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miércoles, febrero 06, 2008

El amor prevalecerá.

Poetas, belleza, Sentir vibraciones que derriten al mismo aire. El vivo deseo de estar vivo junto con alguien en particular. En consonancia con ese alguien en particular. Sólo con ese alguien como si los 6,200 millones de personas más no existiesen. Mundos finitos e infinitos que se abren con el fluir de una canción, o de una emoción, o de un recuerdo, o de una resonancia, a través de las distancias, a través de los tiempos.

¿Lo peor de una relación? El no saber porqué. El famoso no-sé-qué. ¿Qué le miras a ese tipo? ¿Qué le miras a esa chava? La belleza genera atracción. La atracción es parte de lo obvio. Y lo obvio es lo obvio, pero lo maravilloso en ocasiones es más mágico cuando no es tan obvio.

¿De dónde sale el amor? Dicen que de una necesidad profunda de estar con alguien. De pensar en alguien. De sólo querer hablar con alguien. O de sólo querer guardar silencio con alguien. De sólo querer tocar a alguien. O de sólo querer que ese alguien te toque. Nada más. Nadie más. Si una persona más aparece en la ecuación, no es amor. Es sólo algun tipo de necesidad egoísta. Nada más.

Una mirada correcta. Una sonrisa. Un guiño. Un tono de voz. Una deferencia sin sentido, sin causa aparente.

El amor ha estado en la mente de todos. Desde el más bajo al más alto al mas rico al mas pobre. Panistas, priiestas, perredistas, ecologistas. Y a todos los que estamos en medio.

Lástima que con el paso del tiempo se esté descubriendo la razón de las cosas. Pero es muy probable que ese conocimiento se quede con un puñado de aguafiestas. Según un número reciente de la revista Time, científicos que se creen con el derecho de sólo ellos decidir que es lo que sucede en la mente de las personas enamoradas han descubierto pistas.

Y ahí están esgrimiendo razones. Amor como resultado de necesidades sociales y biológicas. Amor como resultado de cuestiones un tanto mecánicas de afianzar lazos de unión entre personas para preservar las crías resultantes. Amor como resultado evolutivo. Amor como resultado de mecanismos disparados a través de oscuros espacios entre neuronas que se complican con cuestiones hormonales que se subliman con detalles de neuronas y sinapsis.

Que si las drogas actuales que sirven como ayudas sociales o como antidepresivos se encuentran en el camino del amor. Que de cierto modo sus dosis son las que asimismo podrían ser dosificadas nuestras necesidades amorosas y de reproducción. Que no somos más que robots emocionales en potencia. Marionetas con cuerdas genéticas poseídas de sentidos de libre albedrío sólo aparente.

Esa búsqueda científica del porqué del amor. Del porqué enloquecemos. Del porqué flotamos. Porqué morimos. Porqué renacemos. Y poco a poco ellos lo sabrán. (O creerán saberlo.) Todo lo diseccionarán. Lo visual, lo auditivo, lo olfatorio, lo táctil, los procesos neuroquímicos. Las necesidades que lo hacen factible. Y las que lo hacen posible.

Y nada tiene que ver con la procreación, pero sin embargo... Y todo parece apuntar hacia más arriba... y no necesariamente divino.

Y los científicos analizaron y segurián analizando también el ritual de la primera cita y sus subsiguientes. Después de que a través de decenas de dudas, corazonadas, decepciones, esperanzas se llegue a la persona correcta... que es ahí es donde todo da lugar.

A través de máquinas oscuras de resonancia mágnetica se busca saber porque se siente tan bien el estar enamorado. A través de paneles de control misterioros se ha sabido que se realiza en lugares extraños y poco necesarios de saber por todos los demás normales y mortales, como ventrales tegmentales, en las regiones inferiores del cerebro, que es donde se deduce dónde la sensación del romance es procesada.

Lo magnificente reducido a una simple emisión de una refinería glorificada de dopamina. Pero, si la reflexión se da, descubriríamos que en eso también hay gloria.

Por raro que se escuche, la dopamina regula la recompensa, como cuando ganas en el pókar, es ahí de donde sale la señal de que te emociones. Cuando estás pensando en comer o cuando esperas un aumento de salario (todo es posible), es de ahí de donde fluye una cantidad continua de dopamina que te hace sentir el placer de la anticipación. (¿En tu mente? ¿en tu alma? ¿en tu espiritu?)

Ahí es donde esas máquinas de magnética resonancia revelan la señal inequívoca física del amor. De ahí se envía dopamina hacia las regiones superiores. Y es donde crea la motivación, la conducta encaminada a triunfar, la de conseguir objetivos. Incluso crea el extasis. La sensación de tocar el cielo. La sensación de flotar. La sensación de la eternidad.

Pero, como indican los estudios, no solo de dopamina vive el hombre. También de serotonina (sustancia que ayuda a que los neurotransmisores fluyan). Y sobre todo, de oxitocina.

Porque, mis amigos, la clave de la unión de dos bellas personas, es por la continua producción de la oxitocina de ambos. Refuerzo llama a refuerzo. Causa y consecuencia en una continua danza. Ésta oxitocina aparece en muchas partes, como por decir en el parto. La mujer en parto recibe una gran cantidad de oxitocina. El hombre que está esperando el niño de su mujer también la genera. Todo para estar unidos. La naturaleza es sabia, pero en ocasiones es más lógica. Refuerzo-llama-a-refuerzo.

Más sin embargo el amor sigue... Y sigue en las fases del pásame-el-periódico, o en la fase de porqué-no-mejor-jugamos-Monopolio. Y es porque sencillamente tenemos que adaptarnos a vivir juntos, más que por otra cosa, porque los niños y su crecimiento normal más su maduración propia así lo requieren. Y para que eso se dé se necesita amor. Causa-consecuencia-refuerzo-llama...

Y en estos tiempos de tecnología a través de sus artilugios de pantalla-teclado que impulsa más el conocer personas a través de las distancias, incluso a través de los océanos, esto no necesariamente diluye la posibilidad de encontrar a alguien que podrás amar y que estudie en tu misma escuela, o que trabaje en tu misma oficina, o que vaya a tu misma iglesia, o que viva al lado mismo de tu casa.

Todo puede pasar y hoy es el mejor momento para que pase. Aún si todo llega a ser una mezcla extraña de hormonas, feromonas, impulsos sociales, neurales, biológicos, a pesar de lo que haya en el no-se-qué catalítico posterior del cerebro, a pesar de que los científicos evolutivos descubran, a pesar de que los psicologos propongan, a pesar de lo que los tecnológos inventen, a pesar de que hayas o no producido el día de hoy tu dopamina, hoy, nadie te lo podría negar al cien, hoy puedes enamorarte.

Lástima que con el paso del tiempo se esté descubriendo la razón de las cosas.

Pero recuerda: al mismo tiempo puedes elegir en no creer esas razones.

Sólo ama. Sólo déjate amar. Ya sólo te quedaría rezar porque sea eso con quien quisiste, para toda la eternidad.

miércoles, enero 23, 2008

El amor de todos tan temido en Tajimara


La noche anterior yo había dormido por primera vez junto a ella y nos habíamos levantado juntos. Nos habíamos dormido abrazados, pero durante el sueño nos separamos y durante toda la noche apenas me daba cuenta, inconscientemente, estiraba el brazo buscándola.
Era una de esas tardes grises en las que, sin embargo, no llega a llover realmente, sino que sólo de vez en cuando caen algunas gotas gruesas y uno se queda con la sensación de que ha faltado algo o algo se ha frustrado, algo que de alguna manera nos disminuye.

Juan García Ponce, Tajimara

Tajimara es una película dirigida por Juan José Gurrola que vi hace días una tarde de domingo en el canal 22 de México y que más bien es un mediometraje y que junto con Un Alma Pura forman Los Bienamados, una película que en 1965 fue producida para estar en el Primer Concurso Experimental de Largometraje de ese entonces.

La historia es original de Juan García Ponce, también en ese entonces joven escritor mexicano de apenas 24 años.

Como toda película experimental que se respete (más si está en blanco y negro y si es mexicana y si es de los años sesenta), ésta comienza buscando a fuerzas lo inusual, en imágenes cambiantes en cuanto a enfoques y desenfoques, en el caer del agua de lluvia sobre el parabrisas, y sobre todo en mi caso, en la figura llamativa que nunca falta y que me hace perder la concentración y que puede ser un carro como el que un día le vimos a un tío cuando éramos pequeños.

Obvio que cuando cuentas historias, que pueden ser personales o que aparentan ser personales, y que intentamos que los demás piensen que no son personales, siempre tratas de encontrar tu camino creativo en base a tus fantasmas, a tus deseos, a tus fábulas, y tratas de mostrarlas o anularlas o volatizarlas en base a cuentos e historias que siempre guardaste y que dijiste que un día sacarás.

En el caso de Tajimara empieza esa historia como dos caminos temporales que se van cruzando con una bella y joven Pilar Pellicer actuando de pivote o de bisagra metafórica, estando en una escalera recargada frente a una puerta esperando por algo, o por alguien.

Perdonando el estilo de escribir esta nota de blog o artículo en particular, esa imagen (entre muchas de la mujer tomada como concepto mágico inalcanzable, o como terreno a conquistar posible, mapa tridimensional a explorar en su momento ya sea por fuera o por dentro, mejor por dentro, o como fuerza de la naturaleza incomprensible o inconcebible, fuera de nuestros sentidos), repito, esa imagen de una mujer recargada es cuando la vemos, de entre muchas, en todo su poder. Nadie puede adivinar que hay dentro de esa hermosa caballera negra, nadie y quien lo diga estará equivocado. Tal vez ni ella misma. Y nosotros, tú, él, sin jamás saber si ella obedecerá su instinto, o al tuyo, o a algo incomprensible que residirá por siempre en el misterio de lo femenino.

Siguiendo con Tajimara.

Aparece Claudio Obregón en su papel de Roberto, novio/amante/admirador/confundido que a muchos les/nos ha tocado jugar en cada uno de esos roles como si estos fueran dictados por las caras de un dado que es revuelto por cósmicas manos maliciosas.

No saber todavía cual es el rol que jugará la fortuna amorosa en ese día en particular, o el anterior, o el siguiente… Pero lo que sí sucede es el momento en que los dos amantes están vueltos en contra del otro, dándose la espalda, y el narrador (Roberto-Obregón) hablando melancólicamente de cómo se castigaban el uno al otro en esa pregunta mortal, un tanto abismal y sin respuesta de ¿por qué no fui yo su primer amante?.

