Desde que lo leía en el periódico El Norte, Federico Arreola siempre se me hizo un periodista muy inteligente, muy agudo, muy enfocado.
Fue de los primeros que escribió abierto en esos tiempos todavía de oscuridad en los años de De La Madrid y de don Alfonso Martínez Domínguez, un personaje que dominaba la vida de Nuevo León en esos años 80’s. Federico desde su propia posición, siempre fue fuerte, tenaz. Muy leído y controversial. Muy del lado de la gente, del sentido común, del cielo es azul por donde lo quieras ver.
Por supuesto Federico estaba fuera del Poder y desde esa posición privilegiada que es la de tener una tribuna de aparente papel, denostaba las fallas, demasiado comunes, lo tenemos que aceptar, de todos los aparatos gubernamentales habidos y por haber.
Pero algo sucedió. Conoció a Luis Donaldo Colosio, se hizo amigo personal de él, creyó en él, digo, son temas personales finalmente, legítimos a final de cuentas, pero no era papel de un periodista.
A lo pobre que yo pueda conocer, un periodista debe de ser el Cuarto Poder él mismo, debe de estar entre el Poder real que gobierna, y el pueblo que nunca termina de saber lo que sucede. “Lo que sucede”.
El Poder y su apéndice, la Real Politik, son esos temas incomprensibles para el ama de casa, para el señor que está detrás del mostrador, para el chofer de ese autobús, para el estudiante que va en secundaria, para todos en resumen, excepto para un pequeño grupo de personas afortunadas, o desafortunadas, esas cosas pasan, que sí están enteradas de “lo que sucede”.
Y el saber “lo que sucede” es ser parte del Reino del Conocimiento del Poder, o tener parte del Poder del Conocimiento del Reino, podríamos dilucidar.
Todas las personas que no están incluidas en ese conocimiento o en ese reino, viven, medran, trabajan, mueren, existen en sus propios mundos y los de su propia incumbencia, trascendencia y relevancia. Todo lo que hacen tienen impactos limitados a sus propios círculos.
Lo que hacen los políticos tienen en muchas ocasiones impactos mayores y con consecuencias inusitadas para todos. Una declaración en falso y volamos todos (recordemos a Serra Puche); una declaración desafortunada y los escándalos se desatan (recordemos a Ruiz Massieu y sus demonios sueltos); una retahíla eterna de comentarios fuera de lugar y tenemos un desasosiego en continuo y sin descanso a la vista (o hasta el próximo primero de diciembre a las 10:59 de la mañana).
Entonces, nosotros legos, que no sabemos más que una aproximación nunca en línea de quién es quién en la Nomenklatura, que no conocemos personalmente a los que ejercen el Poder Real, que están muy lejanos a nosotros, que no hay tema que podamos tratar de bien a bien si es que algún día estamos cerca de ellos, y que tampoco no estamos cerca de conocer a los que ejercen a la Real Politik, nos sirven muy bien los columnistas políticos.
Los columnistas políticos nos dan sus visiones parciales o imparciales, de los hechos relacionados con el gobierno y con los que intentan tener parte en él (los que siguen la escuela de proverbios de Hank González).
Son interminables sus opiniones vertidas de los Méxicos de arriba y de abajo, sus visiones de alianzas non-sanctas, sus ángulos inesperados de conspiraciones casi transparentes, sus escenarios inverosímiles de patadas bajo la mesa, sus puntos de vista inusuales de futuros apocalípticos de trenes en ruta de colisión.
Casi nadie de ellos podría afirmar que tiene la verdad, pero en lo que se asegura, en lo que se afirma, en lo que se insinúa, en lo que se transcribe entre líneas, en lo que se dice y en lo que no se dice, en lo que por contraste se expresa, en lo que se destaca, en todo lo anterior, el columnista, no me queda claro si se está comunicando con el pueblo ignorante (sin ser peyorativo), o con el mismo Poder, o con los miembros de esa enigmática Nomenklatura, o con los que ejercen la Real Politik.
Así las cosas, los tiempos no cambian desde que un Walter Lippman liberal era la voz de un pueblo norteamericano conservador en tiempos desde Wilson a Roosevelt, desde que un Jack Anderson estaba en uso libre de demostrar sus amplias conexiones con la CIA y la alegría de declarárselo al mundo, tal vez con intenciones no tanto de libertad de expresión o con la búsqueda de la libertad de información, pero sí con el poderío de un periodismo norteamericano que nunca quedó del todo claro a servicio de quién podría estar. O ni el caso de un Walter Cronkite que cuando dejó de creer en la posición gubernamental norteamericana de Vietnam, todo quedó abierto para la cuenta final hacia su peor desastre militar. O tampoco el caso de un Bob Woodward y Carl Bernstein que con su búsqueda sistemática del dinero, apoyados también por una ética sin parangón derrumbaron el gobierno inepto de un paranoico. Ni han cambiado desde el caso de un Manuel Buendía que se acercó tanto a la verdad, que el poder hizo que le costara su propia vida. O la de un Jesús Blancornelas que está hoy mismo del lado de la sociedad a costa de su propia seguridad.
En resumen, los anteriores saben lo poco, o lo mucho, que se descorre del velo de secreto de la Real Politik, y se la cuentan al mundo. Que lo poco, o lo mucho, que se diga ya venga filtrado, con tonos de censura y de autocensura (sobre todo porque las cosas son así, en forma de total frase al parecer sencilla pero que tiene significados de lo más profundo y lapidario: “las cosas son así”), no es más que la forma en que nosotros legos, exploramos esa parte desconocida de afuera de la caverna absoluta de silencio informativo en la que nos encontramos.
Ya sean los consorcios los que están detrás (y sus accionistas), ya sean los intereses oscuros y mezquinos que de tan complejos son bizantinos, ya sean las mismas pasiones humanas las que están en sus propias sombras en forma de ambiciones escondidas, egos sublimados, corrupciones subjetivas, el hecho cotidiano es que los columnistas políticos nos pintan el mundo a como ellos lo ven: en su posición surreal, abstracta, naturalista, hiperrealista, primitivista.
Ellos nos comunican su sabor, su humor, su mirada, su amargura, su seriedad, su ligereza, a fin de cuentas, su humanidad.
Federico Arreola, que estuvo cerca de Luis Donaldo Colosio el día de su muerte, al parecer es alguien que se deja envolver por el mesianismo de los hombres. No sé que hubiera pasado con Colosio, si hubiera sido la quinta parte del prohombre que se ha querido ver. Nadie lo puede saber ni afirmar.
Pero esos días, Arreola dejó el periodismo, supongo. Al reacomodarse los hechos en forma de tragedia shakesperiana con la muerte de Diana Laura, con el tiempo reapareció en el Milenio no sé cuando, tanto así fue mi despiste. Lo ví en la revista Milenio cuando apareció, de la cual fui suscriptor sus primeros dos años aproximadamente. Al llegar yo al estado de Hidalgo coincido casi con la aparición de la edición local. Al leer sus columnas me siento al principio en confianza, yo, regiomontano de adopción, pienso que es como saber de un paisano y sus decires y pareceres, que aunque no esté al cien por ciento con él, es como con todos, me digo.
Pero algo sucede, conforme pasa el tiempo y se calienta la contienda electoral, Federico Arreola aparece no tanto como imparcial, no tanto como expositor de ideas y de argumentos rebatibles, sino como portavoz de una verdad. El pequeño problema es que nadie puede afirmar la verdad de sus cosas, todo el mundo lo debe de saber, sólo puedes exponer una aproximación de tu verdad con todo lo que eso pueda ser.
Federico Arreola salió como apologista de un líder carismático, quizá de buena voluntad, quizá sabedor de que una gran parte de su gente ya no lo veía con ojos de votantes, sino como de fanáticos exaltados. Y de mi parte siempre he creído que todos los seres humanos tenemos cualidades y capacidades, virtudes y vicios, exageraciones y sobriedades.
En la visión de lo que recuerdo haber leído de Arreola en los últimos dos años, sólo leí (y claro que generalizo, mi memoria tiende a hacerlo) apologías sobre López Obrador. Es decir, sí siento que era candidato de muchos, sí, puede que haya sido un buen gobernante, y sí, puede que haya sido honesto.
Pero en la vida el balance debe de existir: sí, López es honesto, pero estúpido al permitir la corrupción de sus lugartenientes corruptos; sí, puede ser un gobernante hábil, pero la obra faraónica del segundo piso fue a todas luces, eso, lucidora y luminosa para él e insuficiente para todos; sí, López quiso ser justo, pero el problema del desafuero era legal y él no obedeció la ley (ahí, según mi opinión de pueblo, fue cuando surgió el conundrum: si la aplico yo, soy virtuoso y justo, cuando me la quieres aplicar a mí, eres un fanático rabioso que me quieres dañar a mí y al pueblo, porque el pueblo soy yo, a la manera del Rayo del Sol… parafraseando al Rey Sol de hará casi 300 años); sí, López era discreto en su ejercer, pero ahí estaban las conferencias mañaneras en las que buscaba la publicidad y atención nacional gratis, a todas luces para imponer una agenda nacional en la que todos caían, medios incluidos.
Arreola buscó deliberadamente ignorar todo esto. Estaba en su función ser crítico de todo, ser crítico de lo que no es correcto, de lo que no es parejo para todos. Pero no. Para él, la figura del Poder, o más bien, esta SU figura del Poder debía ser intocable.
López debía ser la madre Teresa, el Winston Churchill, el ave del pantano que jamás se ensucia, el que representaba (o representa) la esperanza de muchos desposeídos, la Evita Perón con sus descamisados, y en resumen, en el Cristo que vendría a sacar a los comerciantes de su templo, o sin llegar a tanto, al Hércules que lavaría los establos de Augías.
Y así lo fuimos leyendo todos los días. Y no por nada, hablaba bien del periódico Milenio, la voz discordante, el que veía al cielo verde y no azul, el que decía las cosas desde su propia trinchera. Siempre es importante la voz disonante, siempre es importante la voz de la discordia, implica algo, no todo el camino debe de ser terso, y aún así, en la suma de las cosas, hay muchas voces que resuenan a su propio tambor.
Nos interesa leerlas, nos interesa recomponer el rompecabezas del Real Politik, nos interesa saber que hacen los de la Nomenklatura, nos interesa saber los escenarios probables de la ineptitud, nos interesa saber de los abusos que no queremos que lo sean más (ingenuos que somos), nos interesa saber de las injusticias, nos interesa saber de los políticos en los que creemos (¿los habrá?), nos interesa saber que los malos ejemplos, los malos políticos y los malos manejos salgan a la luz (si no es la prensa, ¿quién? ¿¿¿los diputados??? No TAN ingenuos), nos interesa saber que hay voces ahí, a seis pesos de distancia (lo que cuesta el periódico), que ya empapados en el tema, avizoran un camino con piedras adelante, o con problemas, o con desafíos.
Y de vez en cuando desearíamos saber de buenas noticias, de buenos políticos, de realmente buenas obras, pero ¡ah, como están escasas éstas!
Federico Arreola. Los excesos se suceden en todas partes. Las interpretaciones a su salida se darán como si fuera un acto de censura de parte del Poder, como si fuera una mordaza a una voz que en justicia, habló todo lo que quiso: con sus ironías bien plantadas, con sus rasgos de inteligencia bien probada. Pero el exceso te consume, la visión del cielo verde te convence a fin de cuentas de que sólo hay una verdad, que es la tuya o la de tu caudillo que lo tomaste y lo bebiste como si fuera tuyo.
Se le extrañará, pero no mucho. Era divertido leer la imagen de ese cielo verde, de percibir qué hay en la mente de un hombre angustiado por que su oportunidad de estar cerca del poder de tal vez influenciarlo para bien (sus intenciones no están a juicio aquí) se hacía cada vez menor… aún y que la petición del voto por voto no era descabellada, pero en un país con instituciones en formación, la forma en que se exigía, sí lo fue.
Federico Arreola, atenazado emocionalmente por ese caudillismo atroz, y que pensaba que la única verdad era la que transcurría y escurría desde su columna, víctima de su propio hubris, se sintió inmunizado al exponer la vana creencia de poder poner en duda la intención de su propia institución, tal y como su caudillo hizo querer ver a todas las demás instituciones, excepto, igual que su caudillo, para su propia conveniencia.
Aquí están mis cuentos en serie, principalmente... Todos los textos de aquí son mis creaciones y tengo los derechos reservados... Mis videos de Youtube en https://www.youtube.com/@LuisG2099 y en Tiktok soy @luisgtok. Así que, pasen un buen día! En este lugar no se usa IA para crear los textos, todos son originales.
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jueves, octubre 19, 2006
lunes, octubre 16, 2006
Nuevo artículo en Plectros.Net
Sólo para comentar que ya apareció un nuevo artículo en la revista digital de www.plectros.net.
El artículo se llama En la Plaza...
Espero que les agrade...
Con aprecio...
Luis
El artículo se llama En la Plaza...
Espero que les agrade...
Con aprecio...
Luis
jueves, octubre 12, 2006
El asunto con El Cristal Con Que Se Mira...

Ese concepto de “se acaba el ciclo” lo inventó Ricardo Rocha cuando le cerraron su espacio de “Para Gente Grande” allá por los ochentas. “Para Gente Grande” fue un programa genial que era para personas que no estaban ya dispuestas a escuchar y ver lo mismo de siempre, lo que se hacía entonces era entregar un programa de revista, de variedades, de opinión, de entrevista, etc., como no se había hecho antes, para un televidente maduro, con deseos de tener opciones, más serias, así de sencillo. Era un programa que empezaba como a las once y se acababa hasta que el cuerpo aguantase, dependiendo del invitado, cosa impresionante en aquellos años de los 80’s. El caso es que no recuerdo cual razón se dio, pero el programa de Rocha se acabó y éste dijo que lo que sucedió fue que “‘Para Gente Grande’ acabó su ciclo”.
Ahora se mencionó esa razón también con Víctor Trujillo: “El Cristal… acabó su ciclo”, esta vez marcado sin duda porque fue un proyecto de dos años justos, como para quitarse el pesar de la muerte de su esposa, que junto con Víctor eran los creadores, por así decir, del proyecto de “El Mañanero”, con su alter ego, Brozo.
