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lunes, febrero 09, 2026

1255. Endurece mi corazón, dije a la bruja. Así ocurrió. Y así se lo hizo a ella. La pelea sigue y sigue./// TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

NnCt 1255 de 1,440 partículas de corazón partido, que por eso quedaron las partículas porque el corazón se partió en mil, cuatrocientas, etcétera. /// 1255



CUENTO CORTO 1255 EL DE LA BRUJA CON VOZ SABOR A MIEL

No creía en brujas, pero por si acaso… llevaba ajos. Y loción, mucha loción, porque no me quería encontrar con chicas hermosas que huelan mi piel a ajo. Debo poner distancia. Eso me indicaron mis mayores en estos terrenos que se los chupó la bruja. No sé cómo fue que se los chupó, pero más valía no preguntar.

Y ella, ella sí era una bruja. Se dedicaba a alimentar gatos en sus ratos libres por gusto y vocación porque dentro de ella había un tema acerca del trato digno y respetuoso de las almas gatunas en su estancia en la tierra camino a la siguiente estación, y por eso no me dejaba que me le acercara, decía que a nadie le gustaba estar cerca de personas que estaban, a su vez, tan cerca de los gatos. Nunca tuve oportunidad de enterarme si había una razón real de percepción o de sensación.

Cuando pude hablar con ella, Café Galindo de por medio, mañana soleada que me permitió darme cuenta de la piel alabastrina de ella, me contó algo, pero fue como solo saber de la marca, el peso, la longitud, el color, la sensación y la temperatura de una caja fuerte, no supe nada de lo que había dentro.

Le tuve que preguntar qué tenía que ver todo eso con la brujería, que yo había escuchado que había magia blanca. Y que ella me parecía que proyectaba magia blanca.

“Esa es una canción”, me dijo. “Me recuerda una canción”, lo repitió, risueña de tal modo que me desarmó su risa. Era melódica, hipnótica, suave, sabor a miel. Y en eso se me vino a la mente, pero es una bruja, tienes que recordarlo. Así lo hice. Una y otra vez, ah, su voz. Melódica, hipnótica, suave, sabor a miel.

“Pero es una canción bonita, de los Carreón”, me lo recalcó. Qué maravilla que supiera, nadie se sabe un dato así.

Magia blanca tú tienes…

Me atreví a preguntarle, total, era luz del día, era un café, estaba iluminado, era la primavera, el sol azul afuera, el cielo amarillo esplendoroso, perdón, el sol amarillo afuera, el cielo azul esplendoroso. ¿Qué puedes temer? Aunque me quedé pensando, ¿de qué color vi al sol?

“Entonces ¿sí tienes magia blanca? ¿O magia negra?” 

Me miró con paciencia infinita. Suspiró mas no expiró. Con la sabiduría de las montañas que tienen mil veces la edad de las pirámides a las que Napoleón les calculó sus años hará unos doscientos y pico. Miró hacia su café marca Galindo y su pan delicioso mientras tarareaba una cancioncita rara de manera melódica, hipnótica, suave, sabor a miel.

“No te voy a decir. Y ya son demasiadas preguntas.”

 Las velas iluminaban con vetas de luz como si fueran reflejo de alberca, su cara, cara afilada, hermosa, que hacía dudar que fuera bruja tal como portada de libro.

Pero… ¿por qué había velas si afuera había un sol…? Un sol que… no, ya no estaba, solo se veía la negra noche que extendió su manto muy José Alfredo. Pero eso no podía ser.

Me la decidí jugar. 

“Sí, lo eres…”

“De acuerdo, ándale, sí, sí lo soy… ¿y ahora qué?”

Su voz ya no era melódica, ni era hipnótica, ni suave, ni con sabor a miel. Era lo mismo, pero en negativo. 

Continuó:

“Soy bruja de dos etapas, una, la de la mamá de Blanca Nieves, la belleza que sé que me miras y deseas recorrer con tus dedos de maneras prohibidas por la Ley de Imprenta, mi rey, pero en ocasiones me vence la arrogancia, soy inhumana y me vuelvo del otro tipo de bruja, la que va a ir por ella, Blancanieves, a matarla con la manzana, lo cual es algo como improductivo y riesgoso.”

Hizo un silencio. Afuera empezó a llover y a escucharse aullidos.

“Eso es un cliché”, dije mirando alrededor.

“¿Qué cosa? ¿Lo que dije? ¿Los aullidos? Llámale ambientación.”

“Eso es muy tonto.” A veces tengo una terquedad de asombro. Una necedad de tipo deporte extremo.

Pareció enfadarse, todo lo bonito, hermoso, se le fue, la sentí incluso de color negro piedra pómez chapopote obscuro de obsidiana. 

“Tú eres o tienes, Corazón de Piedra. Canción de la esposa de Diego Verdaguer.”

Me miró con ojos fríos de piedra de corazón. O al revés, cuando andas angustiado se te olvidan las palabras.

“Ya con eso me perdiste. Me llamaste tonta, no me queda mas que… eso, primero, endurecer mi corazón, y después… endurecer TU corazón”.

Y agregó muy enfadada, “¡ADEMÁS, ESA ES DE LUCÍA MENDEZ Y LA ESPOSA DE DIEGO VERDAGUER ES AMANDA MIGUEL!”

Sé que eso fue lo peor. Hay un algo de Amanda Miguel y de Lupita D’Alessio en todas las mujeres. No le hice caso.

“¡Pelearé contigo!”, le grité. A veces la vida necesita melodrama.

Ni me miró. Se veía las uñas perfectas.

“Ya demasiado tarde. Serás un separador. Te guardaré en un libro de Coelho.”

Me sentí agotado de pronto. Cansado, sin energía. ¿Cómo es que me convirtió en un separador?

La escuché decir:

“Primero, no sabías, mi ventaja estratégica, te leo el pensamiento, y respecto al separador, soy bruja y solo hice una versión de ti, plana, pequeña, inanimada, bueno, sí, mejor animada, ahí dentro solo está tu ánima, para que puedas estar entre las páginas sin maltratar al libro, porque nunca se maltrata a un libro. Dos. Sólo te puedo decir que algún día volveré a este café.  Quizá te perdone, quizá no. Leve esperanza. Mi parte buena de bruja. A ver, a ver, ahora, ¿en qué libro te pondré?”

Estuvo viendo varios ahí en los libreros del Café Galindo. De pronto se escuchó su voz más fuerte que el trueno. Bueno, no tanto, acepto.

“¡Ah, este es un clásico, alguien te encontrará y tal vez la suerte, jamás te vuelva a ver!”

Y eso hizo. Estoy en El Alquimista. De Coelho. ¿Hay de otro?

Se fue. Punto. Se fue. No sé si pagó. Ah, ya recordé, pagas al pedir. Y… yo pagué. El café y el pan.

Pero un día regresará. Le caí bien. Sé que le caí bien. Solo espero que no haya muchos lectores de Coelho. Rezo por ello. Rezo mucho por ello. No quiero caerme del libro ni que me lleve alguna lectora de Coelho a su casa. Temería lo peor.

Afuera está de nuevo el sol amarillo, el cielo azul y la voz, ah, su voz, la recuerdo algo, los buenos momentos, cuando era melódica, hipnótica, suave, sabor a miel. ¡Qué tiempos! ///1255


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