Y desde esos momentos la historia de Tajimara proyecta destrucción, dolor, desolación en dos personas, separación y abismo y ella diciendo de pronto, me estoy entregando a ti por completo, no te hagas a un lado, no te lo permito, con ese tono de mujer que sabe que puede dominar, que pudiera ella hacer lo que ella quisiera con uno, que el hombre (de hecho, es su hombre en ese instante) que estuviera pensando de otra manera, se llevaría su ira con él.

Mujeres a las que habría que temer, o amar, o desear…


En el mundo de Tajimara, curiosamente aparecen antropólogos, traductores, artistas, actores, escritores, se siente que se habla dentro de un círculo especial, reservado, con cierta sensibilidad cultural que la gente normal (generalizadamente normal) no tiene… y no le interesa saber.

De pronto, sin saber porqué, aparece una pista de patinaje y se escucha a Perry Como (supongo) cantando en un altavoz atroces canciones inocuas. Muchos jóvenes deambulan por la pista. Se perciben los rituales de la adolescencia, los que existían al menos hará treinta años. Ellos allá, ellas acá y haciendo lo posible por llamar la atención, de manera sutil, o de manera hiperrídicula o sea, lo que se sigue haciendo ahora pero de manera confinada en los espacios virtuales, en la lucha por llamar esa atención diciendo, exigiendo, que los o las del sexo contrario se den cuanta, de que yo soy el indicado, de que yo soy la indicada…

Ahí en la pista de patinaje aparece un viejo actor conocido de todos, José Alonso, sólo que aquí se ve jovencito, contenido, sin aparentar ser él, quien sería uno de los actores más importantes de su generación por venir. Sería él, Guillermo, el tipo al que Cecilia querría realmente desde su adolescencia. Si no me expliqué lo suficiente claro es que estoy en lo correcto. Y es que así es el amor juvenil, inexplicable. Ya lo dice una vieja canción: “yo la amo/ y ella ama a él / y él ama a alguien más / ¡el amor apesta!”). Repítase ad nauseaum, o ad astra, lo que sea primero.

Volvemos a la recamara, donde la cama se muestra en sus funciones avasallantes de recinto sexual (¿las otras?, nacer, dormir, descansar, yacer, morir). Se mira la almohada, sus pliegues, nos hace presenciar la tragedia humana del no sentir nada.

¿A final de cuentas, la tienes, pero que es lo que tienes? ¿Qué es lo que existe? Son esas preguntas sin respuestas aparentes. Las que hacen mirar hacia el techo. Sintiendo una respiración, un aliento. En el que los pensamientos no son invadidos porque tememos que no sean para nosotros, o de nosotros, o hacia nosotros.

Entramos a Tajimara, que además de dar el nombre del mediometraje es la casa de Pixie-Julia, Pixie Hopkins, aquella mujer que en los 70’s nos aportó sus pestañas postizas y que en esa sociedad de consumo, totalmente dominada como era la mexicana de esa década, sus pestañas sexualizadas hicieron tanto furor que aún ahora se escucha de pronto esa frase, “ella traía sus pestañas Pixie”.

Y ella aparece ahí, casualmente, todavía a años de distancia de su look que la haría famosa en los eras por venir. Los que la vimos años después en su apariencia extranormal la vemos sin adorno, tal cual es. Y aparece artista junto con otro joven, Carlos, con quien vive en ese lugar taller casa donde pintan sus obras e invitan a sus amigos.

Y Roberto, o sea Obregón, nos confía, con nostalgia, como si quisiera explicarnos: en la calle había viento, afuera estaba gris, ya nada era igual.

La escena ahora es en el auto. Una mujer, Cecilia, en el carro, ella en el volante y esperando. El hombre entra y la lluvia afuera. Nadie a la vista y el universo en su totalidad, galaxias y agujeros negros, singularidades y demás, dentro del vehículo seco ya no son asunto más que para los de dentro. Pero ella dice casi con descuido, de mala gana: no quiero que pase nada, ten cuidado. Suficiente para cambiarlo todo. Él nos menciona: Lo mío y lo de Cecilia es diferente. No hay que mostrar más.

Aparece ahora una escena de tranquilidad, en es casa de ensueño y paraíso, podría ser Cuernavaca, Cuautla, que sé yo, que soy del norte, árido e ignorante, están sentados en equipales, esas maravillosas sillas tradicionales que hacen con cuero, únicas, realizando entre todos un pre-happening inconsciente, aparentando ser cool, iluminados por el beat, advenimiento preciso de lo in. Alguien le dice, al mirar una de sus pinturas, a Pixie-Julia: daría cualquier cosa por tener tu fuerza ante la pintura. Parecerían éstas obras influenciadas por las corrientes que Vicente Rojo y Gunther Gerzso pintaban por la época, figuras geométricas, planos de colores vibrantes y alegres (aún estando en blanco y negro para nosotros), audaces diseños basados en el pasado de esta tierra y de su futuro.

No tardamos en darnos cuenta que el personaje de Pixie-Julia y su pareja, Carlos, son hermanos. Y que llevan a cuestas esa situación. Tema complejo, la verdad. Pero bueno. De algo escribían en los sesentas y no era de cosas sencillas o cotidianas, no señor (o algo pasaba al respecto, el tema del otro cortometraje con el que Tajimara forma Los Bienamados, Un Alma Pura, también trata de… incesto. ¿qué pasaba en la mente de estos escritores de los sesentas?).

Obregón-Roberto cuenta de narrador al ver de nuevo la escena de él de nuevo con Cecilia, y se miran los mismos jóvenes en patines, y nos recuerda que debieron haberse casado a los quince años, y que todo hubiera salido bien.

De pronto, otro cambio temporal: aparece en Tajimara (la casa) Guillermo, el primer amor de Cecilia, o sea, el José Alonso que vimos al principio, pero otro actor, mayor, por supuesto. Cecilia, lo mira y lo saluda ahora, total e incomprensiblemente sumisa.

La indomable que ya no lo fue.

Corte a una fiesta y vemos a muchos de los actores y no actores que formaban parte de un círculo cultural de entonces, no sé si privilegiado, en donde aparece el mismo autor de la historia, Juan García Ponce, en la fiesta en la casa Tajimara, ahí vemos a la actriz Tamara Garina, al mismo Carlos Monsivais de siempre (el que sería el ajonjolí de todos los moles al pasar los años, todavía recuerdo una revista que decía en su portada: "en esta revista no escribe Carlos Monsivais"), a Beatriz Sheridan, a Lucía Guilmaín y a Juan Ferrara, hermanos también ellos, en una fiesta que tiene de todo, alcohol, representaciones y aburrición. Al final de ella, todos están exhaustos. Monsivais parece sólo mirar hacia el suelo, hacia la pared, hacia el olvido.

(Lo cual nos pone a pensar también, ¿para quién se filmaba esto? ¿Para el público en general? ¿O para ellos mismos?)

Al mirar las escenas de la humanidad en fiesta, en celebración, en descanso, en fatiga total, te pones a pensar en lo que el amor domina todo, deja tú la economía o la falta de recursos, finalmente es el amor en sus aventuras y desventuras, en los haceres y decires, en los triángulos, cuadrángulos y pentángulos que se materializan de manera perversa como hiedras venenosas alrededor de la inocencia, en forma de una mujer que se adivina desnuda porque está recién bañada y que te pide maravillosamente que le pases la toalla para secarse, sin rubor, sin pudor, sin parpadeo siquiera, haciéndolo de una manera que sea lo más natural del mundo, de su mundo, que te lo pida. Tarde gris en la que no llega a llover.

Cecilia dice, ese es el coche de Guillermo. Obregón-Roberto, responde, te quiero. Cecilia, contesta, no digas tonterías. La lluvia afuera contra el parabrisas. Y continúa, Me voy a casar con él... y si te interesa saber, no, no me he acostado con él.

Es 1965, y parece taaaan 2008.

Otra fiesta, música jazz. ¿Por qué no se escuchaba la música rock de entonces? ¿Es cierto que se escuchaba más el jazz? ¿O era otro signo sutil de esnobismo?

El hermano-amante de Pixie, Carlos, sabiendo ya el futuro próximo, aparece totalmente borracho, y se escucha otra voz: En cada crucifixión hay un buen ladrón… que se queda con la gloria.

Una boda. Es Pixie-Julia, que se casa con alguien más. “Parecía una virgen de pueblo”, alguien dice. No, no es el hermano por supuesto. La moral y la biología están, milagrosamente, contra ello. Es su novio correcto y formal, tal cual debe. Los trajes de los hombres con sus hiperdelgadas corbatas, asombrándose de verse usándolas.

Obregón-Roberto, sale solitario de la iglesia dejando el matrimonio aparentemente no consumado con cierta prisa. Atrás se quedan todos, Cecilia, Guillermo, Carlos, Julia, el Novio Amado, el Novio Amoroso. Afuera hay Renaultitos. Hay Chevrolets. La misa no ha terminado.

Obregón-Roberto sale hacia quien sabe donde.

Sólo se oye la voz. ¿Para qué hablar de todo eso?

Y sólo fueron 45 minutos. Una vez más. Es 1965, y parece taaaan 2008.

martes, enero 15, 2008

El caso de los trailers fraudulentos. O cómo va tanta gente a ver cortos de película engañosos.

El punto es, ¿de qué escribir? Habiendo tantos temas y aún así como que me encuentro no exactamente en un bloqueo pero en algo similar. Entiendo que algo como el perro del hortelano.

Esto es más bien un atiborramiento de temas diversos como por decir, de El Metro, o sea, el Sistema de Transporte Metropolitano de la ciudad de México (al que le traigo muchas ganas), o de la película de Kill Bill Vol. 1 y 2, que la he venido arrastrando por un buen tiempo, o de la película de Across the Universe, que acabo de ver no hace mas de dos semanas y que me fascinó sobre manera, o de muchos otros temas que han salido por ahí. O también puedo hablar de la novela de William Gibson de Patrón de Reconocimiento, Recognition Pattern y que acabo de leer. O tal vez pudiese ser de La Guerra y la Paz, del bueno de Tolstoi que estoy leyendo de nuevo. O de el libro de The Soul of a New Machine, de Tracy Kidder, que tiene muchas cosas fascinantes. Ya veré…

Resulta que también por cierto ya llegué a 15,000 visitantes a este blog, según un contador y según otros ya los pasé, según otros de más allá aseguran que no he llegado a tal cantidad.

Lo peor, como siempre, los detractores amigos que dicen con cierta malicia inocente disfrazada, “sí, pero, ¿cuántos te leen?” Goddamn it!

Esto de los contadores es una ciencia no exacta, ya lo he comentado pero solo son puntos de referencia finalmente. Ni los mismos proveedores de esos contadores de visita se ponen de acuerdo. Que si los hits que si no los hits, que si captan la atención o no la captan.

