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sábado, febrero 28, 2026

1260. Décadas en la cueva desde el Gran Desastre. Decidí abrir. ¿Un centro comercial? ¿El Buen Fin?///

NnCt 1260 de 1,440 ofertas todas excelentes de gran cantidad de aparatos tan nuevos que nadie sabe ni qué hacen, ni cómo funcionan, ni cómo se prenden y cuando se prenden por accidente, ni cómo se apagan.///



CUENTO CORTO 1260 EL DE LA SOLEDAD ES CANIJA, PERO A VECES EL QUE ES CANIJO AL ÚLTIMO RÍE MEJOR.  

O todo fue un engaño, hacernos creer que algo iba a pasar y nos encerraron y luego nos olvidaron. Había mucha comida, pero… algo ocurrió.

No, no sabíamos que podía ser engaño, siempre estaría la duda. De que si abrimos tal puerta y así penetrase mil toneladas de lodo, u olas de radiación que nos quemen por dentro o zombies o mutantes o soldados o bárbaros o Cromañón o…

Todo comenzó con Eva y su mitocondria y no me detendré a explicarlo, pero descubrir que todos estamos relacionados me conmueve. Sí, todos. Y lo que ocurre es que han pasado tantos días y noches dentro de estas cuevas que ya leíste dos veces todos los libros y me pone mucho a pensar. Y a recordar a aquellas mujeres, aquellas otras Evas con las que tuvimos algo que ver y recuerdo la historia de la doctora en Química que fue su marido quien le presentó a alguien más y que ella rompió las reglas y… bueno, más bien fue su marido quien rompió las reglas… o recuerdo la de la chica que era la gran amiga que su amiga quería con su amigo y el amigo ignoró a la pobre del cariño eterno y rompió las reglas con la primera con la que no había cariño siquiera, y… pero ella la buena amiga la que fue quien rompió las reglas, y yo leí de tanto culpable como cuando lo hacía en mi tiempo libre como técnico entre tantas noches iguales una de otra, noches llenas de tantos cables color gris serpenteantes, iguales unos de otro, categoría 6, debajo de esos centros de datos en ductos tan oscuros llenos de polvo y ratas que no me acuerdo de los nombres de esos lugares pero que tocaba yo esos cables y ardían de tanto dato importante que transmitían y recibían y que imaginaba en mi soledad que nadie sabía de mi superpoder de saber de quien eran esos datos, un poder inútil como tantos otros, y me pregunto si sería lo correcto seguir leyendo estas historias eróticas en mi soledad forzada y de pronto entre tanta noche no recuerdo cual fue la realidad y como a veces empezaba a perder los lazos con la mía y no sé si fui o no a tal parte porque no había foto o recuerdo suficiente que lo probase. Así que todas esas mujeres, ¿pudieron existir? ¿O solo era la imaginación idealista de algún escritor olvidado de una revista de mala muerte?

Y de haber existido esas  mujeres les hubiera querido comprar tantas cosas de haber podido. Y en esos cables sentía que pasaba el dinero, tantos unos, ceros, comas, puntos, decimales, miles, diez miles y sólo pasaban por mí como agua en un filtro,  un filtro de pura farsa porque ningún dinero se quedaba en mí. Me hacía tan desgraciado solo leer de mujeres que rompían las reglas y yo viéndolas como si ellas estuvieran en desfile, bailando, falda corta, vestidos entallados, maquilladas de manera hermosa, de alrededor de dieciocho años, todas iguales una a la otra bailando en bello orden cósmico. Hijas insospechadas de la Eva Mitocondrial.

Por eso vivía solo en esa parte de la cueva, casi no me comunicaba y me dejaban en paz y conforme pasaban esas temporadas y tenía mis bebidas y comidas aseguradas, sólo con esos libros y revistas. Pasaban así dos meses, tres, y ellos allá con sus reglas, en sus cuartos y bóvedas en la cueva, lejos de mí, quizá rompiéndolas, quizá pensando en para qué sirven las reglas en una cueva en la que estamos desde hace años. Servirán para no matarnos o para que no salga un rey que nos mande matar. Yo prefiero solo y sí quisiera una mujer, hija de Eva Mitocondrial, pero ellas son tan diferentes de mí y yo tan diferente de ellas.

Y especulas de tanta soledad, ¿por qué tuve que viajar y quedar en este refugio? No lo sé, de las seis personas que iban a venir a permanecer conmigo y que eran mi esperanza para ser como compañeros de este raro viaje nunca llegaron o quizá se asomaron y prefirieron irse y me quedé solo todos estos años. Y los demás veinte treinta nunca los terminé de ver. Eran solo sombras.

Me ignoraban, los infelices.

Era cansado. Y desde hacía días miraba que mi inventario disminuía. Llegaba el punto de reorden. Ya era hora de ir por más comida y no me gustaba mendigar lo que me tocaba. A veces pensaba que ellos me querrían matar o que lo podían hacer, solo cerrarme alguna puerta y no poder salir, y por eso, solo por eso, tengo una reservita de comida y demás, por si acaso.