Al principio conocí a Brozo en “La Caravana”, célebre programa de Imevisión, allá a finales de los 80’s, y que era bastante bueno, cuando Trujillo hacía pareja con Ausencio Cruz. Personajes que se quedaron en la psique popular fueron la Beba Galván, y sobre todo, Margarito, el pobre infeliz que siempre estuvo a un milímetro de ser grande.
Margarito era hiperrealisticamente divertido por sus afanes por conseguir un premio fabuloso en el concurso nacionalmente conocido como La Pirinola.
La vida te va llevando y ellos se fueron de Imevisión, y cada quién buscó su espacio. En el doblaje Trujillo tuvo varios éxitos, y me imagino que han debido ser muchos, de los cuales sólo conozco a Pantro (¿o sería Leono?, yo no era fan del programa) de los Thundercats y luego fue uno de los Monstruos de Monsters, Inc., Sulley (mi hija sabe muchas cosas), en el cual Víctor fue genial.
Antes o durante de sus esfuerzos de doblaje (uno jamás cuenta con la biografía correcta y todo por no comprar esas revistas de vanidades humanas que contienen entre muchísimas fotos, alguna entrevista esclarecedora) Brozo inesperadamente se convirtió en periodista y en medio de sus acostumbrados osados albures fue sacando adelante un proyecto de radio que le rindió frutos. De ahí su paso a televisión fue natural y puedo afirmar que él fue quien transmitió primero en el país lo que le sucedió a una de las Torres Gemelas y en medio de la confusión temprana aseguró que eran terroristas, lo cual fue confirmado pocos minutos después cuando delante de millones de personas se vio el segundo avión chocando la otra torre.
“El Mañanero” fue siempre incisivo y revelador consiguiéndose una fama de ser imparcial y sobre todo, de entre todos los asegures de la política nacional, chacotero (entre lo trágicamente patética que es eso de la vida nacional, algunos han de pensar que si no se puede llorar, y como nuestra psique ya está inmunizada de una cantidad anormal de cinismo y escepticismo que ya llevamos todos, todos, todos nuestros compatriotas en nuestra herencia genética, ¿qué más te queda hacer en este país sino es ser chacotero?). Se vale llevarse pero siempre en nombre de la diversión y la camaradería que todos atestiguamos con más de uno de sus cientos o miles de entrevistados que no era ni fingida ni forzada.
Así las cosas su programa de Brozo fue siempre activo, siempre en movimiento, dinámico, pero aún así lo preferí cuando era menos recargado. Sucedió que se llenó de comerciales (los que más odio son los que se dicen dentro del contexto del programa interrumpiendo la noticia y dichos por los mismos conductores como si ellos usaran esas píldoras sexuales, esas pastillas de dieta y todo tipo de mercadería a vender, todos interactuando en una hueca coreografía verbal impuesta u obligada por el departamento comercial supone uno) y en ocasiones, aún y que es atractivo ver una chica guapa aparecerse de vez en vez (y pensar que me agradaba ver a la Meadows, la gente tiene mucho de que arrepentirse, pero es que ella nunca hablaba, se entiende, ¿no? Y el misterio, ustedes saben, que lamentablemente un día la mujer en particular, rebuznó), el punto es que se me hizo violentamente sexista y sencillamente no me pareció divertido y llegó el momento en que ya ni aguantaba al Capitán Guarniz, ni al Coquemón, y sólo la señora Cors (prima de un cuate que me dio clases de Estructuras de Información y Sort allá en la prehistoria) desentonaba en un ambiente que era manejado por una anarquía aparente, que muchas personas consideraban así como estaba, comercial y sexista como era, como algo fresco y divertido.
Eso sí, Brozo se fue a la historia de la TV cuando con el señor René Bejarano enfrente le presentó los videos que lo mostraban como un tipo adolecedor de debilidades humanas en prime time en un flagrante caso (aparente, visual, como sea que la vista no te engaña y aún así, ahí anda el señor) de corrupción, con ligas, dólares, bolsas de papel y un tipo con círculo blanco que ahora está en la cárcel siendo impedido de hablar.
Se dijo mucho entonces que Brozo era un verdadero periodista vestido de payaso y eso dio la inevitable reciprocidad conceptual de que muchos de los demás periodistas no eran mucho más que payasos aparentemente vestidos de traje y que por consiguiente eso lo hacía más respetado.
Sucedió después la dolorosa enfermedad de su mujer y su posterior fallecimiento y en un alarde de integridad, Trujillo dejó a Brozo en el estudio y salió felicitado por todos.
Pero alguien de su capacidad y creatividad no pudo quedarse en casa viendo como el tiempo venía deslizándose en cuenta regresiva y él en particular, como muchos, se ha de haber sentido que no podía quedar (como si fuera un precandidato) afuera de la contienda electoral. Debería decir, la en México, la GRAN GIGANTESCA MONUMENTAL UNBELIEVABLE HIPERDERROCHADORA INEVITABLE Y-MUY-ESPERADA Y-OJALA-FUERAN-ANUALES CONTIENDA ELECTORAL PRESIDENCIAL SEXENAL MEXICANA DEL AÑO 2006. De algún modo, los periodistas también contienden. Y en ello están también por supuesto los grandes consorcios televisivos. La danza de los cientos de millones de dólares y eso no es poca cosa. Noooo señor, no es poooooca cosa.
Víctor llega con su nuevo proyecto y comienza a trabajar con una imagen distinta de programa de crítica y análisis político, no tanto periodístico, pero sin dejar jamás esto último. Al fin y al cabo, hay un prestigio personal en todo esto y hay un prestigio editorial en el ambiente. Y todos sabemos muy bien que en el pasado no era precisamente a Jacobo al que debíamos culpar. Digo, con eso no hay sutilezas que valgan o miradas de soslayo.
Al principio “El Cristal…” se me hizo suave, muy elegante casi, muy inteligente, y sí, aquí, muy sutil y etereo. En resumen, definitivamente muy antiBrozo en algún momento: aquí la personalidad de Víctor Trujillo actuando como si fuera una emulsión mistificada de un ente colectivo de dos del tipo Mr. Jeckyll y Mr. Hide, todo corazón, todo sensibilidad, todo amabilidad, todo de-ninguna-manera-tú-primero-este-espacio-es-tuyo-para-las-legítimas-expresiones-de-tus-ideas-y-visiones-no-faltaba-mas.
Nada de violencia verbal (como la que tuvo frente a René Bejarano, Brozo-Víctor hecho una furia ciudadana multidemocrática, emblemática, panamericana, en la que le esgrimía al confundido y patético Bejarano: “¡No me pendejees, no me pendejees!”, más bien, en “El Cristal…” era la cortesía exaltada antes que la chocante informalidad y extrafamiliaridad a la que nos acostumbró el desagradable Brozo-Víctor, la parte agresiva, dominante y violenta hipertestosterónica quedó difuminada de repente.
Por supuesto a la gente no le agradó el cambio. Víctor se volvió de repente más agudo que lo esperado, irónico en las notas, en las Diez de Rigor, pero eso sí, sus invitados se veían siempre a gusto, relajados, como en casa. Por citar un ejemplo, cuando Víctor entrevistó al Jefe Diego, ¡se puso a recordar cuando estuvieron juntos en una tarde bohemia, declamando éste poesía acompañados de un buen vino y de un buen tabaco! ¡El colmo de estar en la zona de confort! Y no es que se le acuse de confabulador, pero proponer la zona de seguridad es aceptar la zona de seguridad.
Pero siendo justos, cuando sucedió posteriormente lo del ataque al Jefe Diego, en la cresta de la ola de inconformidad de los perredistas, el si no fue ataque, ¿qué pudo ser?, hacia su persona, que hasta le desgarraron su traje, la actitud fue otra cosa, Víctor ese día fue en ocasiones hasta sarcástico, y eso no está mal, pero bueno, es parte del show, definitivamente. Se vale llevar, se vale reír, se vale ser congruente-incongruente así, sin necesidad de proponer zonas o tardeadas bucólicas.
La sección de “El Calambre” de Víctor fue sintomática, cada pregunta pensada para sondear informalmente, nunca se afirmó de más, a un sector de opinión al respecto de asuntos que variaban siempre en el contexto político, ya sea nacional, pero invariablemente redundaban en porcentajes de opinión, a veces exageradamente cargados en sentidos ilógicos, y con obvios abusos de redes organizadas que demostraban un poder de diluvios de llamadas a la orden que en pocas ocasiones se discutía, como si fueran solamente muestras visibles de catarsis populares y que lo obvio era eso, obvio.
Los invitados de su mesa de periodistas pues, entre lo mejor que se puede decir de ellos era que eran representativos de una gama de periodismo activo y actual. Eso sí, la libertad que se percibía era total, de eso no hay duda. La única censura que se alcanzó a percibir fue la tan temida autocensura.
De hecho Víctor en alguna ocasión le espetó a alguien que sólo afirmaba con su cabeza: “¡Tú bien sabes lo que callamos, todo lo que no decimos!”, esa frase fue aterradora y contundente es cuando uno se pone a pensar: ¿a qué es a lo que se refería Víctor? Es decir, yo mismo he hablado con periodistas y sobre periodistas y mucho se dice que a algunos se les paga por lo que dicen y también se les paga por lo que no dicen.
Pero Víctor, como buen periodista que es (sí será de facto más que de jure, eso no lo sé) jamás dirá esos datos, sería como confesar los whereabouts de sus fuentes, lo cual en periodismo eso sí, es de lo más sagrado. Pero pensándolo bien, en este caso no se preguntan las fuentes, sino, ¿qué es lo que se calla? Uno de los periodistas, el que es el de La Jornada (recalcitrante como nadie, pero eso sí, ingeniosísimo a más no poder para acomodar palabras para que queden en frases afortunadas, un buen periodista aunque yo no comulgue con él), una vez en su mesa dijo que con el peligro que es el narcotráfico para el periodismo, ya se iba a tener que llegar a la autocensura generalizada. Ni más ni menos.
Cuando estaba “El Cristal…” en ese proceso de cierre, se le felicitó mucho a Víctor por su apertura total hacia todas las corrientes políticas. Como ejemplo, aún y cuando los plantones fueron a todas luces arbitrarios (y absurdos por aquello de que desafiaban leyes que los mismos perpetradores habían propuesto y promulgado) Víctor nunca dejó de recibir a los perredistas con el mismo gusto (aunque pudo ser aparente, eso no lo sabemos, y eso que no lo decimos con mala leche) que a los demás. Aún así, se le juzgó a él y a otros, con el punto de que al decir noticias de los perredistas, nunca dejaban de hacerlo junto con un gesto que por lo menos sería decir editorializante y negativo hacia ellos. La danza de la subjetividad y del “pruébamelo”… aunque fueron épicas las entrevistas a los candidatos, yo en lo personal conservo la que le hizo al Peje, cuando éste se negó a responder las preguntas de cultura general. Se hizo un meme de esta que circuló ampliamente por todo el cyberspace nacional.
Ahora bien, se dice como cantaleta estereotipizante que todo lo que se percibe es parte de una conspiración, que se trata de amordazar a los periodistas, que estos en este sexenio se han pasado mucho con muchas figuras importantes y que ya es tiempo de cobrar facturas. Eso sólo lo saben ellos, los periodistas, o sólo será que si ellos están en sus ciclos de cambios de medios, porque se mencionaron muchos además de Trujillo, Solórzano, Aristegui, pero eso sí, no creemos que estos y los demás acallaran sus voces, porque de que ellos siguen en activo, siguen en activo
En fin, “El Cristal…” terminó estos días, se le extrañará su puntillismo y su falta de formalidad y de ajustarse a los viejos esquemas de periodismo. Sí, ya la CONTIENDA PRESIDENCIAL SEXENAL terminó, los bandos comienzan unos a lamer las heridas, otros a disfrutar la continuidad, otros más, a ver que más desmadres procuran, hacen y logran.
Siempre habrá un lugar para la creatividad y para no usar corbata en donde se esperaba que se usase. Siempre habrá un lugar para la inteligencia y el buen humor apuntalado de sutilezas y ocurrencias geniales. Siempre habrá un tiempo para advertir esa madurez de los medios tan requerida en estas épocas.
Sólo buenos deseos: Ojala se multipliquen este tipo de personas que no sólo repitan los hechos una vez en la noche, otra vez en la mañana, con las mismas imágenes en loops eternos. Ojala y Brozo-Victor no llegue con un proyecto descarnado que anule a Victor-Brozo.
Ojala que no tarde en volver la inteligencia envuelta en sutileza y ocurrencia.
Porque la necesitamos mucho.
miércoles, octubre 11, 2006
¿Dónde está ahora Ah Chak Wayib, el Gran Soñador?

Ah, Ah Chak Wayib. Búsquenlo en Internet y encontrarán menos de sólo cinco referencias. Una será la de la revista Time (de 14 de Julio de 1997) de donde leí la información hará 9 años. Otra referencia será de uno de los arqueólogos a los que les sucedió el incidente. Las demás referencias caen más bien en lo poético del nombre de Ah Chak Wayib.
Y con razón.
No creo que logre nada si expongo esto aquí. No importa. A menos que alguien le saque provecho a la teoría de los Seis Grados de Separación y que alguien le toque leer esto y conozca a alguien que conozca a alguien que conozca a alguien que sea importante y con Poder de hacer las cosas, con la iniciativa correcta de las cuales, créame, de lo cual adolecemos la inmensa mayoría de los mexicanos, repito, a menos de todo lo anterior las cosas seguirán igual.
Pero alguien más dirá: “Who cares?” y yo conozco a esas personas. Y yo, de poder hacerlo, claro, responderé: “Who cares about your ‘Who cares?’” y así nos la pasaremos en un acto eterno e inútil de tintes recursivos-escherianos.
El caso es que en 1993 en una excavación a todas luces permitida, y bendecida por el INAH, en la esquina sur de nuestro hermoso país, se encontró un altar maravilloso, de ver la foto uno no puede dejar de coincidir: era un monumento preservado maravillosamente inscrito con finos jeroglíficos y escultura en relieve. Tenía la fecha, (que parecía más bien dirección IP) de 9.15.0.0.0., alrededor del siglo VII de esta era.