El punto no se va por cambiar de tema, ¿por cuál tema (precisamente) me decido?

Otra cosa peor: Me insisten estos amigos que haga artículos más pequeños. Más concisos. Que le haga como le hacen los escritores de editoriales o columnas diarias de periódicos. Leer cualquier cosa de un artículo de alguna revista o algo de un libro que estén leyendo y que lo comente. Así ellos van salvando el día.

No digo que es malo, al contrario. Da un buen sabor de boca el escribir de cualquier cosa, mientras esta valga la pena. Ya se verá si se puede o no. Ya veré si tengo el tiempo de minieditarlo, si se puede o no.

Hagamos la prueba. Total. Ni quien nos regañe, ¿verdad?

Veamos.

Aquí hay un tema. El primero.

El caso de los trailers (o cortos) fraudulentos.

Hay un cuate que me gusta mucho leer en el New York Times, que se llama David Pogue. Él escribe sobre tecnología de consumo, mas que otro tipo de tecnologías, él escribe de cámaras, de Ipods, de Smartphones, de PDAs, de compañías celulares, de tiendas, de hecho escribí sobre él y una opinión que salió hará seis meses sobre esa compañía de Slim, que ya vendió, y que daba, o da, muy mal servicio, llamada CompUSA.

Así las cosas este cuate escribió la semana pasada en su columna de Circuits, que así se llama esta, sobre el cómo se sentía defraudado por ver unos cortos que de alguna manera sobrevendían la película.

Hablaba Pogue del caso específico de esa película llamada “Tesoro Nacional: El Libro Secreto”, en la que sale Nicholas Cage, que al estilo de Indiana Jones, se pone a buscar no se qué que afecta a los Estados Unidos y al mundo, para variar.

Respecto a esta película, no la pienso ver hasta que salga en cine o en cable, dudo que valga la pena en sí, sólo como algo de entretenimiento y ya. Nada más en realidad.

Pero no sé que mosca le picó a Pogue que le dedicó toda la columna de la semana pasada a ese tema y el de esta también, con la reacción al respecto a lo que había afirmado.

El caso es que le llamó la atención hasta que punto los cortos de una película confunden a la gente. O la engañan.

Que él tenía muy claro lo que había visto en los cortos de la misma y que muchas de las escenas mostradas no aparecieron. Frases que no fueron dichas en ciertos contextos, escenas que fueron mostradas desde otros ángulos. Que por ejemplo en los cortos aparecían las pirámides de Egipto, las cuales no aparecieron en la película. Que aparecieron escenas del Lincoln Memorial con Cage en ellos, y que estos tampoco aparecieron.

El punto es que esta semana, como dije, la cosa continuó y el propio director apareció en el debate puesto en Circuits aduciendo que no es culpa de él ni de su equipo que se haya mercadeado la película de ese modo. Que lamentaba mucho que las compañías productoras de películas lo hagan y que los abogados de estas afirmasen que no pasaba nada si se llegaba a hacer eso.

Que lo que se ve en los cortos son incluso escenas desechadas que fueron utilizadas sin su total aprobación. Que eso es práctica común.


Que los estudios siguen viendo las películas como una inversión-producción-negocio que no da para que se escatime en recursos para atraer a la gente.


Que quizá ese pueda ser un problema como por decir afirmar que la película de Sweeney Todd, de Burton, se anuncie como un musical con tonos cómicos, cuando es algo más complejo, una comedia musical con tonos macabros incluso.


Que eso finalmente sí puede afectar a una película cuando se anuncia de una manera, la gente va a al estreno y descubre que no es como se las pintaron y de ahí se va todo al desastre fruto del boca en boca, que se dirá lo que se diga en estos tiempos, pero que es poderosísimo.

En fin.


Esta costumbrita ha sido de toda la vida y siempre ha puesto el dedo en la llaga: ¿Cuántas películas se hubieran preferido evitar de ver si nos hubieran dejado los verdaderos cortos, es decir, verdaderas escenas en la película?

Los cortos o trailers sirven para seducir, para captar la atención, para lograr convencernos que es necesarísimo para nuestras vidas el ver determinada película. Es una de las principales herramientas de mercadotecnia de una película, otra son los posters en los cines y los panorámicos y en las paradas de autobuses.

Estos cortos duran muy poco, por algo le llamábamos así desde que supimos que era el cine al principio de nuestra infancia.

A mí me pasó en una película llamada Un Loco Amor, o Fool for Love, de hace como veinte años, en donde salía el conocido dramaturgo Sam Shepard, y la bellísima Kim Basinger, a través de lo que percibí en esos cortos, la imaginé como una comedia.

Y me preparé para ver eso, una comedia. ¿Por qué? Porque la escena principal del corto era cómica, divertida, simpática.

La película es un drama de dos ex amantes traicionados. No digo que era mala, pero como que te preparas a ver una película que es comedia y luego resulta que es cualquier otra cosa que comedia, pues ya estabas en ese predisposition mode. Aún así, la película de Loco Amor, de lo único que me acuerdo es de esa escena cómica.

Recuerdo por otra parte en la vida de los cortos, por decir los mismos de Star Wars, impresionantes. Recuerdo también los cortos de Independence Day, Impactantes . Los de Godzilla. Los del nuevo proyecto de estos cuates de un monstruo estilo Godzilla que se llama Cloverfield, eso parece y que los cortos también son asombrosos.


O la idea que te sugieren los cortos. Y hay tantos y tantos ejemplos.

Pero ha de ser como las portadas de Playboy o como Cosmopolitan, que como es creído ampliamente o sabido por intuición, las chicas de la portada, aún y que son guapérrimas, todavía encima se les hace una mini, pero muy significativa miniliposucción digital.

A final de cuentas la onda es vender, total, ni quien se queje.

Así que, aguas (como decimos en México) con que se piense que los cortos lo son todo. Con los que creen que la última película de Burton, Sweeney Todd “sólo es un musical”.

Nada más para añadir algo en este asunto que ya dio para dos cuartillas: La mamá de un amigo, muy religiosa ella, llevó a sus hijos a ver una película de tema religioso.

La película se llamaba Apocalipsis Ahora.

Sin palabras.

sábado, enero 05, 2008

1968: 40 años Después, Bienvenidos a la Fiesta






La idea es que ya es 2008. Y 2008 está muy dentro del futuro en lo que pensábamos todos.

Pero como ya empezaron a salir los artículos y ensayos acerca del pasado y de ese año mítico de esa década mítica: 1968 y los sesentas respectivamente haré mi contribución.

Y es que cuarenta años son cuarenta años. Son una generación y media por aquello de que las generaciones pueden ser consideradas de entre 25 y 30 años. También puede ese período tomarse como cuatro décadas de la vida de alguien.

Y sí, un año más otro año más otro año más otro año son ya una olimpiada. Aquí en este caso de 1968-2008 hablamos de diez Olimpiadas: México (6 años tenía yo), Munich (10 años), Montreal (14 años), Moscú (18 años), Los Ángeles (22 años), Seúl (26 años), Barcelona (30 años), Atlanta (34 años), Sydney (38 años), Atenas (42 años), diez y con Beijing serían once Olimpiadas (y yo ya tendré 46, uff).

Y muchas personas de mi edad bien pueden acordarse de cada una y de saber que pasó de importante en cada evento. ¿Mis preferencias? México 1968 por razones de tradición, Montreal 1976 por razones de Nadia Comaneci, Barcelona 1992 por razones de de de de, no sé con exactitud, pero en general se me hicieron las mejores. ¿Las peores? Las de Los Ángeles 1984 y las de Moscú 1988 por razones políticas. Las de Munich 1972 por razones de terrorismo no cuentan por que me pasé ese verano en un rancho de mi abuelo que ni a luz llegaba y que por lo mismo me pasaron de noche.

Así las cosas ese año de 1968.

Van a escribirse muchas cosas de entonces desde muchos ángulos. Ya empezaron a hacerlo. Ya empecé a hacerlo también cuando conmemoré lo de Tlatelolco en este octubre reciente. Esas cosas así se dan. Cuando se cumplen lustros y decenios de algún suceso ponen a todo mundo a rememorar, a cuestionar, a celebrar, a examinar las causas y las consecuencias de los hechos y los acontecimientos de entonces.

Nada pasó significativo en 1468, ni en 1568, o en 1668 o en 1768, menos en 1868. Pero en 1968, pasó todo lo que no había pasado en eras.

Sigo analizando esa adoración por la época de los sesentas. La adoración de muchos y la adoración de mi parte. No creo que tenga que ver algo con un egocentrismo, tipo “mi época fue mejor que la de ustedes”. Es decir, nadie sabe en cómo su época será tratada en el futuro. Podría ser que estamos a la mitad de una edad de oro, o podría ser también al contrario, que estamos en el principio de la decadencia total, deleznable y terrible.

Y de esos años, 1960 (todavía no nacía y en la práctica es el comienzo de la década aunque es incorrecto), 1961, 1962 (nací), 1963, 1964 (s Beatles irrumpieron con toda su fuerza), 1965, 1966, 1967 (los Beatles en su peak creativo), 1968 (mil cosas como ya veremos a continuación), 1969 (“la conquista” de la Luna), 1970 (con su célebre campeonato mundial de Fútbol en México) sólo sobresale 1968 con fuerza.

Y lógicamente todo mundo se puede situar en esa época y decir, bueno, ¿y qué?, ¿qué pasaba entonces?, porque, con todo lo que México vivía en ese entonces, una especie de quietud optimista dominada políticamente internamente y con muy relativamente pocas cosas que ver su gente con el mundo exterior, fuera de los ámbitos culturales como cine o literatura, y sus expresiones afines así, por eso la pregunta ¿que tendría que ver la efervescencia mundial con México?

Por eso…

Si comparamos el México de enero de 1968 con el de diciembre de 1968, no podremos verlo con los mismos ojos.

O si comparamos a la Francia de enero de ese año con el de diciembre de ese año, igual.

O si más de lo mismo, si comparamos a los Estados Unidos de ese mes y año con el de su respectivo diciembre, más todavía.

No podemos dejar de pensar que esos sí son meses de impacto en la vida de la gente, comparables solo con los que sufrió Alemania en 1989 y con los de Sudáfrica en 1993, o con los de China también en 1989, o con los de Estados Unidos en 2001.

Para bien o para mal.

Cultural, económico, político, social, muchos fueron los ámbitos que fueron estremecidos. En el caso de 1968 no fueron tanto económicos, como sociales o políticos. Predominantemente políticos.

Así es cuando suceden los cambios en la vida de las personas. Es cuando te pegan más. Política maneja economía, economía maneja confianza, confianza maneja vida, ergo, política maneja vida. Lo quieras o no. Más en países inmaduros como los nuestros. Como el nuestro. Como el mío.