Ese día fui al punto de encuentro y no había nadie. Caminé por pasillos en la cueva que tenía años de no recorrer. No reconocí nada. De hecho, cosa rara, recordaba que había muebles acomodados y sentía desorden, cierto caos. No que fuera parecer que había pasado mucho tiempo pero ahí no había nadie, había platos en el suelo, papeles arrugados, sillas caídas. Mucha prisa noté.

Caminé más y me di cuenta de que jamás había explorado toda la cueva o había puertas que jamás había visto abiertas hasta ahora. 

Sentí raro, una corriente de aire que desde que estábamos encerrados jamás había sentido. 

Sí, no era mi imaginación maltrecha, sí había una corriente, sentirla me estrujó el corazón, tuve un presentimiento que me aceleró el pulso y sí, ahí había unas escaleras, más aire, de hecho ese hecho fue comprobado en mis sentidos cuando vi papeles en suelo moviéndose por causa de demasiado aire y vi también una luminosidad. Creí verla. 

Empecé a juntar los datos en mi cabeza, de pronto lo supe. Abrieron la puerta y mis grandes amigos se salieron. Eso fue, me dejaron solo.

No me avisaron, los bastardos.

Se fueron todos y de pronto sentí miedo, terror, soledad, todo de golpe en mi corazón y mi cerebro. Me pulsaba la cabeza. Necesitaba parar, sentarme, pensar, pensar mucho. La luminosidad de seguro era una puerta y era luz. Pero…

¿Qué pudo pasar, ¿por qué se fueron? ¿Qué vieron? ¿Qué ocurrió? ¿Cómo se dieron cuenta? ¿Por qué no me avisaron?

Nunca me llevé bien con ellos. Me dejaron solo. No fueron por mí. Me dio tristeza.

Me dio rabia. Me dio tristeza. Me dieron ganas de llorar. Me sentí fracasado, olvidado. Como cuando eres niño y te enteras de que ninguno de tus padres te quiso. O cuando estabas en la escuela y eras el último en ser elegido para un equipo porque nadie te quiso. O cuando ibas a un baile y eras el que se quedaba sentado porque hasta las mujeres se iban en pareja a bailar entre ellas sin que les importase el qué dirán porque nadie te quiso. Y eso pasó después en el trabajo. Y pasó en los equipos de todo, hasta que ya no quise ser parte de nada. 

Sólo porque tuve que sobrevivir me metí a este equipo de trabajo. No les quedó remedio. Yo era el experto de telecomunicación, el que sentía los datos por el cable. Pero de inmediato me relegaron. Pasé muchas horas en un espejo o tomándome fotografías pensando en qué era lo que les disgustaba y nunca lo supe. Estuve con psicólogos que me decían que todo era normal. Pero sabía que algo no lo era tanto.

Me ocupé limpiando todo lo que pude en los pasillos y las salas. Nunca le temí al trabajo físico. Por otro lado estaba seguro de que jamás volverían. Todavía no sabría qué hacer. De si irme, ver más allá. Pero la excitación, el temblor y los escalofríos, más la emoción del momento bajó. No tenía curiosidad de salir. 

Pasé una noche o dos imaginando todo lo que ocurriría si… Salir y morir por gases. Salir y morir por locura. Salir y morir por creaturas. O por enfermedad. O por que se volvieron zombies. O porque había pandillas armadas caníbales. O por que se venía la gran ola de agua contaminada. O por radiación. O por insectos. O por, no sé. Monstruos. Mutantes. Soldados. Cazadores. Diablos. Demonios.

Ya me los imaginaba golpeando la puerta para que los dejase entrar. Los pensé arrepentidos. Se darían la gran sorpresa cuando vieran que tapé la puerta. Son traidores, ¿verdad?

No me avisaron, los malditos.

No los dejaré entrar. La comida era para mucho tiempo para 20 personas, ahora será para mucho tiempo equis pero por veinte. Quedará mucha comida después que me muera. Me hace gracia. Nos entrenaron para cuidar todo y ahora la idea es que moriré gordo. Una buena probabilidad de morir gordo.

Ya me acostumbré a la soledad. No pasará nada si me quedo aquí esperando mi mejor vida y una, espero, mejor muerte. 

Pero ellos, ellos se quedarán afuera por crueles. A veces me daban ganas de llorar. Pero la tristeza cambiaba a coraje. No debía alterarme. Debía llevar mi propia guerra en paz. Meditaba. Y aun así concluía.

No me avisaron, los perros.

Lo curioso es que, a veces me parecía que golpeaban la puerta sellada. Creo que ni yo mismo la podría abrir de nuevo. La sellé demasiado bien.

Imaginaciones mías tal vez.

Me refugié en mi lectura, la de que alguna mujer de nuevo, hija de Eva Mitocondrial, o el hombre o yo mismo, rompía las reglas. Ah y encontré mas lectura entre las posesiones de los que se fueron.  Aburrido no estaré.

Hoy por hoy solo extraño ver a la luna llena plateada, luminosa, con su hombre y su conejo queriendo escapar no sé de qué, no sé a dónde. 

De niño me gustaba ver esas imágenes. Y las estrellas. 

Ah, sí extraño a las estrellas. ///1260



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