Ah Chak Wayib era el Gran Soñador o Sahal, o Señor del Bajo Mundo del Rey de Piedras Negras (una de las ciudades estado mayas, no confundir, please).
Se dice que los saqueadores de tumbas, de lo más organizados posible, usan sierras de cadena para cortar “limpiamente” las estelas erigidas en las construcciones, de las pocas que queden por ahí bajo la densa densa densa selva, porque así las pueden transportar de manera más sencilla para después venderlas a colecciones privadas y a museos.
El hacer esto es posible ya que muchos de la comunidad de tales lugares siente poca conexión con los antiguos, y ya muchos siglos desaparecidos, mayas, de esa manera justificando alguna parte de la población ese tipo de actividades cuando la falta de dinero aprieta.
Eso lleva a preguntas de nuestra vida real. ¿Es válido destruir obra antigua, valiosa por mil razones culturales, sola, en la selva, para de ahí sacar ganancia inmediata y de cierta manera mal habida? ¿Es legítimo? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿A la gente que llegó muchos siglos después, le corresponde opinar de la situación? ¿Hasta qué medida?
Se dice que en nuestro país hay miles de zonas arqueológicas sin excavar, otras miles de zonas sin explorar siquiera y otras miles más sin proteger. Eso es descuido de herencia cultural de suma importancia, y eso es también reflejos apenados de país tercermundista en subdesarrollo, o por desarrollar, todo en conjunto envuelto en una tragedia de aristas incalculables.
Cuatro años después el Altar 4 en donde está representado nuestro muy buen amigo antepasado Ah Chak Wayib (excelente nombre) fue cuidado por unos arqueólogos (uno de los que dirigían era mexicano, vaya) para poder ser trasladado a un lugar cercano, más seguro. Pero la tragedia que casi nunca le toca a Indiana Jones les ocurrió a estos amigos: Peter Mathews de Australia y Mario Aliphat de México, renombrados en su campo (búsquenlos en Internet para que vean).
Ellos fueron amenazados por bandidos violentos, por chusmas de personas que ignoraban que hacían ahí y por la cuestión de que muchos de ellos es que no reconocen la autoridad del INAH, ni de ninguna otra autoridad ni estatal ni federal por ser el lugar de “costumbres autónomas”.
Obviamente no toda la gente de la zona es así. Hay gente consciente de su pasado y se puede afirmar que esta es la mayoría, pero ¿qué podemos pensar de una zona en la que la pistola y el machete es tal que, al parecer, las autoridades prefieren darle la vuelta a ese tipo de situaciones?
Hay que recordar que la zona está al filo del Usumacinta, en medio de la selva, al sur de todo México y que desde 1994 está también por ahí la comunidad zapatista que no es muy amigable en principio de muchas cosas de nuestro mundo globalizado.
Volviendo a aquellos días de ese Julio de 1997, al parecer las personas que hostigaron a los arqueólogos les informaron que el Altar 4 no sólo tendría que ser enterrado de nuevo, sino que sería cubierto incluso por una capa de cemento. Ellos mismos, Mathews y Aliphat, fueron obligados a pedirlo y a pagarlo todo. Después el monumento fue reenterrado con ese cemento y además bajo una gruesa capa de piedras.
Mientras tanto, los pobladores confiscaron todo el equipo de la expedición y las notas de campo. Poco después les robaron hasta las botas y los golpearon con culetazos. Sólo se salvaron por caminar descalzos hasta el río y nadar hasta esperar a que un bote pasara por ahí, tal y como ocurrió.
Para acabarla, en esos mismos pocos días después de que pasó el incidente, se les reportó que el Altar habría sido desenterrado y que se habría movido río arriba a Nuevo Progreso, un asentamiento con reputación de saqueo y bandidaje. De eso no hay nada confirmado y así como puede estar en ese lugar todavía, puede haberse destruido o vendido.
Ya que nuestros arqueólogos estuvieron a salvo reportaron todo el asunto con lo cual la alarmada comunidad mundial de arqueología quedo más tranquila, aún y que después mandaron notas de preocupación y protesta por los eventos.
Ahora bien. Esto que narro, como ya comenté, apareció hace nueve años en una revista internacional de noticias. No tengo acceso a muchísimos bancos de información o de datos ya que son privados, tales como los registros de los periódicos que por obvias razones ya no están accesible al público, y puede que ahí venga algo más.
Pero a mi humilde capacidad no he encontrado nada nuevo al respecto. Dentro de un mes, Google, el dios anglosajón de la Información, habrá pasado por los dos lugares en los que guardaré este archivo y así habrá ahora dos puntos de referencia más en los que Ah Chak Wayib, reposará, pensando tal vez algún día en volver a la luz de los suyos en su pétrea magnificencia.
Al ver la imagen del Altar me pregunto, sobre todo en estos días de la Nueva Vieja (¿o cómo decirle?) Piedra de Tlaloc que acaban de encontrar en una de tantas aristas del Masivo Templo Mayor, por más hermosa que sea una piedra y por mas que sea un fino ejemplo de arte maya, ¿tendremos en nuestro país, o en nuestro mismo mundo, tantas piedras y Altares de qué preocuparnos que no nos da, ni nos dará, el tiempo o la voluntad para prestarle atención a ese ya algo olvidado incidente en una remota orilla-recoveco de México, aunque fue ya hace casi diez años y en el que finalmente no murió nadie?
¿O es mejor ni comentar el asunto de nuevo?
Con menores datos ya se hacen historias de las que salen películas y novelas. Historias que comienzan con un sencillo dato leído en un periódico o revistas viejo que un punto aquí y uno allá va saliendo una madeja de pasiones y ambiciones humanas que son de las que salen los hilos conductores de donde se tejen las mejores narraciones, dados los elementos que se destacan.
La historia podría comenzar con: “Johnson y Villafranco se miraron con pesar. Estaban los dos flotando en medio de aguas cenagosas, en la rivera que corresponde a Guatemala en pleno Río Usumacinta. La sangre del pie de Johnson había dejado de manar. –La piedra, Frank, no la hubiéramos podido sacar solos, ya no te atormentes… antes di que salimos con vida… Con dificultad salieron las palabras del neozelandés, en su inglés educado: –Beto, algún día, ya muchos años después de que salgamos de esto, me las voy a cobrar… y no será buscar quién me la hizo, como dicen ustedes, sino buscar quien me la pague…”. Y así podría seguir con escenas situadas en paralelo en Guatemala, en México, D.F., en Nueva York, en Toronto, en Madrid y en Frankfurt; tendría personajes alemanes, chol, lacandones, mexicanos, mayas, norteamericanos, canadienses, australianos y neozelandeses, y posiblemente estaría situada en esta época y en la del Clásico, por supuesto. Quizá sería una narración en primera persona y con tintes de cinismo. O tal vez sería en tercera persona con punto de vista limitado al protagonista. O quizá pueda ser en forma de capítulos cortos con narración en stacatto. O tal vez pueda ser de narración naturalista con ribetes de violencia exquisita. O tal vez nadie jamás se inspire en esto porque ya es tan trillado hablar de arqueólogos superhéroes despojados de su tesoro que uno más sería vomitivo. Sólo faltaría describir la gran bola pesadísima, como meteorito dantesco cayendo por un pasillo. Los dardos, no olvidar los dardos. Y la músiquita.
O eso, o sería toda la cosa muy idealista.
¿Cómo estará el Altar en estos momentos? ¿Alguien la tendrá? ¿Seguirá enterrada? ¿Me quedaré con la duda toda la vida?
¿Se imaginan la piedra? Según la imagen que tengo de la revista es bellísima. El mismo nombre de Ah Chak Wayib, el Gran Soñador, es evocativo de manera suficiente como para querer apreciarla de cerca, examinarla al detalle centimétrico, imaginarla en un altar para un altar en que todas las personas que deseen hacer esa conexión tan evanescente pero tan necesaria puedan verla, admirarla, calibrar por si mismos la sensibilidad del artesano o artesano, artista o artistas que la tallaron hace doce siglos en medio de una mañana de algún mes de, por decir, julio, antes de los grandes cambios violentos de clima, habiendo llovido desde temprano y tal vez el hijo del creador del Altar jugando cerca, escondiéndose de los quetzales y de los jaguares que seguramente no muy lejos de ahí, compartían con los mayas las regiones pre-agrestes, cerca, muy cerca, del Río Usumacinta.
Al final del día, el artista o artesano, junto con su hijo, descansaría satisfecho.
Yo por mi lado, en este año de 2006, sólo espero un día saber el desenlace de esta, hasta ahora, melancólica aventura.
Sólo me queda esperar por los Efectivos y Poderosos Seis Grados de Separación.
Y algún día...
jueves, octubre 05, 2006
Rock and Roll Fantasy. Queen en Monterrey, 1981.

Hará veinticinco años exactos este 9 de octubre que el grupo Queen vino a México en su primera ocasión, al estadio Universitario, en Monterrey. Fue un viernes en los que los que se tuvieron que volar clases se la volaron, ¿qué opción tenían? y que sé que muchos que pudieron ir no fueron y ahora, hoy por hoy, lo lamentan.
Fue una jornada en la que hubo de todo, incluido, por favor, por supuesto, el rock extravagante y sofisticado del grupo.
Un buen amigo, Romeo, me pasó muchos años después, un CD con 45 minutos de música del concierto, que su hermano grabó del mismo en ese día. Tiempos en los que todavía se permitían muchísimas cosas en los conciertos, libertades que ahora ya definitivamente no se dan. Como si no hubiera los bootlegged y los discos piratas. De hecho, es impresionante que no hace varias semanas supe de un lugar que vende, ahora mismo, los CDs del concierto que se quiera de la gira de Queen que se desee, ahí fue donde encontré precisamente el que corresponde a Monterrey. Eso me lleva a preguntar: ¿Cómo lo hacen? ¿Con permiso de quién?
(Un paréntesis al respecto: No es el momento hablar de otro grupo cuando recuerdo a Queen, pero una profusión así de material de conciertos sólo pensé que Kiss la tenía, porque supe de un Kissfan que se nos acercó un día a Parafernalia, nuestra amada tienda de comics (Q.E.P.D.,1995-1997) a compartir su gusto de fan y nos dijo al saber que éramos fans de Kiss, que si queríamos ver un concierto del grupo en videocasete (la tienda tenía esa instalación para mostrar películas, conciertos y animaciones en video), nos pareció excelente y nos preguntó que cual quisiéramos ver, “¿por qué?” preguntamos con ingenuidad, “¿tienes varios?”, “¡Claro!, tengo varias noches seguidas de conciertos en videocassette, el de por decir, 25 de mayo de Houston de 1976, el del 26, el del 28, el del 4 de Enero de 1977 en Atlanta y así…”. Nos quedamos atónitos. Tenía fácil veinte. De ese tamaño son los fans. O los Kissfans al menos.)
Eso de no permitir cámaras y grabadoras son síntomas de nuestros tiempos. Temores de mostrar el subdesarrollo y el pudor mojigato de nuestros tiempos actuales, tiempos que son dominados por un miedo a todo, excepto, como siempre, al dinero.
Escuchar ese CD de “nuestro concierto” ahora es sólo un permiso para aventurarnos a una apertura al pasado que atesoramos ya que vimos a uno de nuestros grupos ultrafavoritos de rock en sus meros días de clímax, fama y cenit, privilegio que normalmente los gringos y europeos y tal vez japoneses puedan cumplir muy frecuentemente (por tanto, sentirían que un escrito como este es redundante de tan obvio), y quizás en México se pueda hacer lo mismo desde unos años, desde que entrço el país al circuito de los grupos en boga y los no tanto, pero ¿hace veinticinco? Impensable. Imposible. Improbable.
Recuerdo algunas cosas todavía: La música del Dark Side of the Moon de Pink Floyd en completo estéreo resonando imponente por las inmensas bocinas que retumbaban por el estadio, la cantidad de chavos que estábamos sentados en la lona gigantesca que protegía de nuestros daños al prosaico césped de la cancha, todos ahí esperando en orden a que comenzara el concierto; la chica vestida de negro que todo mundo la insultó en cuanto se puso de pie desafiando con señas obscenas, y con una sonrisa diabólica, a todo quien le gritó. El tipo delgado misterioso vestido de negro con lentes oscuros, pelo largo cayéndole por los lados, bigotes y barba largos y lisos, cruzado de brazos, como esperando algo.
Para muchos era nuestro primer concierto y los pasamos de manera intensa, profunda, extáticos. Desde que se apagaron las luces del estadio para dar paso al concierto en sí, al rompimiento de toda la música, de todas sus canciones incluyendo algunas no tan populares, todo se resolvió a escuchar el concierto de uno de los mejores grupos de rock de la historia.
Al final del concierto, al terminar las últimas notas, al encenderse las luces, al salir la gente apresurada, al ver la basura en esa lona, al ver las gradas vaciándose, nos llenó la inmediata nostalgia de haber estado frente a un espectáculo tal y como sólo lo habíamos imaginado en nuestra mente, fabuloso en todos los sentidos, tal y como debió ser, tal y como todos los sueños de post-adolescentes debían ser, completos, íntegros, sin quedarse nada en la lista de peticiones. No acabábamos de mirar el estadio y nos llamó la atención toda la gente que ya participaba en desmontar el escenario porque ya se iban para Puebla. En la ciudad de México no conseguirían que Queen tocara jamás.
Al salir del estadio recordamos que teníamos sed, una sed inmensa como el sonido de Rapsodia Bohemia, Isaac abrió la cajuela de su ya antiguo Valiant, y sacamos nuestros refrescos (yo en lo particular nunca fui de alcohol) y todavía tengo la sensación de haberme tomado uno entero, helado, sin soltar la botella, tal era la sed legendaria.