Y bien, también hubo cambios en 1988 en México. Y unos dicen que en 2000, o que en 2006. Pero ahí si vivimos igual relativamente. Mismas perspectivas, mismas percepciones en lo que sucedía.

Más cambió en el ánimo de la gente en 1994. En enero con el levantamiento de Marcos en Chiapas, marzo con la muerte de Colosio, septiembre con la muerte de Ruiz Massieu, terminando ese aciago año con la devaluación tremenda del peso a causa del Error de Diciembre, precisamente.

Pero nada en la historia mundial como 1968. Igual que ahora, una guerra, en aquél caso la de Vietnam. Pero a diferencia de entonces, los norteamericanos parecían estarla ganando. Y que se deja venir la Ofensiva del Tet, o sea, del año Lunar Chino. Les pegaron los del Norte a los gringos hasta por debajo de la lengua. Los mismos comentaristas, como el célebre y totalmente confiable de Walter Cronkite, lo decían: “Creíamos que estábamos ganando”. ¿Cómo que esos chinooks vestidos de pijama negra con chanclas le estuvieran dando batalla al mejor ejército de la Historia?

Un inepto gobierno demócrata, el de Johnson, en los Estados Unidos, que dejó la herencia de la grandeza y la impresionante altura de miras de un John F. Kennedy, hecha garras. Con razón se retiró de la contienda. Nunca entendió nada.

La muerte de Martin Luther King y la del hermano de John, Robert, extrañas y sólo vino a acentuar que realmente algo muy serio estaba pasando, algo nunca visto en la imaginación popular. Los diablos estaban sueltos.

En Estados Unidos se vio que las cosas estaban cambiando de manera impredecible. Tan impredecible que entonces no se sabía que se podía ganar a un demócrata. El fatídico e inteligentísimo a pesar de su natural ineptitud, Richard Nixon lo comprobaría muy bien.

(Una terrible ironía del destino es que el Programa Espacial que llevaría al hombre a la Luna, lo que comenzó con uno de los más impactantes discursos de la historia mirando al progreso, el de Kennedy de 1961, y que fue llevado por los demócratas durante ocho años, fue coronado por el señor Nixon, como lo atestigua una solitaria placa metálica soldada a una de las patas del módulo lunar que está ahora mismo en el Mar de la Tranquilidad, donde aparece la firma de este tipo con la frase “venimos en paz en nombre de toda la humanidad).

¿Consideraría a los Norvietnamitas como marcianos o algo así?

Si las cosas hubieran ido como hubieran debido, tal vez ese Kennedy, Robert, hubiera llegado al poder, otra era de idealismo se hubiera alcanzado y quizá sólo quizá todo hubiera cambiado. No hubiera habido Watergate, el manejo con los árabes hubiera sido distinto, no hubiera habido Iran, o Reagan, u Osamas o Saddams, el quizá imperio de la racionalidad o del sentido común. Digo, con todos sus asegures, hasta los más efectivos en el gobierno y con las mejores intenciones se empantanan, política es política. Ahí en Estados Unidos, y en todas partes.

Naive, ingenuo, que es uno.

Pero lees ahora lo que decía Robert entonces y te impresiona. Vaya que sí.

Pero con la perspectiva de la historia y con el algo de experiencia que tenemos ahora, es como con Benazir Bhutto, las mejores intenciones, ahora que murió como mártir se le idolizará (a mí me encantaba la señora, pero cómo no vio que estaba muy en peligro, caramba) y como con Luis Donaldo Colosio cuando murió, todo mundo se quería identificar con su legado por más evanescente que este era.

El mayo francés, del 1968, como se le vino a conocer, que principió de manera tímida, en Alemania y que llevó detonantes inimaginables en la cultura y la sociedad.

Las frases inmortales de Prohibido Prohibir, y la de La Imaginación al Poder, vienen de ahí.

Llenas de sueños, idealistas, llenas de verdad tal vez, pero finalmente ingenuas que nos parecen ahora, si contamos los hechos a corto plazo de entonces, porque no cambiaron nada.

Pero que a largo plazo algo quizá sí hicieron, porque crearon explosiones de resonancia de alcances nunca vistos.

El mayo francés de 1968 vino a estremecer los cimientos de la sociedad francesa. Hubo un momento en que hubo 10 millones de franceses en huelga, como nunca se había visto antes en esta era industrial. Y no hubo muertos por violencia, en caso dado.

Y bueno, en ese sentido los franceses, como muchos en el mundo, no se miden. Ahí está por decir lo que sucedió en la Argelia, colonia francesa, no más de 10 años antes precisamente.

Finalmente su presidente cayó, el gran Charles de Gaulle, y que vino a ser substituido por su heredero Georges Pompidou, que en la suma de las cosas, nadie lo recordaría a no ser por lo de un Centro Cultural impresionantemente moderno, que lleva su nombre. Fuera de ahí, a mí, que soy mexicano, no me trae ningún recuerdo de absolutamente nada.

Y así llegamos una vez más al México de entonces. Del que yo mismo ya he hablado mucho. Del que ya incluso escribí una novela. Del que a partir de los eventos de un verano y parte de otoño tuvo sus repercusiones de otro tipo.

Un Secretario de Gobierno de por entonces que todavía vive, al que lo han acusado de todo, incluso equivocadamente de genocidio, tema que por más apasionamiento que se tenga fue un gran error porque se zafó así como pescado enjabonado.

Sencillito.

Un país que fue otro porque ese Secretario de entonces, un verdadero zorro, aprovechando sus propias habilidades, su omnipotencia total como de gobernante de un país como el nuestro en el que la obediencia al de arriba está por encima de todo. Y digo bien, obediencia, jamás lealtad. Temor, terror, sumisión al poder. Mientras se tenga el poder absoluto se goza ese poder y este jamás se comparte.

Así las cosas, ese Secretario junto con sus ideas disparatadas formó la idea de un país alejado de la receta económica que al menos le había dado ventajas en lo económico, al menos algo, cuando no sociales o políticas. Y nos desbocó en una crisis de la que nunca hemos salido realmente.

Matanzas, Juegos Olímpicos, manifestaciones, invasiones, violencia, cambios, libres expresiones, protagonismos, crímenes encubiertos, delirios de libertad, expresiones de nuevas sensaciones que se adentraban en nuevos territorios, imágenes, colores, atmósferas, descubrimientos, exploraciones, todo eso, fue lo que pasó en 1968.

Y en silencio, de manera sigilosa, nos cambió y marcó para siempre.

Que este artículo sirva para mostrar que 1968, cuarenta años atrás, aún y que no fue el comienzo de una nueva era, al menos sí tiene las características de esos característicos y hasta cierto punto banales parteaguas que modifican aún así de manera substancial, hasta el mero hueso, nuestras mismas características nacionales.

Características de nuestra nación, y de otras muchas naciones.

Seguiremos informando.

Nos falta la cultura, la moda, la música, y mil cosas que ahorita, ni me acuerdo.

Va.







lunes, diciembre 17, 2007

Temas de Juguete, Segunda Parte







Hubo un tiempo en que yo adoraba el Batimovil. Sí, el de Batman, el de la serie de televisión de 1966-1968. El carrazo negro con unas como conchas aurales en cada lugar correspondiente al piloto y copiloto. Con fuego en la parte trasera al acelerar, todo negro excepto las líneas rojas por los contornos de los lados y el frente y un signo de Batman de color rojo en los costados.

Bueno, ese Batimovil, después de verlo en catalogos caros lo vi en una tienda de autoservicio de esas típicas y ya muy genéricas. Era un Hot Wheels de Mattel. Y lo compré, así como si nada. Y es que costó la friolera equivalente de sólo un dólar, ni más ni menos. Así las cosas, ya tengo otro juguete más en mi no muy larga colección.

El día que nació mi hijo, para que mi hija no se sintiera mal, según la tradición, le fui a comprar a ella una muñeca. No se me fuera a traumar o lo quisiera matar pasando los años. Ese día estuve en la tienda especializada y le compré a mi hija su muñeca, una Barbie, pero vi algo más a lo que no me pude resistir. Era un genial y cool pareja de figuras de un Alien contra un Depredador, los de las películas, claro, que habían tenido su encuentro en el fascinante mundo de los comics, era el año de 1994 y lo de la (very so-so) película juntos estaba a más de 11 años de distancia… y cuando pagué el asunto, mis figuras valían más que la muñeca de mi hija. Y no eran para que yo jugara, sino, y lo digo estrictamente, porque se verían cool en mi escritorio. Y se vieron gloriosamente cool mientras estuvieron ahí.

Y pues leí el libro ese de The Real Toy Store de Eric Clark, el cual tiene sus partes interesantes y otras megainteresantes, que hasta a mi hijo, ese en cuyo día en que nació me compré esas figuras, y la muñeca, le encantaron algunas partes…

El punto no es llegar sencillamente a la diatriba típica de estas circunstancias del que “nos están manipulando”, “sí, es demasiado comercialismo”, “somos consumistas ya desde bebés”, porque de ahí al “alguien tiene que pagar” y luego al original (y decepcionante desde cierto punto de vista), olvido de todo y volver al ciclo de la vida de comprar juguetes hay sólo un paso.

Así las cosas no puede uno pensar en lo que uno hizo en casa cuando estaba pequeño, que para eso sirve el artículo de la vez pasada relacionado con juguetes (y que fue desahogo realmente) sino en el pensar en que ya que uno es grande y tiene sus propios hijos, y que lo que escuchamos e hicimos durante ese período de crianza fue como estar presenciando nuestra propia niñez.

Y no es tanto esto una autocrítica, que ultimadamente cualquiera debería hacérsela si quisiera (y que si no quisiera, pues también sería su problema), sino que es más bien un repaso hacia nuestras actitudes complacientes con lo que existe y nos rodea, y de lo que las fuerzas vivas de la sociedad (desarticuladas como ciertamente son, de las que nadie jamás es responsable, sino el mismo desesperante consenso colectivo flojo, operante y totalmente dominante en sí) que son capaces de ejercer gracias a su propia presión que de alguna manera todos aceptamos sin parpadear, aún y que las hayamos comentado acremente en tonos de crítica de manera constante en la cena con los amigos, en la comida con los de la oficina, en las salas familiares.

Recuerdo algunas imágenes relacionadas con esto, la primera puede ser la de mi hija que a sus tres años despertaba en su cuarto a las dos de la mañana, queriendo ver televisión porque ya había descubierto que la televisión por cable como es el caso del Cartoon Network, estaba en marcha las 24 horas del día, como si en México o en Latinoamérica siempre hubiera habido un turno de noche para infantes televidentes. El punto que digan que mucho del contenido del Cartoon es o era hecho para adultos nostálgicos no es suficiente, el caso es que los adultos sí quisiéramos ver los Picapiedra de vez en cuando ya que los conocimos en nuestra propia niñez, pero, ¿todas, todas, todas las noches?

