danny Boyle) y que de pronto descubre que hay muchos muertos y que lo peor es que hay muchos no muertos pero tampoco vivos que son espantosos y que solo quieren comerle.

Los zombis son espeluznantes, ya saben: feísimos, cadavéricos, en descomposición, mostrando una definitiva estética PostThriller-esque que impacta: a algunos les faltan miembros y caminan y  en grupo hacen bola y te pueden morder, y esa es la idea básica y muy muy repetitiva, te muerden y en espacio de horas te conviertes en uno de ellos…

La buena transición del comic a la pantalla ya no es novedad, últimamente ha tenido varias novelas gráficas y comics en sí que se han llevado a las películas, así ha sucedido desde mucho tiempo atrás con Sin City, 300, Road to Perdition, mas los ya muy tradicionales Superman, Batman, Spiderman, Daredevil, et al.

Aquí se retrata fielmente, me parece, de un medio a otro la situación de la cuestión de sobrevivencia de un grupo de personas que no sé porqué son minoría y que se defienden de la gigantesca mayoría que son los muertos caminantes, que no hacen esto por maldad exactamente. De hecho los muertos no son malos, solo son muertos en necesidad.

Así las cosas, la serie es de seis capítulos, ya las vi todas, el uno al cuatro fueron muy buenos, el quinto fue más como tenue, el sexto amarra algunos cabos sueltos, y deja el puente (muy a la Star Trek II: La Ira de Khan) para poder esperar con cierta ansia la serie dentro de 10 meses que es cuando la darán el próximo año, y lo que pasa aquí es que los ejecutivos y la cadena que pone el dinero no sabían si valía la pena meterse de lleno en una serie que es gore, que es depresiva, que es hiperfantástica, apocalíptica y de plano, terrorífica.

Pero ya vieron que sí pegó y ahora se enfrentaron con el detalle de que tuvieron que cerrar esta historia en seis capítulos como ya dije, para que suene lógica y sobre todo, con un final satisfactorio (cosa que no diré si sí o si no).

Paciencia se nos pide.

 

Pero no es algo que nos sobre de momento y de cierto modo leemos el comic. Y son 78 números hasta ahorita y la historia del programa de TV comenzó igual, pero poco a poco se bifurcó  un poco para luego coincidir en algún detalle que sigue siendo igual. O al menos similar.

Si, la serie y el comic difieren pero coinciden en un tratamiento de historia más sensible, donde como menciono arriba, alrededor de una historia de supervivencia extrema, apocalíptica, donde se da el amor, la sensibilidad y sobre todo intentos de mantener la cordura en un mundo cambiado radicalmente, donde uno se imagina que uno de los finales preferibles sea cuando el principal personaje, el policía de pueblo diga “todo esto no fue más que una maldita pesadilla”. Esperemos que no sea así.

El punto final es que The Walking Dead es televisión de calidad. Pero no para almas con fibras delicadas o de buen gusto. Oh no.

Disfrútenla de todas maneras. No sabemos cuánto duren las tendencias, ¿ok? Y para el 11 de Octubre del 2011, falta muuuucho. (Pero para eso, está el comic).

Añado a lo anterior, habiendo acabado de ver ya el sexto capítulo de The Walking Dead.y leyendo un artículo del New York Times de Chuck Klosterman, titulado My Zombie, Myself: Why Modern Life Feels Rather Undead, o sea, Mi Zombie, Yo mismo: Porqué la Vida Moderna se siente como si fuera Muerta Viviente.

En general el artículo afirma que nos gustan las historias de zombies, bueno, a mucha gente, porque estos: 1) Son fáciles de matar, 2) Salen y salen y salen de tal modo que hasta parecen correos electrónicos o twitters, 3) sobre todo nos gusta eliminarlos (cualquier relación con la hiperpopularidad de juegos de video tipo shooter como el Doom, en donde también matas demonios y seres no vivientes tal vez no sea pura coincidencia).

Continúa el artículo diciendo que esta es nuestra proyección de miedo colectiva: que todos seremos consumidos. Que los zombis son como el internet y los medios y cada conversación que no queremos tener.


Que es como todo lo que viene hacia nosotros sin cesar (y sin pensarlo), y que tenemos la idea debajo de nuestras sinapsis de que si nos rendimos a ese enemigo seremos derrotados y absorbidos.