Llegamos a nuestro centro de reunión, el lugar donde se vendían unas deliciosas hamburguesas y que desapareció no hace mucho y estuvimos en trance, en silencio por algunos minutos (si no lo hicimos, debimos hacerlo, caramba, aún es tiempo para cambiar esa parte de la historia). Obvio, durante el traslado del Estadio a la colonia Cumbres, los veinte minutos que eran, no pudimos atrevernos a escuchar otra música por el estéreo del carro, hubiéramos sentido que cometeríamos de hacerlo, uno de los peores sacrilegios o anticlímax posibles, escuchar por equivocación a cualquier otro grupo que no fuera Queen; por otra parte, los tres estábamos escuchando un zumbido en los oídos que era persistente y hasta cierto punto pernicioso, pero no nos importaba, ese día 9 de octubre de hace veinticinco años escuchamos a Queen, que era lo más aproximado, para tres amigos que basaban mucho de su amistad en el gusto de los mismos grupos de rock desde la secundaria, tal era la importancia y relevancia del momento, a acercarse a un rincón del Paraíso, que por lo menos en ese instante, durante dos eternas horas, sentimos la delicia de estar en un primer mundo de fantasía.
Fantasía del Rock and Roll.
Forever.
Esta es la lista de las canciones de aquella noche 9 de octubre de 1981, sólo para ultrafanáticos.
1) We Will Rock You (rápida)
2) Let Me Entertain You
3) Play The Game
4) Somebody To Love
5) Killer Queen
6) I'm In Love With My Car
7) Get Down Make Love
8) Save Me
9) Now I'm Here
10) Dragon Attack
11) Now I'm Here (reprise)
12) Fat Bottomed Girls
13) Love Of My Life
14) Keep Yourself Alive / Jam Instrumental
15) Guitar Solo
16) Flash's Theme
17) The Hero
18) Crazy Little Thing Called Love
19) Bohemian Rhapsody
20) Tie Your Mother Down
21) Another One Bites The Dust
22) Sheer Heart Attack
23) We Will Rock You (lenta)
24) We Are The Champions
25) God Save The Queen
God Save the Queen, certainly.
lunes, octubre 02, 2006
Republicando Technotitlan: Año Cero, después de cinco años...

Con motivo del aniversario del 2 de Octubre, estoy republicando mi novela de Technotitlan: Año Cero, cuya primera parte, Vida y Muerte en Tlatelolco, ya se encuentra en
http://novela-technot-primera-parte.blogspot.com/,
con lo cual espero que si hay alguien interesado en leer una laaaaarga novela de más de 500 páginas, y creánme, si los hay, ahí estará a su disposición completa.
Seran cuatro blogs, cada uno con cada parte de la novela.
Para entender más este rollo, de qué se trata la novela y detalles así, favor de darse una vuelta por ese blog.
Gracias...
sábado, septiembre 30, 2006
Escribo cuentos, para esto dos están en...
...en mi blog compañero que está www.cuentosluisgarcia.blogspot.com, que es el lugar donde iré guardando varios de ellos. Supongo que es válido el agregar de vez en vez comentarios y los mismos textos para ponerlos a siposición de quién los quiera leer.
Creo que es importante exhibirlos, compartirlos y que estén a disposición.
Así que desde aquí iré avisando de lo que se agregue allá...
Respecto a lo de los derechos de autor y demás creo que ya es muy conocido el punto de que estos estan respetados desde el mismo momento en que se exponen desde un medio público como es el de Internet.
Hay por el momento dos cuentos en ese website: Uno se llama "Buscando Doblones" que es una historia que tiene que ver con mucho de lo que rodea los ambientes urbanos modernos de este nuestro país con ciertos tonos fantásticos.
El segundo de "Me Acuerdo..." tiene que ver con un stream of conscience dirigido al tiempo y espacio de los sueños y fantasías desde un punto localizado en Boca de Potrerillos, cerca de Mina, Nuevo León, envuelto en arena, sol y desesperación...
Ya agregaré varios más...
Creo que es importante exhibirlos, compartirlos y que estén a disposición.
Así que desde aquí iré avisando de lo que se agregue allá...
Respecto a lo de los derechos de autor y demás creo que ya es muy conocido el punto de que estos estan respetados desde el mismo momento en que se exponen desde un medio público como es el de Internet.
Hay por el momento dos cuentos en ese website: Uno se llama "Buscando Doblones" que es una historia que tiene que ver con mucho de lo que rodea los ambientes urbanos modernos de este nuestro país con ciertos tonos fantásticos.
El segundo de "Me Acuerdo..." tiene que ver con un stream of conscience dirigido al tiempo y espacio de los sueños y fantasías desde un punto localizado en Boca de Potrerillos, cerca de Mina, Nuevo León, envuelto en arena, sol y desesperación...
Ya agregaré varios más...
viernes, septiembre 29, 2006
Metrópolis de Tezuka, festín para los ojos
Acabo de ver la película de Metrópolis de Ozamu Tezuka, (llamada Metoroporisu y dirigida por Rintoro, así nomás, Rintoro, de 2001), por el Cartoon Network, ni más ni menos, película que está basada en la película de Fritz Lang, la original Metrópolis de 1927.¿Por dónde comenzar? Creo que lo haré por la original.
Metrópolis de Lang es de la época en la que las películas eran mudas, pero tomando en cuenta que películas son películas sin importar si tienen sonido o no, se debe de destacar lo que es posible lograr con un derroche en todos los sentidos: de técnica, de dinero y sobre todo de imaginación, y todo en la dosis correcta alcanza a ser una obra futurista ciento por ciento, en la que la utopía se vuelve distopía para finalmente volverse vida como debiera de ser (teóricamente hablando, claro).
Primero que nada, la película original de Fritz Lang es una obra maestra por donde se le quiera ver y que a través de su historia cuenta como el mundo básicamente está dividido en privilegiados, que son los pocos, y en los no privilegiados, que son los muchos (bueno, pensándolo bien no hay nada nuevo aquí), en lo que existe un al parecer equilibrio en que aún y que se aparente la estabilidad y el orden siempre están al acecho los elementos de ruptura ya que las cosas en el Universo no pueden seguir de cierto modo fijo para siempre, conforme las leyes de la Historia sobre los eventos humanos.
Lang nos lanza imágenes tras imágenes, poderosas y equilibradas en su inercia, con los peligros de la automatización in extremis, como cuando aparecen los obreros como grupos de masas informes llegando al trabajo en grandes cantidades para realizar operaciones brutalmente mecanizadas, unos tras otros, entrando y saliendo, todos en procesión uniformados, en filas correctas, al parecer haciendo lo mismo cada quien en cada larga jornada sin detenerse jamás a descansar.
Esto puede afirmarse que es un reflejo de la época ante la desconfianza de la mecanización total industrial que estaba tan en boga desde hacía más de cien años, y que despertaba la alarma en muchísimos círculos intelectuales, de pensadores y de artistas, motivándolos a realizar manifestaciones en forma de crítica o de condena, definitivamente nadie hacía defensa de lo inhumano; de ese modo tenemos a Charles Chaplin que lo haría en 1934 desde su obra de Tiempos Modernos.Tanto en Metrópolis como en esta película de Chaplin se recurre mucho a mostrar las maquinarias en sí como complejos cuadros plásticos compuestos de inmensos engranes y pistones envueltos de vapor, que vendrían a ser los preludios a lo que el mismo Diego Rivera prepararía en su propio ámbito cuando hiciera los murales para la Ford en Detroit en aquellos años 30’s; y más allá en el paso del tiempo se continuara como una introducción a las Sinfonías Industriales de las que David Lynch nos enseñaría en sus documentales de los 80’s
Estos esfuerzos diversos más que nada son una clara muestra de una especie de fascinación y amor por la máquina exacerbados que tal vez para nosotros en esta época nos parezca un tanto distante y exagerado.
En la película original de Lang aparece una conspiración en la que se trata de crear un robot igual a una hija privilegiada de sociedad para reemplazarla de tal forma que fuese a encabezar una revolución. Se da la rebelión y todo queda a punto de romperse totalmente, el desastre como siempre, llama, hasta que el bien triunfa y el orden se reestablece cuando se decide que las manos (los trabajadores) y el cerebro (las clases privilegiadas) sean unidos a través del corazón (o el entendimiento, el amor y la comprensión), de ese modo la utopía-distopía daría la bienvenida a lo que sería un paso más allá de la normal esclavitud de los hombres por los hombres.
Película llena de detalles y como mencioné, de amplio presupuesto, que durante los años 80’s fue puesta en circulación de nuevo para mostrarse al público con filtros de colores durante ciertas escenas y con una nueva pista musical, arreglada, muy evidentemente agregaría yo, por Giorgio Moroder y encabezada por un grupo de rockers importantes tales como Jon Anderson de Yes y sobre todo, sin jamás disminuirlo, por el gran Freddie Mercury.Ahora llegamos a Ozamu Tezuka.
Los japoneses son gente de muchos recursos y jamás se les podría acusar de querer mal a sus ídolos. Ozamu Tezuka es el creador de muchos de los dibujos animados que luego fueron a invadir las televisiones vespertinas de muchos hogares en los que había niños.
Entre ellos están Kimba, el león blanco y sobre todo sobre todo, el famoso Astroboy. Al encontrar la fórmula de minimizar las caracterizaciones en dibujos animados de la expresión humana (seguido del uso continuo de ojos grandes en los rostros de los personajes, dándoles una apariencia decididamente occidental) pudieron superar las dificultades técnicas y así concentrarse en la historia. Sus temas fueron siempre una búsqueda de la individualidad por un lado y la lucha por proteger a los desamparados de lo que corresponde a entender como el mal que nos acecha y del que no podemos salir de él solos. Sus temas, son el valor, el coraje, la amistad, y la lucha por la justicia, no poca cosa.
Tezuka jamás paró. Al final de su vida Ozamu Tezuka incluso construyó una historia alrededor de Adolfo Hitler en seis tomos que se llamó precisamente Adolf que si acaso es algo absurda en su premisa, no deja de ser interesante y absorbente. Murió en 1989.
Tanta fue, y es, su influencia que los de Disney Company, esos depredadores de imaginación que embarcan grandes proyectos para niños y grandes y que tienen que reflejarse en subida de acciones y entrega de dividendos, hicieron su propia versión de un león rey de la selva que casualmente se llamó El Rey León (la originalidad mata mata mata), en que un “Simba” luchaba contra enemigos por hacerse rey ya que su padre había muerto asesinado cobardemente, y que tenía por ahí a un mandril como consejero, entre otras cosas (Kimba por supuesto, también lo tenía y antes). Pero los de Disney jamás han reconocido que son ladrones de ideas frente a la evidencia y pues así quedó.
Tezuka dibujó el comic relacionado con Metrópolis allá por la segunda mitad de la década de los cuarentas y se comenta que jamás vio la película original, pero eso no es raro ya que hay creadores japoneses que parten de creaciones para mostrar sus propias visiones. (Nada más por no dejar, ellos sí reconocen que lo hacen.)
Katsuhiro Otomo el escritor del argumento, es el creador de Akira y de las Leyendas de la Madre Sarah (en el que sólo escribe el guión), entre muchísimas historias mas, sobre todo es muy popular en todo el mundo porque creó a Akira, (más de dos mil páginas) la historia de un joven japonés que lucha por sobrevivir de manera un tanto violenta y existencialista en lo que queda de Tokio, o más bien como se acostumbra en estos casos, de NeoTokio. Mezcla de cyberpunk y de filosofía, monstruos, soledad, existencialismo y Apocalipsis, Akira fue un exitazo.
Ahora los dos, Tezuka y Otomo se unen de cierto modo en la película de Metrópolis en la que dan muestras una vez más, de su lirismo y de su increíble potencial imaginativo.
Otomo acaba de terminar hace dos años Steamboy en la que se muestra una historia eminentemente de ciencia ficción en un ambiente victoriano incluyendo campiña inglesa, máquinas de vapor ad nauseaum y sobre todo los impulsos militaristas de los que adolecían las potencias colonialistas de vocación durante la segunda mitad del siglo XIX.
Película para mí incomprensible y llena de detalles bélico-balísticos hasta el exceso, Steamboy no deja un buen sabor de boca, en ocasiones mostrando su poderío en forma de una nave gigantesca que por lo mismo de su tendencia beligerante palidece al compararla por decir con el Castillo Vagabundo de Hayao Miyazaki, la cual es una obra llena finalmente de sensibilidad humana.
Pero el caso de Metropolis no es el de Steamboy. No soy propiamente el adecuado para evaluar anime japonés ya que en mi perspectiva no conozco muchas obras del tema, si acaso las más populares (tal como la Princesa Mononoke, también de Miyazaki, que es a todas luces maravillosa en su compleja animación por un lado, y en su nada común planteo de ideas en el tema de la protección del ambiente para decirlo en su total simplicidad, llegando hasta lo cósmico imponente tomando en cuenta tres puntos de vista equidistantes entre sí) pero lo que sí me puedo atrever a afirmar es que Metrópolis muestra un mundo basado en el de Lang pero de cierta manera y con toda proporción guardada deriva más allá del planteamiento estético de los diseñadores de Lang, que demostraron su respeto por la magnificencia romana, de la cual heredamos ese gusto que tenemos los humanos por los grandes monumentos de los que incluso Hitler, como buen fascista que fue, también quiso dejar ese tipo de huella (como lo han demostrado las maquetas de lo que sería el Nuevo Berlín que sería construido a partir de la victoria alemana en la Segunda Guerra Mundial, que como todos sabemos sólo se ha podido dar en las historias alternativas de la ciencia ficción del cine y de la literatura) en el universo.De esa forma la ciudad de Metrópolis en la película es compleja hasta para describir en un párrafo lo bello que son los cuadros realizados en esta película durante los 120 minutos que casi dura, y no se trata de tapar el diseño de una película original de 1926 con uno propuesto en esta época realizado por ejércitos de diseñadores que ahora no solo traen en su mente esa propuesta original urbana post modernista sino las nuevas, sobre todo las de Blade Runner tal como los demuestran los amplios espacios llenos de videos con comerciales de tamaño de un edificio (como están probablemente ahora mismo en la Plaza de Ginza en Tokio, en Piccadilly Circus de Londres, o en el mismo Times Square de Nueva York, todos circa 2006).
Cuadro tras cuadro pasan delante de nosotros que de haber sido DVD la proyección (haciendo honor a como se llamaba el proceso de exhibición de una película) hubiera sido detenido cada dos minutos por un minuto para poder asimilar y captar en toda su extensión lo que nos están proponiendo.
