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viernes, diciembre 26, 2025

1238. El edificio, tan masivo. Ahí es Gran Ciudad. Escapé, pero no sé a qué. No hay nadie afuera. ///


NnCt 1238 de 1,440 edificios que eran todos grandes amables, con jardín y amenidades más un parque para los niños, más un gran estacionamiento, supermercado, spas y gran lugar para que los niños conozcan personas como ellos y no se mezclen con personas que no les convienen.///

RELATO CORTO 1,238 EL DE LA SILUETA DE MUJER EN BALCÓN CON CABELLO EN LA BRISA

…las olas, las olas a la orilla de Monterrey, como ya dicen desde siempre, enloquecen.

Era un Monterrey en que todo eran bloques y edificios y puentes entre los edificios, había personas que podrían transcurrir sus vidas una vez entrando y jamás salir, era una ciudad autosuficiente, excepto que se estaba quedando sola y yo solo era un monje que venía a cuidar reliquias y libros y actas, muchas actas. Las de los Fundadores. La historia tiene un comienzo y la de Monterrey la comenzaron sus Fundadores y nosotros cuidamos su memoria. Y yo elegí dar de agua a las flores reales, las de los techos, de las que nadie se preocupaba y de limpiarlos de nopales que parecían como monstruos llenos de ácido destruyendo todo y poder también de alguna manera ver el Cerro de la Silla que dicen que ha estado ahí toda la vida. Desde ahí poder ver también el mar, ver también las olas, ver lo que quedaba del puerto, del muelle, de las antiguas embarcaciones que ahora solo recogían óxido, sal y más óxido y tanta brisa que me sentí intoxicar con eso que olvidé por un momento lo que me querían hacer a mí, que me querían sustituir. Que iban a poner a alguien a dar de agua a las flores reales. Una máquina o una mujer o algo peor que eso. Odio las máquinas. Sé que son necesarias, son las que sacan el agua del fondo de los edificios. Los malditos manantiales volvieron, dicen. Pero las máquinas. No deberían dejarlas hacer ciertas cosas en recintos como este. Esto es sagrado. Algunos dicen que es tema del progreso. Nadie sabe qué hacer con el progreso. Sólo viene a echar a perder las cosas. Se dice que Monterrey era otra ciudad antes, donde había mucha gente. Que hacía muchas cosas. Y echaban humo. Con el tiempo la gente hacía más y había más gente. A eso le llamaban así, el progreso. Pero bueno, el tema es que no podía impedirlo, no quería ir al suelo a extraer el agua que se estaba metiendo en los sótanos.

 Pero pasó algo, vi a la mujer, la vi en el balcón, no sé cómo entró, no sé qué hacía ahí. Y de pronto recordé que alguien había dicho que vendría una mujer a la que le iban a dar el puesto y al mirarla me ocurrió algo extraño, en mi vientre sentí un impulso, sentí una emoción corporal que me pareció tan rara, tan fuera de lugar, la vi y su cabello ondulando en la brisa y sus manos hacer gestos atractivos, sus labios que llamaban poderosamente la atención, me sentí con la mente nublada, mi cerebro se me desapareció, mi corazón se alteró, mis piernas temblaron, quise hacerme enorme, que me viera imponente, y de pronto, en un arrebato, sentí que lo único que deseaba, era hacerla mía, que nadie más la viera, en ese plano de amor del cielo, del amor divino, del amor que hace que te sacrifiques por otra persona, pero antes, tenía que saber sí yo era para ella o ella era para mí. Buscaba el orden de las cosas. Siempre me lo habían explicado, eso va allá, porque sí, eso va acá, porque sí, la ciudad era así, porque sí, me lo explicaban y me decían por qué, eso me importaba, el porqué, era básico en mí, el porqué, no importaba que las cosas eran así porque sí, para mí era suficiente, tanta era mi confianza y mi amor incondicional por todo lo que me rodeaba. Debía haber un orden pero nadie me lo había explicado. Nadie me había explicado que un día sentiría algo tan fuerte, tan grande, tan enorme. Pero todo era porque ella iba a hacer algo que sólo yo hacía, algo secreto, algo sagrado, algo místico que me conectaba al cielo y que de pronto ahora nos ponía en plan de igualdad. Sentía que lo que hacía era algo tan personal, tan especial, que solo yo lo podía hacer y en este instante llegaba esta mujer y… ella también, se puso a mi altura y yo… tenía que someterla, o ella me iba a someter a mí… 

Y todo porque yo no lo decidí. Sí, yo sí decidía unas cosas que tuvieran que ver con lo que hacía. Y no decidí nada de ello. No sé las razones de que alguien la dejara entrar, nunca las sabré. No sé cómo se dan las cosas, si por órdenes de alguien o de allá más arriba de las nubes. Sentí fuego dentro, sentía arder mis pulmones, mis manos sudaban, sentí más impulsos para ir hacia ella. Sentí que el mundo iba a desaparecer si no iba con ella, sentí que el tiempo se iba a desvanecer si ella no me miraba, sentía que yo sería cenizas si no la pudiese tocar. Tenía que tocarla, sentí miedo, si no la tocaba moriría.

De pronto miré al balcón y lo comprobé, ya no estuvo ahí. Ya no se escuchó. Sólo se quedó su silueta en mi mente. Recuerdo, sueño, fantasma, alucinación, pero sí vi a la  mujer, claro que la vi.

Respiré despacio. Todo fue una ilusión del demonio. Un engaño. Una tentación. Estuve a punto de caer y de poner en peligro nuestra ciudad. No hubo tal mujer. Nunca habría tal mujer. Imposible que entrara o la dejaran entrar. En caso dado el que vendría sería un hombre que desde ahora y sin saber de él sería mi enemigo. Que yo haría lo imposible para hacerle la vida difícil, que la sufriera. No dejaré que nadie me estorbe en lo que era mío.

Ahora tenía que apresurarme, dentro de poco, alguien vendría, un ángel o un demonio o dos demonios, o michos, no sé, no sé cuándo, mi adorada soledad, ya no sería solo mía. Dentro de poco, mi también adorado cielo, mi adorado azul, solo sería un recuerdo que jamás volvería a ver, solo a recordar, jamás podría querer asirlo otra vez, y de pronto todo sería negro e iluminado y húmedo, siempre húmedo entre bombas, esas máquinas, malditas máquinas que nos recuerdan que siempre debían funcionar para poder extraer esa agua que amenazaban esta gran ciudad… sino el caos, el caos nos costará todo… debería de pensar, pensar, pensar.

Sólo quería tiempo, más tiempo… las olas, las olas a la orilla de Monterrey, como ya dicen desde siempre, enloquecen.

Y yo no sabía que sería con los tiempos, leyenda, el que destruyó a Monterrey por un amor. ///1238


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