Que sabemos que todavía esta guerra es manejable, pero que no es ganable. Mientras nos pongamos a borrar directamente lo que sea que esté directamente enfrente de nosotros sobreviviremos. Vivimos para eliminar los zombis de mañana. Seremos capaces de seguir siendo humanos, al menos por este tiempo. 


Nuestro enemigo es implacable y colosal, pero no es nada creativo y es estúpido.

Combatir zombis es como combatir cualquier cosa “obnoxiosa” frente a nosotros que fluye y fluye deseando controlarnos y aniquilarnos para dejarnos sin consciencia y sin pensamientos más que los básicos, entes inconscientes que esperamos en la oscuridad.

Y ahora, lo anterior démosle otra vuelta más a la tuerca.

La idea es esta. Somos nosotros seres rodeados de malos; estos seres salen de todas partes, nos acechan, muchos aparentan ser normales, y parece que somos menos, o nos sentimos menos que ellos, pero porque están armados, vienen, nos aterrorizan, nos roban la tranquilidad, nos secuestran, nos extorsionan, nos matan.

Y no salimos a las calles de noche, porque parece también que nos están aguardando en las sombras. Y parece de pronto que la guerra es entre ellos y se matan pero salen más y la guerra parece que es eterna.

Y como los muertos vivientes, estos seres no tienen sentimientos y así van por la tierra de los vivos derrochando crueldad, desbordando verdadera maldad por todos lados… quizá los zombis son en este sentido más dignos de compasión que los otros. Y a ellos los podemos matar, directamente y a la cabeza.

¿Qué sí hablo de los narcos? Sólo entre ellos mismos, o el ejército o la marina, y no siempre están estos cerca de nosotros.

Lo malo es que los zombis, reconozcámoslo, no existen, y los narcos que nos acechan, sí y mucho…

Disfrutemos de ellos, los zombis, y matémoslos cuando aparezcan y a los correos, matémoslos cuando lleguen, y a las vicisitudes matémoslas cuando nos molesten, y a los twitters matémoslos cuando sean demasiados y las llamadas matémoslas cuando sean recurrentes.

Hay muchas de esas amenazas tipo zombis por destruir, las ganas de hacerlo, ahí está la voluntad nuestra de cada día, también, el tiempo, que no es tanto, sigamos, pues… y como dice Woody Allen, procurar regresar a casa antes de las 6 de la tarde.

No vaya a ser la de malas.

sábado, enero 09, 2010

Danza con Na’vis en Dunas sin Gusanos con Pocahontas frente a la Militaria Malvada, Industrial y Desalmada oyendo a Yes Mientras Miras sus Portadas

Fue Pauline Kael, desaparecida y extrañada crítica de cine del New Yorker, quien describió lo que es el cine, lo que realmente es el cine, en cuatro palabras: Kiss Kiss Bang Bang. Tratando de no desmerecer esto tan sencillo creo que eso se puede definir como “emociones más acción donde no prevalecen ninguno de los dos”. Y eso es más que suficiente. O como dicen que dijo Disney, o alguien de dentro de Disney: “hazlos reír y luego hazlos llorar”. Hitchcock siempre tenía calculado en su mente en qué momento y de qué manera reaccionaría su audiencia.

Así los tendrás para siempre.

Y así lo han hecho (o tratado de hacer) miles de películas cuya intención es simplemente entretener. Porque, ultimadamente ¿a qué va uno al cine? ¿A pensar? ¿A divertirse? ¿A llorar, a proyectarse?

¿A qué vas al cine? ¿Cuál es tu principal idea de ir a ver una película? ¿Ser parte de un evento?

Porque eso son muchas películas de hoy en día, dejaron de ser películas, sólo películas, ahora son más eventos en sí. Eventos porque todo mundo alrededor de la producción está pendiente de cuánto costó, de cuáles son sus expectativas y si su director tendrá más éxito al compararse con su anterior producción, hay mucho de mística en estos temas. Y ahí están las cajitas felices de marca de hamburguesas harto conocida con sus personajes azules que los miras y que tratas de adivinar qué función es tal o cual figurita.