Así el diseño gráfico de los niveles urbanos superpuestos: arriba, la gran y hermosa ciudad donde están los privilegiados, que disfrutan a todas luces (literalmente) de los encantos de la gran ciudad planeada con detalle y con esa magnificencia, pero que de cualquier modo no alcanzan a ocultar que debajo sigue (y seguirá) existiendo la inmensa clase de desposeídos que desean alcanzar una parte de los beneficios que la clase gobernante obtiene. Lo social jamás puede faltar.
Las historias aquí difieren un poco. Mientras la película de Lang se enfoca hacia la lucha de clases evidentemente, la película del Metropolis de Tezuka deriva una vez más hacia el cliché del robot, o del Frankestein, que desea destruir a la humanidad, y que llega a tanto el asunto que se vuelve casi apocalíptica hacia el final, como el camino que demostró con suficiencia el bueno de Akira.
Sin embargo hay amor, hay ternura, hay compasión, pero así también hay desprecio, crueldad y deseo de destrucción. La ambición es humana. La robot más avanzada llega más adentro todavía que los replicantes de Blade Runner, ¿soy humana? Pienso, ¿luego soy de plástico y metal?
Pero antes de que suceda eso nos quedamos con esas imágenes de una ciudad bella, magnífica, sobrecogedora por los amplios espacios (por inhumanos que puedan ser) en los que deambulan sus habitantes junto con robots sirvientes, además de uno que otro robot capaz de hacerse preguntas existenciales, consciente (ya una palabra muy atrevida para ser robot) de la violencia en la humanidad para así querer encontrar humanidad en la violencia.
Muchísimos de los planos de la película de Metropolis de Tezuka están para admirarse detenidamente. En ocasiones miramos callejones y por un segundo nos preguntamos hacia dónde irá tal o cual pasadizo, tal avenida, que habrá en tal negocio, como sería tomarse un café en ese pequeño restaurant al pie de esa gran plaza frente a los monumentos, junto con las palomas, en ese equivalente de Plaza de San Marcos retropostmodernistautópica.
Es tal lo que roba el diseño la película que en ocasiones no nos damos cuenta de algún diálogo, tan ensimismados que estamos en el diseño o perspectiva en la pantalla. EL detalle es fastuoso, como lo diría un famoso crítico, es impresionante cuando vemos como un personaje examina un libro antiguo para después observar como se le pierde una hoja al mismo, la hoja cae en lentitud, como hoja de árbol en otoño, y la pregunta es: ¿cuántos segundos de animación fueron eso que es un simple y sencillo detalle que muchos ni se dieron cuenta?
En otros momentos nos preguntamos como fueron diseñadas tales tuberías, tales conductos industriales, que motores, que procesos habrá debajo de ese vapor, de esa electricidad, de esa nave industrial, de ese horno, de esa planta de energía de esos generadores.
En ocasiones las tonalidades nos recuerdan algo del diseño original de aquella película de El Señor de los Anillos, la versión de 1979 filmada por Ralph Bakshi, que nos dejó asombradísimos cuando la vimos en aquellos años de principios de los 80’s (de la que Bakshi solo alcanzó a realizar la primera parte y que pero por supuesto nos dejó en la confusión total al no poder entender nada de la historia, ya que los libros de la colección de Tolkien, ediciones Minotauro, eran rarísimos y los fuimos a leer sólo hasta años después de la película, claro con lo de la películas recientes, ya ni quién se acuerde de esos tiempos heroicos).
Es cierto, en un momento aparece la rebelión que también apareció en la película de Fritz Lang, una revolución que lleva a la conclusión que mencioné arriba, aquí en la película de Tezuka no, aquí la revolución fracasa y no se vuelve a saber nada de los revolucionarios, huele a traición de alguna parte.
Las esperanzas de los pobres han sido aplastadas sin misericordia. (Un drama de la vida real).
Siempre habrá una atracción para los realizadores de todas partes y de todas las épocas el exponer las desigualdades humanas (por eso existe la narrativa en sus miles de formas e interpretaciones), para eso recurrirán a mostrar en los escenarios más disímbolos y estrambóticos sus penas y sus glorias.
Por fuerza de contraste, los realizadores, la inmensa mayoría pues, nos enseñan lo blanco y lo oscuro, lo bueno y lo malo, lo rico y lo pobre, los absolutos polos que equidistan en el globo terráqueo, pero el mundo ya no es solamente eso (éste planeta dejó la inocencia de sus guerritas limitadas entre Auschwitz y Hiroshima y antes de Vietnam), y de ello estamos ya todos conscientes. El mundo está lleno, más que de blanco y negro, de muchísimas toneladas de toneladas de tonalidades de gris.
Metrópolis de Ozamu Tezuka, un festín continuo para los ojos que en su inmensa mayoría nos dejan con la boca abierta. Donde la substancia se une a lo industrial, en poesías tersas y mecánicas envueltas de melancolía, poco antes de la conflagración que jamás podrá ser final.
En las grandes ciudades del futuro, la sensibilidad y la necesidad de ser escuchados, y sobre todo, el anhelo de ser libre y de la justa necesidad de bienestar, estarán entremezclados para lograr esa vida que a la que aspiramos, a la paz, la tranquilidad y si es posible, la felicidad que cualquier ser humano merece, sin distinción alguna...
Agradezco la colaboración de Sandra Esther García Besnier y de Luis Eduardo García Besnier por sus acertados comentarios y puntillosas observaciones en la elaboración de este comentario.
jueves, septiembre 28, 2006
Sobre la revista Plectros.net y una colaboración en ella
Acabo de publicar un artículo no hace más de quince días en la revista www.plectros.net. Es un artículo que trata acerca de Las Uvas de la Ira y su resonancia en nuestro momento en que vivimos.
Las Uvas de la Ira o Viñas de Ira es una novela de John Steinbeck, de finales de los años treinta del siglo pasado (que solemne se escucha eso del "siglo pasado") que de algún modo habla de la desigualdad de la sociedad del ser humano, y sobre todo, de las pruebas que tiene que pasar para llegar a su ideal de libertad y de prosperidad.
He aquí un link directo:
http://www.plectros.net/rasgos.html#uvas
Si les gusta, excelente, si no, pues... que le vamos a hacer...
De la novela, les conmoverá, les encantará, les impactará, cualquiera de las tres opciones... eso sí, jamás la olvidarán...
Las Uvas de la Ira o Viñas de Ira es una novela de John Steinbeck, de finales de los años treinta del siglo pasado (que solemne se escucha eso del "siglo pasado") que de algún modo habla de la desigualdad de la sociedad del ser humano, y sobre todo, de las pruebas que tiene que pasar para llegar a su ideal de libertad y de prosperidad.
He aquí un link directo:
http://www.plectros.net/rasgos.html#uvas
Si les gusta, excelente, si no, pues... que le vamos a hacer...
De la novela, les conmoverá, les encantará, les impactará, cualquiera de las tres opciones... eso sí, jamás la olvidarán...
domingo, septiembre 24, 2006
El problema de Tenochtitlan. Y el de Technotitlan, claro.

Y yo tengo otro problema. Bueno, es un problema divertido. El caso es que mi blog se llama como mi novela, ya lo he comentado, TECHNOTITLAN: AÑO CERO, pero si vieran la cantidad de personas que llegan a este blog por error, porque quieren llegar a saber algo de Tenochtitlan, más que quieran buscar mis temas, como es el caso de Technotitlan.
Ya me dan pendiente, quisiera escribir algo de la ciudad de los aztecas, fundada en 1325, con la llegada de la última de las Siete Tribus que llegaron de Chicomoztoc en busca de un lugar para fundar su ciudad, donde estaría un águila devorando una serpiente encima de un nopal.
Y que con el paso del tiempo esa tribu de origen nahuatl, llegó a dominar a las demás a través de sus constantes luchas y su muy particular manera de guerrear. Indios que eran aztecas y que desarrollaron una mitología muy compleja heredera de antecesores como eran los toltecas y los teotihuacanos.
En fin.
El párrafo anterior es sólo para que los navegantes que buscan Tenochtitlan y escriben Technotitlan, de perdido encuentren un punto de partida para luego irse a:
http://www.elbalero.gob.mx/historia/html/conquista/tenochtitlan.html
o irse a
http://members.fortunecity.es/kaildoc/tenochtitlan/tenochtitlan.htm
que para mí son suficientes para sus búsquedas…
Porque si hubiera una manera de cobrar a un dólar por cada navegante que escribe Technotitlan en lugar de Tenochtitlan, ya estaría ahorrando para comprar una nueva TV de 31 pulgadas de plasma…
viernes, septiembre 22, 2006
Sobre el aspecto de escribir textos cortos o largos en blogs.
He leído en wikipedia lo que se recomienda para ser un buen “blogger” y ser popular. Una de las recomendaciones puestas por ahí es respecto a que se puede “bloggear” diario (perdón por el barbarismo). Pero si ese fuera el sentido, bueno, este lugar estaría lleno de impresiones mías al respecto de muchísimos hechos.
Hechos de los cuales hay decenas todos los días. De muchos tipos e intereses. De los cuales todos pueden opinar si sí o si no. De hecho como dicen, las opiniones son como las bocas (en su versión original lo dicen de manera un tanto más grosera), todos tienen una.
Por decir, acaban de sacar unas imágenes acerca de la “Cara de Marte”, la que hace años se dijo en los ambientes crédulos que esa imagen, de un rostro compuesto por un accidente orográfico era una prueba inequívoca de que hubo una civilización en Marte y que en cierto modo esa era su huella inobjetable.
El mito siguió o ha seguido por más de treinta años. Muchos lo han dado por cierto, lo toman ya como parte de su canon. Lo dan como una pedrada en la cara de la historia (parafraseando aquella famosa revista “Duda, lo increíble es la verdad”).

Las sondas norteamericanas posteriores de la NASA, han mostrado que la famosa cara no lo es tanto. Ha salido en revistas y demás.
Pero el grueso de la gente interesada no acepta eso, es como si se le plantearan dos tesis acerca de una situación y eligen el más misterioso, es el efecto “cebra” (la gente oye sonido de cascos acercándose, y es como si dijeran que en lugar de probablemente sean caballos apuestan a que deberán de ser cebras).
De hecho nuestros amigos de Hollywood sacaron hace pocos años dos películas sobre la exploración de Marte y en una de ellas, no recuerdo cual, aparece una escena con la imagen de una inmensa construcción en forma de rostro humano, dándole un poco más a lo que podría parecer una esfinge marciana (acabáramos).
Ayer 21 de septiembre, la Agencia Espacial Europea publicó las fotos que una de sus sondas tomó de la superficie de Marte, fotos soberbias de la llamada región de Cydonia, y en ese grupito de imágenes a publicar incluyeron, a manera de comparación supongo, la antigua foto tomada del Vikingo acerca de esa mencionado dizque rostro, la “Cara de Marte”, pero bueno, mi punto es, para qué reforzar lo que no es, si desde años atrás se dijo que ese “rostro” no es más que producto de una combinación de una foto difusa sin mucha resolución y una imaginación más que despierta del ser humano que quiere, desea, anhela, contemplar una muestra más de que hay seres en otros planetas.
Y no es que se dude que haya otras civilizaciones en otras partes, o de que haya habido, o de que pueda haber, pero en Marte, rostros humanos, sin atmósfera, bueno, el que quiera creer, que crea, cada quién su rollo.
Y volviendo al punto inicial, ese es el detalle. Escribir de cualquier tema en cuanto sean textos cortos, y así estar más presente en www.mtyblogs.com o en www.blogsmexico.com just for the sake of it, más seguido, o ser un poquito más estricto y esperar a desarrollar un tema con más profundidad.
Pero esa sería la pregunta, ¿para qué escribimos esto? ¿El objetivo es la expresión?, ¿el objetivo es el querer destapar nuestra olla de presión de lo que queremos decir?, y más que nada, ¿que alguien pensante allá afuera nos lea?
Que supongo es lo que queremos más que suceda.
Hechos de los cuales hay decenas todos los días. De muchos tipos e intereses. De los cuales todos pueden opinar si sí o si no. De hecho como dicen, las opiniones son como las bocas (en su versión original lo dicen de manera un tanto más grosera), todos tienen una.
Por decir, acaban de sacar unas imágenes acerca de la “Cara de Marte”, la que hace años se dijo en los ambientes crédulos que esa imagen, de un rostro compuesto por un accidente orográfico era una prueba inequívoca de que hubo una civilización en Marte y que en cierto modo esa era su huella inobjetable.
El mito siguió o ha seguido por más de treinta años. Muchos lo han dado por cierto, lo toman ya como parte de su canon. Lo dan como una pedrada en la cara de la historia (parafraseando aquella famosa revista “Duda, lo increíble es la verdad”).

Las sondas norteamericanas posteriores de la NASA, han mostrado que la famosa cara no lo es tanto. Ha salido en revistas y demás.
Pero el grueso de la gente interesada no acepta eso, es como si se le plantearan dos tesis acerca de una situación y eligen el más misterioso, es el efecto “cebra” (la gente oye sonido de cascos acercándose, y es como si dijeran que en lugar de probablemente sean caballos apuestan a que deberán de ser cebras).
De hecho nuestros amigos de Hollywood sacaron hace pocos años dos películas sobre la exploración de Marte y en una de ellas, no recuerdo cual, aparece una escena con la imagen de una inmensa construcción en forma de rostro humano, dándole un poco más a lo que podría parecer una esfinge marciana (acabáramos).
Ayer 21 de septiembre, la Agencia Espacial Europea publicó las fotos que una de sus sondas tomó de la superficie de Marte, fotos soberbias de la llamada región de Cydonia, y en ese grupito de imágenes a publicar incluyeron, a manera de comparación supongo, la antigua foto tomada del Vikingo acerca de esa mencionado dizque rostro, la “Cara de Marte”, pero bueno, mi punto es, para qué reforzar lo que no es, si desde años atrás se dijo que ese “rostro” no es más que producto de una combinación de una foto difusa sin mucha resolución y una imaginación más que despierta del ser humano que quiere, desea, anhela, contemplar una muestra más de que hay seres en otros planetas.Y no es que se dude que haya otras civilizaciones en otras partes, o de que haya habido, o de que pueda haber, pero en Marte, rostros humanos, sin atmósfera, bueno, el que quiera creer, que crea, cada quién su rollo.