Segunda imagen: la de mi propia hija a sus cinco o seis años (me va a golpear cuando lea esto) diciéndome que le trajera de la calle, algo, lo que fuera, con la imagen de alguien famoso. Así nada más, “alguien famoso”. Alguien, supongo, que fuera mencionado en la TV como algún personaje del cual ella estuviese familiarizada.

Tercera imagen: la de un primo de esta niña que le decía a sus propios papás que le compraran lo que salía en la tele, diciéndoles: “yo quiero eso”, a la pregunta un tanto ingenua de la mamá de “¿para qué lo quieres?”, respondía el mocoso, ahora un mozalbete con cuasi bigote y novia, “es que no lo tengo”. Lo cual dejaba a todo el mundo y sus productos que no tuviese, como próximos oscuros objetos de deseo. Interesante punto de vista del muchachito.

Y luego se pone uno a pensar en cuantas personas no habría por ahí entre tanto niño al respecto de estos hiperconsumismos que nosotros de papás, creyéndonos eternamente pudientes, les compramos sólo porque traía la imagen, o la figura, o el parecido a algo que salía en televisión o en los comerciales, o en los anuncios panorámicos, o en las complacientes páginas de los diarios en sus soft news con lo que considerasen la novedad-of-the-week. Que eran eso, famosos.

Una cuarta imagen: el comentario, de los primeros que escuché, de un amigo que prescientemente declaró a McDonalds como realmente una juguetería que vendía hamburguesas a resultas de la introducción de la infame Cajita Feliz, que, bueno, ya se habría introducido en USA en 1978, algo así, y que en México llegó para quedarse cuando se inauguraron los primeros establecimientos en la Cd. de México y Monterrey en Octubre o Noviembre de 1984.

La quinta imagen: relacionada con la cuarta, es la búsqueda del muñequito de la semana correspondiente, que pudiese ser un Snoopy, un Donald, o una Sirenita o ya ni sé, en varias sucursales de McDonalds de la ciudad para que la pequeña criatura tuviera su colección de 4 muñecos completa, no fuera que sacara un 81 en Trigonometría en su tercer semestre de la preparatoria. (¡Hey, esperen! ¡Eso fue lo que sacó en el segundo mes…! ¿Habrá sido porque no le conseguí esa colección completa? Pero es que la muñeca de Lucy, la hermana de Linus, ¡estaba muy fea!) (Si se sorprenden de que la búsqueda era frenética por 4 muñequitos simpáticos de Snoopy o de Disney, que me dicen de cuando sacaron los 101 DÁLMATAS, de la película, eran eso, los 101 perrillos de plástico, ¡todos distintos! Y ahí están los papás. Yo le paré cuando llegué a 32.

Y si le siguiéramos… Una sexta imagen: relacionada con otras personas analizando si comprar o no unas figuras de Aliens, en la que se veía la imagen de una serpiente o criatura horrorosa dizque derivada de esta serie de ciencia ficción, pero que definitivamente no salió en la película, o películas, pero que sin embargo le atrajeron a la señora, aún con toda la repulsividad natural de algo tan espantoso, porque eso fue lo que dijo: “están horribles, de seguro a Pablito le gustarán”.

Ahí está la distorsión de lo que es y lo que no es. De lo que sí me mantengo al margen es de lo que DEBE o NO DEBE ser, y eso sí, con mucho cuidado, por favor.

En alguna parte sucedió la distorsión, de eso sí estoy seguro, en la que el juguete DEBERÍA de ser de una manera y no de otra, en la que DEBERÍA de tener aditamentos y detalles más alejados cada vez más de la idea de que ES LA IMAGINACIÓN de cada quién el que hace funcionar al juguete en vez de al revés, de cuando pareciera que ES EL JUGUETE quien hace la sugerencia al niño de cómo DEBERÍA SER JUGADO.

Lo cual si lo vemos desde un punto de vista idealista y romántico, es lo que hacíamos los de cierta edad y que al parecer ahora no se hace. Ya saben, las ruminaciones de siempre. Tal vez nos falta mundo, recoger más opiniones.

Ya entrando en terrenos del libro mencionado arriba es donde nos queda más claro lo que muchos sospechan, que mucho de cómo funciona el mundo hoy en día es en función de lo económico. Y no digo que eso sea malo intrínsecamente, pero como alguien dijo también, en un punto lo económico debe de detenerse, para beneficio de los mismos seres humanos.

Y no llamo a la revolución, sino a la evolución. Tener juguetes es agradable, pero ya lo mencioné, en alguna parte se desató una fiebre insana (o no tanto, jugosamente benéfica en términos de dinero) de ir por las mentes de los niños, y después de obtenerlas, por la cartera de los padres y lo que contenía.

Como discutí recientemente con mi hijo, y lo que da para otro tema, es la etiqueta de resignación mexicana por antonomasia (no, no es la de “ni modo”), sino es la de “así es”.

“Es que así es”. O su equivalente más juiciosa: “Así son las cosas”. Su corolario: “¿y qué le vamos a hacer?”.

Bueno, al menos concientizarnos, ¿no? Y no es que uno ignore el tema de la comercialización, o el tema de cómo por decir las películas son utilizadas para escaparates para comprar juguetes, o que Star Wars en sus últimas y terribles encarnaciones, (salvando algo el capítulo II), son sólo muestrarios andantes de productos, o comerciales glorificados de 2 horas y cuarto cada una de ellas. O cómo reputadamente afirmó George Lucas, “si no me hubiera ido bien en el cine, me hubiera dedicado a diseñar juguetes”. Ya decía yo.

Pero el bombardeo mis amigos, el bombardeo. En Monterrey desde que estaba en mi tierna adolescencia de 13 años empecé a captar que el anuncio de la por entonces primera juguetería (en importancia) de por allá, Julio Cepeda, que empezaba a forzar la relación de un mítico Santa Claus con esa juguetería. Y lo escuché al año siguiente. Y al siguiente. La misma musiquita incluso hasta llegar a mi tierna madurez. O sea, la puesta en práctica el terrible y fatalístico aforismo de Disney aquél que dice que cada hora nacen 10,000 clientes.

O también invocando el punto ese que dicen: es probable que la marca de Winnie Pooh, según se afirma, le meta al imperio Disney como seis mil millones de dólares de ingresos, ni más ni menos. Sí, un seis seguido de nueve ceros. Puede que esté exagerado el dato, pero aún la décima parte de esa cifra, es un hiperdineral.

Entonces, te digo, el tema de los hijos y los juguetes ahí está. Que si les compramos juguetes para compensar lo que no tuvimos, lo que no les dimos en algunos momentos, lo que no les estamos dando de cariño o de tiempo, y si eso lo proyectamos a los casos actuales, en el que existen las parejas trabajando, o el signo de nuestros tiempos, de parejas separadas en las que ambas personas también están tratando de compensar lo que no pueden prodigar en lo que a cuidado y contacto se refiere, pues, se da el caso de que las compañías de juguetes están vendiendo como desesperadas.

De eso trata el libro mencionado, de cómo el negocio de juguetes para niños como objetivo es un negocio que para nada es para niños. Que hay una lucha viciosa para conseguir sus mentes, incluso desde bebés.

De cómo por decir, es un negocio de 21,000 millones de dólares (Winnie Pooh no son sólo juguetes, sino estampados en ropa y mil cosas mas, como servilletas incluso o pañuelos desechables).

De cómo sólo quedaron dos grandes compañías, Mattel y Hasbro, de cómo se fueron engullendo a todas las demás. De cómo quedan unas cuantas pequeñitas que ahí la llevan, como los que fabrican Bratz, MGA.

De cómo el 60% de los juguetes que se venden en USA son comprados en tres lugares, Wal-Mart, Target y Toys R’ Us. De cómo las demás compañías y tiendas están en franca crisis desde entonces, desapareciendo las demás pequeñas a pasos agigantados. En como influencian en la misma industria, como hacen influencia en la fabricación de los juguetes y lo peor, la manipulación absoluta de los precios. De cómo Wal-Mart, si quisiera, podría regalar los juguetes a sus clientes ya que es sólo una pizquita de lo que puede vender, pero los necesita para atraer a sus clientes.

De que los consumidores van a una juguetería seis veces al año, pero a Wal-Mart van 26 en promedio, para lo cual ellos utilizan a los juguetes hiperbaratos, sólo como gancho para que los papás acudan. De cómo Wal-Mart vende a dos dólares del precio del costo un juguete determinado dejando sin oportunidad a las demás tiendas. De cómo a ellos le tienen miedo todo mundo, de cómo se enteran que a una compañía de juguetes le pudo ir bien en beneficios por acción, y que ellos llegan a convencerlos de buena manera de dividirse esos beneficios.

También comenta el libro de Clark que los niños están llegando cada vez mas pronto a ser grandes, en inglés esto sería algo así como Kids Getting Older Younger, o Niños Haciéndose Mayores Mas Pequeños.

Luego antes de concluir el libro, se embarca el autor a mostrarnos el mundo donde se fabrican el 80% de los juguetes, el delta del Río Pearl en China, en ese submundo que ya se explora en el libro de No Logo de Naomí Klein, de quien ya hablé hará dos meses. Describe Clark el mundo de la fabricación de juguetes de mujeres jóvenes que no tienen más remedio que ser empleadas en lugares sin ventilación, para hacer muñecas, juegos, juguetes, figuras de acción y mucho mucho de lo que venimos a comprar en Navidad.

Habla de la terrible lucha entre el vivir mal, a vivir peor, como es el caso de estas mujeres. Turnos que quiebran la espalda, labores embrutecedoras. Salarios bajísimos. Todo eso que explica mucho del porqué China está creciendo económicamente y que uno en ocasiones no acierta a entender. ¿Por qué esas personas aceptan sueldos tan bajos? ¿Por qué aceptan trabajar en esas condiciones?

Creo que después de la lectura de estos dos libros, no me queda más remedio que decir que, una, no les queda de otra, y dos, la desmedida necesidad del occidental de quererlo todo más barato a como dé lugar, así sin preguntar, sin exigir más que lo elemental en derechos humanos que los chinos supuestamente aceptan, y que se dice que sólo solapan o francamente engañan a los visitadores extranjeros de derechos del trabajador para que no los multen, ya que dicen que estos son muy estrictos, o a la actitud sumada de todo mundo de que haz ruido, pero no hagas demasiado, porque si no, habría desempleo en China, por tanto no serían tan competitivos, por tanto los precios serían más altos, por tanto se tendrían que buscar condiciones más atractivas en Filipinas o Tailandia (siempre habrá un país deseando cerrar los ojos un poco en búsqueda de cuantiosas inversiones extranjeras) y todo eso podría pasar, según esto, si elevaran los estandares de trabajo y de vida y en fin… son esas cosas que dicen.

