NnCt 1248 de pisos que vas bajando y descubres que todo es madera, escenario, luces, andamios y personas que le dan mantenimiento al gran teatro, de 1,440 predimensiones y prejuicios y reglas del viejo mundo que no sobreviven cuando las reglas del nuevo mundo aparecen. ///
CUENTO 1248 EL DE LA PANTERA QUE TODO LO VE
Es el cambio total, todo lo que pensabas te quedaste corto, no existe, es una ilusión, no es esa persona la que mandaba en la compañía y pensabas que esa era la persona a la que le debías lealtad.
Y todo porque no vendiste tú, todo era una engaño… todo eso pensaba Enrique, una vez más.
-¿Por qué estás despierto?
-Sentí la inquietud de nuevo…
-¿De lo de tu empresa? ¿Lo de la venta que me dijiste?
-Sí, es impactante, me trastorna… ya no sabes en quién confiar. Ni en ti mismo.
-La vida es así. No eres ingenuo, no eres nuevo, Enrique…
-Sí, supongo que la vida es así, pero no lo esperaba en el grupo de los que confío. Hacen negocios a mis espaldas. Acuerdos. No se vale. Esto es de confianza. Y no, al final no la hay…
Ellos no pensaron que se daría cuenta. O si pensaron que se daría cuenta sería un “sigue la jugada” genérico. Un “ah, ok, así es como se hace…”. Algún día tendría que aprender y como a todos nos gusta el dinero pues, se sorprende uno, se asusta, pero poco a poco se asimila y se disfruta de la recompensa.
-Y todo eso te lo dijo Carlos, digo, el cómo ocurrió…
-Eso es lo peor, creo. No, pero se le salió a uno de México, al Gran Jaime, que lo del cheque, que no soltaba el pago de la factura hasta que saliera su cheque. Su cheque. Él de él. Ahí fue mi pasmo y creo que se dio cuenta: “Ah, lo que pasa es que no le hemos mandado su cheque, pásame con Carlos”. Y ahí me enteré.
Enrique pensó que a partir de ahí es donde situó su derrumbe, la confianza, la precisión, la seguridad, el conocimiento de los productos. No sabía con quien hablaba, si alguien podría estar grabando la llamada o si el correo particular lo iban a reenviar, o si hablaba con alguien que tomaba decisiones o si con alguien que recibiría dinero. Se volvió suspicaz. Siempre veía las oficinas cerradas de su jefe pensando si estaría elaborando una estrategia de dinero con algún cliente. Se sentía relevado de las decisiones importantes. Y se imaginaba porque él no sabía cómo hacer las cosas.
Con su esposa de nuevo.
-¿Pero por qué te causa tanta impresión?, ya sabes cómo son todos…
-Sí, pero no pensé que en esta empresa. No es que seamos los máximos honrados del mundo, pero no pensé que había esos esquemas acá…
-Bueno, ya te diste cuenta de que no todo es real, que todos manejan esos como tú les llamaste “esquemas”.
Su esposa se durmió.
Enrique se paró a fumar un cigarro. Sintió la fuerza recuperada, sus pensamientos enfocados.
Recordó cuando empezó en la empresa, cuando todos eran años más jóvenes y había esperanzas, sueños, ilusiones.
Así vendieron y competieron y ganaron y perdieron, y se rieron y se enojaron, hubo puertazos, hubo gritos, groserías y carnes asadas e idas al Table.
La confianza era absoluta.
Todo había comenzado meses atrás, cuando con el tiempo previsto salió el interés de una venta y fue cuando esa empresa corporativa salió de la columna de “Contactadas” para entrar en la deseada columna de “Prospectos”, que Enrique miró y que la vio con el deseo que ya se fuera y ahí estaban Gustavo, el gerente de tecnología que tomaba las decisiones financieras y estratégicas y estaba Adrián, el que tomaba las decisiones técnicas y tácticas. Habían pedido tantas cotizaciones con todo tipo de combinaciones que ya era ridículo, por lo que Enrique ya estaba fastidiado, jamás le comprarían, sintiendo que ya para qué se esforzaban. Sólo jugaban con la empresa. Un tiempo perdido con la consiguiente reclamo de la gerencia local y la de Jaime allá en DF.
