"Un día acabará el olvido o acabará la esperanza.”A Pina Pellicer casi no la conocí. Sólo supe de ella de una película mexicana que se llama Días de Otoño de 1964.
Me gusta esa película. Se me hace suave, nostálgica, melancólica. El otoño suena a eso, a melancolía, a añoranza imposible. A caminar por un parque lleno de hojas cayéndose de los árboles. Sin que te hagan caso, sin que llames la atención, sin que casi existas.
A eso creo que se refiere Pina Pellicer en esa película. Ella es Luisa, una mujer que es engañada y dejada vestida de blanco en el altar.
Ese engaño que le hicieron a ella se convirtió en un engaño que ahora ella les hizo a todos. Ella finge estar casada, ella finge estar embarazada, ella finge tener un hijo, ella finge quedarse viuda, ella finge pasear a su hijo en Chapultepec.
López Tarso es su jefe en una pastelería. Las amigas que la menospreciaban de pronto la aprecian y le dan muestras de cariño.
La historia es originaria de B. Traven, el dizque alemán (nunca se supo con certeza su origen) que vivió en nuestro país y que escribió tremendas obras que podrían ser tan mexicanas como las de Azuela.
Pero además de la belleza indígena de Pellicer, la fotografía. La fotografía de Gabriel Figueroa es magnífica. Blanco y negro, no tan preciosista como Pueblerina tal vez, pero sí subyugante por la claridad de sus alcances, por la audacia de sus encuadres, por la gracia de sus movimientos.
Yo que no he vivido jamás en la ciudad de México, pero que la he venido visitando seguido desde hace 30 años, conocerla en su majestuosidad del 1964 en que se vivía es inapreciable.
De hecho es por esto que en muchas ocasiones me encanta el cine mexicano urbano. La visión de los edificios a medio construir, los alcances con los que soñaba la capital, presenciarlos, uff, invalorable.
A eso creo que se refiere Pina Pellicer en esa película. Ella es Luisa, una mujer que es engañada y dejada vestida de blanco en el altar.
Ese engaño que le hicieron a ella se convirtió en un engaño que ahora ella les hizo a todos. Ella finge estar casada, ella finge estar embarazada, ella finge tener un hijo, ella finge quedarse viuda, ella finge pasear a su hijo en Chapultepec.
López Tarso es su jefe en una pastelería. Las amigas que la menospreciaban de pronto la aprecian y le dan muestras de cariño.
La historia es originaria de B. Traven, el dizque alemán (nunca se supo con certeza su origen) que vivió en nuestro país y que escribió tremendas obras que podrían ser tan mexicanas como las de Azuela.
Pero además de la belleza indígena de Pellicer, la fotografía. La fotografía de Gabriel Figueroa es magnífica. Blanco y negro, no tan preciosista como Pueblerina tal vez, pero sí subyugante por la claridad de sus alcances, por la audacia de sus encuadres, por la gracia de sus movimientos.
Yo que no he vivido jamás en la ciudad de México, pero que la he venido visitando seguido desde hace 30 años, conocerla en su majestuosidad del 1964 en que se vivía es inapreciable.
De hecho es por esto que en muchas ocasiones me encanta el cine mexicano urbano. La visión de los edificios a medio construir, los alcances con los que soñaba la capital, presenciarlos, uff, invalorable.
Siempre he pensado que este material fílmico urbano será fuente de investigaciones dentro de cincuenta años, cuando se quieran realizar estudios acerca de comportamientos sociales de personas comunes y corrientes. No todo el cine urbano mexicano es así, pero este sí lo cumple en demasía. La escena de la visita a la clínica en la sala de espera es magnífica.
No me engaño, esto viene de la imaginación de un autor siendo filtrado por la dirección de alguien con sus propias visiones, pero de que está sentido y percibido con sinceridad y honestidad no queda la menor duda.
Evocaciones de imágenes de la Glorieta de Insurgentes de los días del Pre-Metro, de día y de noche, vistas desde una azotea al parecer insignificante, que son gloriosas.
Otras cuando va ella, recién abandonada en el altar literalmente, y se retira apresurada, llena de angustia, corriendo por las escaleras, puentes peatonales y en medio de tráfico, vecindades que aparecen de sorpresa, hasta llegar a su cuarto en soledad. La textura del ladrillo, la aspereza del escalón de concreto, la rugosidad del pavimento. La soledad protectora, refugio absoluto y sutil, de su cuarto. El tejido fino de su mentira, tan necesaria para vivir.
Sí, claro, tiene su punto de vista de tristeza proyectada, sentimentalista en ocasiones, pero se le pasa, se le permite, porque una película de esta naturaleza es para verse y sentirse una y otra vez.
Pina Pellicer tenía gracia, tenía belleza interior. Aún en la pesadumbre de su situación, Luisa tuvo la capacidad de levantarse. El asunto de su engaño en sí, terrible y con su falta de sinceridad y todo, se sostuvo con alfileres, pero al final se sostuvo.Algo tenía en ella, una luz que incluso le alcanzó a actuar con el mito mismo, Marlon Brando. Nunca sabremos que pudo pasar con ella en el cine al pasar el tiempo.
Esa es la melancolía sin resolver de esos Días de Otoño.
Pina Pellicer se suicidó en 1964. Siendo yo también sentimentalista y cursi, todavía percibo su luz.