Y bueno, no sé si consiga algo, pero al menos veré las etiquetas de todo lo que compre…

Y no es el punto ser así como globalofóbico o cosas así, sino que se debe de ser más exigente, más cuidadoso de lo que se compra. Y no se habla de que seamos verdes hasta el exceso.

Lo que pasa es que, creo yo, que se tiende a ignorar el asunto para mantener callada a nuestra conciencia. Y la política del “ojos que no ven, corazón que no siente” es suficiente para muchos.

Es más, debería de ser utilizado ese tipo de argumentos para no comprar cosas chinas, como cuando se llevó a cabo un boicot en contra de los atuneros que mataban descuidadamente a los delfines a la hora de pescar su atún. Debieron de poner una etiquetita en las latas para saber cual atún era más “sano”, pobre del atún en cualquier caso.

Tal vez sea esa la tendencia. La búsqueda del juguete “sano” o “noble” o como se le quiera llamar. El que no haya sido fabricado en circunstancias claramente terribles. Y sí, ahora hay una tendencia mundial a revertir eso. Pero por decir, Wal-Mart hoy por hoy sigue negándose a dar los nombres y direcciones de los lugares que le fabrican juguetes y muchas cosas más. Y Disney niega que tenga empleados en “sweatshops” fábricas de esclavos en por decir Haití, porque esa gente maltratada no es su empleada. Aunque sí es una maquiladora de algún subcontratista que fabrica el Goofy para tal o cual juguete Disney.

Toda una red cómplice de ojos que no ven.

¿Más datos triviales del libro? Claroo.

3,600 millones de juguetes anuales en el mercado de USA.

279 millones de carritos Hot Wheels y Matchbox (como mi Batimovil, hecho en China).

349 millones de peluches.

20,000 comerciales que un niño ve al año de puros juguetes.

Muchas compañías, las que le quieren hacer sombra a Hasbro o Mattel, como insectos lo pueden hacer, le han quitado la palabra “Toys” a su nombre, ya que están no en el negocio de juguetes, sino el de “entretenimiento como estilo de vida”.

Muchas compañías ya no venden juguetes, ellos dicen que venden “propiedades”.

En la tienda de FAO Schwarz, la mejor juguetería del mundo, supuestamente, de Nueva York, venden un Ferrari para niños en 50,000 dlls.

A las ferias del Juguete de Nueva York, no pueden entrar niños y te revisan al entrar.

Hasta los años 70’s, la gente compraba hasta el 80% de sus juguetes seis semanas antes de Navidad, ahora es el 45%.

Dos tercios de Fisher Price son juguetes relacionados con los Muppets, Barney y Winnie the Pooh.

Ahora se gasta más en cada niño, alrededor de 400 dlls., en promedio.

Las parejas tienen niños mas tarde… cuando hay más dinero disponible.

Los abuelos, que ya viven más que antes, tienen más dinero y compran juguetes “clásicos”.

Un juego para adultos como el “Trivial Pursuit” se tardó 45 minutos en imaginar...

…y se tardó cuatro años en llegar a las masas. Fue un fenómeno total de ventas.

Milton Bradley murió en 1911. Su compañía fue comprada por Hasbro en 1998.

La Barbie está inspirada en una muñeca al natural de una prostituta alemana.

Las niñas en promedio tienen un Ken por cada 10 Barbies.

Las licencias de Barbie son casi tan grandes como sus ventas: 2.2 mil millones contra 2.4 mil en 2004.

Barbie en los comerciales jamás es mencionada como una muñeca, siempre es una persona.

El rostro de una Bratz lleva 16 capas de pintura.

Si Barbie era el 90% del mercado de muñecas de USA en 2001, en 2004, con la llegada de Bratz bajó al 70%.

Cuando salió la canción de Barbie Girl, Mattel demandó a los de MCA Records, productores del grupo Aqua, luego bajo presiones retiraron la demanda.

En 2003 hubo una guerra de precios entre Wal-Mart y las cadenas jugueteras. Un Play Set de Hot Wheels, a precio original de 49.88, Walmart lo bajó hasta 29.74, casi el precio de costo. KB Toys compraba un Hokey Pokey Elmo a 25 dlls, Wal-Mart vendía el mismo juguete a 19.50.

Las Cajitas Felices son en cuanto a ingresos el 20% del total de la cadena McDonalds.

Los Transformers fueron el primer juguete del cual hicieron un programa de televisión. Luego siguieron muchos más.

(Fue cuando llegó la orden: el juguete manda a la imaginación. Cuando la mercadotecnia empezó a atacar la mente de los niños de manera furiosa y sin cuartel.

Vean un programa de noticias a las 6 AM, están los juguetes. ¿Que niño está despierto a esa hora viendo noticias? Pero los papás sí lo están, Y están tomando notas mentalmente.)

Otro golpe de la mercadotecnia. Llamarle a los muñecos para hombres, Figuras de Acción. (¡¡Eso fue genial!!)

Y ya me cansé. Y no hablamos de los lugares “para niños” en Internet, basados en licencias de cine o de caricaturas, en figuras de televisión, en las propias muñecas. Ellos, los fabricantes, las tiendas, quieren ser dueños y dueñas de las almas de nuestros niños y no habrá poder en el mundo para que logremos que las suelten. Hasta que crezcan. Para entonces ya nos habrán sacado el dinero.

¿Qué más, para terminar?

Los anuncios que usan razones psicológicas para dar razones a los niños para los padres. En el comercial se comenta el complemento, tal casita porque ahí vive la familia completa del _____ (ponga su personaje, Dora la Exploradora, Elmo, el trenecito ese que luego salió contaminado en su pintura con plomo desde su fábrica de China en quizá el peor golpe para los fabricantes de por allá en su historia, a ver si ahora sí hacen algo, si se preocupan por los niños que juegan, imaginémonos a las mujeres que los pintan).

Anuncios que indican que si no se tiene tal o cual juego lo hace uno perdedor o perdedora. Haciéndolos vulnerables emocionalmente. Estudios que hacen psicólogos pagados por las compañías de juguetes para hacer que se compren más juguetes, algo así como una medicina negra (la que sirve específicamente para matar, no la que cura) que sirva para que las cosas le beneficien a un sector, en perjuicio del otro. O díganme sinceramente si llegaron a leer hasta acá, ¿a poco creen que las compañías jugueteras hacen algún bien a nuestros hijos, así como para santificarlas?

No, no es un negocio como el de las compañías que hacen radios o llantas. La Industria Juguetera es más bien como la Industria de los Cosméticos. Se trata de convencerte de que debes de hacer cosas (consumir juguetes) (consumir jabones o cremas), para sentirte bien (satisfaciendo complejos de culpa, o complejos de limpieza insuficiente).

Otra joya:

Cuando sacan a muchos chicos en un comercial. Un juguete, le está indicando al niño que tendrá muchos amigos. Esto es especialmente cruel. Y ya luego tienes el juguete y nadie se te acerca. No fue mi caso, naturalmente.

La peor frase, o la mejor, depende de quien esté leyendo: Colecciónalos todos. ¡Todo lo que no se puede escribir de esta! El juego de los 101 Dálmatas que mencioné. Los Beanie Babys, que eran coleccionables artificialmente. Sacaban unos cuantos por unos días de manera limitada, y la gente empezaba a reaccionar comprándolos, incluso más allá del precio, porque decían que se iban a acabar. ¿El resultado? Nadie jamás vio que una “colección” de estas cosas, o de las que sean, fuera valiosa en aquellos, o estos, días. Asimismo esto va por esas Cajitas Felices, o por las tarjetitas del Yugi–Oh, y mil cosas más.

El factor Nag, el estar jode y jode, moleste y moleste, es otra creación derivada de la mercadotecnia de los comerciales de juguetes. Algo que también se los tenemos que agradecer, que carambas.

La mercadotecnia es lo primero. El juguete viene después, el niño, al final. Ese es el modo en que la vida es.

¿Lo peor?

Que nuestros hijos sean iguales de débiles en estas cuestiones para cuando ellos les toca asumir el mismo papel.

No me quiero imaginar los gigantescos monstruos mercadológicos cósmicos contra los que tendremos que pelear, ellos y nosotros. Ahora será por la salud mental de nuestros nietos (tengo 45 años, no vayan a creer que soy abuelo todavía, pero…) y el bolsillo de nuestros hijos.

Y mientras. Lucha por tus hijos. Ya.

Y ese es el reporte del libro de The Real Toy Story… de Eric Clark.

Tú sigue comprando que nada pasa.

Ajá.

lunes, diciembre 10, 2007

Cigarros, Cine y Vida Real

Este artículo lo escribí para un periódico local, un suplemento cultural...


Woody Allen en Manhattan toma un cigarro y se lo pone en la boca. Mariel Hemingway le dice, “Tú no fumas”. Woody responde, “¿Y qué? Me veo muy bien con él”.

En mi casa mi papá fumaba Raleigh (lo cual al ir a comprarlos era un tormento al no poder yo pronunciar en ese entonces la letra “erre”).

Tenemos que recordar que antes el cigarro no sólo era normal en nuestras vidas, sino que era símbolo de madurez. El que fumaba lo hacía con una imponencia e impresión de virilidad, de yo-podría-conseguirlo-todo-si-me-lo-propusiera-pero-ahorita-no-tengo-ganas.

La imagen del hombre de Marlboro subyugó a millones en todo el mundo. La idea de estar en medio de la nieve en medio buscando ganado, sólo tú, tu caballo fiel, tu empeño, tu fuerza de voluntad y tu cigarro era magnífica. Los que crearon la cuenta de publicidad con ese enfoque de los últimos vaqueros de la humanidad son-fueron-serán unos genios de la transmisión de ideas.

Ese hombre de Marlboro pertenece al cine sin haber salido nunca en ninguna película. No sabemos de donde viene, no sabemos nada de su familia, ni de sus deseos, menos de sus ideales, ni de sus conflictos. ¿Le cansará andar a caballo todo el día?