Desde muchos puntos de vista la película en sí es lo de menos (aunque suene raro). Lo que se busca es que dé más de lo que costó. Y vaya que Avatar costó. A manera general fueron 230 millones de dólares. 3,000 millones de pesos. En dos horas cuarenta y seis minutos, o 166 minutos para expresarlo de manera sencilla, 18 millones de pesos por minuto. 300,000 pesos o 23,092 dólares, por segundo. Es lo que viste de dinero por cada segundo dispuesto, expuesto y todo ante tus ojos y vista. Si parpadeas, que es dejar de ver una décima de segundo, lo que dura un parpadeo, o sea, te pierdes de ver 30,000 pesos de película. Uno o dos buenos sueldos mensuales de cualquier profesionista idos en cada parpadeo.

Bueno, esto es algo ocioso pero da una idea de cómo fluye un dinero impresionante en un solo resultado. Una película completa. Un evento completo del que muchos quieren formar parte o enterarse o atestiguar. Verlo te hace parte de serlo.

Y se pueden hablar páginas y páginas acerca de James Cameron y su habilidad como director de cine. No, no es un artista como Scorsese o Allen o Kurosawa, y sí, es un artesano como Spielberg o Lucas. Ya de esas alturas. Y no creo que Cameron busque el arte en sí, pero sí busca dar la experiencia de ponernos adentro de un cuerpo y explorar casi en lo literal, un mundo ajeno y similar al nuestro.

Cameron que comenzó prácticamente con los Terminators, con Aliens, y luego con The Abyss para luego casi concluir con Titanic, ha ido creciendo con una especie de aproximación de teoría del cine básicamente como entretenimiento. Y aunque no es exactamente su fuerte, ha podido deslizar una crítica por ahí y por allá a favor de la naturaleza y en contra de la maquinización y el progreso que destrozan todo a su paso por el dinero, maldito dinero.

La paradoja y tal vez la ironía no está muy lejana con eso de los costos en sí de la producción de Avatar, sólo quien tenga el dinero en cantidades suficientes podrá realizar una película de ese tamaño, ambición y alcance.

No estoy seguro si al hablar de una película debamos sólo circunscribirnos al fenómeno fílmico, a la experiencia de los sueños contenidos, a la sensación y percepción obtenidas gracias a la asimilación de la narrativa o si es posible hablar también de los temas que lo rodean. Pero no pueden separarse.

Y bueno, hablemos de la historia. No sé si todos la han visto, o si la han despreciado como una producción típica o atípica de Hollywood (sea lo que quiera decir “Hollywood”). Pero el punto es que gastarse 30,000 pesos en un literal parpadeo, (y suena poquito, viéndolo así, ¿eh?) pero no deja de aprisionar la imaginación, ya que todo el derroche y exuberancia se ve, se palpa.

Como dijo un día Cecil B. de Mille, el gran director de cine de la primera mitad del Siglo XX, (puede que muchos ya no sepan quién sea, murió hace 51 años) sólo hay tres cosas que interesan en una película (o que deberían de interesar), a saber: la historia, la historia y la historia.

Todo en una película, o en un cuento, o en una novela, deberá apuntar a mejorar la experiencia de la historia. Todo debe estar al servicio de lo que quieres contar. Si haces cosas extras como malabares, como grafismos estilísticos, como fuegos artificiales, o como sean traducidos verbal o gráfica o en movimiento, deberán agregar valor a la historia, para embellecerla, para contrastarla, para resaltarla, intensificarla, darle ritmo, por ausencia o presencia y no sé que mas. En otras palabras para reforzar lo que quieres contar.

La historia de Avatar es sencilla, un planeta indomable, con un algo valioso para los Poderes Que Son (el unobtanium de nombre ridículo), planeta que sólo está a la espera de ser domado por personas duras, inteligentes y audaces con agallas.

Pero de contraste, por supuesto, tenemos a una raza de seres que ya pueblan ese planeta y como que son del tipo que no desean ser molestados por nadie, y que además tienen un código de conducta de vida más sencillo y tranquilo de contacto e integración con la naturaleza, que lo abarca literalmente, todo.