En una ida al Table La Pantera, del cual eran afectos los de la empresa, Enrique conoció a Raquel. Hermosa. Sinuosa, una pantera negra. Casi se enamora de ella. Gustavo estaba ahí a veces también, sólo hablaba con Jaime el grande, el de DF. Muy amigos, a Enrique le llamó la atención pero no para indicarle nada, solo una conversación. Lo curioso es que no hablaba del trabajo que se hacía con Adrián, el de proyecto que se cotizaba de todos los colores y listones y cuadros y bolitas, pero él, Enrique suponía que era algo tal vez de finanzas, de cómo pagar o implementar su proyecto.
En la ida a La Nacional, en el estacionamiento vio el carro de Gustavo, Audi, era hermoso, estilizado. Lo que hace
Estaba Gustavo hablando muy de cerca con Jaime. Igual, pensó que eran amigos. Y parecía que sí lo eran, Jaime solo contaba cosas leves acerca de su amistad pero parecía que era de años, cosa rara porque Jaime era de México y Gustavo pues, de Monterrey y no era de que Jaime tuviera amistades muchas en Monterrey.
Una vez Enrique habló con Jaime por teléfono y mientras buscaba a Carlos, mientras éste se desocupaba, le quiso hacer plática.
-Oye, Jaime, ¿cómo te fue siempre con la chica esa del Table, la Angélica, la de los pezones del tamaño de…?
Jaime le interrumpió con su sonrisa, imaginada, de los millones de dólares:
-Jajaja, ni me digas, me pasas a Carlos, por favor, y sí está ocupado con su asistente dile que se trata de Gustavo.
A Enrique se le hizo raro lo de tanto secreto y amistad.
Decidió dejarlo por la paz.
Un día llegó la queja de Adrián de que no era atendido por Enrique. Carlos le reclamó a Enrique que para qué estaba. Que si quería le quitaba la venta y se la pasaba a Oscar. Enrique discutió con Carlos de que había hecho diez cotizaciones diferentes con todas las posibilidades imaginables. Carlos le dijo así sean cincuenta de la misma, se debían de mandar. Que se estaba para el cliente. Que el cliente era la razón de existencia de todos los de esa empresa.
Enrique le dijo que eso no tenía sentido. Que hay límites de entendimiento, de relación empresarial. Que él había hecho lo posible en la relación de servicio de Prospecto-empresa. Que ellos sí podían reclamar, pero que estaba dentro de la relación cordial normal. Eso pensaba.
Carlos le dijo que Gustavo pensaba diferente. Que si el quería cien cotizaciones de un proyecto, se mandaban las cien cotizaciones del proyecto. Que no es tema de caprichos o de juego. Que si no había otra opción este era un mercado de compradores y que había más de cinco opciones posibles. Que la competencia no estaba muy lejos de empatarles las ofertas.
Lo hizo a regañadientes, la 11ava, que era la misma que la 3, lo notó, de hecho, la más cara de todas.
Increíble pero a los pocos días llegó la orden de compra.
Se pidió el equipo y todos felices. Enrique estaba en la sorpresa todavía y ese mes ganó el mejor vendedor del mes, título que no conseguía desde hace un año ganándole a Jorge Villarreal que siempre ganaba un mes sí, un mes no y al siguiente sí. Odiaba a Jorge Villarreal en el ambiente comercial, pero le caía bien como persona.
Así fue todo el protocolo, todas las amonestaciones.
Algo de pasada que sorprendió un poco a Enrique era que no negociaran nada. A veces las cosas se dan, pensó.
Sólo que en el proceso normal algo ocurrió. La gente de compras y de pagos de su empresa ya le estaba diciendo que la empresa cliente no había pagado.
Y cuando una compra grande no se paga hay problemas financieros que tienen que ver con fianzas y otras brujerías que Enrique no estaba familiarizado. Solo que significaban problemas, recriminaciones y como era el de ventas él era el responsable, tema que no entendía con claridad.
“Yo solo vendí, eso de la cobranza, ¿no tenemos un departamento dedicado?”
Fue cuando ocurrió la llamada de Jaime.
Y cuando todo hizo dos más dos igual a cuatro.