Mi papá estudio ingeniero agrónomo y nunca acabó. Mi abuelo tenía un rancho ganadero, allá cerca de la frontera tamaulipeca. En muchas ocasiones vi, en tiempo de mis vacaciones escolares, como él llegaba de andar a caballo todo el día en medio de sol, matorrales, nopales, huizaches, buscando ganado para vacunarlo o herrarlo. No sé si se pareciera al hombre Marlboro, pero ahí estaba su caballo fiel, “el Cuatralbo”, su empeño, su fuerza de voluntad. Y su cigarro. Dos cajetillas diarias de Raleigh

Tal vez por todo el anterior nunca me forjé una imagen negativa del cigarro. Nunca he sido de los que se rompen las vestiduras porque alguien cerca está fumando en un lugar que esté prohibido. Y también de cierto modo me molestan los esfuerzos de los puristas de ir convirtiendo en parias sociales a los que lo hacen.

Por eso la cuestión de que en cine estos puristas han pedido a los productores que las personas que lo hagan sean los antagonistas. Que es necesario dejar la imagen al respecto de que a los que fuman les va mal, que tendrán su castigo. Dicen los que promueven esto que las imágenes que ven los chicos en cine se les quedan marcadas de por vida. Entonces que si ves al protagonista triunfando, y fumando, sólo estás uniendo dos símbolos en la mente de los jóvenes inocentes que no pueden distinguir la verdad que se sublima de la pantalla de plata. Que no distinguen la fantasía de la realidad.

¿Será por eso que mi sable láser como el de Star Wars jamás funcionó correctamente? Tal vez.

Perdonen por decirlo. La imagen de una mujer fumando en el cine es poderosísima. Y el cine enseña mucho tipo de conductas, de todas.

Una mujer mirándome a través de humo en espiral, caótico como son caóticas las olas húmedas rompiendo en su playa. En su mano fina, su cigarro. Un café vaporoso a su lado. Perfume cautivador, suave, conteniendo delicias, umbral preciso de percepción. No nombres, shh, tiempo disponible, momento eterno. Luz tímida por detrás iluminando su largo cabello. Ceja delineada. Labios carnosos. Mirada deseando saber de qué estoy hecho. Cierra sus labios y envía su humo, delicada, hacia el cielo. La cámara la abandona, con algo de pudor mezcla de melancolía, y se dirige lenta hacia la ventana. La lluvia afuera. En blanco y negro. Fade out.

Sí, la vida a veces puede ser un cliché. Pero, ¡qué cliché, Dios mío!

jueves, noviembre 22, 2007

Un Tema de Juguete Parte I (y rematamos con Seinfeld, por supuesto)

Un buen amigo un día llegó con un llaverito que decía más o menos “el que se muera con más juguetes gana”. Lo vi y me reí. Se me hizo ingenioso. De eso han de haber pasado como veinte años de cuando lo conocí y todavía ese recuerdo está muy presente en mi cabeza. Digo, además de hablar enormidades de la psique de mi amigo, hablaba de otras cosas por ahí.

Y pensé que sí, ahí estaba clara ante mis ojos, una especie de competencia inherente en toda nuestra existencia. En el caso de los juguetes no es difícil concluir que los carritos Mattel se convirtieron en autos con rines y quemacocos especiales (un amigo me confesó en tiempos de una navidad hace años, andar con el remordimiento de haber comprado cuatro “rines” carísimos para su camioneta, y que lo que había gastado en juguetes para sus hijos era como la cuarta parte de ello), con el mejor autoestéreo MP3. Las pelotas se convirtieron en palcos deportivos. Las figuras articuladas con aditamentos se convirtieron en… aditamentos, gizmos y gadgets (mi pregunta actual: ¿saben los que compran un Ipod con 16 Gb cuanta música es eso? ¿Tendrán idea de cuantos CDs podrían guardar ahí, y el tiempo que se tardarían en llenar eso? Ah, es por si acaso. Ajá. Por si acaso.

Ya sabemos que ese tipo de competencias existen. Y de hecho se pueden dividir en más. Una puede ser para conseguir más atención, otra para conseguir más recursos y una más para conseguir más satisfactores. Y ultimadamente, no sé cuantas más podrá haber (poder, posición, dinero, influencia que tal vez también vendría a ser poder) pero sólo hablemos de los juguetes por el momento…

Algo está pasando con los juguetes desde hace pocos años. O algo está pasando ahora mismo. Pero antes de tocar ese tema hablaré de juguetes… pero desde mi punto particular de vista.

Acompáñame.

El acto de jugar es esencial para los seres humanos, son preludios a la socialización y se entienden como partes del proceso de nosotros para entender al mundo que nos rodea y para relacionarnos e integrarnos con él.

Cuando uno lee de esto y me refiero a la literatura realmente docta en el tema, es notable encontrar ese grado de profundidad y seriedad con la que unas personas vestidas de bata blanca se ponen a examinar a niños de muchas edades en el acto pleno de jugar. Lo que obtienen de ahí es el entendimiento de para qué nos sirve el juego en nuestras vidas.

Eso en la cuestión interior y exterior. Interior porque de algún modo hay que explicar los procesos emocionales e intelectuales que se desprenden de esa actividad. Una muñeca y lo que significa para una niña podrían sencillamente ser explicados desde varios puntos de vista, llámese de imitación, del deseo de ser madre, o sencillamente de ser como ella quisiera que su madre fuera con ella. No soy para nada especialista y estoy escribiendo esto de memoria pero sé que mucho de esto se saca de ahí, por decir, para entender si la maternidad es un concepto heredado o de ambiente. Se nutre o se nace. Y mil etcéteras.

El lado de los juguetes de los varones y sus deseos de tener figuras de autoridad y poder por sobre de otras también son objetos de estudio. A todo esto uno puede no entender realmente que tienen que ver los carritos con esto. Los carros no necesariamente son masculinos o varoniles, pero mucho se les asocia con los niños más que con las niñas. ¿Por qué? Debe de haber muchos estudios de eso por ahí. Prejuicios tal vez, mitos, ideas preconcebidas.

O sea, que una de dos: o no he entendido nada del estudio de los juegos y juguetes y todo lo tergiverso o hay mucho más por entender de lo que sucede en las mentes de los pequeños.

Añadámosle eso a lo que es la imaginación. La proverbial caja de cartón con un hilo que para alguien es un carro, el proverbial caballo de palo (el de Juanito, el de la canción aquella de aquél programa antiguo de Juguemos a Cantar, ¿se acuerdan?), o la muñeca mínima conceptual hecha de trapo, pero que era una hija para la niña que jugaba con ella.

Bueno, todo eso implica en alguna parte de nuestros cerebros el uso de la imaginación y de la creatividad a fin de cuentas. Mucha o poca, pero ahí hay algo trabajando que ronronea en la oscuridad escondida por su respectivo cráneo.

Y todo esto se estudia por psicólogos con doctorado para entender cómo es que la mente de un niño o niña tiene o adquiere esas características o habilidades, cómo evoluciona, cómo se manifiesta, en qué se convierte, que tanto impacta en los roles sexuales, sociales y cognitivos.

Y también los estudian los mercadotecnistas. Y los que tienen fábricas de juguetes. Y los que venden los juguetes. Y vaya que lo estudian.

Pero primero establezcamos varias cosillas.

Lo que también sé es dos cosas. Una, soy padre de dos, niña y niño, y también la otra, también básica e imprescindible, fui niño y sé que es un juguete divertido y con posibilidades (hasta cierto punto, claro).

Antecedentes pues, para entrar en calor.

En nuestros tiempos nos compraban figuras de plástico rígidas, o como se diría ahora, inarticuladas. Eran de plástico inyectado y se hacían por millares. Un astronauta de los 60’s por aquí (reconocible porque su traje de presión era muy delgado, su casco era mínimo y no tenía nada de equipo para soporte de vida), unos vaqueros e indios por allá (que ha de haber habido millones, y que además de esos indios y vaqueros, con su respectivo caballo, había árabes con cimitarra y legionarios, como verán, muy característicos de nuestras tierras), y finalmente unos soldaditos verdes tipo norteamericanos más por aquél otro lado de más allá.

Y del lado mexicano se tenían unos luchadores realizados a semejanza del Santo, de Mil Máscaras, del Blue Demon realzados en sus poses características y de otros que sirvieron como moldes a otros más que después sirvieron a su vez de nuevo como moldes para generaciones posteriores perdiendo en cada reencarnación el detalle que los hacía tan preciados hasta quedar convertidos en remedos grotescos que difícil convencen a nadie que tuvieron dignidad anterior. Juro que a mi edad de 10 años admiré como esos luchadores diminutos tenían sus rasgos bien plasmados, bien definidos. Algún artista del juguete que fue generosamente prolijo en sus máscaras. Con pinceles muy finos le pusieron los símbolos sagrados de cada máscara con claridad. Y con paciencia.

Y eso bastaba, ya que, como proverbialmente dicen, nosotros llenábamos esos espacios, esos movimientos y esos gestos. Batallas épicas que se desarrollaban bajo nuestro control, momentos en que éramos como precoces directores de cine filmando nuestras sagas antes de saber incluso que se llamaban así.

Teníamos nuestros favoritos. Y cómo sobrevivían a terribles caídas. Cómo se sobreponían al ataque de los malvados. Normalmente nuestras justas no eran muy complejas. Se trataba de enfrentar a los buenos y a los malos y a pelear sin mucha discusión o preámbulos. Para esto, el ser buenos y malos correspondían a códigos de ética sencillos. Si se veía que tenía habilidades de un brazo como para golpear “correctamente” en forma de un gancho al hígado o un certero karatazo era bueno, si parecía más bulto que otra cosa, era malo. O de plano el que pareciese de entre todos el más cool y ya, ese era el bueno.

Las peleas eran eternas, no podían tener fin alguno. Si ganaba tu personaje era porque luchaba con esfuerzo y poder, con voluntad y sin rendirse jamás. Y era mejor cuando peleaba en inferioridad numérica. Sólo así se podría demostrar que era fuerte y poderoso, porque después de ir perdiendo de alguna milagrosa forma recuperaba forma y atacaba con todos tus poderes. Y hay de los malvados que se atravesasen en nuestros caminos.

Aún y que esas luchas eran eternas y podíamos entretenernos las tardes, y las mañanas en vacaciones y las tardes y las siguientes mañanas, no estábamos ciegos.

Mirábamos con codicia y avidez los juguetes que les compraban a nuestros vecinos más pudientes. Todo mundo conocía a alguien así. Juegos extranjeros como el de Fútbol Americano que se acomodaba en una mesa y que tenía un emparrillado que vibraba y que mucho del placer del mismo era admirar cómo se movían los jugadores de ambos equipos de las maneras más alocadas y aleatorias.

Por decir, desde que yo recuerdo los Hombres de Acción que fueron llamados posteriormente como su nombre original G.I.Joes y luego con incluso Agarre Kung Fu (y que no era sólo unos dedos no rígidos con los que podían manipularse las armas y que con el paso del tiempo terminaban, horror de los horrores, de romperse terminando con la admiración de ese juguete en específico) eran atractivísimos.