Y volviendo al punto inicial, ese es el detalle. Escribir de cualquier tema en cuanto sean textos cortos, y así estar más presente en www.mtyblogs.com o en www.blogsmexico.com just for the sake of it, más seguido, o ser un poquito más estricto y esperar a desarrollar un tema con más profundidad.
Pero esa sería la pregunta, ¿para qué escribimos esto? ¿El objetivo es la expresión?, ¿el objetivo es el querer destapar nuestra olla de presión de lo que queremos decir?, y más que nada, ¿que alguien pensante allá afuera nos lea?
Que supongo es lo que queremos más que suceda.
lunes, septiembre 18, 2006
Lo que me impresionó de Eduardo...
...obvio, un cliché en una primera línea, por Dios, es su sencillez. Es como si no fuera él y todo lo que me contó en dos horas fuera de otra persona. Él, él, él, no se siente nada diferente de los demás que pudieran estar a un lado, en una banqueta determinada de una cuadra equis en el pueblo de Zumpango, estado de México a medio camino de todo, rumbo o viniendo a o de la ciudad de México, que como todos sabemos, es el autonombrado ombligo del mundo.
Eduardo es una persona que trabajaba como chofer de ambulancia en una clínica del Seguro Social, no recuerdo si de la ciudad de México, o de Cuautitlán o de algún lugar semejante.
Se ve que tiene manos fuertes, se ve que tiene espalda, si acaso no es muy alto, pero eso, como muchas otras cosas de sí mismo no es de su interés probablemente.
Estaba donde lo conocí, tímidamente de manera inadvertida en la casa de unas amistades, él iba a ayudarles a cambiarse de casa. Eso me pareció en principio algo como fuera de lugar. Pensé sin dedicarle mucho tiempo al principio: “tal vez es un pariente, tal vez un amigo, tal vez alguien al que le estaban pagando por hacer el trabajo”. Trabajo que requeriría cierto esfuerzo, cambiar camas, muebles, que no es algo de todos los días, más bien es algo así como de muy muy en vez. Pero había algo curioso en todo el asunto.
Ya luego pregunté a las personas acerca de quién era él, me respondieron “amigo nuestro, de hace mucho, de tiempo de la Cruz Roja...”.
Ah, él, Eduardo, era socorrista. No, más bien, fue socorrista.
Okey. Interesante, seguí con mis cosas de leer, y tratar de no poner atención en su plática cotidiana, que muy interesante y todo que pudiera ser, yo no estaba enterado, en principio porque no era más que invitado que trataba de ser cortés.
Y algo pasó. Empecé a interesarme poco a poco en él.
¿Qué es lo que decide a alguien ser socorrista?
Veamos que hay detrás de ello. Y no es que se trata de inventar un hilo negro en medio de todo esto. Es decir, ha de haber miles de socorristas en todo el país y cientos de miles en todo el mundo... lo que sea. Este señor enfrente de mí, que casualmente tiene mi misma edad, en realidad sólo tres semanas menor que yo, es una persona que pasó muy cerca del concepto de “vida”, cerca de otras vidas, muy cerca.
¿Cuál es la situación de la vida humana? ¿Cuál es el valor de la vida humana?
La gente se muere por todos lados. No es novedad. La gente se muere en un tris. Volteas a un lado la gente se muere, volteas a otro y la persona se salva. ¿Es un gran malabar del cielo? ¿Son las circunstancias las que cargan la moneda de un lado o del otro? ¿Cara es vida, cruz es muerte? ¿Estás o ya no estás? ¿Será el equivalente real diario cotidiano decisivo del to be or not to be? ¿Es el Destino, conjunto de circunstancias elegidas desde el principio por nuestra fecha de nacimiento?
¿O es el ADN, anónimo arquitecto seudomecánico de aminoácidos, combinador y creador de vida? ¿Es Dios, o Buda, o el karma, o el gran Arquitecto del Universo? ¿Es que la llanta cayó en forma caprichosa hacia ti, como en un rewind macabro de la muerte del conductor brasileño Senna? ¿O es que precisamente la llanta, el volante, la viga, el risco, la defensa, el motor, el rin, la ventana, los vidrios o lo que sea, no hayan estado con esos dados cargados, como los Rolling Stones mencionan, dependiendo en contra tuya, o a favor tuyo?
Estás, no estás. Sí, no. Uno, cero. Todo, nada.
Nadie lo sabe por seguro, incontables son las historias de “se salvó de milagro” e incontables son las otras historias, las de que “no se pudo hacer nada”.
Escuchas a Eduardo incitándolo a recordar sus historias que algunas de ellas invariablemente bordan en lo macabro, que aún me dejen inquieto de escribirlas aquí mismo. ¿Una de ellas? La del socorrista al que acompañó en una salida y que al llegar al “lugar de los hechos”, (otro cliché, indudablemente), un Volkswagen impactado contra la plataforma de un pesado camión “tórton”, detenido y sin luces en medio de la carretera, cuyas vigas habían golpeado precisamente contra el chofer y el copiloto del trágico vehículo. Al examinar primeramente los cuerpos, el primer socorrista le tuvo que pedir a Eduardo a que verificara si la persona fallecida, de las dos muertas, tenía una marca en tal parte del cuello. Al comprobar que así era, el primer socorrista rompe en dolor diciendo: “es mi hermano”.
Eduardo lo ve todo con el humo del tiempo, a trasluz en apariencia y sin comprometerse emocionalmente.
Le preguntó lo que se me ocurre y me lo responde todo de manera calmada, lenta, concentrado y enfocado.
Le pregunto por ejemplo tal vez no de manera atinada acerca de cuantas personas ha salvado, lo hago para dimensionar los hechos por más ridícula que pueda parecer la pregunta. Me confiesa que una vez se puso a contarlas, la platica se desvía y a final de cuentas no me dijo nunca como cuantas.
Lo hice para dar una idea aproximada en cuantas vidas intervino. Pudo ser él sólo o él con mas personas, no es eso lo que importa en este caso. Algo así como tú que haces en tus tiempos como hobby, distracción, en tus ratos libres vaya. Yo en mis momentos que me deja mi familia salvo a tantas vidas mensuales, ¿y tú?
Ellos.
Salvan.
Vidas.
De.
Manera.
Cotidiana.
Como si tú y yo que vamos y vendemos gasolina, casas, proyectos, abarrotes, discos, llenamos formas, realizamos trámites, todos los días. Como si tu tuvieras proyectos de jardinería y que los hicieras en tus ratos libres. Ellos salvan vidas, como la tuya o la mía. No es importante la de quién sea, la tuya, la mía, la del gobernador, todas son vidas.
Ellos las salvan. O hacen lo posible de lo imposible para realizarlo.
Este recuento no va con la idea de un reconocimiento en sí hacia la persona de Eduardo, no es eso lo que importa. Ellos, en la Cruz Roja, no lo esperan. Me lo dicen continuamente. Les creo.
Pero es muy probable que sea necesario que la gente sepa de él y de las personas como él.
A veces pasa que damos las cosas por sentado. ¿Un ejemplo? La basura. Sacamos la basura y hay personas que se la llevan a algún lugar que nosotros ignoramos y que en definitiva sabemos que no nos importará. Pero las personas que se dedican a la basura le son importantes a la sociedad o a la comunidad o lo que se quiera denominar al grupo de personas con las que convivimos.
En una historia de ciencia ficción que leí hace muchísimos años contaba la historia de personas que se encargaban de los desechos y que no eran la parte inferior de la humanidad, en lo que a logros se refiere. Tarde que temprano la gente que se dedica a la basura será reconocida como pertenecientes a un gremio que trata con algo importante: con la recolección, disposición, depósito, proceso y tal vez con la recuperación de lo que se puede rescatar de nuestros desechos. Algún día, estoy seguro, serán bien pagados y reconocidos.
¿Por qué hablo de la basura de repente? Porque lo que sucederá con ellos pasará lo mismo con los que se dedican a la vida humana en lo básico, no a repararla, sino a rescatarla en sí misma de sí misma.
Eduardo es taciturno. Trabaja como chofer. Preguntó o más bien trato de preguntar porque las cosas se fueron así. No me lo dice él, sino hasta después que se va me mencionan sus amigos que hubo cambios en la administración de la Cruz Roja local, con el paso del tiempo el equipo se disgregó. La entropía de siempre, todo tiende al caos y a la oscuridad cuando no se tiene la energía para contrarrestar el fenómeno de la decadencia.
Me habían contado que incluso Eduardo había puesto una escuela de socorristas, para mantenerlos al día y de cierta manera certificarlos para ver si cumplían con lo básico. También la escuela desapareció cuando Eduardo salió de la institución.
Los socorristas no cobran, son voluntarios. Conducen ambulancias ya de varios años, donadas la mayoría, no como en Estados Unidos que por ley, según esto, deben ser de a lo mucho modelos recientes de no más dos o tres años de antigüedad.
La Cruz Roja sólo se mantiene por las donaciones que por campaña se hacen anualmente. La última campaña de la Cruz Roja trae fotos con dramatismo inherente. Está una ambulancia chocada y un mensaje impreso: “Y a la Cruz Roja, ¿quién la ayuda?”. De cierta manera se sabe que las donaciones han bajado. Tal vez contribuya a ello que la gente se desasocia de los problemas que les pudieran pasar y la campaña de desprestigio que hubo no hace más de diez años contra un presidente nacional de la Cruz cuyo nombre no recuerdo.
Independiente de la política nacional el hecho es que a través de Eduardo me enteré de muchas cosas que yo ignoraba, o que prefería ignorar.
La actitud de una persona cuando ve muertos por doquier en un accidente. La actitud que debe de tomar para rescatar primero a los más heridos. ¿Cuáles son los más heridos? ¿Qué cara le pones a los que te piden en medio de los gritos, que se mitigue el dolor, y que no puedes hacerlo porque hay gente peor que ellos? ¿A qué nivel se comprende desde la distorsionada sensación emocional del dolor que presumimos desde nuestra propia experiencia como total que sólo hay dos o tres socorristas y que hay ocho heridos y que se tiene que esperar?
Alguien, una amiga ex socorrista voluntaria, me dijo de un caso en el cual estaba atendiendo en un accidente a una persona de inmediato, entre varias, y detrás de ella un señor le pedía que le atendiera, la entonces socorrista no le ponía atención, pensando que si alguien estaba de pie pidiendo ayuda bien podría pasarse cinco o diez minutos más esperando, mientras ella atendía a los que no podían estar de pie.
Pero la persona insistía, ante ello, la socorrista se desesperó y dejó de atender al primer herido para voltearse a decirle que si por favor esperara su turno.
La visión fue escalofriante. Cuenta ella, que la persona que le pedía ayuda, consciente al parecer pero en shock total y de pie todavía, estaba sin la cubierta de la piel del cráneo, en una gran parte desaparecida.
Inmediatamente lo colocó en posición horizontal tratándolo de estabilizar, lo cual fue logrado después de largos y aterradores minutos.
La sangre fría que hay que tener para definir criterios de vida o muerte.
La duda, siempre la duda de que si se hizo bien esto o se debió hacer lo otro. Zumpango, como en muchos de los caminos del centro del país, está lleno de “topes” para desacelerar a los automovilistas rápidos, o para castigar a los acelerados. Eso disminuyó los accidentes, de hecho. Por otro lado, los choferes de ambulancias saben que sus pasajeros cuentan con el tiempo justo tal vez para llegar vivos al puesto de socorros más cercano. Pero también saben que una mala maniobra, un tope no previsto, cosa común por la prisa y porque si no conoces los caminos te salen esos topes de pronto, pudiera contribuir con su golpe mayor o menor al rápido deterioro de la vida del pasajero.
Comentamos acerca del verdadero valor del cinturón de seguridad. Comentamos acerca de la cuestión de los donadores de órganos que mueren por accidente. De la indiferencia de las personas respecto al tema. Comentamos del hecho que en Estados Unidos decidieron no colocar cinturones de seguridad en los camiones escolares de su país, más de un millón de unidades, por considerarlo demasiado costoso, calculando que si cada año normalmente mueren treinta niños por accidentes, colocarles el cinturón a todas las unidades, al costo que fuera, no valdría la pena el rebajar esa cantidad a quince niños muertos, cantidad calculada de sobrevivientes que resultaría de accidentes de tránsito involucrando camiones escolares. Quince niños morirán fríamente por que no hay dinero suficiente.
Y si la velocidad máxima en autopistas la redujeran cinco millas, habría una gran baja en la cantidad de donadores de órganos en los estados Unidos. No sé con que pensamientos se pueden mirar esos cambios:
O sea, ¿se trata de salvar la vida de personas reduciendo los riesgos de velocidad? ¿O se trata de salvar personas en la espera de órganos necesitados para seguir su vida, órganos que provienen en la mayoría de muertes por accidentes en carretera por manejar a excesos de velocidad?
Acabo de leer que en el mundo mueren un millón y medio de niños debido a que tomaron agua contaminada. Este año y los pasados y los siguientes. La cifra aumentará a menos que...
La vida o muerte. Una muerte es una tragedia personal de alguien y su familia y amigos, cien muertes es una tragedia nacional. Millones de muertes son sólo estadísticas, Heinrich Himmler dixit.
Todavía es fecha de parte de Eduardo el preguntarse si manejó con la prudencia correcta en esas rutas. Todavía es fecha de parte de él, y no dudo que muchos ex socorristas también piensan lo mismo: “¿hice bien aquí?, ¿hice bien allá? ”.
Es impresionante el número de restricciones que existen al respecto. Me informaron de problemas mil respecto a que si mueves a un herido, a que si le revisas los bolsillos para buscar su identificación, a que si lo trataste bien o no, problemas que si se ven de cierta manera forzada, no queriendo ver, la por así decir, pureza del acto, los ponen continuamente en entredicho.
Ese entredicho que de alguna forma envenena la labor. Desanima a los más prendidos, y mata la voluntad de seguir ayudando. Así es este mundo.
Personas como Eduardo debe de haber muchas. No se conocen lamentablemente. Sólo salen de vez en vez cuando es el Día del Socorrista, como si sólo ese día trabajaran, como si sólo fuera ese día el que se les da su palmada en el hombro y se les dice: “muchachos, han hecho un buen trabajo”.