No le cayó mal la comisión que recibió que fue cuantiosa y que en casa la necesitaban. Es fabuloso cuando recibes tanto dinero. No lo puedes creer. Eso pensaba Enrique. Qué hice para merecer tanto. Sí se había necesitado de experiencia, de conocimiento, de paciencia, de persistencia. De aguantar los dardos internos y externos de la insatisfacción corporativa.
Enrique fue al Table esa noche particular y pidió hablar con Raquel, cosa que le molestaba algo. Él era amigo de Raquel, no era un cliente más. Se saludaba de beso en la mejilla afectuosamente. Abrazo de sentimiento emocional real. Ignoraba el hecho que con los demás clientes era igual.
-Sí, fue decepcionante. No soy tan buen vendedor, Raquel. Todo fue armado. Todo es armado.
-Papi, sí lo eres. Eres bueno. Has sobrevivido con esa gente estos años, sí lo eres.
-No, la empresa soborna. Pensé que solo lo hacía la competencia. Los compañeros se ufanaban de que nosotros no lo hacíamos y me lo creí.
-¿Crees que has descubierto el hilo negro, mi cielo? No olvides dos cosas, me hace gracia que porque me ves vestida de este personaje que muestro en este lugar, se te pasa reconocerme que soy economista, que sé de negocios y aquí recibo a muchos ejecutivos. Me cuentan cada cosa, corazón. Eso de las dádivas, es práctica, más que esporádica es frecuente. Así se mueve este país. ¿Porqué no lo olvidas, mejor?
Enrique la besó y acarició sus senos y pasó su mano por sus piernas con esas medias tan fabulosas dejando en sus manos y yemas de los dedos una sensación fuera de este mundo. Lo olvidó.
Pero no mucho.
Pasaron los años, la empresa se disolvió. Las competencias nuevas, los enfoques viejos, los cambios generacionales ocurrieron, los grandes ejecutivos clave dejaron de serlo, ascendieron a otros con nuevas habilidades. Todos los negocios millonarios de su empresa se disminuyeron primero y luego se desvanecieron. Internet llegó para democratizar las telecomunicaciones y hubo muchos damnificados, lo que era carísimo, exclusivo y lleno de beneficios y ganancias, cualquier adolescente lo podía tener en la computadora de su escuela. Monterrey se llenó de gente. De carros.
Un día Enrique vio a Gustavo. Este no lo reconoció. No sintió ni rencor, ni amistad, solo negocios. Vio el carro, era un Audi de lujo.
Enrique vio sus llaves. Vio la punta de una de ellas con un gran filo. Se acercó. Miró a todas partes y no vio cámaras ni personas por ningún lado.
Se le salió en su mente el impulso de rayarlo totalmente. A esa gente no se merecía que le fuera bien. No era posible que anduvieran por el mundo felices, satisfechos. El mundo estaba equivocado premiando al que no se merece.
Tuvo deseos de dañarlo, de que ese carro que tal vez sí o tal vez no vino de un soborno, de una dádiva, no quedara intacto, que el rayón en la puerta o en donde se abre tuviera mil rayas de metal a metal, que le destruyera la perfección que era el auto, la culmen de la tecnología y el dinero y la hazaña mecánica.
Se imaginó rayando, golpeando, A los pocos segundos pasó el impulso. No debería ser así. La gente espera civilidad y en realidad Gustavo no le hizo nada particular a él.
Y ya no volvió a pensar en Gustavo.
Por unos segundos.
Y el rayo fue tan de pronto que creó un universo de existencia y de posibilidades y caminos y de lo que debía pasar, de lo que no debía ocurrir y de buenas prácticas y de que no le hagas al otro lo que no deseas que te hagan y que el criterio y el seguimiento de normas es necesario para que la civilización continue.
Se regresó y fue hacia el carro de Gustavo, miró a todos lados checó la cámara, vio que en realidad estaba lejos y no le importó la consecuencia. Sacó su llave y le rayó con precisión debajo de la ventana del conductor la palabra, “Corrupto”.
Hay pinturas y superficies que son tan delicadas.
Más fácil de lo que pensaba. Nada que no se pudiera arreglar en un taller de hojalatería.
Con eso era suficiente. El tema era la palabra.
Corrió hacia la salida y ya no miró hacia atrás. ///1248
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