Si las niñas tenían su Barbie, nosotros teníamos al Hombre de Acción. Las palabras claves en esto, eran brutal, doloroso, terrible y temible. O algunas similares.

Pero antes del Agarre Kung Fu, de la barba y cabello que se sentía real, el Hombre de Acción podía conseguirse con sus trajes diferentes. Sin entender la conexión con los trajes de Barbie que se compraban por separado (que es donde estaba, y está, el negocio), al Hombre de Acción también se le podían comprar mil aditamentos. Desde un traje de hombre rana, fabuloso a como se veía en el paquete con todo y traje negro de goma y sus aletas (y su cuchillo), hasta uno de astronauta estilizado y todo de aluminio suave y dúctil. El del piloto de combate era bastante notable también, el casco era una obra maestra de ingeniería, pero dejaba serias dudas al respecto de si los que diseñaban esos juguetes en particular sabían su negocio. Es decir, ¿dónde ibas a jugar con un piloto de combate, si ni siquiera tenía avión? Le podrías poner su máscara de oxígeno cool, pero la fantasía no duraba mucho. No. No duraba. Y aquí en este ambiente, debe de durar.

En un alarde inaudito de ignorar algún estudio de mercado, en 1970, con lo del Mundial de Fútbol que se celebraba en México, los de Lili Ledy, os fabricantes en México de los que no sé casi nada, sacaron una edición magna de Hombres de Acción con uniformes conmemorativos de las selecciones compitiendo. Supongo que Brasil y México se llevaron los honores en cuanto a ventas se refiere. Ignoro cuantos quisieron comprar los uniformes conmemorativos de Israel, de Rumania, o de la misma superpotencia de por entonces, El Salvador y de su temible némesis, el equipo de Bulgaria. Y faltarían Perú, Italia, Inglaterra, Rusia, Alemania Occidental, Uruguay, Suecia, Checoeslovaquia y Marruecos.

Los Hombres de Acción eran multiarticulados y eran asexuales, no que uno buscara si tenía sus partes anatómicamente correctas o no, pero era algo que no podías evitar ver, situación que se resolvió con el paso de tiempo cuando le pusieron un traje de baño al Hombre de Acción para dejar de lado malos pensamientos.

Estaban también los soldaditos. Eran verdes, rígidos, pequeños y en varias posiciones. Después de un tiempo uno los quería más reales y el que se dedicaba a lanzallamas le tocaba eso, lanzar llamas. Después de algún experimento por ahí que incluía alcohol, unos cerillos y una jeringa, y de la creación de una cicatriz que todavía poseo en la parte superior de mi pulgar, opté por ya no jugar taaaan realisticamente.

Pero algo raro, en estos momentos también recuerdo que tenía un soldado rígido también como de 15 cm de alto, alemán, en posición de ataque, con su respectiva bayoneta cargada en su rifle. Que era parte de un como conjunto en la que recuerdo a un soldado japonés similar, de plástico también, con su sable desenvainado como para dar ordenes de avanzar. Eso sí, estaban muy bien detallados para lo que se podía esperar. Y es que, ¿qué podría importar a niños de 8 a 11 años el jugar con soldados mortales de juguete históricamente bien detallados? ¿Quién a esa edad los podría apreciar en ese contexto?

Por otra parte cabría agregar que en aquellos años, los mediados y finales de los sesentas la Segunda Guerra Mundial estaba todavía fresca en la mente de las personas, como lo atestiguan decenas de películas, libros, series de televisión que estaban de moda por entonces, y sí, juguetes. Para esto era curioso concluir que Vietnam en ese momento era incomprensible para todos, y lo sigue siendo de pronto, y creo que jamás salieron juguetes de esos lugares. Probablemente la razón era sencilla, la Segunda Guerra Mundial era cool y Vietnam, no lo era.

Ya había juguetes electrónicos por entonces. Pero eran más que nada los de control remoto, o más bien, seudo-control remoto y no lo digo por el cable sino porque de control no habría mucho. Patrullas que se le prendían las luces y monerías similares. Y en realidad no había mucho de sensación de juego o “playness” por decirle de alguna manera, que saliera de eso. Sí, se le veían las lucecitas y se movía por caminos caprichosos, producto de un conductor probablemente desquiciado ya que debajo del carro había una como ruedita independiente que hacía que el automóvil se moviera para todas partes. En alguna parte residía la diversión pero yo nunca acerté a encontrarla.

No hay un nombre mejor para camionetas o camionetitos que el de Tonka. Su nombre resuena con fuerza, como metal, como de devorador de caminos: Hummer, muérete de envidia, acaba de llegar un camión Tonka. Y no se diga más. Era poderoso como un Caterpillar. Amarillo con negro, los colores contrastantes de la precaución. Había también que tener precaución con alguien que tuviera un camión marca Tonka. Tosco, como los niños éramos, toscos, rudos, sin modales, como debíamos de ser los niños de siempre, sin civilización, rústicos. Camiones Tonka. Revolvedora y de volteo. Sólo nos faltaría la pala y la carretilla. Y músculos y sudor y esfuerzo.

En ocasiones uno se pone a pensar que el tema de los juguetes se abandona con el paso del tiempo cuando uno crece, como que sólo es tema como de negocios, o de lo que indica la moda, y más aún la tecnología. Antes de ya comenzar a comentar lo de un libro que estoy leyendo (y que dada la extensión de esto, será para después) hay que recordar el mejor homenaje a los juguetes desde el punto de vista adulto que me haya tocado conocer, y no, no es exactamente Toy Story (ya que esa era una película de juguetes finalmente para niños y no era una película sobre juguetes, enfocada en adultos).

Como remate de esta parte del tema de los juguetes, va lo siguiente:

Y no hay mejor manera de explicar cierta fascinación que tenemos ciertas personas con los juguetes que la siguiente (y que conste que no nos desvivimos por comprar ciertas cosas que caen dentro de lo que es nostalgia, que como se demuestra en los websites de subastas, sí hay muchos dispuestos a vender y muchos dispuestos también a comprar).

Resulta que en la serie de Seinfeld dieron un episodio un día llamado The Merv Griffin Show Episode, el número seis de la última temporada, de la novena precisamente.

Ya Senfield tenía por entonces serios problemas de creatividad. Muchos de los temas ya eran como que muy estirados, como que ya las mentes geniales de todo ya hubieran dejado a Jerry Senfield atrás, sobre todo Tom Cherones, uno de sus mejores directores y Larry David el co-creador de la serie.

Pero al final podían dar todavía algo interesante y estimulante.

Resulta que Jerry tenía una amiga, la novia en turno, que entre otras casas su papá había fallecido. En casa de la chica un día que invita a Jerry, éste hace un descubrimiento impresionante, en una sala de la casa había una pared llena de juguetes de los años sesenta, los años que precisamente Jerry pasó su infancia. Ahí había todos los juguetes que un niño pudo haber jugado por entonces, sobre todo, una colección del Hombre de Acción, el afamado G.I. Joe original, ni más ni menos.

Pero al ir querer tocar los juguetes queridos por su infancia, la novia no se los deja sacar de la casa: son recuerdos sagrados de su papá, intocables. Jerry empieza lo que con todas sus novias: se dedica a besarla pero mientras lo hace no puede apartar de su vista los juguetes inalcanzables de la pared. Cualquiera en su lugar hubiera hecho lo mismo.

Para esto él tiene a su buen amigo George, otro treintón casi cuarentón, soltero como él, temeroso de los compromisos, hasta cierto punto tramposo y demás (si parece que lo muestro en luz negativa, y se preguntan como me puede gustar la serie es que jamás la han visto) con el que trama muchísimas de sus locuras, para decirlo al menos, y así es como urden un plan.

Aparecen los tres, en la mesa, en la casa de la chica. Están comiendo pero algo muy pesado, tipo pavo con vino y con mucho gravy sobre el plato. Dada la comida tan pesada inevitablemente la chica se queda dormida al momento. La escena que sigue se ven los dos, Jerry y George jugando con los juguetes de antaño. Intactos estos, recién salidos de la caja, posiblemente oliendo a lo que olían entonces. No se ve mal, sólo son dos seres que viajan a través del tiempo para recuperar algo de esos tiempos idos. Al fondo la novia de Jerry, dormida totalmente.

Aquí es donde se hace una pausa. Se habla de dos personas de cierta edad, que ya no son niños definitivamente. Y llegan a realizar el equivalente de narcotizar a una chica para poder completar o cumplir sus aviesos fines. Que no son nada de robar o violar o de nada más, excepto… jugar con sus recuerdos.

Yo no sé los demás. Quizá mis lectores son personas que maduraron al cien. Que ven un juguete de sus hijos y sólo recuerdan cuanto les costó, en dónde lo compraron y si han visto a su hijo jugar con él. O eso, pero sólo vagamente.

Pero esto que hicieron George y Jerry está en un punto nebuloso y gris entre lo que no tiene nombre y lo que sería natural de hacer por un par de tipos que de cierta manera valoran por todo lo ancho su infancia. Será idiosincrasia o lo que pueda ser, pero yo haría algo similar. Quizá no me hubiera atrevido a poner a mi novia en una narcolepsia inducida profunda, pero… algo hubiera hecho…

Entonces, George se lo comenta a Elaine, la inseparable amiga. La cual con suma razón los critica, como mujer y como ser sensible: ¿cómo en el nombre del Señor pudieron hacer algo tan ruin? Mira que dormir a una mujer para satisfacer sus inmaduros gustos extraídos de una infancia incompleta y lastimera. Hombres. Seres terribles.

“Elaine, la colección incluye un Horno Mágico (que en México lo hacía Lily-Ledy)”. “¡Queeeé!” La escena siguiente es ahora de cuatro. En la casa de la chica, ella ya está dormida y los otros tres jugando frente a la mesita de la sala, Jerry con un Erector, George con el G.I. Joe vestido de hombre rana y ¡Elaine jugando a las comiditas con el Horno Mágico!

Se oye una campanita. Dice ella, “¿Quieren?”, ofreciendo un panecito calientito y humeante recién salido del horno. “Elaine”, dice Jerry, “te recuerdo que esa masa en polvo tenía 35 años en su bolsita”. “¿Qué importa?”, responde Elaine, “huele riquísimo…”.

Por supuesto que al final del capítulo la chica se entera de todo y se arma la rebambaramba y todo aquello arde como Troya.

Eso es lo que hace pensar los juguetes de hace tantos años en la mente de los que no hemos crecido todavía…. Y que nunca creceremos. Tal vez… Y sólo tal vez.

Así que, a comprar juguetes para que el que se muera con más… gane…

Es sencillo. De verdad es… muy… sencillo.