El conflicto resultará cuando la fuerza irresistible terrestre se oponga a esa masa inamovible del planeta Pandora. Para ver que tan irresistible es una o inamovible es la otra y ver lo que sucede cuando se aproximan y enfrentan, favor de acudir al cine.

Entonces ya quedamos que 30,000 pesos es lo que cuesta un parpadeo proverbial, unos 2,309 dólares por décima de segundo, ¿ok?

El problema es, cuanto de esos dólares le pagaron a los escritores por la historia (si fue Cameron, bueno). Pero cuanto le pagaron a los que escribieron Dances with Wolves, Dune (incluido Frank Herbert), a incontables otros escritores de películas de indios y vaqueros, sobre todo Pocahontas, y pizcas de The Last of the Mohicans, e incluso, cuanto le pagaron a Roger Dean, el creador de las portadas de los discos clásicos de Yes, Asia, Osibisa y Uriah Heep, por sacar de sus visiones las imágenes conceptuales, tal cuales, igualitas casi, en varias de las locaciones imaginadas del lejano planeta Pandora.

Y a él mismo, James Cameron, se debió de haber pagado como consultor por reciclarse imágenes de Aliens (desde los aparatos sensores de proximidad que usaban los marines coloniales en los pasillos de la planta de tratamientos donde está la niñita, hasta la presencia del representante desalmado, protagonizado por Paul Reiser, de la compañía desalmada, la Weyland Yutani, Corp, que afirma que el negocio es el negocio pese a quien le pese); de The Abyss (las escenas de creaturas abisales resplandecientes similares a muchas de las criaturas luminiscentes de sus bosques avatarianos e incluso de la gigantesca base alienígena que emerge al final del océano que desde entonces se nos hacía salida de una portada de disco de Roger Dean); sin faltar el utilizar imágenes y visiones evocadoras de los Terminators (con las maquinarias implacables e impresionantes gigantescas destrozando esqueletos y cráneos a su paso). Todo eso cortesía de él, para él.

Sabiendo que en todas ellas hubo otros creadores involucrados, ¿se les habrá reconocido algo?

No, no es por restarle magnificencia y excelencia al esfuerzo de Cameron y compañía en Avatar, pero empaña un poco el resultado final de la experiencia.

¿Qué hicieron los escritores?

Veamos:

Los malos contra los buenos. Los inteligentes que son los salvajes que no lo son tanto. Los brutos nada sutiles son los “inteligentes” y son los que traen un progreso desmedido que no toma en cuenta el natural equilibrio existente. Llámese estamos de nuevo en Vietnam (los ataques con los helicópteros a la pequeña aldea de Apocalypse Now con nombres de Valkirias en sus claves de radio, sólo faltó la música de Wagner por los altavoces mientras caían las bombas), o en Afganistán o Iraq. Llámese el blanco que se integra con los salvajes de The Last of the Mohicans o del mismo Dances with Wolves (faltó el tatanka). O la doma del gran dragón multicolor Toruk o como se llame por Jake Sully, recordándonos al Muad'Dib de Dune cabalgando a los gusanos gigantes por las arenas de planeta Dunas. La integración con el ser viviente Eywa, en su planeta y el planeta viviente con sus billones de seres que lo pueblan, Gaia, o sea, la Madre Naturaleza.

De la experiencia en sí, de la paleta de colores elegida para las imágenes, de la destreza impresionante de los animadores (¡y de su software!, ¡y de sus máquinas!), de la integración indivisible de seres vivientes con seres gráficos, de la profundidad del drama en cuanto a historia simplista o no, visceral o no, sencilla o no, telegrafiada o no, copiada o no, llena, plena o no, perfecta o no, cada persona que vaya , de su opinión y que la disfrute.

De lo que sí estoy seguro es que ha sido uno de los Kiss Kiss Bang Bang más caros de la historia.

¡Ah! Y no parpadees por favor. Si sumas todo lo que parpadeaste o sea, lo que no viste en la película, podrías no haber visto millones de dólares.

Por lo demás, si prefieres, olvídate de todo esto anterior y disfruta la experiencia.

O si quieres mejor ve Pocahontas (sí, la de Disney está bien) para después escuchar música de Yes disfrutando sus portadas.


Obvio, sólo dos imágenes de estas no es de Roger Dean, es claro cuales son... Pero, ¿queda claro mi punto?