Pero hay algo muy inusual debajo de la epidermis de estos señores. Eduardo contó la ocasión en que cuatro personas, hermanos los cuatro, bajaron a un pozo cerca de donde vivían. Primero bajó una y no volvió. El pozo estaba seco. Otra fue de inmediato por si se había golpeado y tampoco volvió. La angustia se apoderó de todos los presentes. El tercer hermano bajó también. Nada. Fue el cuarto. Igual resultado. Llamaron a la Cruz Roja. ¿Eduardo se ofreció? ¿No había nadie más? ¿Sospechaba algo?
Eduardo pidió una cuerda. Se ataría a ella y bajaría.
¿Qué pasó por su mente en ese instante?
“Pensé que era gas... a veces hay depósitos de gas que se quedan guardados que luego con un desprendimiento de tierra se abren. No huelen a nada. Te adormecen sin que te des cuenta. Y ahí te puedes quedar...”.
Eso lo entiendo, pero... ¿y su persona? ¿Le pudo pasar igual?
“Sí, pero les dije que si tiraba una sola vez de la cuerda me subieran de inmediato...”.
Me imagino la cara llena de pesar, temiendo los presentes lo peor. La tensión total. Si ya bajaron cuatro y no volvieron, ¿qué pasará con el que sigue? El tiempo corriendo. Hacer el nudo. Empezar a bajar en la oscuridad.
Tocó el suelo. Sintió los cuerpos. Todos inertes. Se sintió desmayar. Tiró de la cuerda. Lo sacaron. Informó: probablemente los cuatro están muertos. Lamentablemente así fue. Cuatro hermanos muertos en menos de quince minutos. El dolor de la familia.
Dolor total. Dolor eterno.
“¿Por qué bajaste tú?”, le pregunté. Me responde: “Lo haces por los familiares. Eso es lo importante, por ellos y porqué ultimadamente alguien lo tenía que hacer...”. Nunca menciona la palabra “sacrificio”, nunca menciona la palabra “deber”.
Al contarlo Eduardo me mira sin ver. No mueve ni un músculo de más. Está concentrado y enfocado. Mi cara es la que está desencajada.
Al final de la conversación me dice: “tenía más de ocho años sin contar mucho de lo que te conté ahora”.
Pienso en ello. Pienso en las familias de las personas que se les murieron hijos, hermanos, padres, madres. Y también pienso en las familias que tienen hoy por hoy hermanos recibidos en su profesión, hijas esperando bebés, padres contentos celebrando un cumpleaños, madres agradecidas en silencio mirando comer a sus hijos su mole favorito, sus tamales de carne, todos los domingos que pueden, todos los domingos extras que pudieron. Los domingos prestados en sus segundas vidas, en sus segundas oportunidades.
Pienso en la moneda en el aire. Cara, te toca vida, cruz, te toca... más bien, no te toca, maestro.
Y pienso en Eduardo, ex socorrista de Zumpango. Tal vez miró la moneda arrojada al aire a punto de caer del lado de la muerte, y en miles de actos que suponían arrojo, desprendimiento del sentido de la autosobrevivencia, del de su propia conservación, en un rapto de disasociación de su propia seguridad, rapto que fue continuo, hecho cotidiano en su vida, casi desaparición de su propio instinto. Pienso en Eduardo que finalmente alcanzó a desviar la moneda y quedó al menos muchas veces, del lado de la vida.
Eduardo el socorrista que siempre lo será. Igual hay muchos como él. Lo sé. El mundo está mejor así. Razones de más para creer en el Mundo con gente así, con aciertos y errores, cualidades y defectos, porque ellos son humanos como tú y como yo, pero aún así...
Eduardo al final sonríe con cierta modestia. Le digo que es mi privilegio haberlo conocido. Está contento con lo que hizo. Esa es su recompensa, me dice.
La mía fue escucharlo.
Nota extra: Lo más triste del caso, un año y meses de que escribí este artículo, es saber que Eduardo tiene cáncer del pulmón y que vive en su casa, casi desahuciado.
Sirva esto como muestra de respeto a una persona que dio mucho por salvarles la vida a muchas otras personas más, mostrando como hay hilos fuertes dentro de esa gran red entretejida que existe entre lo que es la vida y la humanidad.
Eduardo es una persona que trabajaba como chofer de ambulancia en una clínica del Seguro Social, no recuerdo si de la ciudad de México, o de Cuautitlán o de algún lugar semejante.
Se ve que tiene manos fuertes, se ve que tiene espalda, si acaso no es muy alto, pero eso, como muchas otras cosas de sí mismo no es de su interés probablemente.
Estaba donde lo conocí, tímidamente de manera inadvertida en la casa de unas amistades, él iba a ayudarles a cambiarse de casa. Eso me pareció en principio algo como fuera de lugar. Pensé sin dedicarle mucho tiempo al principio: “tal vez es un pariente, tal vez un amigo, tal vez alguien al que le estaban pagando por hacer el trabajo”. Trabajo que requeriría cierto esfuerzo, cambiar camas, muebles, que no es algo de todos los días, más bien es algo así como de muy muy en vez. Pero había algo curioso en todo el asunto.
Ya luego pregunté a las personas acerca de quién era él, me respondieron “amigo nuestro, de hace mucho, de tiempo de la Cruz Roja...”.
Ah, él, Eduardo, era socorrista. No, más bien, fue socorrista.
Okey. Interesante, seguí con mis cosas de leer, y tratar de no poner atención en su plática cotidiana, que muy interesante y todo que pudiera ser, yo no estaba enterado, en principio porque no era más que invitado que trataba de ser cortés.
Y algo pasó. Empecé a interesarme poco a poco en él.
¿Qué es lo que decide a alguien ser socorrista?
Veamos que hay detrás de ello. Y no es que se trata de inventar un hilo negro en medio de todo esto. Es decir, ha de haber miles de socorristas en todo el país y cientos de miles en todo el mundo... lo que sea. Este señor enfrente de mí, que casualmente tiene mi misma edad, en realidad sólo tres semanas menor que yo, es una persona que pasó muy cerca del concepto de “vida”, cerca de otras vidas, muy cerca.
¿Cuál es la situación de la vida humana? ¿Cuál es el valor de la vida humana?
La gente se muere por todos lados. No es novedad. La gente se muere en un tris. Volteas a un lado la gente se muere, volteas a otro y la persona se salva. ¿Es un gran malabar del cielo? ¿Son las circunstancias las que cargan la moneda de un lado o del otro? ¿Cara es vida, cruz es muerte? ¿Estás o ya no estás? ¿Será el equivalente real diario cotidiano decisivo del to be or not to be? ¿Es el Destino, conjunto de circunstancias elegidas desde el principio por nuestra fecha de nacimiento?
¿O es el ADN, anónimo arquitecto seudomecánico de aminoácidos, combinador y creador de vida? ¿Es Dios, o Buda, o el karma, o el gran Arquitecto del Universo? ¿Es que la llanta cayó en forma caprichosa hacia ti, como en un rewind macabro de la muerte del conductor brasileño Senna? ¿O es que precisamente la llanta, el volante, la viga, el risco, la defensa, el motor, el rin, la ventana, los vidrios o lo que sea, no hayan estado con esos dados cargados, como los Rolling Stones mencionan, dependiendo en contra tuya, o a favor tuyo?
Estás, no estás. Sí, no. Uno, cero. Todo, nada.
Nadie lo sabe por seguro, incontables son las historias de “se salvó de milagro” e incontables son las otras historias, las de que “no se pudo hacer nada”.
Escuchas a Eduardo incitándolo a recordar sus historias que algunas de ellas invariablemente bordan en lo macabro, que aún me dejen inquieto de escribirlas aquí mismo. ¿Una de ellas? La del socorrista al que acompañó en una salida y que al llegar al “lugar de los hechos”, (otro cliché, indudablemente), un Volkswagen impactado contra la plataforma de un pesado camión “tórton”, detenido y sin luces en medio de la carretera, cuyas vigas habían golpeado precisamente contra el chofer y el copiloto del trágico vehículo. Al examinar primeramente los cuerpos, el primer socorrista le tuvo que pedir a Eduardo a que verificara si la persona fallecida, de las dos muertas, tenía una marca en tal parte del cuello. Al comprobar que así era, el primer socorrista rompe en dolor diciendo: “es mi hermano”.
Eduardo lo ve todo con el humo del tiempo, a trasluz en apariencia y sin comprometerse emocionalmente.
Le preguntó lo que se me ocurre y me lo responde todo de manera calmada, lenta, concentrado y enfocado.
Le pregunto por ejemplo tal vez no de manera atinada acerca de cuantas personas ha salvado, lo hago para dimensionar los hechos por más ridícula que pueda parecer la pregunta. Me confiesa que una vez se puso a contarlas, la platica se desvía y a final de cuentas no me dijo nunca como cuantas.
Lo hice para dar una idea aproximada en cuantas vidas intervino. Pudo ser él sólo o él con mas personas, no es eso lo que importa en este caso. Algo así como tú que haces en tus tiempos como hobby, distracción, en tus ratos libres vaya. Yo en mis momentos que me deja mi familia salvo a tantas vidas mensuales, ¿y tú?
Ellos.
Salvan.
Vidas.
De.
Manera.
Cotidiana.
Como si tú y yo que vamos y vendemos gasolina, casas, proyectos, abarrotes, discos, llenamos formas, realizamos trámites, todos los días. Como si tu tuvieras proyectos de jardinería y que los hicieras en tus ratos libres. Ellos salvan vidas, como la tuya o la mía. No es importante la de quién sea, la tuya, la mía, la del gobernador, todas son vidas.
Ellos las salvan. O hacen lo posible de lo imposible para realizarlo.
Este recuento no va con la idea de un reconocimiento en sí hacia la persona de Eduardo, no es eso lo que importa. Ellos, en la Cruz Roja, no lo esperan. Me lo dicen continuamente. Les creo.
Pero es muy probable que sea necesario que la gente sepa de él y de las personas como él.
A veces pasa que damos las cosas por sentado. ¿Un ejemplo? La basura. Sacamos la basura y hay personas que se la llevan a algún lugar que nosotros ignoramos y que en definitiva sabemos que no nos importará. Pero las personas que se dedican a la basura le son importantes a la sociedad o a la comunidad o lo que se quiera denominar al grupo de personas con las que convivimos.
En una historia de ciencia ficción que leí hace muchísimos años contaba la historia de personas que se encargaban de los desechos y que no eran la parte inferior de la humanidad, en lo que a logros se refiere. Tarde que temprano la gente que se dedica a la basura será reconocida como pertenecientes a un gremio que trata con algo importante: con la recolección, disposición, depósito, proceso y tal vez con la recuperación de lo que se puede rescatar de nuestros desechos. Algún día, estoy seguro, serán bien pagados y reconocidos.
¿Por qué hablo de la basura de repente? Porque lo que sucederá con ellos pasará lo mismo con los que se dedican a la vida humana en lo básico, no a repararla, sino a rescatarla en sí misma de sí misma.
Eduardo es taciturno. Trabaja como chofer. Preguntó o más bien trato de preguntar porque las cosas se fueron así. No me lo dice él, sino hasta después que se va me mencionan sus amigos que hubo cambios en la administración de la Cruz Roja local, con el paso del tiempo el equipo se disgregó. La entropía de siempre, todo tiende al caos y a la oscuridad cuando no se tiene la energía para contrarrestar el fenómeno de la decadencia.
Me habían contado que incluso Eduardo había puesto una escuela de socorristas, para mantenerlos al día y de cierta manera certificarlos para ver si cumplían con lo básico. También la escuela desapareció cuando Eduardo salió de la institución.
Los socorristas no cobran, son voluntarios. Conducen ambulancias ya de varios años, donadas la mayoría, no como en Estados Unidos que por ley, según esto, deben ser de a lo mucho modelos recientes de no más dos o tres años de antigüedad.
La Cruz Roja sólo se mantiene por las donaciones que por campaña se hacen anualmente. La última campaña de la Cruz Roja trae fotos con dramatismo inherente. Está una ambulancia chocada y un mensaje impreso: “Y a la Cruz Roja, ¿quién la ayuda?”. De cierta manera se sabe que las donaciones han bajado. Tal vez contribuya a ello que la gente se desasocia de los problemas que les pudieran pasar y la campaña de desprestigio que hubo no hace más de diez años contra un presidente nacional de la Cruz cuyo nombre no recuerdo.
Independiente de la política nacional el hecho es que a través de Eduardo me enteré de muchas cosas que yo ignoraba, o que prefería ignorar.
La actitud de una persona cuando ve muertos por doquier en un accidente. La actitud que debe de tomar para rescatar primero a los más heridos. ¿Cuáles son los más heridos? ¿Qué cara le pones a los que te piden en medio de los gritos, que se mitigue el dolor, y que no puedes hacerlo porque hay gente peor que ellos? ¿A qué nivel se comprende desde la distorsionada sensación emocional del dolor que presumimos desde nuestra propia experiencia como total que sólo hay dos o tres socorristas y que hay ocho heridos y que se tiene que esperar?
Alguien, una amiga ex socorrista voluntaria, me dijo de un caso en el cual estaba atendiendo en un accidente a una persona de inmediato, entre varias, y detrás de ella un señor le pedía que le atendiera, la entonces socorrista no le ponía atención, pensando que si alguien estaba de pie pidiendo ayuda bien podría pasarse cinco o diez minutos más esperando, mientras ella atendía a los que no podían estar de pie.
Pero la persona insistía, ante ello, la socorrista se desesperó y dejó de atender al primer herido para voltearse a decirle que si por favor esperara su turno.
La visión fue escalofriante. Cuenta ella, que la persona que le pedía ayuda, consciente al parecer pero en shock total y de pie todavía, estaba sin la cubierta de la piel del cráneo, en una gran parte desaparecida.
Inmediatamente lo colocó en posición horizontal tratándolo de estabilizar, lo cual fue logrado después de largos y aterradores minutos.
La sangre fría que hay que tener para definir criterios de vida o muerte.
La duda, siempre la duda de que si se hizo bien esto o se debió hacer lo otro. Zumpango, como en muchos de los caminos del centro del país, está lleno de “topes” para desacelerar a los automovilistas rápidos, o para castigar a los acelerados. Eso disminuyó los accidentes, de hecho. Por otro lado, los choferes de ambulancias saben que sus pasajeros cuentan con el tiempo justo tal vez para llegar vivos al puesto de socorros más cercano. Pero también saben que una mala maniobra, un tope no previsto, cosa común por la prisa y porque si no conoces los caminos te salen esos topes de pronto, pudiera contribuir con su golpe mayor o menor al rápido deterioro de la vida del pasajero.
Comentamos acerca del verdadero valor del cinturón de seguridad. Comentamos acerca de la cuestión de los donadores de órganos que mueren por accidente. De la indiferencia de las personas respecto al tema. Comentamos del hecho que en Estados Unidos decidieron no colocar cinturones de seguridad en los camiones escolares de su país, más de un millón de unidades, por considerarlo demasiado costoso, calculando que si cada año normalmente mueren treinta niños por accidentes, colocarles el cinturón a todas las unidades, al costo que fuera, no valdría la pena el rebajar esa cantidad a quince niños muertos, cantidad calculada de sobrevivientes que resultaría de accidentes de tránsito involucrando camiones escolares. Quince niños morirán fríamente por que no hay dinero suficiente.
Y si la velocidad máxima en autopistas la redujeran cinco millas, habría una gran baja en la cantidad de donadores de órganos en los estados Unidos. No sé con que pensamientos se pueden mirar esos cambios:
O sea, ¿se trata de salvar la vida de personas reduciendo los riesgos de velocidad? ¿O se trata de salvar personas en la espera de órganos necesitados para seguir su vida, órganos que provienen en la mayoría de muertes por accidentes en carretera por manejar a excesos de velocidad?
Acabo de leer que en el mundo mueren un millón y medio de niños debido a que tomaron agua contaminada. Este año y los pasados y los siguientes. La cifra aumentará a menos que...
La vida o muerte. Una muerte es una tragedia personal de alguien y su familia y amigos, cien muertes es una tragedia nacional. Millones de muertes son sólo estadísticas, Heinrich Himmler dixit.
Todavía es fecha de parte de Eduardo el preguntarse si manejó con la prudencia correcta en esas rutas. Todavía es fecha de parte de él, y no dudo que muchos ex socorristas también piensan lo mismo: “¿hice bien aquí?, ¿hice bien allá? ”.
Es impresionante el número de restricciones que existen al respecto. Me informaron de problemas mil respecto a que si mueves a un herido, a que si le revisas los bolsillos para buscar su identificación, a que si lo trataste bien o no, problemas que si se ven de cierta manera forzada, no queriendo ver, la por así decir, pureza del acto, los ponen continuamente en entredicho.
Ese entredicho que de alguna forma envenena la labor. Desanima a los más prendidos, y mata la voluntad de seguir ayudando. Así es este mundo.
Personas como Eduardo debe de haber muchas. No se conocen lamentablemente. Sólo salen de vez en vez cuando es el Día del Socorrista, como si sólo ese día trabajaran, como si sólo fuera ese día el que se les da su palmada en el hombro y se les dice: “muchachos, han hecho un buen trabajo”.
Pero hay algo muy inusual debajo de la epidermis de estos señores. Eduardo contó la ocasión en que cuatro personas, hermanos los cuatro, bajaron a un pozo cerca de donde vivían. Primero bajó una y no volvió. El pozo estaba seco. Otra fue de inmediato por si se había golpeado y tampoco volvió. La angustia se apoderó de todos los presentes. El tercer hermano bajó también. Nada. Fue el cuarto. Igual resultado. Llamaron a la Cruz Roja. ¿Eduardo se ofreció? ¿No había nadie más? ¿Sospechaba algo?
Eduardo pidió una cuerda. Se ataría a ella y bajaría.
¿Qué pasó por su mente en ese instante?
“Pensé que era gas... a veces hay depósitos de gas que se quedan guardados que luego con un desprendimiento de tierra se abren. No huelen a nada. Te adormecen sin que te des cuenta. Y ahí te puedes quedar...”.
Eso lo entiendo, pero... ¿y su persona? ¿Le pudo pasar igual?
“Sí, pero les dije que si tiraba una sola vez de la cuerda me subieran de inmediato...”.
Me imagino la cara llena de pesar, temiendo los presentes lo peor. La tensión total. Si ya bajaron cuatro y no volvieron, ¿qué pasará con el que sigue? El tiempo corriendo. Hacer el nudo. Empezar a bajar en la oscuridad.
Tocó el suelo. Sintió los cuerpos. Todos inertes. Se sintió desmayar. Tiró de la cuerda. Lo sacaron. Informó: probablemente los cuatro están muertos. Lamentablemente así fue. Cuatro hermanos muertos en menos de quince minutos. El dolor de la familia.
Dolor total. Dolor eterno.
“¿Por qué bajaste tú?”, le pregunté. Me responde: “Lo haces por los familiares. Eso es lo importante, por ellos y porqué ultimadamente alguien lo tenía que hacer...”. Nunca menciona la palabra “sacrificio”, nunca menciona la palabra “deber”.
Al contarlo Eduardo me mira sin ver. No mueve ni un músculo de más. Está concentrado y enfocado. Mi cara es la que está desencajada.
Al final de la conversación me dice: “tenía más de ocho años sin contar mucho de lo que te conté ahora”.
Pienso en ello. Pienso en las familias de las personas que se les murieron hijos, hermanos, padres, madres. Y también pienso en las familias que tienen hoy por hoy hermanos recibidos en su profesión, hijas esperando bebés, padres contentos celebrando un cumpleaños, madres agradecidas en silencio mirando comer a sus hijos su mole favorito, sus tamales de carne, todos los domingos que pueden, todos los domingos extras que pudieron. Los domingos prestados en sus segundas vidas, en sus segundas oportunidades.
Pienso en la moneda en el aire. Cara, te toca vida, cruz, te toca... más bien, no te toca, maestro.
Y pienso en Eduardo, ex socorrista de Zumpango. Tal vez miró la moneda arrojada al aire a punto de caer del lado de la muerte, y en miles de actos que suponían arrojo, desprendimiento del sentido de la autosobrevivencia, del de su propia conservación, en un rapto de disasociación de su propia seguridad, rapto que fue continuo, hecho cotidiano en su vida, casi desaparición de su propio instinto. Pienso en Eduardo que finalmente alcanzó a desviar la moneda y quedó al menos muchas veces, del lado de la vida.
Eduardo el socorrista que siempre lo será. Igual hay muchos como él. Lo sé. El mundo está mejor así. Razones de más para creer en el Mundo con gente así, con aciertos y errores, cualidades y defectos, porque ellos son humanos como tú y como yo, pero aún así...
Eduardo al final sonríe con cierta modestia. Le digo que es mi privilegio haberlo conocido. Está contento con lo que hizo. Esa es su recompensa, me dice.
La mía fue escucharlo.
Nota extra: Lo más triste del caso, un año y meses de que escribí este artículo, es saber que Eduardo tiene cáncer del pulmón y que vive en su casa, casi desahuciado.
Sirva esto como muestra de respeto a una persona que dio mucho por salvarles la vida a muchas otras personas más, mostrando como hay hilos fuertes dentro de esa gran red entretejida que existe entre lo que es la vida y la humanidad.
jueves, septiembre 14, 2006
Memorias de mi abuelo a veinticinco años de distancia

Mi abuelo cumplió esta semana veinticinco años de no estar aquí…
Escrito hace quince años y publicado por estas fechas, lo publico de nuevo.
Incluyo esta foto de una escena quizá realizada en 1964 o principios de 1965, cuando el Rancho Santa Martha estaba lleno de sueños… Mi abuelo es el de la extrema izquierda. Mi tía, “La Guera”, al frente, mi tía Lucha caminando. Al fondo está un pequeño almacén, hacia atrás estaría en varios años, otro almacén conocido como el Gallinero.
Como es costumbre en esos meses en esos lugares, debió de haber habido un frío de los mil demonios.
Lo que sigue me suena a las "composiciones" que hacíamos cuando estabamos en primaria o secundaria.
Es relativa a mi abuelo paterno, como ya se habrán dado cuenta.
Él nació en Camargo, Tamaulipas el 21 de enero de 1907 y no por desmerecer a mi abuelo materno, el cual nació hasta 1921, pero mi abuelo paterno fue más mi último nexo con un pasado ya muerto y remoto pero no olvidado.
La primera memoria que tengo de mi abuelo se remonta a cuando estába yo de unos cuatro o cinco años, allá en el rancho Santa Martha, lugar de dos hectáreas que él tenía por la carretera de Monterrey a Reynosa en el kilómetro 145 (luego redimensionaron y quedó en el 154), como a tres kilómetros después de Peña Blanca, y más precisamente a 100 metros después del Número Tres (que así se llamaba o llama la ranchería).
Por razones que desconozco a mi abuelo le gustaba el rancho (no puedo decir que le gustaba el "campo", porque diciendolo así me imagino un paisaje de planicies, praderas y arboles frondosos del tipo de los que salen en películas, y para nada, que el concepto "campo" a mí me recuerda más los terrenos áridos, de agostadero, con múltiples huizaches, mezquites y demás matorrales espinosos que son bastante frecuentes en la región del norte de México, especialmente en el municipio de General Bravo; eso es parte de mi concepto de "rancho", no de "campo"), y por tanto solo muy pocas veces él salía del rancho para ir a Monterrey, a la casa de mi abuelita.
Cuando coincidíamos él siempre nos quitaba la tele, él prefería ver "Estrellitas del Doce" y mientras que nosotros detestabamos ese programa, lo que queríamos era ver a "Gilligan" o a "Mr. Ed".
También estaba su caracter. Era muy enojón, es más, me quedé corto, cuando le colmábamos la paciencia más bien se volvía un energúmeno. Cuando estaba de mal humor, la situación era "¡sálvese quien pueda!", sobre todo sí nosotros fuimos los causantes. Tenía la mano pesada, muy pesada.
En tiempo de frío (y vaya que hacía frío por aquellos lugares), siempre estaba él con sus pantalones color caqui (nunca lo vi con otro colores, excepto en bodas), su chaqueta y su gorra para las orejas. Y siempre nos ponía a hacer algo, no le gustaba que no tuvieramos nada que hacer.
Barrer, limpiar, mover cosas, sembrar sorgo, ayudar en la fragua, (yo de nueve años sosteniendo, a como entendía, con unas pinzas de presión una defensa de camioneta Chevrolet 66 con una sección al rojo blanco, mientras que don Fidel, el herrero, dejaba caer a toda velocidad un mazo hacia el pedazo de metal doblado, acto seguido, un poderoso ¡BLAM! que casí me hace perder las pinzas de las manos, lo que de haber sucedido me traería consecuencias catastróficas), arrear vacas, cortar maíz, desgranar, traer tortillas del Restaurante El Lucero a trescientos metros de distancia de Santa Martha, mover pastura, sacar agua de la noria para llenar barricas de doscientos litros, regar los arbolitos de atrás de la casa, y tantas otras cosas que ya olvidé.
Pero lo que no olvidé ni olvidaré, era lo que tenía al fondo de la casa. Todo en relativa oscuridad. Arriba de un escritorio, acomodadas en hileras, un montón de revistas Selecciones y Contenido. Por allá, un diccionario Larousse deshojado probablemente de 1946 y más hacia la pared, una caja metálica de galletas sin galletas. Durante todo el verano de 1972 esas revistas y libros fueron mis únicas vías de comunicación con el exterior.
En las noches no teníamos luz eléctrica, usábamos una lampara de gas, a la cual me permitían prender, nada más que tuviera cuidado. También prendíamos una lámpara de petróleo de las que luego vería en abundancia sólo en películas.
En esos momentos de quietud, mi Abuelo organizaba juegos de lotería, y la jugábamos con entusiasmo. A veces me daban oportunidad de leer las revistas casi sin luz.
Al día siguiente de nuevo lo mismo, siempre él nos despertaba para empezar a hacer cosas, no a trabajar, claro.
Y así día tras día.
La escuela llegó y solo volvimos al rancho esporádicamente. A mi abuelo lo seguimos viendo al igual que al rancho, de vez en cuando.
Sin darnos cuenta, las visitas al rancho cada vez fueron menos.
Cuando metieron agua a la casa del rancho, también metieron baño y regadera. Cosas del destino, mi abuelo ahí se quebró la cadera o algo así. Lo trajeron a Monterrey y poco a poco se comenzó a habituar en la casa de mi abuela. Él, que era tan independiente, de la noche a la mañana no pudo evitar ser lo contrario.
Me pidió que le comprara una lupa porque ya no podía leer bien. Lo hice, y fue por ese tiempo, 1979 o 1980, cuando empezamos a platicar, de cosas, del pasado, de su pasado y empecé a conocer esa otra parte de la personalidad, la que me habla del ser humano en sí misma y no de la entidad institucional que conocemos como "abuelo".
Al platicar con él traté de conocer la faceta personal donde de alguna manera conectamos nuestro pasado y nuestro futuro, en donde nos damos cuenta de algo del origen de lo que somos y del porqué lo somos.
En aquellos momentos me platicó anecdotas particulares (una con don Marte R. Gomez, Secretario de Agricultura de ese tiempo, 1948), historias (sobre todo de cómo hacía para resolver problemas de sus cosas), me habló de poemas que aprendió de cuando era joven, y de muchas otros temas más.
Esa era la faceta más personal y real de un hombre que vivió y que se casó con una mujer, y que tuvo hijos y que luchó y que trabajó día con día solo teniendo en mente el bienestar de su familia. Un hombre que existió realmente y que tuvo sus virtudes y sus defectos, al cual ya no podré ver nunca más.
Cuando uno se encuentra con el terrible abismo que se descubre al examinar fríamente las absolutas palabras de NUNCA y SIEMPRE...
Cuando voy a McAllen, por la antigua carretera, paso por el antiguo rancho Santa Martha, ahora ya no sé como se llama ese lugar, pero siempre volteo hacia la derecha, hacia el recuerdo, hacia el camino que lleva a la casa, y pienso en el pequeño puente que pasa por un arroyito casi siempre seco, que hizo mi abuelo y donde se lee la simple inscripción "2-04-1966 LG".
Son ya diez años y yo... no lo he olvidado.
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